¡Hola! ¿Cómo va? ¡Feliz día a todas las mujeres!
Acá les traigo una nueva entrega de esta historia, que ya está en su momento cúlmine. Espero les guste y amerite un comentario. ¡Gracias!
desesperada12: ¡Gracias por comentar! Veremos qué sucede con Ichigo y creo que Kokoro y Orihime si hablarán. ¡Sólo lee este capítulo! ¿Serán realmente madre e hija?
Chi002: Aquí tienes la conti! ¿Qué conejo sacaré? La verdad, no tengo idea. Es una historia demasiado compleja y espero que la esté llevando por el camino correcto. Sino, bienvenidos serán los tomatazos que merezco. Gracias por las inspiraciones, que me dan muchísimas ganas de escribir. Besos!
pbdbgt: Si, sé que soy mala. Una amiga mía dice: "Soy mala y me gusta serlo". Me encanta esa frase y opino igual, en ocasiones me encanta ser mala, muejejejeje. Quieres muchas cosas! En este capítulo hay un poco más de lo que pides, pero sigo siendo malísima. Espero disfrutes! Besos
Hacía varios minutos que le costaba respirar. No podía controlar su brazo izquierdo y le dolía terriblemente su pierna derecha. Le estaba costando demasiado mantenerse en pie y Kuroshi se veía ileso. Había logrado darle en varias oportunidades en distintos puntos de la negrura de su cuerpo, pero en ningún momento lo vio flaquear o borrar la sonrisa macabra que se dibujaba entre la sombras de su rostro informe.
Jadeaba y veía borroso. Parecía que el monstruo estaba jugando con él. No hablaba y él se limitaba a pensar en una estrategia con la cual conseguir alguna ventaja y poder retomar el control de su cuerpo. Sabía que algo estaba sucediendo porque a lo lejos había notado la presencia de Kokoro y luego la de otro ser mucho más poderoso.
– Me estás aburriendo, niño – soltó al fin Kuroshi, adoptando una expresión que molestó a Kaien. No le gustaba para nada la mirada de aquel ser. Saru, que se había quedado estática y en silencio, se adelantó unos pasos hasta quedar junto a Kaien. El mostruo la miró. – ¿Qué estás haciendo? Te dije que te mantengas al margen de esto o saldrías lastimada – sonrió nuevamente. – O lo que es mejor, él no saldrá de aquí
– Estás en un error, Kuroshi – contestó estoica Saru, levantando por primera vez su vista. – Kaien tiene mucho más poder que tu – afirmó con tanta seguridad que Kaien pudo saber que no estaba mintiendo. – Lo que sucede es que te has vuelto fuerte porque durante quince años te alimentaste de su poder – explicó, a lo que Kuroshi respondió chasqueando la lengua.
– Haz silencio, mujer – dijo con asco. – ¡Su poder no es nada si no sabe usarlo! – gritó despectivamente. Kaien se aferró con ambas manos a su katana. Debía hacer algo o ese monstruo realmente lo mataría. Miró de reojo a Saru y ella sonrió levemente.
– Desata la tormenta en este desierto infinito – susurró y extendió su brazo derecho hacia la derecha. Una ráfaga de viento se levantó y se concentró a lo largo de su extremidad. Kuroshi intentó atacar, pero no pudo. Un gemido salió de su garganta, que comenzaba a quemarle. Arrugó el ceño. – Arena del desierto – culminó diciendo Saru y una reluciente espada comenzó a brillar en su mano. Kaien no comprendía nada de lo que estaba sucediendo. ¿Cómo había logrado ella formar otra zampakutoh además de la que él mismo sostenía entre sus manos? Miró nuevamente al frente, donde Kuroshi miraba expectante y en silencio.
– ¿Qué pretendes con eso, mujer? – preguntó, haciendo un gran esfuerzo para hablar. Kaien lo notó inmediatamente, pero se mantuvo al margen. Saru desapareció y volvió a aparecer junto al monstruo negro, habiéndolo atravesado en el pecho. El cuerpo de Kuroshi comenzó a absorver el reishi de la espada. – ¡¿Qué crees que haces? – gritó ofuscado. Dio un fuerte revés a Saru que cayó varios metros más atrás de donde estaba Kaien. El mostruo intentaba desesperadamente quitarse la zampoakutoh del cuerpo pero no lo lograba. – ¡Maldita hija de puta! ¡Malditos shinigamis! – gritó alzando su voz hacia el cielo.
– ¿Qué sucede? – Kaien se irguió. Le dolía todo. Se acercó lentamente a su oponente empuñando con firmeza su arma. Algo estaba sucendiendo en el exterior y aparentemente estaba afectando a Kuroshi que a pesar de su enorme esfuerzo por hacer algo no lograba nada.
– Atraviésalo, Kaien – la voz de Saru se coló por los oídos del chico. Kuroshi parecía no escucharla. Kaien sonrió con confianza. Levantó su zampakutoh y no dio tiempo a la sombra a reaccionar. Lo atravesó en el pecho con violencia y sin soltar la katana lo miró desafiante a los ojos.
– ¿Quién eres? – le preguntó. Kuroshi sólo lo miró en silencio. Había dejado de luchar para quitarse las armas del cuerpo. Comenzaba a desvanecerse.
– No importa quién soy – dijo con una voz casi inaudible. – Lo que realmente importa es que no podrás controlarte sin mi – antes de desaparecer por completo, Kaien logró ver una enorme sonrisa de satisfacción en el rostro de Kuroshi.
Una poderosa columna de luz apareció de pronto. Atravezaba la infinita oscuridad de Hueco Mundo. Provenía del cuerpo de Kaien, que jadeaba casi inconsciente, sostenido apenas por el hechizo que había lanzado Juushiro unos minutos antes. Todos los presentes miraban atónitos la escena. Momo se alejaba despacio hacia atrás, con serias dificultades para respirar. Podía sentir hasta en sus huesos el enorme poder espiritual que nacía desde el interior mismo del alma del humano. Ya no era ese extraño reiatsu mezclado, sino un perfecto reiatsu shinigami. Y muy fuerte.
Toushiro fue el primero en reaccionar. Se acercó rápidamente y nombró un bakudoh para contener dentro de la barrera todo la presión espiritual que Kaien expulsaba. Estaba realmente preocupado por la situación y podía notar cómo Ukitake se sentía exactamente igual. ¿Qué hacía ese niñato humano, hijo de Ichigo Kurosaki, en Hueco Mundo? ¿Quiénes lo habrían llevado allí y con qué propósito? Además, en la habitación en la que se encontraba estaba Ulquiorra, que supusieron había intervenido para que nada se saliera de control. Pero, ¿por qué estaba dentro de Las Noches? ¿Sería acaso que alguien de los laboratorios estaba tras ese inmenso poder oculto?
Habitación de Orihime y Ulquiorra
Orihime se había encargado de poner una barrera alrededor de la habitación para que nadie notara ni su presencia ni la de Kokoro. Lo mejor en ese momento y por lo delicado del asunto era hacer caso a las recomendaciones de Grimmjow. No era que confiara ciegamente en ese sujeto, pero tenía razón en algo, esa niña tenía algo extraño y nadie la conocía dentro del palacio.
No se atrevía a entablar nuevamente la conversación. Ella descansaba en su cama. La observaba disimuladamente desde su cómoda mientras se acomodaba el cabello. ¿Quién era ella? Le resultaba endemoniadamente familiar. Algo le llamaba tanto la atención que no podía evitar mirarla en todo momento. Suspiró cansada. Eran demasiadas emociones para un sólo día.
Miró hacia un lado a través del espejo y notó las magulladas ropas de la chica que Grimmjow había nombrado como Kokoro. Estaban destrozadas y definitivamente no permitiría que ella llevase puesto eso cuando se fuera de su habitación. Se levantó lentamente y tomó con cuidado un vestido rosado de su armario. Era una solera suelta, como las que siempre solía usar. Sonrió apenas y Ulquiorra vino a su mente. Estaba segura que él pretendía que atendiera a esa niña. Pero, ¿por qué? Su rostro se ensombreció nuevamente.
Cuando se dio cuenta, estaba observando a Kokoro otra vez. Ella dormía. Su respiración era lenta y parecía estar descansando. Tomó su chaqueta ensangrentada y al levantarla, un papel resbaló y cayó al suelo. Orihime lo tomó con cautela y se sorprendió sobremanera cuando supo qué era. Una fotografía.
Arenas
Abrió los ojos lentamente y no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Se sentía pesado y atado. No podía mover ni un sólo músculo. Miró con sus ojos aún entrecerrados a su alerededor y logró ver a varios personajes. Un hombre de cabello blanco que lo observaba con una mirada compasiva. Un joven también de cabello blanco, pero corto que hablaba con una mujer de cabello negro, sostenido con un rodete. Había algo en ellos que no le gustaba.
– Parece que estás recuperando la consciencia – dijo el hombre de cabello blanco y largo. – Seguramente estés exhausto. Me gustaría que no hicieras ningún movimiento y en lo posible sé paciente. Pronto llegará Kisuke y podrás regresar al mundo al que perteneces – esas palabas lo irritaron. ¿Quién se creía ese viejo para decirle qué hacer a él? Abrió violentamente sus ojos y su reiatsu aumentó. – Te dije que no te exasperes – insistió Juushiro.
– ¿Quién eres? – preguntó con mucha dificultad.
– Juushiro Ukitake – sonrió. Kaien cayó en cuenta de que ese hombre era su supuesto padrino. Uno que jamás conoció y que nunca pudo ver. Un shinigami.
– ¿Qué? – soltó.
– Sé que no entiendes nada de lo que está sucediendo, pero será mejor que tengas paciencia. En este momento estás dentro de una barrera y bajo un hechizo shinigami. Tu poder está desestabilizado y podría ser peligroso para ti y para nosotros sacarte de allí – hizo una breve pausa. – Cuando Urahara san llegue todo irá bien – sonrió amablemente.
– ¿Urahara? – Kaien estaba asombrado. ¿Qué tenía que ver Urahara en todo este asunto? Además, ¿desde cuándo los shinigamis habían intervenido? No recordaba nada de lo sucedido.
Sus rodillas flaquearon y cayó al suelo. La zampakutoh se desvaneció después de Kuroshi. Kaien dejó que las pocas fuerzas que aún tenía lo abandonasen y se recostó sobre la arena. Desde allí podía ver a Saru, que estaba levantándose con dificultad. Tenía una herida en el rostro, y sangraba.
– Lo lograste – ella sonrió.
– No entiendo lo que quiso decir – dijo Kaien. Realmente no comprendía las últimas palabras de Kuroshi.
– Hasta hace unas horas él se alimentaba de todo tu reiatsu. Ahora tu alma se desestabilizará. Espero que los shinigamis que hecharon este hechizo sobre tu cuerpo puedan ayudarte a controlar tu poder – Kaien comenzaba a ver borroso.
– ¿Qué pasará ahora? – preguntó en un último aliento.
– Cree en ti mismo y verás
Mundo Humano
– Ambos se quedan aquí – dijo Ichigo. – Ishida, cuida de Rika – lo miró profundamente. – Renji, gracias – aspiró y apoyó aquella vieja insignia sobre su pecho.
– ¡No! – Uryu sostuvo la mano de Ichigo antes de que llegara a tocar su pecho con la insignia. – ¡No hagas locuras! – gritó. – ¿En qué estás pensando? – Ichigo lo miraba con rareza. – ¿Vas a volver a lo mismo que antes? ¡Recién te despiertas después de cuatro años! ¡Joder! – estaba realmente cabreado. El pelinaranja lo miraba con angustia en sus ojos.
– ¿Acaso tengo otra opción? – preguntó, aguantando las ganas de llorar. Tragó saliva con dificultad. – ¿Tú te quedarías de brazos cruzados cuando tu hijo está en Hueco Mundo fuera de control? – Uryu bajó la vista. – ¡Responde! – gritó, con sus ojos inyectados de sangre.
– Ichigo, cálmate – quiso tranquilizarlo Renji.
– ¿Calmarme? – lo miró. Sus ojos estaban cubiertos de lágrimas que comenzaban a caer. – Hice todo mal, ¡todo mal! – estaba desconsolado. – Y ahora – le costaba demasiado trabajo hablar – mi hijo está en ese maldito mundo por mi culpa – ambos hombres lo miraron desconcertados.
– No es tu culpa – Uryu no sabía cómo actuar. Ichigo tenía razón y no estaba seguro de qué hacer o decir para retenerlo.
– Si que lo es – sonrió, resignado. – ¿Sabes por que Kaien fue a Hueco Mundo? – se miraron intensamente. – Fue a buscar a Rukia
Hueco Mundo, habitación de Orihime y Ulquiorra
Orihime sostenía confundida la fotografía entre sus dedos. ¿Por qué esa niña arrancar tenía esa foto con ella? ¿Quién se la había dado? ¿Sería Kaien? Tragó saliva y se acercó más a Kokoro.
La joven abrió los ojos. Se sentía aturdida y por demás cansada. Se sintió extraña en esa cama y miró con resquemor el techo inmaculado de la habitación. Cuando viró los ojos hacia la derecha vio a la mujer humana sentada a su lado, observándola con una expresión que denotaba confusión.
– ¿Por qué – Orihime intentaba hilvanar una frase coherente, – por qué tienes esta fotografía contigo? – no podía reaccionar. Kokoro se sentó en la cama sin dejar de mirar intensamente a Orihime.
– Es de Kaien – dijo. – No sabía que habías tenido un hijo – tenía que saber más de lo que había sucedido en ese entonces, hace quince años.
– Yo... – balbuceó Orihime.
– Grimmjow me dijo que el bebé murió – las lágrimas comenzaron a caer desde los ojos de Orihime que en ningún momento bajó su mirada. – Pero yo no lo puedo creer – las palabras salían de su boca sin pensar. – Hay algo en esa fotografía – tomó aire – y hay algo en mi – apretó los puños, – que me dice que ese niño no murió al nacer
Fue muy difícil hace este capítulo. ¡Es todo demasiado cargado de emociones! Espero que lo hayan disfrutado y que estén ansiosos de más. Gracias por leer y si tienen ganas, comenten, ¡que no hace daño!
Besos! Mary
