¡Hola! ¡Cuánto tiempo! Antes que nada, no voy a dar aclaraciones y explicaciones extensas. Todos sabemos que cuando nos volvemos adultos las responsabilidades nos invaden como las cucarachas, así que no hay nada qué explicar.

Me senté a escribir (después de repasar minuciosamente el fic) y salió este capítulo, eso es todo.

Nos vemos, Mary.


Kaien − susurró Kokoro, cerrando sus ojos. Sentía que si los mantenía abiertos no podría decir todo lo que quería porque sus fuerzas se desvanecerían con ese insignificante acto. Él, que ya le había pedido que se mantuviera en silencio, no dijo nada más. Se limitó a cerrar también sus ojos y escuchar con atención lo que ella quería decirle. − Yo no estoy segura de qué fue lo que sucedió – dijo con inseguridad. − Pero este no es el mismo cuerpo y este lugar se está muriendo − abrió levemente sus párpados y vio el rostro de Kaien magullado y sucio. Estaba tranquilo y sus ojos estaban cerrados. Una leve brisa se levantó y movió los despeinados cabellos anaranjados. − No quiero morir − dijo ella. Él tragó saliva, pero se mantuvo en silencio y sin mover un músculo. − No importa quién soy ni qué soy, no quiero morir − insistió y sus ojos se llenaron de lágrimas. Su corazón comenzó a latir con mucha fuerza. Kaien podía notar esos fuertes latidos estando apoyado sobre el pecho de Kokoro. Su propio corazón comenzó a latir con intensidad y rapidez. Nunca antes se había sentido así. Él también quería que ella viviera. De ninguna forma permitiría que ella muriera, él la salvaría. Él la salvaría. − Yo cambié porque tú apareciste. Y es algo que no puedo dejar de decirte. Me gustan estos nuevos sentimientos − sonrió. − Quiero saber qué son − las lágrimas hacían un recorrido desde sus ojos hacia la roca en la que estaba recostada. − Por favor − el nudo que cerraba su garganta comenzaba a dificultarle el habla. Kaien no se movía, se mantenía atento y escuchando, con los ojos cerrados. − Por favor − repitió más bajo. − Ayúdame a vivir

Orihime continuaba con su Souten Kisshun mientras lágrimas dolorosas recorrían su rostro. Ulquiorra permanecía arrodillado a su lado, en silencio, con la amargura anudando su garganta. Grimmjow se había alejado unos metros, pero seguía observando a Kokoro con el corazón destrozado.

De pronto algo cambió. El aire que estaba pesado y arenoso se comenzó a mover haciendo un círculo alrededor de Kokoro. Un leve destello de reiatsu brotó desde su inerte cuerpo que descansaba en las blancas arenas de Hueco Mundo. Un latido, un tenue y acompasado latido tintineaba en el pecho de esa niña, de esa niña humana de apenas unos quince años. Pálida, con su cuerpo cubierto de heridas de batalla, delgada, con sus ropas hechas añicos por la ferocidad de sus propios poderes, con sus cabellos ahora negros, revueltos, enredados alrededor de su cuerpo, largos y lacios, sin brillo mezclados con el polvo, la arena y los escombros. Ella era Kokoro, la verdadera Kokoro, Orihime podía sentirlo en su piel, en su corazón, en su vientre, en sus entrañas. Ella era su Kokoro, su hija, su sangre. La barrera tambaleó un momento. Ulquiorra hizo su vista a un lado y vio el rostro de su mujer. Ya no lloraba, ya no mostraba angustia. Estaba decidida, ella la salvaría, ella quería, deseaba tener a su hija de vuelta.

Kokoro − dijo al fin Kaien, después de varios segundos sin poder hablar. Los pensamientos y los sentimientos lo invadían. Ya no sabía nada. Ella seguía siendo Kokoro a pesar de que su aspecto ya no era el mismo. Pero su aroma, su calor, su reiatsu, todo era igual. Mientas ella hablaba se había mantenido con los ojos cerrados, escuchando atentamente cada palabra que ella decía. Pero no lo había logrado como quería porque con cada una de las cosas que Kokoro dijo, su cabeza lo llevaba a un terreno al que hacía mucho tiempo había dejado de ir. No quería sentirse así, no quería entender lo que le estaba sucediendo. Pero no podía negar que ella hacía que sintiera muchas cosas. − Yo no voy a dejarte − abrió sus ojos y se encontró con el esmeralda del abismo de las iris de Kokoro que había logrado levantar completamente sus párpados. Notó que las lágrimas la invadían y se mordió el labio. No quería verla llorar. − Vas a vivir − aseguró. − Vamos a vivir − se corrigió. − Te lo prometo.

La abrazó con fuerza, con una fuerza que salía desde dentro de su corazón. Ella no pudo hacer más que quedarse estática. No podía mover su cuerpo aunque lo quisiera realmente. Quería devolverle el abrazo, quería mostrarle cómo se sentía por dentro. Él había sido su salvación y ahora le prometía que la ayudaría a vivir. No sabía bien qué era vivir, pero ella necesitaba sentir que estaba viva. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con la tranquilidad de saberse cuidada.

En el desierto

Mientras avazaban sintieron cómo lo que parecía una ardua lucha llegaba a su fin. Todo estaba calmo, pero la densidad del aire hacía que Rukia no pudiera normalizar su respiración.

− ¿Quieres que paremos por un momento? − preguntó Ichigo notando la fatiga de ella. Su corazón no entraba dentro de su pecho, parecía quererse salir de la felicidad que sentía. No podía creer todavía que estuviera con ella, ¡era Rukia! Después de tanto buscarla, él la había encontrado. La miró.

− No, está bien − dijo con inseguridad. − De todos modos la batalla ya terminó y el aire no tardará en normalizarse − tragó saliva con dificultad. Ella levantó la vista y vio los ojos ámbar de él observándola. Definitivamente Ichigo era alguien muy importante, podía sentirlo con sólo mirarlo, pero no podía recordar absolutamente nada. Sólo tenía vagas imágenes y sonidos en su cabeza. Y una presión en el pecho que la angustiaba.

− Debemos llegar a Las Noches − dijo retirando su mirada. No podía sostenerla. Su felicidad era tan grande que temía perderse en esos ojos y no poder regresar jamás. − Allí está Ishida y los demás

− ¿Ishida y los demás? − confusa.

− De a poco recordarás todo − se detuvo y se miraron. − Te prometo que todo volverá a ser como antes. Yo… − agachó la cabeza − yo…

− Ichigo − lo llamó, él volvió a mirarla. Ella lo observaba con brillo en sus ojos. − No recuerdo quién eres ni quién soy yo − aseguró. − Pero mi corazón − llevó sus manos a su pecho − me dice que eres muy importante para mi − apretó sus manos − y se que es así − sonrió levemente. − Por favor − rogó − salgamos de aquí

Arenas

Todos observaban la escena sin mover un músculo. Kisuke, Juushiro y Uryu, que habían permanecido en la entrada a Las Noches no se atrevían a mirarse. Eran demasiadas las preguntas y muy pocas las respuestas. Retsu no podía hablar, no podía siquiera moverse. Ella había ocasionado todo lo que estaba sucediendo sin entender mucho de lo que había hecho. Y estaba segura de que debería dar muchas explicaciones del pasado en cuanto todo terminara. Momo y Kira, que se habían llevado a Nezumi a un lugar seguro, regresaban lentamente al ritmo del científico. Toushiro observaba estoico, sin entender mucho, pero ansioso de hacerlo.

Grimmjow, que se había alejado unos metros, regresó junto a Kokoro cuando sintió regresar su débil reiatsu. Orihime, que estaba absorta en sus pensamientos y sentimientos, levantó la vista para toparse con los ojos felinos. Él sostuvo su mirada con una mezcla de sentimientos que se le escapaban. No salían palabras de su boca, sólo podía seguir sintiendo cómo su corazón latía con fuerza. Las imágenes de una pequeña Kokoro se arremolinaban en su mente. Tantas cosas vividas con ella, tanto afecto, tantos momentos importantes. Esa niña le había dado muchas satisfacciones que jamás hubiera pensado.

Kokoro era muy importante para él. A pesar de todo, era muy importante en su vida. Y se sentía confundido al pensar que ahora ya no sería nada como antes. Ella era humana, y aunque lo suponía desde el principio, estaba cayendo en cuenta de que allí frente a él estaban sus padres. Y que él no era absolutamente nada para ella. No era nadie. Era un arrancar que se la encontró por casualidad un día en el desierto. Pero no era nadie. Tragó saliva sintiendo una opresión fuerte en su pecho y bajó la vista hacia el cuerpo de Kokoro que aunque no se movía, respiraba.

Ulquiorra observaba a la niña y su mente estaba en blanco. No podía procesar nada. ¿Por qué de pronto se sentía tan confuso? ¿Era verdad que ella era su hija? ¿Podía ser que esa niña que ahora parecía humana fuera su hija? Apretó el hombro de Orihime que volteó a verlo, notando su expresión vacía. Ella se sentía igual, incapaz de entender nada de lo que estaba sucediendo.

Kaien se movió en la arena e instantáneamente Uryu reaccionó y apareció rápidamente a su lado. Se hincó de rodillas junto a él y tomó su pulso, que era normal, al igual que su reiatsu. El chico abrió sus ojos y lo vio.

− Kokoro − dijo. − Está viva − aseguró.

− Lo sé − Uryu lo miraba mostrándole tranquilidad. Él, que hasta hacía unas horas no creía en nada, había podido rescatar a Kokoro entrando dentro de su alma. Era algo muy difícil de creer, pero así había sucedido.

− Quería − Kaien sostenía su mirada con fuerza. − Quería agradecerte − dijo y Uryu se sorprendió. − Tú siempre tuviste razón − afirmó. − Gracias

− No tienes que agradecérmelo − sonrió levemente. − Yo − Uryu no pudo continuar. Más allá Kokoro comenzaba a moverse. Kaien se sentó como pudo y miró expectante.

− Kaien − fue lo primero que dijo. − Quiero vivir − sonrió con lágrimas en sus ojos.