Mi Pirata Malvado
(Adaptacion)
Capítulo 2
Los piratas del Alastor se entusiasmaron cuando al día siguiente Riley escoltó a Rosalie hasta el castillo de proa. Abandonaron sus tareas y se quedaron papando moscas mientras ella atravesaba la cubierta soleada con un vestido largo de color rosado reforzado en las caderas y un escote demasiado profundo para mantener la calma en un mar de miradas lujuriosas. Ella se refugió bajo el sombrero de ala ancha, entornando los ojos por la luz radiante, recordándose que cualquier cosa era preferible a la deprimente Yorkshire.
Emmett se hallaba en la baranda del castillo de proa. La brisa le batía la larga melena, mientras empuñaba una daga sobre una naranja y hablaba con Garrett. Llevaba puesta una camisa blanca de linón y unos pantalones negros con una franja de color púrpura a lo largo de la costura lateral. Negro y púrpura, sonrió ella irónicamente; sin duda el hombre hacía públicos sus colores favoritos. Ella barrió los tablones del suelo con la cola de seda de su vestido largo y subió los escalones.
Garrett la vio primero. Sonrió ampliamente:
—Capitano, sonó innamorato! (¡Estoy enamorado!)
Emmett le ordenó a Garrett que se esfumara y a ella la saludó con una reluciente sonrisa blanca a la que completaban un par de irresistibles hoyuelos.
—Buongiorno, bellissima.
Ella sintió un fuerte revoloteo en el estómago. El maldito rufián no sólo era irritantemente apuesto sino que también esos ojos, que brillaban cual gemas en aquel rostro bronceado por el sol, eran del más cristalino e inusual azul marino. Zafiros, pensó ella, deslumbrada en cierto modo, piedra que alguna vez se había creído era el centro de la tierra que reflejaba el cielo. ¿Cómo es posible que ella hubiera confundido esos ojos azules con unos negros?
La mirada fija y penetrante de él la registró de pies a cabeza, sin perderse ni un centímetro del rostro, ni de la piel descubierta del colordel marfil, ni de la elegante silueta. Y con el más profundo desagrado, Rosalie descubrió que no se sentía menos afectada en ese momento de lo que se había sentido la noche anterior. Sintió un hormigueo al saber que aquel pirata irreverente, para quien el mundo era igual a una ostra, la encontraba hermosa.
Él rió de manera burlona, mascando ruidosamente un jugoso gajo de naranja.
—Confío en que hayáis dormido bien... en mi cama.
De modo que no pudo resistirse a preguntárselo. Ella miró fijo, de manera furiosa, aquellos perturbadores ojos ultra azules.
—Ciertamente no dormí en vuestra cama, ¡rufián! Aunque tal vez lo haga esta noche —respondió ella con aspereza—, y disfrute de saber que os estoy privando de ella.
—Touché! —Cortó el aire con la daga al tiempo que inclinaba la cabeza—. Mi cama está a vuestra disposición.
Ella lo miró con hostilidad, y el brillo sugerente reflejado en aquellos ojos le resultó contradictorio con el gesto galante.
—No merecéis que os lo agradezca. Los hombres honestos no secuestran a las damas inocentes.
—Por supuesto que no — Se metió otro gajo de naranja en la boca—. Los tontos sí.
Una alta ola rompió en la proa. Ella se resbaló pero Emmett se empapó por competo. Ella lanzó una carcajada y se lamió las gotas de agua salada de los labios. Las botas de él golpearon con fuerza sobre los tablones de madera.
—Mannaggia! —gruñó mientras se exprimía el agua de la melena empapada. La miró echando fuego por los ojos—. ¿Os estoy divirtiendo? —Sin esperar respuesta se quitó la camisa mojada.
Ella quedó boquiabierta. Tenía un cuerpo absolutamente hermoso. Bronceado, cubierto de suaves vellos y moldeado con varonil perfección, exhibía una flexible vigorosidad obtenida a través de años de estricto régimen atlético. En el pecho tenía un medallón de oro grande y lustroso que contrastaba con la piel bruñida.
Le lanzó aquella sonrisa engreída que la hizo ruborizarse y se paseó hasta una mesa servida para dos: con copas de cristal, utensilios de plata y vajilla de porcelana que relucían sobre un mantel blanco niveo.
—¿Me acompañáis a almorzar? —le ofreció al tiempo que apartó una silla dorada estilo chaise caré.
Ella vaciló. Las discusiones verbales eran una cosa, pero ¿mezclarse con un pirata...?
—No tengo hambre —mintió ella, tratando de mantener los ojos apartados de su torso labrado. No era fácil.
—No habéis probado bocado desde ayer y sería una pena que se perdiera aunque sea una pizca de esa belleza. E dai (Venir)—le dijo con tono dulce—, estoy seguro de que se os ha abierto aunque sea un pocoel apetito.
—Perdí el apetito cuando fui capturada por un pirata bárbaro.
La sonrisa indulgente desapareció.
—No obstante os sentaréis junto a este pirata bárbaro y le haréis compañía mientras come.
—No lo haré —pronunció ella con valentía. No había escapado de Inglaterra para terminar bailando al son de los caprichos de un pirata. Giró sobre sus talones y se dirigió hacia el tramo de escaleras. Logró dar dos zancadas antes de que un brazo fuerte y bronceado se le enroscara en la cintura, clavándola de espaldas contra un pecho desnudo como de piedra.
—No hagáis que os persiga —Emmett le susurró suave al oído—. Me estoy esforzando por comportarme como un perfecto caballero. No tentéis a la bestia que hay en mí.
Se le cortó la respiración al sentir la cálida boca junto a su oído. El darse cuenta de que le gustaba la llenó de mayor antipatía. Se dio la vuelta y le dio un codazo fuerte en el pecho.
—Jamás me sentaré a vuestra mesa, ¡a menos que me amarréis a la silla! —Sin embargo, en el instante en que tocó esa piel aterciopelada y bronceada por el sol, sacó rápido las manos, como si se hubiese quemado con fuego. Le había sentido el corazón tamborilear fuerte y parejo debajo de esa cálida fibra muscular.
Emmett curvó los labios.
—Amarrada a una silla, ¿eh? No pongáis ideas en mi cabeza, Rosalie. Ya casi estoy tentado de amarraros sobre mi regazo y daros de comer yo mismo. Os lo dejaré bien en claro. Si deseáis seguir disfrutando de mi amable hospitalidad, deberéis comer almuerzos y cenas en mi compañía hasta que os devuelva a vuestro vizconde. Entonces, ¿podréis sentaros a mi mesa como una niña buena?
Él la soltó y ella retrocedió tambaleándose y asintió con la cabeza de manera obediente. Él la depositó en la silla y se desplomó en la que estaba al otro lado.
—Vino? —Él indicó con un gesto la botella verde que adornaba el borde de la mesa.
Garrett apareció de la nada y asió la botella. Mientras llenaba la copa de ella con un exuberante vino tinto, a pesar del parche negro que tenía en el ojo, a ella le pareció más humano que el tenebroso Lucifer que tenía sentado del otro lado de la mesa, con su único ojo marrón sin el fuego diabólico de los azules de Emmett.
—Os lo agradezco —dijo ella con cautela al tiempo que alzó la copa y se la llevó a los labios.
Garrett sonrió con placer. Sin poder quitarle su único ojo de encima, sirvió una gran cantidad de bebida en la copa de Emmett. El vino tinto se derramó sobre el niveo mantel. Emmett cogió a Garrett de la muñeca, le arrebató la botella de la mano y dijo bruscamente:
—Ma cosa fai, idiota? (¿Qué estás haciendo, idiota?) ¿No tienes nada mejor que hacer que andar fastidiando?
Garrett sonrió con bochorno:
—No. Nada.
Emmett dio un golpe con el puño sobre la mesa y se puso de pie, absolutamente irritado:
—¡Retírate!
—Va bene.(Esta bien) —rió Garrett entre dientes. Le dedicó a Rosalie otra sonrisa tímida y abandonó el castillo de proa, riendo disimuladamente, aunque lo bastante fuerte como para que lo oyeran todos los marineros.
—¿Siempre estáis malhumorado con vuestros subordinados? —le preguntó Rosalie, mientras Emmett regresaba a su silla—. Si continuáis así, lo que sigue es una conspiración a vuestras espaldas, os darán un golpe en la cabeza, robarán vuestro barco y escaparán en él —Sonrió ella con gracia.
—¿No es de mala educación llevar puesto el sombrero en la mesa? —le preguntó él con una sonrisa insinuada.
Una notable sublevación apareció en los ojos felinos.
—No cuando a una la obligan a comer en una compañía miserable.
—Quizás esto os sorprenda, pero tomar como rehén a estúpidas doncellas con fastidiosas criadas no es mi idea de un entretenimiento de primera.
—¿Entonces qué? —preguntó ella con una mueca de desagrado, ardiendo de un color rojo ya obsceno—. Quiero decir... ¿para qué me secuestrasteis?
Él le lanzó una sonrisa seductora.
—Mi idea de un entretenimiento de primera es secuestrar a estúpidas doncellas sinfastidiosas criadas —Él rió entre dientes cuando ella desvió la mirada—. Ma dai, vamos. No os enfadéis. Ya tendréis oportunidad de vengaros de mí. Además, estoy famélico. Quitaos el sombrero, así podremos comer de una vez.
De mala gana, Rosalie obedeció. Un criado vestido con una larga túnica blanca se acercó a la mesa. Dispuso bandejas de plata colmadas de pan tierno, colorido antipasto y un bol cubierto.
—Ayiz haga tanya, ya bey? (¿Algo más, amo?) —le preguntó respetuosamente.
—Lah, shukran, Raed. (No, gracias, Raed) —Lo despidió Emmett.
—¿Eso es árabe? —preguntó ella, sin poder ocultar su admiración. Cuando él asintió con la cabeza, agregó a regañadientes—: Habláis varios idiomas.
—Grazie —E inclinó su hermosa cabeza—. Qué amable de vuestra parte daros cuenta de ello.
—Fue una observación, no un cumplido —murmuró ella, irritada por la sonrisa presumida de él.
—Yo elijo sentirme halagado —dijo al tiempo que metió en la boca una aceituna que chorreaba aceite, y a ella se le hizo la boca agua. Nunca había probado las aceitunas—. Allora(entonces) —señaló la opulenta comida y comenzó a nombrar los platos—: zucchine e melanzane, prosciutto crudo... —Quitó la tapa del bol, dejando a la vista carne de res con verduras de primavera cocidas al vino. Un vaho aromático llegó hasta donde ella estaba—. Sentíos libre de cambiar de opinión — Escogió una rebanada de pan crujiente y la mojó en aceite de oliva, la roció con una pizca de sal y mordió un bocado—. Salute! —Alzó la copa de vino y bebió hasta apurarla.
Miserablemente, Rosalie miraba fijo la apetecible comida e ignoró estoicamente las agitadas protestas de su estómago. Estaba dispuesta a morir de inanición en lugar de tener que comer con un hombre de esa clase.
Él sonrió con perspicacia.
—Faltan horas para la cena y vuestra criada está almorzando en mi camarote.
—No tengo hambre —Rosalie respondió estrictamente cortante.
—Ya veo. Allora, os doy permiso para que disfrutéis de observarme comer.
De hecho ella lo observaba, pensando que sus modales en la mesa eran tan refinados como los de un noble. No obstante, él estaba decidido a provocarla, saboreando cada bocado, mirando al cielo, gimiendo de placer. Sus miradas se encontraron por encima de un zucchini mojado en salsa, atravesado por un tenedor. Emmett sonrió burlonamente.
—Qué pena que hayáis perdido el apetito, princesa. Hay tanto para compartir... El cocinero del barco es un talentoso milanés. Una vez trabajó para una familia real. ¿Estáis segura de que no tenéis ni un poquito de hambre?
Ella le lanzó una sonrisa hostil.
—Prefiero la cocina francesa —Cuando una ceja negra azabache se levantó ante la provocación deliberada, ella alzó la copa lista para dar batalla. Hacía tres años, se había visto involucrada en una discusión similar con una baronesa francesa, defendiendo su verdadera opinión, que era pro Italia, por supuesto. En aquel entonces, ella contaba con amplios argumentos bajo la manga. En ese momento, estaba dispuesta a jugar a ser el abogado del diablo. Lo que fuera para fastidiar a su anfitrión—. Los italianos tienen mucho que aprender de los franceses.
Emmett se hundió en el tapizado de satén de la silla y bebió el vino:
—Aclaradme algo. Los ingleses desprecian a los franceses; no obstante, imitan y adoptan todo lo que sea francés: el coñac francés, la cocina francesa, la moda francesa... ¿A qué se debe?
—Por el mismo motivo por lo que lo hace el resto del mundo: ¡es lo mejor! Imagino que los italianos alguna vez tuvieron algo que alabarles, pero hace siglos perdieron el buen gusto. Me atrevo a decir que en la actualidad, los franceses los eclipsan en todos los ámbitos. Hasta en el arte.
Los ojos azules de él ardieron. Al mismo tiempo reía rapazmente, ansioso por aplastar al oponente.
—Entonces sí sois consciente de que para fundamentar el debate tendréis que probar la comida. A propósito —dijo mientras estudiaba el fluido color escarlata que se bamboleaba en la copa—: ¿el Barbacarlo es de vuestro agrado? A mí personalmente me agrada la sensación cuando baja muy suavemente. ¿Qué opináis vos, princesa?
Ella hizo una mueca atrevida con los labios mojados de vino.
—Sí estáis proponiendo un desafío experimental, debéis proveer vino y comida francesa para comparar.
—Eso no será posible, ya que el único objeto francés de por aquí es el barco.
Intrigada, ella echó un vistazo alrededor. Desde cualquier punto de vista, el Alastor era un buque formidable, una fortaleza flotante conducida por enormes velas blanqueadas al sol.
—¿Cómo es que habéis adquirido esta fragata francesa? Sin lugar a dudas se trata de un buque de guerra.
Él quedó impresionado.
—Muy perceptivo de vuestra parte. De hecho, el Alastor es un cachorro que pertenece a la flota francesa. Solía ser uno de los mejores de Luis.
—Ya veo —dijo ella fríamente, encontrando su alusión al rey de Francia como si se tratara de uno de sus tontos amigos más cercanos—. Los muelles de Luis estaban atestados y entonces dejó que os llevarais uno.
—De hecho me lo llevé. Un asunto insignificante relacionado a una apuesta que tuve con monsieur le Roi —Le lanzó de nuevo aquella indignante sonrisa burlona—. Perdió.
—Eso es ridículo. Vos hacéis apuestas con el rey de Francia, ¡igual que yo voy camino a los fuegos del infierno en Tortuga!
El muy desvergonzado seguía sonriendo.
—Qué pena por los piratas que pronto se volverán pobres.
Rosalie lo ignoró y se concentró en el paisaje. ¿Cuántos tristes inviernos había anhelado tener enfrente aquella vista impresionante? Si estaba condenada a andar por la vida extrañando a sus padres y a su hermano desde lo más profundo de su alma, al menos lo haría bajo un sol cálido y como un espíritu libre.
—¿Habéis estado antes en este extremo del mundo? —Le llamó la atención Emmett.
—No, no he estado —El tono de voz de ella se tornó sarcástico—. ¿Y vos?
—He estado en muchos sitios, princesa, lugares que os fascinarían.
—Jasper y yo tenemos grandes planes de viajar por el mundo una vez que contraigamos matrimonio —mintió ella de nuevo, irritada por la tranquila superioridad de él.
—Davvero?(¿en serio?) ¿Y eso será durante o después de la guerra? Lamento tener que estropear vuestros planes, princesa, pero tengo la impresión de que vuestro honorable Whitlock está más interesado en combatir piratas que en cumplir con sus obligaciones con su amada prometida. Fue muy descuidado de su parte dejaros viajar sola por estas aguas donde es probable toparse con buques de guerra franceses o españoles.
—¿Qué sabéis vos del honor o del deber? —siseó Rosalie.
—Supongo que muy poco. No obstante, ¿no se os ha pasado la edad marital usual de las jóvenes elegantes? —La examinó largamente y luego le preguntó con calma—: ¿Cuánto tiempo hace que estáis comprometida con él?
—Eso no es de vuestra incumbencia —le contestó fríamente, nerviosa por el giro que había tomado la conversación. Aunque su compromiso se había fijado hacía siglos, Jasper parecía decidido a posponerlo, sin pensar en su inquieta prometida que lo esperaba sentada en casa. Navegar rumbo a Jamaica había resultado ser la solución perfecta. Finalmente, ella conocería el sabor del sueño de sol brillante y la libertad, tendría la oportunidad de conocer el mundo sobre el que había leído y soñado tanto, y así podría instar a Jasper a que pusiera una fecha de boda definitiva.
—¿Cuánto hace que está apostado en Jamaica? —la acosó Emmett.
—Tres años.
—Tres años es demasiado tiempo para estar separado de la mujer que uno ama —Le sostuvo la mirada en medio de un silencio opresivo y luego se inclinó acercándose más—. Ya sé lo que opináis de mi persona, Rosalie. Que tengo un alma negra y corrupta, mientras que él es un santo merecedor de un par de bonitas alas blancas. Pero, suponiendo que Whitlock fuese el hombre que vos decís que es, ¿por qué razón ese idiota os abandonó? ¿Es que prefiere a los muchachitos o simplemente es ciego? Si vos fuerais mía, bella donna, no os tendría lejos de mi vista ni tres días; ni qué hablar de tres largos años. Os mantendría precisamente donde pertenecéis: a mi lado, todo el tiempo, y la mayor parte, en mi cama. Y os enseñaría mejores maneras de usar vuestra rápida lengua, amore.
A ella se le secó la lengua. La coherencia regresó gradualmente.
—¿Por qué atacasteis el Pink Beryl?
—Os estaba buscando a vos —Al notar el terror en los ojos de ella, ablandó la expresión severa de su rostro con una sonrisa—. Nada de eso. Encontraros ahí fue pura suerte. Intercepto a todo barco rumbo a Kingston.
Ella aflojó la tensión en los hombros.
—¡Miserable desgraciado! No es de extrañar que todo el mundo os odie. ¿Qué esperabais capturar? ¿A una pobre víctima que os hiciera compañía en las comidas mientras devorabais los placeres de vuestro cocinero milanés? ¿Alguien que no os causara problemas?
—¿Y a esto le llamáis "no causar problemas"? —Rió entre dientes al tiempo que bebió un sorbo de vino—. Debéis saber, mi belleza de lengua afilada, que estaba a la caza de algo de valor para Whitlock.
—Algo para canjear "eso" que no tiene precio —En ese instante ella comprendió y sonrió de manera triunfal—. ¡"Eso" no es una cosa!¡Sino una persona! Alguien para vos más importante que el oro, a quien Jasper ha capturado y mantiene cautivo, y dado que su honor no le permite venderos a esa persona, buscasteis algo que lo forzara. ¿Quién es esa alma desafortunada a quien estáis desesperado por liberar? ¿Uno de vuestros compinches? ¿Algún compañero pirata?—se burló ella.
—Bueno, ¿quién hubiera dicho que la encantadora cabeza de una rubia razonara tanto? —comentó Emmett con genuina fascinación—. Ya siento pena de tener que perderos, amore. Tal vez debería intentar persuadir a Whitlock con oro. Uno nunca sabe hasta que lo intenta.
El terror se grabó en los ojos de ella.
—No seríais capaz.
—¿No? —Sonrió él desafiándola con la mirada—. Aun con toda esta comida sobre la mesa, saborearía clavar los dientes en una parte selecta de la carne de vuestro delicioso cuerpo.
Ella se puso de pie.
—¡Bestia insufrible! Buscaos a otro que soporte vuestros patéticos modales. Conmigo es suficiente —Con una mirada furiosa y mordaz abandonó la mesa.
Emmett la alcanzó de un salto. La cogió de la muñeca y de un tirón ella cayó justo en sus brazos. Pero inmediatamente retrocedió de un salto:
—¡Soltadme! Ya tuvisteis vuestro almuerzo. Ahora dejadme regresar al camarote.
Él le alzó el mentón con un dedo:
—Sois más hermosa de lo que recordaba, Rosalie, y a pesar de que me prometí dejaros en paz, casi no logro... controlarlo. Tres días más de esto y me convertiré en un imbécil bobalicón.
A ella le llevó algunos minutos recapitular.
—¿Vos me recordáis? ¡Eso es imposible! Yo no os conozco. Apenas nos conocimos anoche, ¡por el amor de Dios!
—Sí que nos hemos cruzado, Rosalie —susurró Emmett—, y puedo probarlo. Comed conmigo durante estos tres días que pasaremos juntos y prometo contaros todo antes de separarnos.
Rosalie ardió en un caldero mental de curiosidad y hostilidad durante un largo rato, sintiéndose debilitada poco a poco por la intensa súplica de aquellos endemoniados ojos azules.
—Está bien. Ahora soltadme. Yo... yo estoy muerta de hambre.
Emmett rió entre dientes, hizo lo que le pidió y una vez más la invitó a tomar asiento.
