Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 3
No era una buena noche para ser una príncipe italiano. Edward McCarty se hundió en un sillón roto y escudriñó las paredes frías y austeras del Castello McCarty. Su esplendor había sido saqueado. Eficazmente. Brutalmente. Completamente. Desvalijado por sus recaudadores chupasangres. No le quedaba nada. Peor aún: sus días en el palacio familiar estaban contados.
Una llama débil saltaba en el hogar. Edward tenía la mirada fija en un espejo hecho pedazos que colgaba de una de las paredes. Fornido, de cabellos cobre como el sol, vestido de negro de pies a cabeza, su reflejo complementaba tristemente el entorno. Aunque se hallaba en la flor de la vida, parecía acabado; sus facciones claras eran frías como las de una estatua, sus ojos azul oscuro tenían esa mirada furiosa que sus enemigos habían calificado como "la mirada de una bestia salvaje en peligro". Edward sonrió enconadamente. La misma mirada que le había valido desprecio y vituperio a la larga lo haría triunfar y dominar. Un día cercano encontraría a ese canalla de la cicatriz en el rostro que le había robado el medallón McCarty. Lo mataría y se convertiría en el futuro Duque de Milán.
Mientras tanto, Edward tenía que sobrevivir sólo con su astucia e ingenio mientras los españoles acababan con la economía de Milán. Maldijo y tragó un sorbo de coñac. Era la última botella. El viejo tesoro de vinos y licores que había en la bodega había corrido la misma triste suerte que las obras de arte y los muebles. Y ahora que el Ejército Imperial se encontraban en las puertas de Milán, él también tenía que huir, salvo que... ¿a dónde podría ir? Todos los países que integraban la Gran Alianza eran un camino sin salida, ya que él abiertamente tomaba partido por Francia. Lo había hecho después de que el Emperador y el Papa le negaran el diritto de imperio, su legítimo reclamación al ducado de Milán. ¿Debía irse a París?, se preguntaba. Había peores lugares para pasar el invierno venidero, pero ¿qué había de bueno en París para un príncipe milanés empobrecido? Además, había que tener en cuenta el desafortunado incidente con el sucesor francés. Hacía dos años, Luis le había echado la desgracia encima, jurando que si Edward volvía a acercarse a alguna mujer francesa, lo encerraría en la Bastilla y tiraría la llave. Luego él había contraído matrimonio. No era culpa suya que ese papa de cuello ancho y ojos saltones se negara a otorgar la anulación. Si un hombre golpeaba a su esposa, ¿no era ese un signo claro de que estaba harto de ella? Qué pena no haber envenenado a Tanya después de despilfarrar su fortuna. Ahora tenía que cargar con ella, pero esa vaca estúpida había escapado a Roma a llorarle a su tío —que inoportunamente era el mismísimo papa Clemente— contándole acerca del malvado esposo que tenía. Por tanto, definitivamente no era posible ir a Roma. Podía ir a España. Buscar alguna rica heredera en Madrid. Seducirla, envenenarla, coger su dinero... La idea le resultaba atractiva, pero no así España. Detestaba a esos españoles barbudos.
Unos pasos que se acercaban de prisa hicieron eco en las lúgubres paredes de la gran mansión. Edward sacó su daga, su vieja amiga lustrosa y letal.
—¿Quién anda ahí? —gritó, entornando los ojos en la penumbra.
Envuelto en una capa negra, un hombre diminuto se presentó bajo la débil luz del hogar. Su voz sonaba como un susurro áspero.
—Os traigo buenas nuevas, monsignore. Excelentes nuevas.
Edward resopló y enfundó la daga. Ya aburrido, musitó con el mismo entusiasmo de una cabra muerta:
—Dime de qué te has enterado, Eleazar.
—Lo encontré, monsignore —Rió Eleazar con disimulo. Se llevó la punta del dedo a la sien izquierda y dibujó tina cicatriz con forma de medialuna.
Edward pegó un salto en la silla.
—¿Estás seguro?
—Si, monsignore. El biscione. "La víbora que llevó a los milaneses al campo de batalla".
—¡Ya lo sé, stupido! —Edward fulminó al espía con la mirada—. ¿Dónde está? ¡Dímelo ahora mismo!
—Vi al Alastor navegar desde Génova con el hombre de la cicatriz de medialuna a bordo. Aunque no desembarcó, lo vi con mis propios ojos, y todavía lleva...
—¡No me interesa lo que lleva, stronzo!—vociferó Edward. Lo que le interesaba era echarle mano al medallón y luego cortarle el cuello a ese bastardo. Su archienemigo. Su maldición—. ¡Cuéntame todo! ¡No pongas a prueba mi paciencia!
Encogido del miedo ante la furia de su amo, Eleazar harbulló:
—Él... él navega hacia el Caribe. ¿Qué debo hacer ahora, monsignore?¿Debo ir tras él? ¿Convertirme en su sombra?
Edward se sentó. Tenía que pensar rápido y con astucia, hacer uso del instinto asesino que había perfeccionado en las mesas de juego de naipes. El rey de Francia era el único hombre con el poder suficiente para deshacerse de ese canalla, pero para lograr el apoyo de Luis, Edward tendría que darle algo a cambio: ¿pero qué?
Luis quería España, de modo que había puesto a su nieto Felipe en el trono español y le había declarado la guerra al continente entero para mantenerlo allí. Quería Italia, así que envió medio ejército para ocuparla. Ahora el príncipe Eugenio de Saboya, el comandante supremo del Ejército Imperial, estaba amenazando las conquistas de Luis. No había nada que Luis quisiera más que eliminar a Saboya.
Edward sonrió. Sabía el método exacto para aprovecharse de eso. Miró a Eleazar.
—Sí. Ve tras el pirata. Conviértete en su sombra. Me reuniré contigo dentro de dos meses en Gibraltar. Averigua a dónde va, con quién habla, con quién duerme. Sí para ello tienes que sobornar, envenenar o estrangular a alguien... Hazlo. ¡Quiero saberlo todo! Capisce?Y... si se te presenta la oportunidad, mátalo. Quiero el medallón de oro que lleva colgado en su maldito cuello.
Eleazar se sobresaltó.
—¿Que mate al...? —Pero al ver la mirada furiosa del amo, hizo una rápida reverencia y murmuró—: Si, monsignore. Así se hará —Se retiró sigilosamente, con la capa abultándose detrás de sí.
Sonriendo con satisfacción, Edward levantó la botella de coñac del suelo. Pronto tendría todo lo que siempre había querido. Estiró las largas piernas y le hizo un brindis a la víbora real tallada en la pared de piedra.
—Ah, Víbora. Aunque tengas que morir, no temas, pues la muerte es amarga, pero la fama es eterna.
