Mi Pirata Malvado
(Adaptacion)
Capítulo 4
Emmett se inclinó en la silla hacia delante, emergiendo de la oscuridad a la luz de la vela. Escogió una flor roja del florero que había sobre la mesa y la arrojó sobre la falda de ella:
—Una flor por vuestros pensamientos.
A Rosalie se le detuvo el corazón al ver aquel fino rostro bronceado realzado por el suave fulgor de la llama de luz. Ya no podía negar que sus atenciones le daban placer. Ya que por primera vez en su vida, ella apreciaba el poder de la femineidad. He aquí un hombre a quien casi todo el mundo temía, esforzándose por entretenerla, por encontrar la aceptación en sus ojos. Desde que habían compartido el primer almuerzo, el día anterior, él se había vuelto discretamente amable y cortés, comportándose como un perfecto caballero. No obstante, a pesar de sus esfuerzos, ella no era tan tonta: Emmett era un depredador: tranquilo, elegante y letal.
Con aire distraído, ella se enroscó un mechón dorado y lo acomodó sobre el hombro desnudo.
—Costaría más que una flor comprar mis pensamientos.
—Entonces quizás el vino de Málaga haga lo necesario. Como dice el dicho: "In vino veritas". —Volvió a llenar las copas, con una expresión divertida condimentada con un descarado interés masculino.
Para Rosalie no pasó inadvertido el hecho de que él apreciaba su pronunciado escote. Aquellos ojos la habían estado acariciaron durante toda la noche. Ella apoyó la copa de vino contra la cálida mejilla.
—Tenía otro tipo de precio en mente.
Alzó la ceja negra azabache:
—Por supuesto, poned vuestro precio. Estoy de ánimo aventurero.
Ella bebió un sorbo de vino.
—Me estaba preguntando acerca de esa persona a la que queréis rescatar.
Él sonrió abiertamente.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que queréis saber de ella?
Una mujer. El humor de Rosalie ennegreció. La amante, sin duda.
—Bueno, ¿cuál es su nombre?
Emmett analizó la sonrisa bien educada de ella:
—Mary Alice—le respondió—. Ahora habladme de vuestros pensamientos.
Ella echó un vistazo a los pétalos de color escarlata que anidaban en su regazo.
—Estaba pensando en mi prometido.
—Ah —A él se le congeló la sonrisa—. Ya estáis ansiosa por deshaceros de mi compañía —Escogió una naranja del bol de plata con frutas y la peló con la daga en lugar de usar el cuchillo.
—Whitlock no está informado acerca de mi inminente llegada. Tengo intención de darle una sorpresa.
—Y lo haréis —afirmó él con tono enigmático—. Sin embargo, él debería de estar agradecido de que os aventurarais a navegar en tiempos de guerra sólo para hacerle una visita. Pocas mujeres enfrentarían ese peligro.
Rosalie decidió que ya no tenía ganas de seguir hablando de Jasper. Prefería mucho más interrogar a su anfitrión.
—¿Por qué las flotas son vuestro objetivo? El riesgo es diez veces mayor en relación al escaso beneficio.
—El beneficio inmediato para mí es insignificante. Mi objetivo son tanto los buques franceses como los de línea mercante o real, ya que para Luis son los más importantes.
—¿Estáis combatiendo contra los franceses? —le preguntó ella con tono incrédulo.
A él pareció divertirle la reacción de ella.
—Como bien sabéis, el Continente, Alta Mar y las Américas están en guerra. Uno no puede vivir en este mundo sin tomar parte. Yo, personalmente, no aspiro a la Corona Española, pero encuentro inaceptable el reclamo de Felipe. Luis no puede permitirse tener el control de dos tercios de las potencias y los recursos del mundo occidental.
—Qué admirable —murmuró ella. Eso colocaba a Emmett de sulado—. ¿Pero por qué tenéis que enfrentaros por vuestra cuenta al poderoso abuelo de Felipe, el Rey Sol, cuando podéis uniros a la Gran Alianza? Luis XIV cuenta con los medios para aplastar a un solo hombre sin el menor esfuerzo.
El sonrió:
—No creo que los aliados me acepten, y yo estoy decidido a no contar con ellos.
El hombre era una constante sorpresa.
—Debéis de ser muy valiente... o estar muy loco.
—Hasta los valientes caen en trampas y se engañan a sí mismos persiguiendo ideales fuertes y nobles —Sosteniéndole la mirada, se estiró por encima de la mesa y la asió de la mano—. Os tengo intrigada, ¿verdad? —le susurró—. ¿Queréis que intentemos sobornar a Whitlock con oro después de todo?
A ella le dio un vuelco el corazón. Liberó la mano lentamente.
—No tengo ni idea de por qué tendríamos que hacerlo...
—Yo creo que sí, amore. Creo que nosotros dos nos entendemos muy bien.
La tensión entre ambos se tornó excesiva para ella y desvió la vista hacia la luz plateada que bañaba el mar abierto.
—Entonces, permitidme contaros una historia —le sugirió él. Una vez que tuvo su atención, se aclaró la garganta—: Había una vez un juez rico en Pisa, más dotado de intelecto que de fortaleza física, cuyo nombre era Messer Charlie. Digamos que tal vez carecía de ingenio ya que compartía la misma idea estúpida de otros hombres que suponen que mientras ellos andan viajando por el mundo, disfrutando del placer de estar con una mujer detrás de otra, sus esposas se quedan en casa con las manos cruzadas. Allora, el buen juez, que se sabía solvente y destacado y se creía capaz de satisfacer a una mujer de la misma forma que se desenvolvía en su trabajo, comenzó la búsqueda de una que fuera dueña de belleza y juventud. Su búsqueda resultó ser de un éxito sorprendente (pues Pisa es una ciudad donde la mayoría de las mujeres parecen lagartos) y desposó a Esme, la joven más encantadora. Con gran festejo llevó a su nueva esposa a su hogar, pero como era un hombre enclenque y marchito, sólo logró hacer un intento con ella en la noche de bodas, apenas manteniéndose en juego por esa única vez, y descubrió que tenía que beber grandes cantidades de vino Vernaccia, ingerir confituras fortificantes y contar con cualquier cantidad de otro tipo de ayudas para poder salir a flote al día siguiente.
Emmett terminó el vino, disfrutando de la expresión de Rosalie con la boca abierta.
—Bien, el amigo juez, habiéndose formado un cálculo estimado de su resistencia, resolvió enseñarle a la esposa el calendario, es decir, los días que por respeto hombres y mujeres debían abstenerse de practicar el acto sexual. Allora, los más rápidos de resolver eran —Contó con los dedos—: las cuatro semanas antes de Cuaresma, las noches de los Apóstoles y la de cientos de santos más. Viernes, sábados y domingo del Señor, los días de Cuaresma, ciertas fases de la luna, y muchas otras excepciones, pensando en que uno se toma un respiro para hacerle el amor a una mujer del mismo modo en se toma el tiempo para defender un caso en la corte.
Ella lo miraba perpleja. Pero aún más desconcertante era el extraño escalofrío que sentía.
—¿Y entonces?
—El buen juez continuó así durante un tiempo, sin privarse del mal humor por parte de la dama. Un día, durante el transcurso del sofocante verano, él decidió ir a navegar y pescar en las costas de su adorable propiedad cerca de Monte Nero, donde podía disfrutar del aire puro. Habiendo ocupado un bote para él solo, ubicó a la mujer y a sus doncellas en otro. La excursión de pesca resultó encantadora, y así entretenido con su diversión no se dio cuenta de que el bote de la dama había terminado en el mar a la deriva. Cuando de repente —hizo una pausa de manera dramática—, apareció un barco de remos comandado por Carlisle, un famoso pirata de sus tiempos. Tomó el barco con las damas, y no bien vio a Esme la deseó de inmediato. Decidió quedarse con ella, y como lloraba amargamente él la consoló con ternura, durante el día con palabras, y cuando llegó la noche... con hechos. Pues él no pensaba en calendarios ni prestaba atención a las fiestas ni a los días laborables.
Absolutamente consciente del rápido latido de su corazón, ella le preguntó con suavidad:
—¿Y qué hizo el buen juez?
—Al haber sido testigo del secuestro, él se encontraba profundamente afligido, pues era del tipo de personas que celaba hasta el aire que rodeaba a su mujer. En vano se encaminó hacia Pisa, lamentando la maldad de los piratas, aunque no tenía idea de quién se había llevado a su esposa ni hacia dónde.
—¿Y lady Esme? —insistió Rosalie.
—Olvidó por completo al juez y a sus leyes. Vivió muy alegremente con Carlisle, que la consolaba día y noche y que le rendía honores como si fuera su esposa.
Ella parpadeó:
—¿Eso es todo? ¿Así termina? ¿El esposo se olvidó de ella?
—No. Un tiempo después, Charlie se enteró del paradero de su esposa. Se encontró con Carlisle y astutamente se hizo amigo del pirata. Fue entonces cuando le reveló el motivo de su visita y le imploró a Carlisle que aceptara cualquier suma de dinero a cambio de recuperar a su mujer.
—Y, por supuesto, Carlisle aceptó —replicó Rosalie, clavándole una mirada furiosa al moreno impío que tenía enfrente—. ¿Qué iban a importarle los sentimientos habiendo oro de por medio?
—Carlisle no aceptó —recalcó Emmett—. Por respeto a ella, le dijo a messer Charlie: "Te llevaré donde está y si desea marcharse contigo, entonces podrás poner tú mismo el precio de la recompensa. Sin embargo —agregó con un tono de voz más grave—, si ese no es el caso, me causarías un gran daño al apartarla de mi lado, pues ella es la mujer más adorable y deseable, la que me robó el corazón y yo..."
A Rosalie le subió un calor:
—¿Cuál fue la respuesta de Esme? —se apuró a preguntar.
—¿Cuál sería la vuestra, Rosalie?
Hasta ese momento, ella no se había dado cuenta de lo zorro que él era. El objetivo de la historia no era contarle lo que sucedería o no; sino tratar de abrirle la mente a posibilidades, elecciones, hacia extraños giros del destino...
—El esposo tenía poco que elogiar y Carlisle era un mercenario. Si estaba dispuesto a aceptar el oro en compensación de un corazón roto, entonces no la amaba de verdad.
—¿Y si Carlisle hubiese rechazado el oro? —insistió Emmett en un tono grave y seductor—. Vos no escogisteis a ningún hombre, Rosalie.
Ella desvió la mirada.
—Os pido que terminéis con este tonto juego que habéis tramado...
—Yo no lo hice —Sonrió él—. Garrett, que vivió en Florencia hace siglos, lo hizo para entretener a los amigos que le quedaban cuando la Peste Negra devastó Italia. Pero como me lo habéis pedido con tanta gentileza, os contaré el final. La mujer le dijo al esposo: "Puesto que me he topado con este hombre con quien comparto este cuarto con la puerta cerrada los sábados, viernes, vigilias y los cuatro días de Cuaresma, y aquí se sigue trabajando día y noche, te diré que si les hubieras otorgado tantos días de fiesta a los empleados de tus haciendas, como lo hiciste con el hombre que se suponía tenía que trabajar mi pequeño terreno, no habrías cosechado ni un solo grano. Pero como Dios es un considerado testigo de mi juventud y así lo deseó, mi suerte ha cambiado. Tengo intención de quedarme con Carlisle y trabajar mientras aún sea joven y dejar las fiestas y ayunos para cuando sea mayor. En cuanto a lo que a ti respecta, ve a celebrar todos las fiestas que tengas ganas, pues por más que te exprima por completo no te cae ni una gota de zumo".
Ruborizada de la furia, Rosalie se mordió el labio.
—No demasiado admirable viniendo de una mujer casada, ¿verdad?
—La mujer prefirió al amante.
—¿Entonces el sacramento del matrimonio os parece tan insignificante? —preguntó ella.
Una chispa de rabia iluminó los ojos de él.
—Todo lo contrario —dijo bajo con voz áspera—. Conservo el mayor respeto por los sagrados votos del matrimonio, pero no soy tan tonto como para caer en la trampa. Caer en el adulterio es una diversión común para las mujeres casadas de alta cuna.
—¿Entonces preferís asumir el rol de seductor?
—Uno sólo puede seducir si ella desea ser seducida.
Interesante, pensó ella. A juzgar por la reacción de él, sospechaba que alguna vez le habían sido infiel.
—¿Quién es Royce, Rosalie?
Esa pregunta la tomó completamente por sorpresa.
—¿Qué? ¿Cómo...? ¿Quién os ha hablado de él?
—Vos —Sacó del bolsillo un diario sospechosamente conocido, abrió la tapa y leyó: «A mi querido Royce, que está en el sitio más preciado de mi corazón. Extraño tu dulce rostro y todo lo maravilloso que hay en ti. Mientras tomo un baño de sol, recuerdo los días de ocio que pasábamos a orillas de...». Vuestras lágrimas borraron los renglones que siguen —La miró con reproche.
—¡Mi diario de viaje! —Furiosa, ella se inclinó sobre la mesa para arrebatárselo de las manos, pero él lo sostenía bien fuera de su alcance—. ¡Devolvédmelo! ¡Es algo privado y vos lo robasteis!
—Mi querida dama —dijo él con un gruñido—. Vuestro diario humilla al Arte de amar, de Ovidio.
—¿Cómo os atrevéis? El libro de Ovidio es... indecente. Mi diario no es... —Ella frunció los labios—. ¿Tenéis el descaro de leer algo privado y esperáis que os dé una explicación? ¿Dónde lo encontrasteis?
—Me lo trajeron mis hombres. Lo encontraron en vuestro camarote mientras sacaban los arcones.
—¿Registraron todo mi camarote? —Agrandó los ojos de la incredulidad—. ¿Qué es lo que esperabais descubrir: misivas secretas enviadas a Francia?
—Fue un malentendido. Entonces, ¿quién es él, Rosalie? ¿Vuestro amante? —exigió él.
La sonrisa silenciosa de ella lo enfureció aún más; él pareció sentirse culpable.
—Pobre Whitlock —dijo enojado—. Un cornudo y ni siquiera está casado aún. Qué ingenuo de mi parte, yo que creía que erais una niña inocente, demasiado pura para mancillar con mis sucias y malvadas manos. ¡Vos no merecéis ni el respeto de una cortesana profesional!
El intenso resentimiento que hervía en sus ojos a ella le causó gracia.
—Cualquiera diría que es a vos a quien le pusieron los cuernos, y no a vuestro enemigo. ¿No os parece absurdo? ¿O tal vez es que estáis celoso? ¿Os duele imaginarme enamorada de otro aunque no seáis mi prometido?
—Le doy gracias a Dios no ser vuestro prometido — masculló él con enfado—, de igual modo le entregaré esto, para prevenirlo de la verdadera naturaleza de su futura esposa.
—Hacedlo, por favor —Ella lanzó una carcajada ante la expresión perpleja de él—. No tenéis idea de lo tonto que os veis, teniendo en cuenta que... Royce es mi hermano.
Aquello lo tumbó.
—¿Vuestro hermano?
Deslizó lentamente el diario sobre la mesa. Ella lo cogió:
—Royce es mi hermano pequeño. Falleció hace cinco años, en un duelo absurdo y trágico.
Emmett se mostró torpemente arrepentido:
—Mis condolencias. ¿Él era vuestro único hermano? ¿Y vuestros padres?
—Fallecieron cuando yo tenía doce años. Mi abuelo se hizo cargo de nosotros —¿Por qué razón le estaba contando a este pirata la historia completa de su vida? La respuesta la excedía.
—Debéis de haberos sentido solitaria —recalcó él sin dejar de mirarla a la cara.
—Solitaria no. Sola. Pero tenía a Royce y a Jasper cuando regresaban a casa después de la escuela.
—¿Whitlock era amigo de vuestro hermano?
—Eran excelentes amigos. Así que ya imaginaréis lo imbécil que os veíais presentando esta insignificante e inculpatoria evidencia de infidelidad hacia Jasper —Sonrió ella.
El se movió incómodo.
—Jamás tuve la intención. Lo siento. Por favor, disculpad mi torpeza.
—Disculpo vuestra torpeza. ¡Lo que no os disculpo es haber leído mi diario privado! ¡No teníais ningún derecho a curiosear! Debisteis haberlo devuelto en cuanto os percatasteis del error.
—Quizás debí de haber contenido mi curiosidad —admitió él, no sin una clara muestra de su orgullo—. Estoy dispuesto a compensaros por ello. Decidme cómo.
Ella lo miró de manera circunspecta:
—Liberadme de comer con vos mañana: el último día juntos.
Emmett se puso tenso:
—No.
—No podéis elegir la compensación que os convenga —masculló ella.
—Pedid otra cosa.
Ella contempló la postura implacable de la mandíbula de él, el brillo decidido de sus ojos y dijo:
—No.
La irritación le atravesó el rostro:
—D'accordo. Va bene. Tendréis vuestro deseo.
—Gracias —Cuanto menos tiempo pasara en compañía de aquel italiano despiadadamente seductor sería mejor, se dijo así misma.
—Vuestro abuelo parece ser muy condescendiente en lo que concierne a su nieta —afirmó él al cabo de un largo rato de silencio—. ¿Sabe que habéis leído a Ovidio?
El motivo por el que ella estaba familiarizada con la obra del poeta romano era la excéntrica perspectiva de su abuelo con respecto a la educación femenina. A ninguna dama inglesa refinada se le tenía permitido leer lo que ella había leído.
—Vos habéis leído a Ovidio. ¿Por qué no habría de hacerlo yo? —señaló ella de modo cortante, irritada por tener las mejillas encendidas de nuevo.
—Y por cierto, ¿por qué —Emmett rió burlonamente—, cuando el motivo por el que los hombres prohibieron a las mujeres mejorar su educación surge del temor y la estupidez? Las mujeres ya han ejercido tanto poder sobre nosotros los pobres hombres que nos aterra el hecho de pensar que una vez que sepan todo, nos tendrán absolutamente a su merced.
Aquel comentario mitigó la actitud hostil de ella y se descubrió sonriendo de nuevo.
—Me resulta difícil imaginaros de rodillas ante una mujer.
—Os sorprenderíais —La profunda sonrisa que le lanzó la estremeció por completo.
Sintiéndose tímida y al mismo tiempo decidida, dijo:
—Lo único que escuché sobre vos es robo, tortura y asesinato. Decidme una sola cosa que no sea un rumor malintencionado.
—¿Por qué pensáis que no son más que rumores malintencionados y no la verdad? —quiso saber él, divertido.
Decepcionada ante la fácil evasión de él, ella respondió:
—He compartido cuatro comidas con vos y aún no os he visto comer órganos humanos crudos ni succionar sangre fresca.
Emmett rompió a reír libremente, a todo pulmón.
—¿Es eso lo que habéis escuchado decir sobre mí? Hete aquí, secuestrada de un mundo de decencia y refinamiento y forzada a compartir la comida con el monstruo del pozo negro.
—Vos no sois de los bajos fondos. Sois sumamente bien educado, vuestros modales (cuando os conviene) son excelentes, vuestros gustos son caros...
—Cualquier persona con un buen ojo puede experimentar el gusto por las mejores cosas de la vida. El hecho de que no sea vizconde... —hizo un ademán exagerado con la mano—, no significa que sea un analfabeto. Leer es un método conveniente para pasar el tiempo en el mar, carissima.(querida)
Esas tiernas palabras cariñosas que pronunciaba en italiano le hacían tamborilear el corazón.
—Es más que eso —dijo ella—. Es el modo en que os desenvolvéis, sois... —Buscó en la cabeza la palabra precisa—: Principesco.
Hubiera jurado que él se estremeció, pero al hablar, lo hizo con voz serena y monótona.
—¿Esta es vuestra deducción después de dos días de observación? Rosalie: príncipe o mendigo, bueno o malo, nada de eso tiene importancia en este mundo. La cuestión es lo que el destino nos tiene preparado y lo que nosotros elijamos hacer con eso. Yo elijo mi camino, porque esto es lo que soy. Un hombre cuya lealtad depende de sí mismo.
—Y sin embargo defendéis el reino contra la tiranía francesa —señaló ella. Y recitó en voz baja—: «Un bandido cual león que ronda el Líbano. Su hogar, un filoso pedernal, y en la cima de un risco se yergue un leopardo con manchas cual guardián, pues él es un hombre de linaje, un hechicero que hasta los salvajes temen». Vos no venís de un mundo igual al mío, pero sí vivís en un sitio solitario —La vulnerabilidad que ella percibía en su mirada la afectó del mismo modo que evidentenemente ella lo había afectado a él. Emmett había escogido ese camino como desquitándose de... algo, y ella tenía la sensación de que se sentía enjaulado en el mundo que él mismo se había creado, del mismo modo que ella se sentía en el mundo en el que había nacido.
Él se acercó:
—Vos no me teméis, ¿verdad? Pero deberíais hacerlo, Rosalie. Aunque sois capaz de ver cosas que los demás no ven, sois demasiado ingenua para comprenderlo.
La voz de ella sonó como un susurro vacilante:
—Explicádmelo.
—Es tarde —El se puso de pie y se acercó para ayudarla con la silla—. A vuestra criada se le debe de haber metido en la cabeza que he abusado de vos de manera abominable y me perseguirá con su lengua letal.
Al asirlo del brazo, Rosalie percibió una aguda tensión que latía debajo de esa gélida apariencia. No la miraba a los ojos, se había vuelto muy frío y distante. Tenía la vista puesta en el suelo.
—Mi flor.
Él se adelantó. Al enderezarse para ofrecerle el tallo, sus miradas se encontraron. La transformación en él fue inmediata y fascinante. La mirada hambrienta, el intenso deseo que irradiaba: lo vio como un merodeador salvaje en plena caza nocturna, con los instintos aguzados y con la presa totalmente a su alcance. Habían quedados atrapados en ese preciso instante en que el leopardo se abalanza para matar.
Él sentía deseos de besarla, se lo indicaba su intuición femenina. Posaría los labios sobre los suyos como ningún hombre jamás lo había hecho, ni siquiera Jasper Whitlock. El corazón le latía salvajemente. El tiempo se alargó. Ella sentía una atracción tan fuerte que todo su ser esperaba ese beso...
—Cambiad de idea con respecto a la cena de mañana —le imploró con tono suave.
Decepcionada por la repentina retracción por parte de él y furiosa consigo misma por sentirse de ese modo, Rosalie respondió de modo conciso:
—No lo creo. Nada bueno resultará de eso.
El sol se puso en el horizonte, pintando en el cielo un glorioso crepúsculo de un halo de color púrpura. Diminutas islas, tan surrealistas como un sueño, salpicaban la superficie calma y cerúlea. Una brisa más fresca hinchó las velas, punteando con amarras y obenques una melodía de atardecer. Una risotada rompió el silencio. Emmett arrancó los ojos del paisaje y le clavó a Garrett una mirada irritada.
—¿De qué te estás riendo?
Mientras timoneaba, Garrett echó un ojo al capitán y rió entre dientes:
—De ti. No recuerdo la última vez que te vi tan en celo, y todo a causa de una jovencita.
—Stupido —Emmett se apartó de la barandilla y atravesó el alcázar dirigiéndose hacia una caja con naranjas. Escogió una grande y se desplomó sobre una hamaca de soga.
—Las vírgenes arrogantes no son mi tipo. No veo la hora de deshacerme de ella mañana, junto con su ruidosa criada. Lo juro: jamás en mi vida había conocido a una mujer tan fría. Compadezco a Whitlock.
—No es mi tipo, y conociéndote como te conozco, yo diría que tampoco el tuyo. Tienes a una hermosa mujer durmiendo en tu cama, Emmett, y el motivo por el que estás tan agrio como esa fruta a la que eres adicto es porque no estás acostumbrado al rechazo. ¿Por qué no ha querido cenar contigo esta noche?
—¿Por qué no te ocupas del timón en lugar de hacer preguntas estúpidas?
—Va bene. Si tú no la quieres, y teniendo en cuenta que tus planes de luchar contra los franceses no me dejarán oportunidad de estar en las faldas de ninguna mujerzuela en un futuro cercano, quizás le pida a Benjamín que cubra mi puesto y le vaya a preguntar a la rubia dama si desea dar un paseo por cubierta conmigo esta noche.
El humor de Emmett ardió cual camino de pólvora.
—¡Tú no harás tal cosa!
—¿Por qué no? —Garrett abrió grande e inocentemente su único ojo—. Me comportaré como es debido.
—He dicho que no —Emmett rechinó los dientes.
Garrett cruzó los brazos a la altura del pecho, con gesto de disgusto.
—¿Cuándo fue la última vez que tuvimos algo de diversión, eh? ¿Recuerdas siquiera cómo es una mujer debajo de las enaguas?
Emmett se puso de pie.
—Pronto tendrás tu diversión. Una vez que rescatemos a Mary, nos detendremos en Tortuga, donde tendrás oportunidad de explorar debajo de toda enagua que deambule por la isla.
Garrett observó a Emmett caminar a grandes pasos hacia un cubo de agua para lavarse las manos.
—A mí me gustan las rubias.
—En Tortuga hay rubias. Y a esta no hay que hacerle daño. ¿Estoy siendo claro?
—¿Quién dijo algo sobre hacerle daño?
—Ella no es para ti, Garrett —recalcó Emmett con tono ominoso—. Se terminó la discusión.
Garrett rió burlonamente.
—¿Por qué no puedes admitir que la deseas, Emmett? Generalmente, cuando una mujer es de tu agrado, la persigues como un toro hasta que la llevas a la cama y comienza el aburrimiento. ¿Qué tiene esta de especial? Sé que prefieres al tipo con experiencia, pero si la deseas, llévatela a la cama y termina con la agonía del resto de nosotros.
Emmett hizo una pausa.
—Ella no es del tipo que uno puede tomar sin más.
La sorpresa atravesó las temibles facciones del rostro de Garrett.
—Te ha conquistado, ¿verdad? En todos esos elegantes almuerzos y cenas ella dijo o hizo algo que te puso del revés. ¿Qué fue?
—Basta. Ya te has expresado. Ahora concéntrate en el timón antes de que nos hundas a todos —Emmett abandonó el alcázar con paso majestuoso, dejando atrás a un Garrett que lo miraba bastante aturdido.
La hora de cenar pasó y ella seguía invadida por una pésima sensación. Sentada junto a las portas abiertas, Rosalie miraba fijamente el mar oscuro, de mal humor. Al día siguiente se reuniría con Jasper. ¿Por qué no estaba exultante de alegría? Cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás mientras una fresca brisa nocturna le revolvía los cabellos sueltos de la nuca. ¿Por qué razón insistía en engañarse? Ella sabía el nombre de su aflicción; simplemente carecía de coraje para admitirlo: Malvado Emmett. ¿Qué es lo que me has hecho?
El ruido de una llave entrando en la cerradura la hizo pegar un salto. La puerta se abrió. Emmett estaba de pie en el umbral, formidable como siempre. Recorrió el camarote en penumbra. Vera estaba profundamente dormida en el sofá. Su cama estaba vacía. Desvió la mirada hacia las portas abiertas y el corazón de ella casi se le cayó a los pies.
Los ojos de él centellearon ferozmente.
—Poneos el abrigo —susurró—. Hablaremos en cubierta.
Con dedos temblorosos, ella se ató las cintas de la capa al cuello, se calzó y se acercó. Él la cogió de la mano y la sacó rápidamente.
No había ni un alma a la vista cuando ella flotaba tras Emmett hacia el alcázar envuelto en la noche. La colocó junto a la barandilla que daba hacia las aguas iluminadas por la luna y se detuvo frente a ella, alto y tenebroso. Con la larga cabellera suelta, sin ataduras, azotada por la brisa del mar. Sus ojos expresaban deseo y al mismo tiempo reticencia. Le pasó los dedos por la larga cabellera rubia y los extendió como un abanico sobre los hombros de ella, luego le cubrió el rostro con delicadeza:
—Sei bellissima. (Sois hermosa). ¿Cómo es posible que vayáis a escapar de mis garras por segunda vez?
El cuerpo entero de ella cobró vida ante su caricia.
—¿Dónde nos hemos visto antes?
Con voz profunda y ronca le respondió:
—En un baile en Versalles, hace tres años. Vuestro vestido era exactamente del mismo color que vuestros cabellos.
—Brocado dorado —recordó ella con asombro—. ¿Vos en un baile en Versalles?
—Vos sobresalíais en un mar de rostros aburridos pintados de rojo, blanco tiza, con parches falsos. No fue difícil distinguiros mientras rodeabais a la muchedumbre en compañía de madame de Montespan. Yo conozco a madame. En la cima de su carrera, ella era amante de Luis. Yo pensé que erais una de sus jóvenes protegidas. Creí que erais una cortesana, Rosalie.
—¿Una cortesana? —Ella sonrió con maldad. Una mujer de la noche. Una seductora que ponía a los hombres de rodillas. Lo opuesto a lo que a diario ella veía reflejado en el espejo.
—Os seguí, tramando mentalmente algún método de seducción, hasta que un duque entrado en años y un rubio vizconde os robaron ante mis narices —dijo con una sonrisa triste—. Perdí mi oportunidad.
—Mi abuelo y Jasper —llegó a la conclusión con una sonrisa llena de asombro.
—Se mostraban extremadamente protectores con vos, lo cual confirmaba que erais una dama soltera, no una mujer de dudosa reputación. Supe que jamás podría teneros. Aunque hubiera implorado que nos presentaran, ellos jamás lo hubieran permitido —Aquellos ojos depredadores brillaron y sus dientes relucían de un tono blanco pecaminoso—. Mi reputación no es tolerada ni a dos kilómetros de distancia de una inocente debutante.
—¿Así de terrible sois? —bromeó ella. Luego frunció el ceño—. ¿Por qué no os recuerdo? —Con aquella tremenda estatura y esa cabellera tan atractiva difícilmente pasaba desapercibido—. Todo esto es bastante sorprendente.
Le acarició los suaves labios con el pulgar:
—No podíais verme, amore. Estabais bien custodiada.
—Ahora os veo —susurró ella, con la vista absorta en la boca de él. Una sombra oscura le delineaba el labio superior. A ella se le debilitó la respiración.
—Ahora sois mía —Inclinó la cabeza y le rozó los labios. Ella dejó de respirar del todo. Sintió los labios de él suaves y cálidos, y cuando ella no retrocedió se demoraron de modo lento, tierno, persuasivo. Se derritió por dentro. Sus párpados se desplomaron. Sentía los brazos de él moverse con sigilo en el interior de su capa, alrededor de la cintura, presionándola contra su torso. El calor masculino, ese perfume la seducía: una mezcla de coñac, fuego y algo más, más embriagador que el aire soleado o la salada brisa del mar.
Emmett la besaba como quien disfruta saboreando una cucharada de crema: meticulosa, pausadamente. Le humedecía los labios con la punta de la lengua, seduciéndolos para que se separaran para él. Aunque al comienzo vaciló, ella obedeció. Cuando las lenguas se tocaron la invadió una embriagadora oleada de placer. Instintos extraños, primitivos, la incitaban a explorarlo tan completamente como él lo hacía con ella.
A él le brotaban sonidos desde lo más profundo de la garganta cuando la respuesta de ella cobraba confianza y los besos se tornaban más profundos. La boca ya no era dócil sino ardiente y necesitada. La probaba, la acariciaba, se metía más adentro de ella. La cálida respiración de los dos se mezcló hasta tornarse dificultosa.
—Emmett... —suspiró ella, admirada por el modo en que aquel italiano fornido y ardiente, quien hacía sólo tres noches había sido un enemigo temible y detestable, la había hechizado de tal forma que su cuerpo entero respondía a sus besos, a la sensación de tener ese gran cuerpo apretado contra el suyo. Jamás había sentido nada ni remotamente parecido a lo que sentía en aquel momento. Finalmente ella comprendía lo que era estar viva.
Besándolo apasionadamente, las manos de Rosalie recorrieron todo el largo de esos brazos que la aferraban, músculos de hierro que se dibujaban debajo del suave género de linón, hasta que llegó con sigilo debajo de la pesada cabellera. Una exuberante seda fresca se derramó entre sus dedos. ¡Oh, Dios! Cuántos deseos sentía de conocer todo de él, de conservarlo, consumirlo, engullirlo con aquel calor que le brotaba desde el alma...
Emmett soltó un gemido irregular, se apartó de la boca y avanzó lentamente por la curva del cuello femenino. En ese instante de sentía tan absorta, tan inmersa en el efecto que él le provocaba que no supo cómo oponerse a la mano que le cubrió los pechos por encima de la delgada tela del camisón. Él le acariciaba el pezón sensible con movimientos rápidos. Un brusco temblor le recorrió el cuerpo rompiendo la magia. ¿Qué había hecho?
Se soltó bruscamente y abrió los ojos con una expresión de vergüenza:
—¿Qué es lo que me habéis hecho?
Respirando con dificultad, él la miró con ojos cargados de deseo.
—¿Qué os he hecho? —repitió, sin poder comprender el abrupto cambio de actitud de ella.
—¡Me habéis...! ¡Alejaos de mí, monstruo violador! —Ella empujó aquel pecho inamovible, desesperada por escapar de él, de ella misma. ¿Cómo era posible que hubiera perdido la cabeza y se hubiera rendido ante los encantos de un pirata? ¿Cómo podía haber deshonrado a Jasper, comportándose de ese modo tan inmoral?
—¿Violador?—Se le encendió un brillo salvaje en los ojos. La sujetó de los brazos y la inmovilizó contra el pecho—. ¡Os he besado! ¡Y vos me habéis besado también! ¡No he hecho nada que vos no quisierais!
—¡Estoy a punto de casarme con el vizconde Whitlock! ¿Cómo pudisteis hacerme esto? —Aquel condenado rufián le provocaba desearlo hasta su fibra más íntima y ahora ella se sentía vacía y fría.
—¡Entonces no os caséis con él! —rebatió Emmett con resentimiento, frustrado por las lágrimas que a ella le corrían por el rostro—. Rose, vos deseasteis esto del mismo modo que yo. Os aferrasteis a mí como una mujer a quien jamás habían besado en todo su vida.
Dolida por la humillación, ella le sostuvo la mirada enfurecida. Él tenía razón en ambas cosas. Si no la hubiera besado, ella habría muerto de curiosidad y deseo. Pero sentía deseos de arrancarle aquellos hermosos ojos por haber adivinado su triste inexperiencia con tal desenfado y falta de cuidado, y por hacer que lo deseara tan ardientemente.
—¡Os odio! —siseó, principalmente porque sabía que nunca jamás volvería a tenerlo.
—Pensáis que no soy lo bastante bueno para alguien como vos —dijo Emmett con voz áspera—. Que no valgo lo bastante para satisfacer los deseos de una princesa de vuestra noble estirpe. Pero lo hicisteis, Rosalie. Gemisteis y ronroneasteis cual gata hambrienta de amor, y si esta cubierta hubiera sido mi alcoba, ya tendría arañazos en mi espalda como prueba. Una noche más a bordo de mi barco, amore, ¡y me rogaríais quedaros conmigo! —Arremetió en su contra con toda la arrogancia de un hombre que había estado con más mujeres de lo que era capaz de recordar.
Rosalie inspiró enérgicamente. Tal vez porque él estaba tan cerca de la verdad, o porque lo había puesto en términos tan bajos, ella levantó la mano y lo abofeteó en la mejilla, con todo el dolor y la furia condensada en un solo movimiento.
—¡Vos... me dais... asco! —dijo con vehemencia, con lágrimas abrasadoras que le ardían en los ojos.
Emmett se quedó inmóvil: la intensidad de su furia lo cogió desprevenido.
Aprovechándose de ese instante de confusión, ella apartó el pecho de acero de un violento empujón y huyó tan rápido como le permitieron las piernas sin atreverse a mirar hacia atrás ni una sola vez.
Emmett se tocó la mejilla amoratada y se quedó mirándola mientras ella atravesaba la cubierta a toda prisa, con los cabellos rubios, la tela de muselina blanca y la capa negra azotados por la brisa como si fueran alas. Cuando desapareció de su vista, él cerró la mano en un puño y golpeó con fuerza la dura madera del pasamano. Si las palabras tuvieran el poder de destruir, el torrente gutural de improperios en italiano que le brotaba de la garganta hubiera hundido a la marina francesa completa.
