Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 6

Los soldados custodiaban el patio iluminado con antorchas. Rosalie se alejó de la ventana y se acercó a su paciente. Tenía el cabello húmedo debido a un reciente baño y una bata de seda negra ceñida al cuerpo. Colocó el farol sobre la mesa que había junto a la cama y se sentó al borde. Le apartó los cabellos de la frente, suave con un dedo y cayeron pesados a un lado como seda fresca, dejando al descubierto su perfil aristocrático y bronceado. A ella le recordaba a Sansón, el legendario héroe cuya cabellera guardaba el secreto de sus grandes poderes.

Emmett gimió y se movió dormido.

—Duerme plácidamente, Sansón —susurró ella—. Conmigo estás a salvo —Le puso una mano fresca sobre la frente para controlar la fiebre. Normal. Esa palabra la llevó a hacer una mueca. ¿Qué había de "normal" en que la nieta del duque Hale estuviera socorriendo a un célebre pirata? ¿Estaba loca?

La respiración de él se serenó. Sin embargo, ella no lograba apartar la vista de él. Aquel hombre la tenía fascinada. Tenía los modales de un lord, la reputación de un monarca del infierno, el cuerpo de un dios griego, el rostro más bello y, cuando no andaba saqueando, asistía a bailes de gala en Versalles.

—¿Quién eres? —susurró ella. Miró el medallón de oro que descansaba sobre su pecho. Lo levantó con cuidado para acercarlo a la luz. Era sumamente extraño. Tenía la forma de un escudo medieval, con una cruz que lo dividía en cuatro partes. Había dos figuras grabadas en forma diagonal: un águila, con sus majestuosas alas extendidas, y una serpiente: la víbora estampada en la bandera roja de Emmett. El escudo se parecía al que había en su camarote. En la base había una inscripción que decía: Mors acerba. Fama perpetua est.

Ella volvió a colocar el medallón sobre el pecho y, siguiendo un impulso, deslizó la mano por el torso. La piel cálida y bronceada se sentía suave como el terciopelo. Los músculos con forma cúbica se ondulaban bajo las palmas de su mano.

Emmett estaba profundamente dormido, pero incluso en ese estado de debilidad, irradiaba su potente personalidad. Ella le acarició el brazo que descansaba sobre la sábana blanca. Era muy fibroso, como ella recordaba bien, pero sin ropa los músculos parecían más extensos, sumamente masculinos. Acarició el antebrazo de venas muy marcadas debajo del codo, maravillada por la suavidad de la piel, al mismo tiempo que recordaba la inmensa fuerza que esa mano era capaz de ejercer. Tenía dedos largos y finos. La aferraron. Ella deslizó la vista hacia el rostro de él.

Unos zafiros brillantes la miraron centelleando debajo de unos pesados párpados:

—¿Qué diablos estáis haciendo?

—¿Qu... Qué? —preguntó ella, con el corazón tamborileándole en el oído—. Yo, eh, yo estaba...

Emmett exhaló y aflojó la mano.

—¿Dónde estoy? —preguntó mareado.

—¿No lo recordáis?

—Mi cabeza —Se quejó—. La siento... confusa. No logro pensar con coherencia.

—Tontamente preferisteis vaciar una botella de coñac de Jasper en lugar de tomar láudano. A propósito, estáis en su casa, en mi alcoba.

Él sonrió débilmente.

—Ahora recuerdo. ¿Y cómo se siente vuestro prometido conmigo usurpándoos la cama? ¿Será que un escuadrón de guardias irrumpirá en cualquier momento?

—A él ni le importa. Si mi abuelo se llega a enterar de una sola palabra de esto, sería el fin de su carrera naval y posiblemente hasta de su vida.

—¿Y mi barco? ¿Lo confiscó?

—Después de que Garrett y Benjamín os trajeran hasta aquí, vuestro barco zarpó. Vuestra hermana se quedó.

Él hizo un gesto con la cabeza, aún sosteniéndole la mano.

—¿Por qué me estáis ayudando, Rose? Deberíais estar rogándole a Whitlock que me mande a la horca, no preocupándoos por un pirata desconocido como si fuera un cachorro herido.

Sin preocuparse por discutir sus motivos, ella intentó liberar la mano. Sin éxito.

—Si deseáis garabatear una queja, os facilitaré una pluma y papel —le ofreció ella con dulzura.

—A mí no me engañáis —Deslizó la mano de ella hasta el pecho suave y la sostuvo ahí, en el corazón—. Con todo el veneno que hay en vuestra lengua, sois de lo más compasiva. Una romántica.

El corazón de Rosalie dio un vuelco.

¿Una romántica?

—Obviamente. Ayudando a un desconocido herido... —Cerró los ojos al sentir una punzada de dolor, sin embargo seguía sonriendo, el pecho subía y bajaba debajo de las manos entrelazadas—. Qué bien se siente vuestra mano.

Ella exhaló el aire con alivio.

—¿Creéis que el hecho de ayudaros es un acto romántico?

—Creo que es una tontería. Si yo fuera vuestro abuelo, os estaría dando azotes en el culo hasta dejároslo azul —La miró de reojo—. Tal vez analice el asunto cuando me sienta mejor...

—Vos no sois mi abuelo. Además, sabéis perfectamente por qué os he ayudado, para recuperar a Jasper —agregó rápidamente antes de que él llegara a la conclusión equivocada.

—¿De veras? —El abrió los ojos con una sonrisa burlona—. Tenéis razón, Rosalie. Yo no soy vuestro abuelo, y vos no sois una niña. Sois una mujercita que está jugando peligrosamente con un pirata.

—Un pobre pirata indefenso —señaló ella al tiempo que se le ruborizaban las mejillas.

—Bien, este pobre pirata indefenso está absolutamente agradecido de poner su vida en unas manos tan finas y delicadas —Emmett alzó la mano de ella, se la llevó a los labios y le depositó un beso caliente en el interior de la palma.

Un calor la recorrió. Inspiró hondo, era hora de recuperar esa delicada mano.

—Hay que cambiaros la venda y tendría que poner un ungüento que ayude a cicatrizar la herida.

Él le soltó la mano.

—¿Dónde dormiréis? ¿Aquí conmigo? —le preguntó esperanzado.

Ignorando la pregunta, ella buscó en el interior del botiquín y extrajo una pequeña botella y varios apositos de algodón limpios. Quitó el vendaje de lino fino y examinó los puntos de la sutura que le había hecho hacía unas horas. Había parado de sangrar y la piel estaba en vías de mejorarse. Untó el ungüento blanco con la yema de los dedos. Lo último que quería era provocarle más dolor.

—Me tocas con mucho cuidado, amore. Adiferencia de otras mujeres que me han vendado.

Ella continuó ignorándolo, entonces él cogió uno de los mechones de cabello húmedo de ella y lo frotó entre sus dedos, como si fuera un sastre evaluando la textura de un género costo. Se lo llevó a la nariz e inhaló el aroma floral.

—Niña de cabellos rubios, pagarían bien por ti en el zoco de Argel.

Ella sonrió.

—Veo que estáis decidido a fastidiarme, aunque no sea para bien vuestro.

Los dientes blancos emitieron un brillo malvado.

—Estoy decidido a captar tu atención, encantadora enfermera. Más allá de esa herida hay un hombre, ¿sabes?

—Lo he notado —Se limpió los dedos y volvió a atar el vendaje con cuidado.

—Quizás en este momento sea un pobre indefenso, pero aún soy capaz de apreciar el contacto de la mano de una mujer hermosa —Soltó el mechón de cabellos y le enroscó los dedos en la nuca—. Hay un dicho de donde yo vengo —susurró atrayéndole más la cabeza—: "Ten cuidado siempre con la Víbora" —La besó con la misma ternura con la que ella le había cambiado el vendaje.

Sus labios la dejaron mareada. Por mera fuerza de voluntad logró volver a sentarse derecha.

—Tengo que haceros una pregunta. ¿Qué quiere decir esa inscripción en latín escrita en vuestro medallón?

Una expresión distante afloró en sus ojos drogados.

—La muerte es amarga. La fama, eterna.

Ella intentó descifrarle la mirada, pero él la desvió.

—Deberíais dormir. Por la mañana os sentiréis como un hombre nuevo. Os dejé un vaso de agua y esto...

Emmett volvió la cabeza en la almohada. Sobre la mesa había un recipiente con agua y un vaso a mano; al lado, la naranja que Alice le había arrojado.

Rosalie se puso de pie. Aún con la sensación de esos labios calientes sobre los suyos, estaba ansiosa por marcharse y ocultarse en el salón contiguo, al menos hasta que él se quedara dormido. Cerró la mano en el pomo de la puerta.

Rose.

Se giró. Aquella mirada con los párpados pesados la dejó inmóvil.

Gracias.

Al día siguiente, Rosalie fue a encarar a Jasper en su despacho. El frente marino de Kingston se extendía al otro lado de las ventanas abiertas: un pequeño puerto próspero con barcos entrando y saliendo, casas blancas, palmeras y un espléndido mar turquesa. A ella le atraía mucho la idea de pasar los próximos años de su vida en aquella isla. Simplemente tendría que adaptarse al clima tropical. Abrió de golpe el abanico y estaba a punto de entrar, cuando unas voces fuertes discutiendo que venían del interior la detuvieron.

—¡No puedes mandar a mi hermano a la horca! —dijo Alice furiosa—. ¡Él te perdonó la vida porque yo te protegí!

—¡La Reina me ha encomendado que limpie estas costas y tu hermano tendrá su día en Gallows Point! —replicó Jasper severamente—. Mantuvo a mi prometida cautiva en su barco asesino con todos sus cómplices. Sabe Dios lo que ella habrá sufrido en sus manos.

—Lady Rosalie se ofreció alegre y voluntariamente a curar la herida de mi hermano, Whitlock. Además, tú no pensabas demasiado en tu prometida cuando estaba recluida en Inglaterra. ¿Por qué debería importarte ahora que a ella le guste Emmett?

Rosalie tuvo que controlarse para no irrumpir y decirles cuatro verdades.

—Tú podrás venerarlo como a un dios, pero no lo es —comentó Jasper con un gruñido—. Y aunque sinceramente dudo de su humanidad, te aseguro que es de carne un hueso, de la peor calaña, y mal que te pese, ¡es mortal!

—¡Por Dios, todavía estás celoso! —Alice lanzó una carcajada—. ¿Es por mí o por lady Rosalie? ¿Crees que está enamorada de él?

Rosalie contuvo la respiración, interesada en escuchar la respuesta de Jasper.

—Durante semanas me hiciste creer que él era tu amante. Luego, ¡te pones de su lado y en contra mía! Prácticamente está condenado a muerte. No existe poder en el mundo que no haya garantizado su arresto. No puedo liberarlo. Y aunque pudiera concederle el perdón, no lo haría en absoluto.

—Jamás afirmé que fuera mi amante. Tú lo asumiste, al igual que el resto del mundo.

—Tú no creíste conveniente aclararme la verdadera naturaleza de tu relación con él. ¿Disfrutaste volviéndome loco de los celos?

Parpadeando lágrimas contenidas, Rosalie aceptó la verdad: eran más que amantes; estaban enamorados. Ni la luz del sol ni la libertad la esperaban a ella allí, sólo la angustia. Gracias a Dios ella había tomado la iniciativa de ir. De no haberlo hecho, habría perdido años esperando a que Jasper regresara a casarse con ella. Se había salvado en el momento crucial. ¿Y entonces por qué le dolía tanto?

Las puertas se abrieron.

—¡Rosie, eres tú! —exclamó Jasper al verla. Se le veía bastante incómodo—. Estaba a punto de ir a buscarte y... Alice está ansiosa por ver a su hermano. ¿Puede visitarlo en tus aposentos mientras nosotros conversamos en mi despacho?

—No veo por qué no —respondió Rosalie con frialdad—. Él es su hermano. Sólo espero que los centinelas que pusiste afuera la dejen pasar. Parece que yo fuera a vivir en prisión.

—Mientras insistas en cuidar de un peligroso criminal en tu alcoba, tendrás soldados alrededor por tu propia protección.

El era tan hipócrita como idiota.

—¿Crees necesario protegerme de un hombre herido que apenas puede mantener los párpados abiertos?

—Así es —Envió a Alice arriba e invitó a Rosalie a entrar al despacho.

—El Pink Beryl llegó esta mañana —le anunció al tiempo que cerraba las puertas dobles a sus espaldas. La ayudó a sentarse en el sillón que estaba frente a su escritorio y él tomó el asiento que estaba detrás—. Tuve una larga charla con el capitán. Devastación. Brutalidad. Eso es de lo que tu pirata es capaz y tú escoges defenderlo. ¿Qué es lo que voy a pensar, Rosie? ¿Qué es lo que voy a decirle a tu abuelo?

—Qué pregunta tan interesante —respondió ella con tono áspero.

—Esta situación pasa de la raya. No voy a tolerar este tipo de obstinación por tu parte.

El odio que había en la voz de él la alarmó.

—Estás cambiado. Ayer tuve la impresión de que Jamaica te había beneficiado. Ahora veo que estaba equivocada. Tres años y no encuentras ni media sonrisa para darme la bienvenida. Si deseas que me marche, dilo de una vez.

Una mirada de culpabilidad apareció en sus ojos. Parpadeó y dijo:

—¿Alguna novedad de mi padre?

—La última vez que vi al conde gozaba de excelente salud. Envía saludos.

—Gracias. Cuando me fui de Inglaterra no nos separamos en los mejores términos. Dijo que no tenía heredero y que si yo insistía en causar impresión en esta guerra, debería hacerlo como correspondía, al lado de Marlborough. Imagino que me considera un pobre legatario para su condado, pero le consuela el hecho de que al menos sus nietos serán mitad Hale.

La desaprobación del conde era una vieja llaga en Jasper.

—Su Señoría está muy orgulloso de ti —le aseguró—. Le habla de tus logros a quien esté dispuesto a escuchar.

Él la examinó con una mirada compungida. La brillante luz del sol realzaba los ojos de ella de color aguamarina, de un modo que parecían reflejar el mar que se expandía más allá de las ventanas. Llevaba puestos unos diminutos pendientes de perlas en los lóbulos, con unos mechones de cabellos dorados sobre el hombro desnudo de color marfil. El escote de encaje dejaba a la vista una seductora porción de piel.

—Dios mío, pero si luces atractiva —reconoció afectuosamente—. No logro reconocer ni una pizca de aquella pilluela que se peleaba conmigo por el banco del viejo olmo.

El resentimiento que ella sentía se suavizó un poco; sin embargo, no lograba discernir si él la miraba como hombre o como amigo. En muchos aspectos, ella lo consideraba más un hermano mayor. Lo encontraba atractivo a la vista, pero a diferencia del italiano que estaba arriba, no había nada en él que le acelerara el pulso.

—Qué alegría verte —admitió con frialdad—. Tres años es mucho tiempo.

—Así es, y deberíamos compensarlo. Tenemos tanto de qué hablar para ponernos al día...

Tal vez no todo estaba perdido, meditó Rosalie. La isla era encantadora, y ella siempre había soñado con vivir en un lugar así. También se sentía cómoda a su lado, el peligro no acechaba en rincones oscuros.

Jasper sonrió.

—Cuéntame, ¿fue el viaje agradable? Tengo curiosidad por saber cómo obtuviste el permiso de Hale para venir hasta aquí. Casi no podía creerlo al verte en el barco pirata. De no haber sido por tu presencia a bordo, habría hecho explotar a ese maldito rufián en el agua.

Ella no tenía ganas de volver a tocar ese asunto.

—Mi abuelo se mostró bastante obstinado, y la guerra no colaboraba ni un poco con mi causa. Tuve que explicarle que ni tú ni yo jamás contraeríamos matrimonio mientras un océano nos siguiera separando, y como tú no puedes abandonar tu puesto, yo debía venir a tu encuentro. El está ansioso por que yo contraiga matrimonio, para que cuando él ya no esté entre nosotros yo no quede desprotegida.

—Tu abuelo no necesita preocuparse. Pronto contraeremos matrimonio y tú viajarás de regreso a Inglaterra.

—¿Disculpa? —parpadeó Rosalie—. ¿Casarme y marcharme?

—Rosie, no me digas que estás quisquillosa con la idea de casarte conmigo. Eso se decidió hace años.

—No lo estoy. Lo que me pregunto es qué sentido tiene casarme contigo si es que me vas a enviar a casa.

—Vivimos en tiempos peligrosos, continuamente amenazados por los buques de guerra franceses y españoles empecinados en destruir. Es demasiado arriesgado para que te quedes y yo estoy muy ocupado para entretenerte.

Rosalie se quedó inmóvil en su sitio.

—Esto no resultará, Jasper. Yo he venido a vivir aquí como tu esposa, no para ser enviada a casa como un equipaje inútil —Ella no daba crédito al hecho de que él intentara decidir su destino con tanta crueldad, encerrarla en Drearyshire y arrojar la llave. Pelearía con uñas y dientes, incluso se echaría atrás con el compromiso—. ¡No lo permitiré! —juró—. ¡No lo haré!

—Cálmate, Rosie.

—No me calmaré. No hasta que quites de tu obtusa cabeza esa estúpida idea de enviarme a casa. Tú más que nadie sabes cuánto aborrezco sentarme a esperar. Toda mi vida he esperado tener la oportunidad de conocer el mundo. Quiero explorar lo que me he perdido. ¡Quiero vivir!

—Bueno, no puedes vivir aquí —resolvió el vizconde.

—¿Por qué no? —La cabeza le daba vueltas, dándole señales de una incipiente jaqueca. Sentía que aquella situación era como un déjàvu de todos los agravios que había sufrido durante años: cuando sus padres la dejaron en casa para viajar por el mundo, cuando Royce se marchó a Eton, y cuando el duque estaba ocupado con asuntos de Estado que atender.

Jasper apretó la mandíbula.

—¿Por qué insistes en desafiarme? Ayer diste un espectáculo al ofrecerte de voluntaria para cuidar de un pirata. Ahora estás comportándote como una muchachita caprichosa. No toleraré un comportamiento rebelde, Rosalie. Si voy a ser tu esposo, tendrás que aprender a obedecerme.

¿Obedecerte? —Ella miró su rostro pedante, echando chispas por los ojos, deseando tener algo a mano para arrojárselo.

—No soy un tirano irracional. De hecho, estoy siendo bastante sensato; en cambio tú prefieres desafiarme a cada instante. El pirata que tienes en tu alcoba será colgado mañana y tú regresarás de nuevo a Inglaterra en cuanto el Pink Beryl esté listo para emprender el viaje.

—¡No puedes enviar a la horca a un hombre tan gravemente herido!

—Puedo y lo haré. Déjame recordarte lo que dice la ley: «Todo individuo que recibe, alberga, asiste o socorre a un criminal es culpable, como si portara armas por propia cuenta». Deberías agradecer que no presente cargos en tu contra por traicionar a la patria.

A ella le dieron náuseas:

—¿Desde cuándo te comportas como un verdugo, Jasper?

—¡Desde que tú decidiste ponerte en ridículo! —le gritó él.

Ella se quedó absolutamente inmóvil. La frustración le obstruía la garganta. Ya sí que no lo reconocía.

—Debo enviarlo a la horca. Si no lo hago, me acusarán de cómplice. Piensa en mi reputación.

—¡Al diablo con tu reputación! No soy tan ingenua como para no darme cuenta del verdadero motivo por el que no me quieres aquí. Pero déjame aclararte la naturaleza de nosotras, las mujeres. No nos importan los monstruos que ejecutan a nuestros hermanos. ¡Estoy segura de que esa regla se aplica también a las amantes!

—¿Y entonces qué quieres que haga? —Jasper frunció el ceño miserablemente.

—¡Resuélvelo por tu propia cuenta! —Con las faldas cual remolino de color salmón rosado, giró sobre sus talones y se marchó, cerrando tras de sí las pesadas puertas de roble de un golpe.

Alice encontró a Emmett dormido entre sábanas con aroma a lavanda y almohadas mullidas. Ráfagas de viento cálido hinchaban las cortinas drapeadas por entre las que se filtraba la brillante luz del sol. Ella se arrodilló junto a la cama y le besó la mejilla. El abrió los párpados de golpe. La mirada penetrante se suavizó al reconocer el dulce rostro que le sonreía.

Gatita —Le sonrió soñoliento—. ¿Qué hora es?

—¡Mediodía, haragán! —Se dirigió hacia la ventana contoneándose, corrió las cortinas y se desplomó ruidosamente en una silla, apoyando sobre la mesa los pies enfundados en unas botas—. ¿Estabas planeando perder el día entero en la cama?

Emmett hizo una mueca. Se incorporó apoyándose en las almohadas, maldiciendo la maldita luz y el maldito dolor.

Mannaggia. Creo que mi cabeza está a punto de estallar —Se llevó las manos a las sienes y se masajeó para quitarse el dolor—. Cuéntame todo. ¿Qué es lo que estás haciendo con ese imbécil?

Alice examinó el grueso vendaje blanco que le envolvía el torso.

—Jasper tiene intención de enviarte a la horca mañana. Nada de lo que yo diga le convence. ¿Crees que puedas largarte esta noche?

Emmett suspiró.

—Si es necesario —La contempló un instante—. ¿Tú vienes?

—Si es necesario...

Él levantó la ceja:

—¿Y eso de qué depende? —Ella se encogió de hombros—. Mmm. Sam me localizó cerca de Córcega, diciendo que había que rescatarte. Me dijo que el cazapiratas Whitlock había capturado tu barco. ¿te tuvo prisionera en alguna de sus fortalezas?

—Durante un tiempo. Quería obtener información sobre tu paradero. Aparentemente, tú eres su principal objetivo. Al percatarse de que el caso era irremediable, me trajo hasta aquí.

Emmett maldijo:

—¿Te dijo que estaba comprometido o es que te hizo creer que estaba en el mercado listo para que le pusieran un grillete en la pierna?

Ella sonrió; la perversa opinión que su hermano tenía con respecto al matrimonio no le resultaba ajena.

—Sí, me habló sobre lady Rosalie. Su compromiso matrimonial fue arreglado cuando aún estaban en sus cunas. Afirmó que se habían criado juntos como hermanos, no como novios. Supongo que fue muy tonto por mi parte alimentar falsas esperanzas, pero nos enamoramos. Yo creía que rompería el compromiso con ella y me escogería a mí. Sin duda no tenía ninguna prisa en volver con ella. Me pregunto cómo es que Rosalie lo toleró.

—No lo toleró. Y dime, ¿te decidiste a abandonar tu experiencia pirata a cambio de usar faldas? Yo diría que tú le causas más estragos al vizconde Whitlock de lo que llegarías a aterrorizar a los franceses.

—Soy consciente de que siempre has querido que llevara una vida tranquila, que buscara un esposo que cuidara de mí, y viviera en un lindo hogar con hijos. Creo que ya estoy preparada para dejarte a esos desafortunados franceses a ti. El pobre Luis ya tiene las manos llenas ocupándose con un solo miembro de la familia.

Emmett rió ahogadamente.

—Te he extrañado, gatita. Jamás hemos estado tanto tiempo separados.

Ella suspiró.

—Yo te extraño siempre, Emmett, pero aun cuando vivía en Agadir, tú jamás estabas allí. ¿No estás cansado de andar por alta mar hecho una furia, luchando con el rey de Francia?

—Jamás me canso de fastidiar al rey de Francia.

Ella lanzó una carcajada.

—Ya me he enterado de tu nuevo deporte: coleccionar fragatas de Luis. A estas alturas debe de estar odiándote. Jamás volverá a invitarte a ninguno de sus bailes de gala.

—Por supuesto que lo hará. Me adora. Yo soy el único que no le permitirá hacer trampas jugando a las cartas.

Ella meneó la cabeza suspirando:

—Emmett. En octubre tendrás treinta y dos. ¿Es que nunca sueñas con buscar una mujer para enamorarte, tener hijos y...?

—¿Por qué no hablamos de cuándo te casas tú? Cuéntame algo sobre tu nueva víctima. No puede ser tan malo. Los rufianes generalmente se baten en duelo mejor que él.

Ella sintió un arrebato de ansiedad en el estómago.

—¿Entonces a ti no te importa que yo...?

Au contraire. Ya era hora de que algún otro demonio desafortunado se ganara el privilegio de ocuparse de ti. Ya estaba empezando a desesperarme por tener que encargarme del asunto para siempre.

Ella sonrió y luego frunció el entrecejo.

—Debería odiar a Jasper por lo que te hizo.

—Olvida lo que me hizo a mí. La pregunta es: ¿qué es lo que Whitlock tiene en mente hacer contigo? Él es prácticamente un hombre casado, Mary.

A ella le brotaron de los ojos unas lágrimas necias:

—¿Qué crees que debo hacer?

—No te desanimes —dijo Emmett con tono brusco—. Ahora estoy yo aquí. Arreglaré todo para ti. Si Whitlock es el hombre que quieres, lo tendrás.

—¿Y cómo? Tú eres un prisionero —Ella resolló—. Y Jasper jamás desafiará a su padre. No abandonará a su dama por una desconocida con aspecto rebelde.

—¡Tú no eres una desconocida rebelde! —Irritado, se concentró en incorporarse. Se dirigió tambaleándose hasta el tocador y vertió agua en una vasija de porcelana. En cuanto sumergió la cabeza en el agua fresca, relajó los agarrotados músculos de la espalda. Cogió una toalla para secarse la cara—: Déjame a Rosalie. Yo me ocuparé de ella.

—Tiene a miles de soldados bajo su mando. Incluso con mi ayuda, ¿cómo harás para encargarte tanto de lady Rosalie como de escabullirte esta noche? Esta casa es una maldita fortaleza.

Él se pasó los dedos por los cabellos mojados.

—Debe haber un modo. Siempre lo hay —Caminó lentamente hacia la ventana y emitió un silbido suave al mirar hacia fuera—. Difícil. No imposible. Sería más fácil si vinieras conmigo, pero me las arreglaré. ¿Ahora puedo recibir mi abrazo?

Ella saltó hacia los brazos abiertos.

—Te he extrañado. No puedo perderte, Emmett. Tú eres mi única piedra sólida en el mundo. Si no fuera por tu valentía e inteligencia, ya me habría muerto hace dieciséis años, y estaría enterrada en Italia junto a mamá y papá en una tumba sin nombre. Nada puede separarnos. Lo sabes. Ni siquiera mi amor por Jasper. Nosotros tenemos la misma sangre.

Emmett le besó las mejillas mojadas de lágrimas.

—Yo también te adoro, ámorruccio. Siempre me tendrás.

Después de un largo abrazo, él regresó a la cama. Se hundió con rigidez sobre las almohadas y cerró los ojos. Alice se echó en la cama junto a él. Boca abajo, apoyó los codos en el colchón y se sostuvo el mentón, cruzando las botas en el aire.

—¿Qué tipo de mujer es ella?

Él abrió un ojo color zafiro:

—¿Quién?

—Tu hermosa enfermera rubia —Sonrió ella burlona. Él contempló el cielo raso.

—Durante los cuatro días que entretuve a la prometida de Whitlock en el Alastor llegué a algunas conclusiones. Una de ellas es que su compromiso matrimonial con el vizconde no era la asociación perfecta. Tal vez si me acerco a ella de la manera apropiada logre convencerla de que desista.

—¡Lo sabía! —Se sentó—. Tienes intención de seducirla. Harás que se enamore de ti para que te siga ansiosa a todas partes. ¡Te aprovecharás de ella y la dejarás de lado, como haces con todas las mujeres!

—Yo no me aprovecho de las mujeres —afirmó de modo sucinto.

—La reputación de ella no sobreviviría a una relación contigo, Emmett, y tú lo sabes bien, maldita sea. Ella tuvo la amabilidad de ayudarte. No puedes pagárselo con un sucio ardid.

—¡No le haré daño! Desflorar vírgenes altaneras no es mi objetivo primordial en la vida. A diferencia de tu vizconde, yo he aprendido a controlar mis urgencias amorosas.

Alice le lanzó una mirada de escepticismo. Ella ya había sospechado que el punto débil de esa dama era su inescrupuloso hermano. Sin embargo, por muy encantadora que fuera lady Rosalie, (y conociendo a Emmett, a quien no se le había escapado ese detalle) por lo general él evitaba a las de su tipo, sin excepción. Sólo la seduciría para despejarle el camino a Alice para que se casara con Jasper. Luego dejaría plantada a la dama, que quedaría devastada. Esa idea no le parecía bien a Alice. Quizás Emmett no se sentía obligado, pero ella sí se sentía en deuda con la otra mujer. Maldición, no podía permitir que Emmett aplastara a su oponente con aquel tiránico comportamiento suyo.

—Lady Rosalie viene de una familia poderosa —le advirtió—. Su abuelo es el consejero personal de la reina Ana.

—Lo sé.

—Entonces insisto: reconsidéralo. No creo que el duque se tome muy bien lo que piensas hacerle a su nieta. Tienes demasiados enemigos poderosos. No tienes necesidad de enemistarte con todo monarca del universo.

Emmett la miró con ojos fríos y desganados, con una expresión escalofriante.

Me importa un bledo.

Ella reconocía esa mirada. La flota huía cuando él miraba de aquel modo.

—"Emmett Dale McCarty" —susurró ella—, "no le teme a nadie y hace lo que le venga en gana". Papá solía decir eso de ti.

—No me llames por ese nombre —le dijo con enfado—. ¿Cuántas veces vamos a hablar de lo mismo?

—Tú me llamas Mary —le recordó ella sutilmente.

—Eso es distinto.

Ella tragó el amargo nudo que tenía en la garganta.

—Ya sé que estás más allá de preocuparte por tus inmoralidades, pero por favor, Emmett, no le hagas daño. Ni tu enterrada conciencia podrá vivir con la culpa de cometer una sucia artimaña como ésa.

Tras pasar el día explorando los alrededores de la casa, Rosalie regresó a sus aposentos. Se encontró con Alice en el vestíbulo. Perdida en sus pensamientos, la bucanera estaba sentada en el sofá, admirando un vestido de seda color cereza que Vera había planchado para la cena de esa noche. Fastidiosamente, Jasper había enviado al mayordomo a informarle que tendría lugar una cena formal y que incluiría a cincuenta dignatarios de la isla. Rosalie no tenía deseos de zambullirse en la escena social local, no mientras estuviese cuidando de un pirata en su alcoba, pero como dice el dicho: la nobless oblige.

—Los ganchos van atrás —ofreció de manera amable.

Alice se quedó inmóvil en el mismo lugar, con aspecto avergonzado.

Caspita! ¡Lady Rosalie! Yo... Yo lo siento —dijo lidiando con el vestido mientras trataba de volver a ponerlo en su lugar. No se le estaba dando muy bien—. No tengo palabras para agradeceros lo suficiente por salvarle la vida a mi hermano. Estoy en deuda con vos, y también Emmett.

Rosalie sonrió. Aparentemente, a pesar de su jactanciosa independencia, Alice no era tan distinta a las mujeres comunes. Le gustaban los volantes rosados. Rosalie entró y con delicadeza rescató el vestido de las torpes manos de Alice.

—¿Cómo le está yendo a su hermano? —preguntó.

—Muy bien, después de todo. No le gustó demasiado el caldo de pollo que le enviasteis para el almuerzo, pero el sirviente que le preparó el baño le cambió el humor.

Rosalie rió entre dientes.

—Difícilmente a un enfermo se le pueda servir un plato bañado en una sabrosa salsa. Debería de estar contento de estar vivo y poder comer algo.

—Ahora está dormido —Alice seguía cautivada con los hábiles dedos de Rosalie que mágicamente manejaban la crujiente seda y los volantes. Rosalie se adelantó y sostuvo el vestido frente a ella. Alice casi se traga la lengua.

—Sostenlo —le pidió Rosalie, al tiempo que abrochaba un trozo de seda alrededor del vacilante puño de Alice. Ella deslizó la mano por la parte delantera fruncida—. Necesita unos pequeños arreglos, pero...

—Lady Rosalie... —se sofocó Alice—. No puedo aceptar un obsequio de vuestra parte. Soy yo la que debería recompensaros con un presente. Además —se sonrojó—, sería un desperdicio en mí.

—Oh, no es un obsequio. Te lo cambio por unos pantalones y un par de botas que hagan juego.

Alice la miró como si ella acabara de salir de un manicomio.

—¿Pantalones, lady Rosalie? ¿Deseáis vestir como un hombre teniendo ese magnífico guardarropa?

Rosalie se encogió de hombros. No le guardaba tanto rencor a Alice por conquistar el corazón de Jasper, sino por la libertad que ella disfrutaba. Aquella mujer de aspecto estrafalario viajaba por el mundo como un espíritu libre mientras ella tenía que andar leyendo sobre el mundo que existía más allá de los barrotes de su jaula de oro.

—¿Por qué no? Me encantaría usar pantalones y andar pavoneándome sin rendirle cuentas a nadie.

—Hay aspectos menos gratificantes al vestirse como un hombre —la reprimió Alice—. Ser vista como alguien de naturaleza extraña, para empezar, o tener que combatir contra los patrones masculinos en un mundo de hombres mientras secretamente tú envidias a las damas refinadas, que son la maldición de tu existencia.

Rosalie se quedó callada ante aquel comentario directo. Pero luego el humor reemplazó al impacto y se arrellanó en el sofá riendo:

—"La maldición de la existencia de las damas refinadas": eso es muy de las amazonas que disfrutaban de la libertad absoluta y deambulaban en un mundo machista... y, por supuesto, un mundo de damas serias y de hombres arrogantes.

Alice sonrió con vacilación:

—Vos parecéis altamente capacitada para lidiar con hombres arrogantes.

—Son años de práctica —Rosalie batió las pestañas graciosamente—. Puede que mi mundo encandile la vista, pero los barrotes de oro funden el esplendor. Yo tengo que ir acompañada si quiero dar una vuelta por el parque.

—¿De veras? ¿Siempre? —Alice se unió a Rosalie en el sofá.

—Sí, desafortunadamente —suspiró Rosalie sinceramente—. Nosotras las damas finas debemos viajar con nuestro propio dragón para alejar a los hombres licenciosos.

Alice rió nerviosamente:

—¿Cómo reaccionó su dragón cuando instaló a un hombre herido en su alcoba? No vi rastros de paredes quemadas.

—Mi dragón está domesticado. Los resoplidos son peores que las llamaradas.

Ambas lanzaron una carcajada. Alice dijo:

—Yo no puedo decir lo mismo sobre el dragón que está en vuestra cama.

Rosalie aprovechó el momento.

—Habladme de él. ¿Cómo es como hermano? He escuchado cientos de historias acerca de él, pero por lo que he observado en estos pocos días, parece bastante razonable, deliberado y muy inteligente. Para nada el malvado monstruo que la gente dice que es.

—No es un monstruo. Es una gran persona, pero también un hermano tierno y cariñoso con el corazón de un león; aunque las mismas cualidades que enumerasteis sean precisamente las que lo vuelven peligroso.

—¿Peligroso para los franceses? —Rosalie indagaba útilmente para obtener más información.

—Peligroso para el que Emmett considere objetable. España también está en su lista negra.

—Al parecer vuestro hermano está decidido a liberar al mundo de todos los tiranos indeseables por su propia cuenta. ¿Por qué no se une oficialmente a la Gran Alianza? Sin duda es preferible eso a ser un pirata cuya cabeza tenga precio.

Alice desvió la mirada.

—Es difícil de explicar.

Aquello sonó intrigante. Rosalie estaba dispuesta a quedarse sentada todo el día escuchando las historias acerca de aquel hombre con corazón de león. Echó un vistazo a la puerta que comunicaba con su alcoba.

Vera entró por la puerta principal y Alice se puso de pie.

—Debo irme. Gracias de nuevo.

Rosalie también se puso de pie.

—No olvides el vestido. Con gusto compartiré a Vera contigo cuando decidas probártelo. Creo que fue diseñado a propósito para llamar la atención de cualquiera. ¿No crees, Vera?

Vera asintió con la cabeza. Alice tomó el obsequio con una sonrisa agradecida:

—Lady Rosalie.

—Basta de "lady", y no lo pienses demasiado. Por algo se empieza —Era asombroso pensar que, de toda la gente que rodeaba a Jasper, la amante hubiera resultado ser una persona encantadora, pensó Rosalie. También era la hermana de Emmett y esola incitaba a hacerse más amiga de ella—. Si lo deseas, podemos llamar a una modista y comenzar a ocuparnos de ti de inmediato. En una semana tendrás un guardarropa nuevo completo.

—¿Un guardarropa nuevo completo? —dijo Alice deslumbrada.

Rosalie la cogió del brazo y la acompañó hasta la puerta, lejos de los oídos de Vera. Afuera, la expresión de ella se volvió seria.

—¿Qué es lo que haremos con respecto a la horca?

—Sí Jasper no cambia de opinión, Emmett y yo debemos marcharnos esta noche —le susurró Alice.

Rosalie la miró de manera ambivalente. Si Alice se marchaba, ya no se hablaría más sobre enviarla a casa y finalmente podría alcanzar su ambición de toda la vida. Sin embargo, Emmett también se marcharía. Esa noche. Era demasiado pronto. Además, ¿es que ella no merecía un mejor porvenir que un esposo desfalleciendo por la mujer que se le había escapado?

—Dime qué debo hacer para ayudar.

Alice se le acercó más.

—Yo seguiré intentando hacerle cambiar de idea a Jasper, pero si no sabes nada de mí, por favor, mantenlo ocupado esta noche mientras nosotros ponemos en práctica nuestra huida.

—Muy bien —Rosalie ya imaginaba la maldita placentera cena en que estaba a punto de convertirse.


Aqui el capitulo del domingo...comenten.