Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 7
—Capitán, debéis ponernos al tanto de las últimas novedades del frente —exigió el coronel Holbrook del otro lado de la mesa del que se hallaba Rosalie—. ¿Cómo les está yendo a nuestros muchachos contra esos franchutes?
Rosalie suspiró con alivio. A lo largo de la cena, Jasper la inspeccionó cual alto juez de la corte, mientras ella llanamente cautivaba a sus colegas y ponía a prueba su decisión de enviarla de vuelta a casa. Pero a ella ya no le quedaba nada más que contar con respecto al último grito de la moda francesa.
—Bien —el capitán frunció el ceño—, nuestro último triunfo fue sobre la región de Milán. El general Saboya estaba decidido a ocupar la sólida cabecera del puente cerca de Cassano, ¡y aplastó al mariscal de Vendóme!
—¡Por nuestra primera victoria en Milán! —brindó el señor Greyson, y los hombres alzaron las copas de vino.
—Insisto en decir que este sujeto, Saboya, no es malo, aunque sea francés —dijo Holbrook.
—Austriaco —sostuvo Greyson—. El general Saboya es austriaco.
El capitán McGee meneó la cabeza empelucada.
—Es mitad austriaco, mitad francés.
—La madre era sobrina del cardenal francés Mazarino —recordó Rosalie en voz alta—, pero el padre era un príncipe italiano. El duque de Saboya de Turín es primo hermano del general Saboya.
Un manto de silencio cayó sobre la larga mesa. Una mujer que expresara su opinión política públicamente era una gran faux pas y estaba muy lejos de las normas comúnmente aceptadas. Rosalie expresó un gemido internamente. Si esta gente se enteraba por el chismorreo de los sirvientes de que había un pirata en su alcoba, se desencadenaría un escándalo que llegaría hasta Yorkshire, y Hale enviaría media flota a recogerla y desde ese instante ella perdería todo tipo de libertad. Para evitar otro desliz de su lengua, probó el pastel que había de postre. El alcalde se aclaró la garganta.
—Damas y caballeros, estáis todos invitados al baile que ofreceré mañana por la noche. Ahora, además de celebrar la llegada de la culta nieta del duque Hale, estaremos celebrando esta victoria y muchas más venideras. Por favor, compartid conmigo otro brindis para felicitar a nuestros muchachos: Marlborough y Saboya, y por la valiente tropa que dirigieron en el Continente. ¡Que Dios los bendiga y los mantenga a salvo! —El brindis fue aceptado enérgicamente.
—En qué sangrienta plaza de toros se ha convertido Milán —se lamentó Greyson—. Cuando los Víbora estaban en el poder, Milán era invencible. Los duques McCarty eran feroces guerreros, y los Visconti sagaces hasta el extremo. Durante siglos, estas familias unidas provocaron escalofríos en los corazones de sus príncipes semejantes.
Rosalie mordió el tenedor. Ten cuidado siempre con la Víbora. ¿Qué era lo que su pirata tenía en común con las dinastías de la realeza de Milán que había dejado de existir hacía siglos? Se preguntaba si tanto Emmett como su hermana ya se habrían marchado. Si tan siquiera dejaran de hablar incoherencias, ella podría llegar a tiempo para despedirse...
—Si Saboya derrota a Vendóme en Milán, ¡quizás podamos ganar esta maldita guerra, después de todo! —proclamó el viejo coronel, con las mejillas escarlatas testigo de la cantidad de vino ingerida.
—¡Jonathan Holbrook, controla tu ingobernable lengua! —Lo regañó la esposa—. Hay damas presentes. Ya es suficiente con que nos sometas a tus discursos de mal gusto. Me niego a soportar este tipo de lenguaje con el que tengo que sufrir en la privacidad de nuestro hogar. Mi estimada señora Greyson —se dirigió a la dama que tenía a su lado—, insisto en que dejemos a estos belicistas con sus puertos y sus cigarros y comamos el pastel en el salón contiguo. No soporto escuchar ni una palabra más acerca de esta horrible guerra — Con los labios fruncidos, se puso de pie forzando a los hombres a hacer lo mismo y a las mujeres a seguirla—. Vamos, señoras. Dejémoslos con sus temas y pasémoslo mejor por nuestra propia cuenta. Buenas noches, caballeros.
Las esperanzas de Rosalie de escabullirse para ir arriba quedaron truncadas y tuvo que quedarse una hora más hasta que Jasper la rescató y ambos despidieron a los invitados. Subieron en silencio. Hecha un manojo de nervios, ella esperaba que él abriera la puerta y le diera las buenas noches. No obstante, para desilusión suya, él la siguió y entró al aposento. El vestíbulo estaba a oscuras; había un reflejo de la luz de la luna proyectado como un parche sobre la alfombra. Los ojos de ella volaron en dirección a la puerta de la alcoba. No se veía luz por debajo. La frustración se apoderó de ella. Emmett se había marchado.
—Si insistes en mantener a tu pirata en estos aposentos, al menos permíteme asignarte otro.
Rosalie dejó caer el chal de seda sobre el sofá.
—Él no es mi pirata, Jasper.
—¿Estás enamorada de él, Rosie?
Esa pregunta le entumeció el cerebro. Luego, con el mejor aire horrorizado le dijo:
—¡Dios Santo! ¡El hombre es un rufián despreciable, más bajo que un lacayo de mala muerte! —E inteligente e interesante, y ella deseaba tenerlo ahí en ese momento en lugar de Jasper, a quien estaría unida por el resto de su vida—. Tal vez deberíamos reconsiderar nuestro compromiso matrimonial. Podríamos estar cometiendo un terrible error.
—¿Por qué? ¿Porque dije que enviaría a tu pirata a la horca? Prometo que no lo haré colgar hasta que sane. Pero no puedes considerar seriamente romper nuestro compromiso, Rosie. ¡Me rompería el corazón!
—Sólo afectaría tu orgullo. Aún tengo que descubrir algún indicio de que sientes afecto hacia mí. Yo creo que ya te lo gastaste todo en Alice —Hacerlo colgar cuando sane...
—Sí que estoy interesado en ti, Rosie, entrañablemente. Tenemos mucho en común y una amistad sólida. No veo por qué nuestro matrimonio no vaya a ser un éxito.
—¡Pues yo sí lo veo! Tal vez la amistad sea suficiente para ti, pero para casarse hace falta más, mucho más. Tendría que haber momentos de afecto, y sentimientos que fluyan tan hondo como el alma de uno. Tendría que haber deseo y excitación. ¡Lo que tú describes es tan emocionante como un caldo frío!
Jasper abrió la boca, pero ella tenía más que decir:
—Siempre he sido la muchacha dócil que se quedaba en casa mientras tú ibas a atender tus negocios. Para ti soy tan pura como la nieve para amar de lejos, pero nunca alguien... deseable —agregó de manera incómoda. Él ni siquiera había intentado besarla. Antes ella asumía que era bien educado. Pero ahora sabía el verdadero motivo: falta de interés. Ella recordaba un viejo dicho francés de madame de Montespan: "La mayor ambición de la mujer es inspirar amor". Con Jasper ella claramente había fracasado. De forma impulsiva dijo—: Bésame, Jasper. Bésame —Si el beso de él resultaba ser la mitad de ardiente que el de Emmett, quizás reconsideraría que se dieran una segunda oportunidad.
El vizconde palideció. Luego, con vacilación, le posó los labios. Cerrando los ojos, Rosalie se concentró en la sensación de su boca. Agradable, pensó, pero no había nada de interesante en ese beso, lo cual atentaba contra el objetivo del experimento. Él se mostraría como un caballero y eso no funcionaría. Ella se adelantó un paso de manera audaz y le ofreció la boca abierta.
Jasper apartó la boca de golpe. Rosalie se quedó helada, sintiéndose avergonzada y torpe. ¿Qué había hecho de malo? No obstante, él no juzgó que fuera necesaria una explicación. Abrió la puerta y se marchó.
Rosalie se quedó de pie sola en la oscuridad. Pensó en encender una lámpara, pero no sentía deseos de encontrar su imagen reflejada en el espejo. Había visto estatuas de mármol con más alma que el aspecto de una recatada reina de hielo que ella parecía tener. ¿Qué había en ella para amar? ¿Qué para besar? Sin duda, Jasper se mostraba reacio. No había nada sensual en ella que pudiera excitar a un hombre. Ella no era como la fogosa Alice. Era un cisne frío de Yorkshire. Ni siquiera merecedora de un beso.
Sollozando en silencio, se percató de una sensación extraña: estaba siendo observada. Alzó la cabeza. Una silueta de hombros anchos, delineados por la luz de la luna, estaba apoyada en la pared de modo casual.
—¡Todavía estás aquí! —exclamó ella. Estaba tan encantada de verlo que le llevó un instante darse cuenta de que... ¡quizás Emmett debía de haber presenciado aquella escena de pesadilla con Jasper! ¿La habría escuchado decir que él era un pirata despreciable? ¿Habría visto a Jasper despreciando su beso?
Emmett se apartó de la ventana y se dirigió hacia ella. Los rayos de luna se derramaban sobre su estructura alta y escultural, delineando la cabellera suelta. Se detuvo frente a ella:
—Ven aquí.
Sin dudarlo, caminó hacia su abrazo. Su boca reclamaba la de ella, desterrando de su cabeza toda idea de ser alguien indeseable, y de nuevo estaba encendida, ardiendo en carne viva. Él movía los labios de manera hambrienta y posesiva, inclinándose para fundirse con la boca femenina. Ella sentía un calor y un estremecimiento al mismo tiempo, embriagada por el beso, por la pasión abrumadora y por el olor del cuerpo masculino semidesnudo.
Emmett le suspiró el oído diciéndole:
—Te desidero, Rose.
Esas palabras sensuales le nublaron la mente. No era necesario hablar un italiano fluido para comprenderlo: él la deseaba. Ella se puso de puntillas y lo rodeó con los brazos.
—Me alegra que te hayas quedado.
—Te ves hermosa entre mis brazos a la luz de la luna, amore. Te secuestraría y juntos exploraríamos las maravillas del mundo.
Sin estar segura de qué debía deducir de aquella vaga propuesta, ella susurró:
—¿A dónde me llevarías?
—El Mar Arábigo baña una secreta costa lejana donde las perlas son tan abundantes como los granos de arena —Su voz sonaba profunda y seductora—. En Marruecos hay una pequeña ciudad llamada Agadir, con playas tan blancas como la nieve y con las puestas de sol púrpura más atípicas que jamás hayas visto.
—Jamás he visto una puesta de sol de color púrpura. Para ser absolutamente sincera, no he viajado demasiado.
—Deberías. Uno apenas tiene experiencia en la vida hasta que conoce el mundo.
—Yo quiero hacerlo, más que ninguna otra cosa. Aunque creo que eso está bastante fuera de mi alcance.
—¿Por qué? No eres una niña. A mi entender, ya pasaste los veintiún años de edad: no hay motivos para que no cumplas tus sueños, Rose. La vida es demasiado corta para perder el tiempo lamentándose.
Él tenía mucha razón, pero... como si fuera así de fácil. Ella deslizó las manos por el pecho desnudo y musculoso.
—¿Es cierto que te criaste en la kasba de Argel?
Él meneó la cabeza negativamente.
—No exactamente, pero en cierto modo, sí. ¿Por qué? ¿Quieres conocer la kasba? —rió de manera burlona y desafiante.
Ella se mordió el labio.
—Aunque tuviera la libertad de viajar por el mundo, que no la tengo, jamás iría allí. Es una guarida de piratas y demasiado peligroso.
—Peligroso, sí. Fatal, no. Es decir, si uno sabe sobrevivir... —Sonrió él burlonamente.
A Rosalie la invadió un repentino deseo salvaje de ir hasta allí para comprobarlo con sus propios ojos.
—¿También sabes cómo sobrevivir al harén del sultán en Constantinopla? —Sonrió ella osadamente.
—El sultán turco es particularmente posesivo con sus esposas, pero sí, he echado algún que otro vistazo rápido dentro de su harén. ¿Qué más le intriga a mi curiosa bella dama?
—¿Las tabernas de Tortuga son tan escandalosas como dice la gente? Escuché que las mujeres de allí se quitan la ropa y bailan desnudas sobre las mesas por unos pesos.
Emmett estalló en una carcajada.
—¿Dónde escuchas esas historias, Rose? No sabía que jovencitas inocentes hablaran de temas escandalosos en sus reuniones sociales.
—A veces también hablamos de ti, que es uno de los temas más escandalosos de todos.
—¿De mí? —Él se llevó la mano al corazón, fingiendo consternación—. ¿Debo asumir que es de mi mal carácter de lo que chismorreáis tú y tus amiguitas mientras tomáis té con bollos?
—¿Has estado escuchando a escondidas? —Rió Rosalie, mientras saboreaba la sensación de tener los brazos de él alrededor del cuerpo—. Sí que disfrutas de una mala reputación, Emmett. Vuelves realidad las jugosas habladurías.
Alzó una ceja negra azabache:
—¿Cómo cuáles?
—Por ejemplo, los pueblos fortificados por los que pediste rescate, los barcos que saqueaste, las fortuna que acumulaste con los saqueos, los hombres que mataste, las mujeres que...
Le rozó la boca con los labios.
—Admito que hubo mujeres, pero la última que conocí las supera a todas irrefutablemente. ¿Por qué te resignas a llevar una vida que obviamente consideras pequeña e insignificante? Tú eres inteligente, extraordinariamente educada, y no te faltan agallas. ¿Por qué lacrar tu destino de manera tan ascética?
—Mi vida no es ni pequeña ni insignificante —No obstante, aquella pregunta le había tocado la herida sangrante que había en su alma—. Yo no soy como tú. Yo tengo responsabilidades, seres queridos a quienes no puedo defraudar.
—¿Esos seres queridos están siempre a la altura de tus expectativas? —Le levantó el mentón con un dedo—. Bella donna, ningún hombre en su sano juicio rechazaría a una mujer como tú. Whitlock no es menos hombre que yo, pero su corazón ya le pertenece a otra. ¿A quién está tan ansioso de complacer que contraería matrimonio contigo estando enamorado de otra persona?
Sorprendida por su percepción, Rosalie se apartó de él y miró por la ventana. Las palmeras susurraban con la brisa; las campanillas tintineaban melodiosamente. Ella quería vivir en esa isla, pero no si el único motivo por el que Jasper quería casarse con ella era complacer a su padre. El conde de Dentón jamás perdonaría a su hijo si se casaba con alguien inferior a él.
—Deberías dormir un poco —dijo Emmett a su lado—. Yo me quedaré aquí. Ya he pasado demasiado tiempo en la cama. Descansa segura de que respetaré tu privacidad.
Curiosamente, ella le creyó, Y estaba agotada.
—No sé qué le habrá sucedido a Vera. Se suponía que me estaría esperando aquí después de la cena.
—Yo la despedí —admitió él tímidamente.
Rosalie encorvó los labios.
—Sin duda habrás aterrorizado a esa pobre chica.
—Esas son duras acusaciones, milady, pero os aseguro que lo único que hice fue aparecerme aquí.
—Eso fue suficiente —Ella le dirigió una pequeña sonrisa—. No tiene importancia. Me las arreglaré. Buenas noches.
—Buenas noches —La voz profunda de él la siguió hasta que desapareció detrás de la puerta de la alcoba.
Se quitó el vestido, se puso el camisón y se deslizó debajo de las mantas. Se acurrucó cómoda y contenta. Hundió la cara en la almohada e inhaló esa fragancia masculina almizcleña que la envolvió.
Alguien golpeó la puerta.
—Entre —dijo ella.
Emmett abrió la puerta.
—No te preocupes. Tengo toda la intención de mantener mi palabra —entró tranquilamente y se sentó junto a ella. Bajo la luz de la vela, su atractivo físico le hizo latir el corazón un poco más rápido. Se estiró las sábanas hasta el cuello, esperando escuchar lo que él tenía para decirle.
—He considerado un poco el tema y he decidido que estoy dispuesto a enfrentar el desafío.
Rosalie se sentó.
—¿Qué desafío? ¿Quieres decir que quieres llevarme contigo?
—A la kasba, a Tortuga, o a cualquier sitio que te llame la atención. Sin compromisos.
Ella se quedó sin palabras. Y se emocionó.
—¿Por qué?
—Porque me he encariñado con una bonita rubia mordaz que lee a Ovidio —Se acercó más—. Como dicen en Venecia: "Ha llegado el momento de despilfarrar monedas de oro y plata como si fueran castañas". Ven conmigo. No te arrepentirás.
Ella suspiró como en sueños.
—Viajar a Venecia con un italiano suena... encantador. Después de todo, dicen que Italia es de las mejores maravillas, tierra de arte y belleza. Me encantaría ir allá.
Los ojos de él se volvieron fríos; su semblante se endureció.
—Italia es al único lugar donde jamás te llevaré.
La clara antipatía hacia la tierra natal de Miguel Ángel y Da Vinci, su tierra natal, desencadenó un sinfín de preguntas en la cabeza de ella, pero decidió no curiosear en ese momento.
—¿Y la guerra? ¿No deberías estar luchando contra los franceses?
Él sonrió.
—Creo que Luis puede prescindir de mi presencia por un tiempo. ¿No crees?
Rosalie meditó su ofrecimiento. Navegar con él durante unos meses significaba arrojar la decencia al viento. Significaba entregarle Alice a Jasper. Significaba cambiar el curso de su vida... a cambio de perseguir su sueño. La idea valía la pena, pero difícilmente era lo correcto. Sin embargo, ¿no había dicho ella alguna vez que de presentarse la oportunidad se volvería una exploradora de tierras lejanas? ¿Qué proyectos importantes la retenían allí? ¿Qué proyectos importantes la esperaban en casa?
—Puedesconfiar en mí. Me estaré yendo mañana a medianoche. Tienes todo el día para considerar mi ofrecimiento —Sopló la vela y se acercó mucho—. Buonanotte, bella donna. Que tengas un hermoso sueño conmigo —La besó de un modo lento y prolongado que a ella le provocó un remolino que le llegó hasta los dedos de los pies, luego se incorporó y abandonó la alcoba, dejándola medio deseando que no se hubiera marchado...
Rosalie mantuvo su promesa y llevó a Alice de compras. Fue un proyecto conjunto: Alice sabía desenvolverse en Kingston, y ella sabía desenvolverse en el mundo de la moda. Hacia el mediodía, Alice estaba equipada con un guardarropa nuevo completo y Rosalie, enamorada de la ciudad.
Mientras el coche de Whitlock ingresaba al patio interior de la casa de Jasper, Rosalie contemplaba el ofrecimiento de Emmett por millonésima vez en el día. Apenas había dormido durante la noche, evaluando los pros y los contras. Había despertado decidida a zarpar con él, pero al avanzar el día, cuanto más pensaba en su abuelo, menos predispuesta se sentía a partir. El coche se detuvo. Rápidamente, dos criados se acercaron para acarrear los numerosos paquetes. Contenta con su obra, Rosalie observaba a Alice subir las escaleras de la fachada con su vestido nuevo de diario. No había ni rastro de la vulgar bucanera.
Peter, el mayordomo de Jasper, les dio la bienvenida impactado en el interior de la casa:
—Buenos días, señoritas. Qué pena que Su Señoría no se encuentre. Hacéis una vista adorable, si me lo permitís.
—Gracias, Peter —Rosalie lanzó miradas nerviosas hacia lo alto de la escalera y se quitó con energía los guantes de encaje—. ¿Ha sucedido algo en nuestra ausencia?
—Nada alarmante, milady. Aunque sí tiene visitas: madame Holbrook, la señora Greyson, y la señorita Marianne Caldwell. Al parecer tienen la impresión de que Su Señoría está hospedando a peligrosos criminales en la casa —Movió las cejas de forma significativa.
—El consejo de brujas... —murmuró Rosalie, irritada. Qué increíble sentido de la oportunidad que tenían.
—Disculpad, milady. Las hice pasar a la sala del desayuno. Espero haber hecho lo correcto.
—Sí, Peter, será mejor encararlo y resolverlo antes de tener a la isla completa encima de nosotros. Por favor, sé tan amable de servirnos té. Vamos, Alice —Cogió a la ex-bucanera de la muñeca y se dirigió escaleras arriba precipitadamente—. Si vas a convertirte en una dama fina, deberás familiarizarte con los aspectos menos agradables del asunto y tener una idea más clara de dónde te estás metiendo: "Conocer al enemigo", dice siempre mi abuelo.
En cuanto Rosalie espió a las dos señoras y a sus jóvenes aprendices, todas juntas apiñadas sobre el sofá color bordona, cotorreando enérgicamente, sintió una intensa y urgentenecesidad de aceptar el plan inicial de Alice y esconderse. Eran aburridísimas entrometidas que no tenían nada que hacer más que meterse en la vida de los demás y expresar sus afiladas críticas. Obviamente, se encontraban allí con una misión.
—Buenas tardes, señoras —sonrió Rosalie—. Qué agradable sorpresa. Permitidme presentarles a mi querida amiga, la condesa Alice. Ha venido desde Roma y apenas habla alguna palabra en nuestro idioma. Confío en que le daréis la bienvenida a su consej... eh, círculo, al igual que lo hicisteis conmigo.
Las mujeres hicieron una reverencia riendo con disimulo. La señora Greyson exclamó:
—¡Mi querida lady Rosie! Qué agradable volver a veros. No nos hemos visto más que una vez, pero ya siento que nos hemos hecho muy amigas.
—Mmm —sonrió Rosalie—. Qué encantadora.
—Nuestra visita de hoy es de suma importancia —Madame Holbrook se zambulló en el asunto en cuestión—: Un rumor de lo más inquietante ha llegado a nuestros oídos. Vinimos hasta aquí de inmediato para investigar.
—De hecho, ¡nos apresuramos en venir para salvaros antes de que sea demasiado tarde! —clamó Marianne.
—¿Salvarme? —Rosalie tomó asiento, indicándole a Alice que hiciera lo mismo—. ¿Salvarme de qué?
—¡De quiénes!Querida mía, tenemos firmes sospechas de que Su Señoría está albergando a criminales peligrosos.
—¿Criminales peligrosos? —Rosalie abrió la boca de manera dramática—. ¡No lo puedo creer! —Lanzó una mirada horrorizada a Alice, que tenía el rostro pálido como una tiza, con la esperanza de que la pobre chica captara la esencia de todo aquello—. ¡Qué atroz!
—Así es —resopló la señora Greyson—. ¡Bastante terrible! Quizá vos podáis esclarecer un poco el asunto. De acuerdo con nuestras fuentes —susurró—, el célebre pirata Emmett y su promiscua amante se encuentran en esta isla y en esta misma casa. ¿Y bien, cómo interpretáis vos todo esto?
—¡Por el amor de Dios! —Rosalie cogió la mano de Alice con aspecto horrorizado—. ¿Asesinos aquí?
—Bueno, ¿y qué aspecto tiene? —preguntó Marianne burbujeante y agitadamente—. ¿Es apuesto? ¿Podemos verlo?
—Silencio, niña. No estamos aquí para hacerle una visita social a un brutal asesino —la regañó la señora Greyson de mal humor—. Estamos aquí para rescatar a Su Señoría.
Madame Holbrook tomó las riendas.
—Su Señoría tiene una importante misión que llevar a cabo y nosotras le saludamos. Sin embargo, vos sois damas distinguidas que no estáis casadas. Residir en los establecimientos de un hombre soltero sin la supervisión apropiada, habiendo piratas... ¡Ah, eso es blasfemo! —Se estremeció—. Por lo tanto, he tomado el asunto como algo de mi propia responsabilidad, como si yo fuera el largo brazo extendido de vuestro abuelo, para asegurar que vuestra reputación se mantenga intachable. Asumo esta responsabilidad, ni a la ligera ni precipitadamente, y estoy dispuesta a dedicarme al asunto por exigente que resulte. Como está escrito en la Biblia: "La inclinación hacia el mal es una de las peores cosas, ya que su Creador lo llamó el mal". Su Señoría debería utilizar el sentido común, ¡y encarcelar a esos rufianes en la fortaleza!
—Todo el mundo espera la ejecución en la horca y Su Señoría la posterga —se quejó la señora Greyson con evidente irritación—. ¿Qué es lo que se trae entre manos?
—¡Debéis deshaceros de ellos de inmediato! —resopló madame Holbrook terminantemente.
Rosalie les examinó los rostros encendidos. No sólo eran irrespetuosas entrometidas, también eran sanguinarias. Combatiendo la urgente necesidad que sentía de ponerlas de patitas en la calle, se dio cuenta de que ni reuniendo todos los buenos modales posibles lograría sobrellevar aquella inquisición sin perder del todo la cordura. A veces uno debía hacerse valer para poder poner a los otros en su lugar.
—Me temo que estáis terriblemente mal informadas. Ese rufián que mencionáis fue muerto ayer por la espada de Su Señoría. Entonces, si no se os ofrece nada más...
—¡Pero a eso vamos! —exclamó la señora Greyson—. Todos lo hemos visto. Un hombre alto, moreno, que entraron herido a la casa. Y a su lado iba una mujer, una pagana cubierta de sangre con una melena rizada y desordenada, ¡y llevaba puestos pantalones de hombre!
Rosalie le echó una mirada a Alice, admirando al peluquero.
—De veras, señoras, debe tratarse de un error. Debéis haberlo imaginado todo. Tal vez por el calor...
—¡Oh, Dios! ¡Que a una la consideren una mentirosa! —La señora Greyson se desplomó hacia atrás, abanicándose el rostro—. ¡Rápido, Marianne, mis sales aromáticas! Siento que me voy a desmayar.
A Rosalie no la engañaba:
—Disculpad mi pobre elección de palabras. Quise decir que quizás vos fuisteis testigos del acarreo de algún otro pobre diablo, pero seguro que no...
—¡Era Emmett! —gritó Marianne agitadamente—. Tenía los cabellos negros y un físico portentoso. Yo...
—¡Silencio, Marianne! Deja que lady Rosie nos lo aclare. Al parecer hemos pasado por alto demasiadas cosas —Un brillo de duda surgió en los ojos de madame Holbrook—. ¿Dijisteis que sí trajeron a un hombre aquí?
Rosalie se detuvo. Habría que seguir mintiendo para convencer a aquella vieja astuta de que no había engaños.
Alice tosió discretamente.
—¿Un uomo?—Parecía pensativa—. Ah, mió fratello!
Roselie la miró sorprendida; luego ocultó una leve sonrisa.
—Por supuesto. ¡El hermano de la condesa! Qué hombre tan encantador. Desafortunadamente, le agarró una terrible fiebre camino hacia aquí y en este momento se encuentra indispuesto, pero me complacerá presentároslo cuando se sienta mejor.
—¡No lo puedo creer! —madame Holbrook se levantó de un salto lista para dar batalla—. ¡Lady Rosie, os estáis yendo por las ramas y yo no lo permitiré! ¡Exijo firmemente una respuesta que nos satisfaga!
De manera desafiante, Rosalie se puso de pie y miró a la dama a los ojos. Las otras dos se despegaron del sofá para sostenerle un frente de apoyo a la señora. Para reforzar la defensa, Alice se unió a Rosalie.
—Lo siento, señora —dijo Rosalie—, pero no puedo dársela. Si seguís insistiendo, me veré obligada a despedirlas.
—¡No seáis impertinente conmigo, jovencita! Como vuestra nueva dama de compañía, exijo...
—Yo no soy ninguna jovencita, señora. Ya tengo veinticuatro años, que es edad suficiente para andar necesitando de una tutora. En cuanto a mis modales, no son más carentes que los vuestros.
—Yo no seré despedida...
—Vos no sois mi dama de compañía, madame Holbrook. Whitlock es mi tutor, nombrado por mi abuelo, y la excelente compañía de la condesa también me mantendrá a salvo. Bien, ya he contestado vuestras preguntas y debo rogaros que os marchéis. Tengo que organizar un baile de gala.
Las puertas se abrieron y un inesperado Peter entró con la bandeja con el té. La señora se veía consternada.
—¡No dispensaré tal impertinencia! ¡Exijo registrar las instalaciones por mi cuenta! —Avanzó peligrosamente hacia la puerta. Peter fue rápido al rescate y velozmente se interpuso entre la señora y la salida, abrazando la bandeja de plata contra la pechera confeccionada a medida.
—Esta es la residencia privada del vizconde Whitlock —dijo Rosalie severamente—, y vos ya le habéis faltado el respeto de todas las maneras posibles. Ya no sois bienvenida —Le sonrió con frialdad—. Buenos días.
Vencida aunque no del todo derrotada, madame Holbrook condujo a la tropa de salida con un casual:
—¡Vaya, yo jamás...! —al tiempo que ignoraba a Rosalie, quien la seguía para confirmar la partida segura del consejo. Cuando llegaron al coche, la señora dio el golpe final—: ¡Esta no es la última palabra, lady Rosalie! ¡Vuestra indignante boca no quedará impune! ¡Qué insolencia! ¡Y viniendo nada menos que de la nieta del duque Hale! ¡Estoy tremendamente disgustada, tremendamente disgustada!
Peter cerró las puertas y otro "¡Qué insolencia!" quedó resonando mientras Rosalie y Alice regresaban a la sala absolutamente exhaustas, para recuperarse tomando té con bollos.
—Todavía estás a tiempo de cambiar de idea —dijo Rosalie—. Madame Holbrook es sólo un ejemplo de lo que te espera.
—Verdaderamente fue un ejemplo repugnante. Yo estaba aterrorizada. Si subían y encontraban a Emmett...
Rosalie hizo una mueca.
—Yo no creo que Emmett sea partidario de hacerle daño a las mujeres, pero no me habría sorprendido si les hubiera cortado esas lenguas sueltas. Yo misma tuve unas ganas terribles de hacerlo por mi cuenta.
Alice suspiró.
—Ya lo has dicho tú... El consejo de brujas. Gracias a Dios que montaron en sus escobas y se fueron volando —Se miraron y rompieron a reír.
El coche de Jasper se trasladaba dando tumbos por Windward Road hacia la mansión del gobernador. La ruta estaba bordeada de palmeras y cocoteros. Una orquesta estaba tocando un cotillón. Rosalie se sentía inquieta. Esa noche se marcharía con Emmett. Había escogido tener una aventura fantástica en lugar de un hombre que no la amaba y una vida entre serpientes venenosas como madame Holbrook. No se iría por mucho tiempo, y en cuanto a su abuelo... Ella le haría entender. La vida era demasiado corta para perder el tiempo lamentándose.
Jaspe miró fijamente a Alice. Ella se sentó frente a él, con un vestido de muselina con orquídeas adornándole los cabellos, cual tímida debutante. Rosalie había insistido en que asistiera al baile. Una vez que ella se marchara, Jasper no dudaría en pedirle que se casara con él. Les deseaba buena suerte, ya que ella estaba a punto de embarcarse en una aventura diferente: iba a conocer el mundo... y lo haría con Emmett.
Rosalie también se vistió con suma dedicación, decidiendo que la muselina ya no era un género acorde a una mujer aventurera. Llevaba puesto un elegante vestido de seda color amatista —que ninguna cortesana francesa rechazaría— y el mismo juego de joyas de amatista que había usado en aquel desafortunado baile de Versalles en el que Emmett se había fijado en ella por primera vez. Con el estado de ánimo tan atolondrado en el que se encontraba, necesitaba la energía de esa piedra que los romanos creían ahuyentaba las malas influencias de Baco, el dios del desenfreno. Aunque algo había quedado pendiente: entre la visita a la ciudad, la visita de las brujas, la mudanza a otros aposentos requerida por Jasper y vestirse para el baile, se había olvidado de informarle a Emmett de su decisión.
Rogaba que él esperara hasta medianoche. Ella se escabulliría del baile a las once en punto y tomaría el carruaje de regreso a casa. Con la multitud que se esperaba, nadie notaría su ausencia.
El salón de baile era un hervidero de invitados. Había cena, baile, y vasta conversación, pero nada superaba la emoción que a ella le corría por las venas mientras esperaba las once campanadas del reloj.
Cuando al fin llegaron las once en punto, Rosalie jadeaba de nervios. Se escabulló sigilosamente, asegurándose de que nadie lo notara y pidió su capa. Una vez en el patio ubicó el escudo Whitlock con el conductor al lado y lo urgió a que la llevara de regreso. No había tiempo que perder.
Estaba bien oculta en la oscuridad del carruaje cuando la puerta se abrió y subió una silueta envuelta en una capa.
—Regresa al baile. Lo que estás a punto de hacer es un error. Por favor, créeme.
Rosalie miró con la boca abierta el rostro oculto de Alice.
—¿Tú lo sabías?
—No vayas con mi hermano —le imploró Alice—. Por mucho que lo quieras y le tengas la mayor de las estimas, él no es lo que crees.
La sutil advertencia de Alice le provocó un desagradable escalofrío que le corrió por la espalda.
—¿Y qué es?
—Peligroso.
A Rosalie se le helaron las manos.
—¿Peligroso? ¿En qué sentido?
—Para empezar, sus conquistas amorosas siempre comienzan con lujuria y terminan con lágrimas. No las de él.
—¿Conquistas amorosas? —Una risa nerviosa burbujeó en la garganta de Rosalie—. Estás equivocada. No se trata de nada de eso. Emmett me prometió mostrarme algunos sitios interesantes del mundo. Tenemos un entendimiento absolutamente decente. Sin compromisos.
—Me pregunto qué opinarás al respecto dentro de más o menos un mes. Mi hermano es un demonio apuesto y perspicaz, y te hará dar vueltas la cabeza como un carrusel. Si es que ahora no estás enamorada de él, lo estarás.
—No estés tan segura —respondió Rosalie cortante—. Emmett no es el motivo por el que me marcho. He decidido cancelar mi compromiso y perseguir mis propios sueños de una vez. Tú ni siquiera puedes entenderlo ya que siempre has tenido la libertad de hacer lo que te plazca. Pero deberías estar agradecida porque esto nos beneficia a ambas. Yo quiero mi libertad y tú quieres a Jasper.
—Por favor, deja que sea yo la que vaya en tu lugar. Tú has salvado la vida de mi hermano y te estoy en deuda, pero más que eso, he llegado a considerarte una amiga. La grieta que existe entre tú y Jasper es culpa mía. Cuando me vaya, tendréis la posibilidad de enmendarlo y disfrutar de una buena vida juntos.
—Ya es demasiado tarde para eso. Ya he tomado mi decisión y tengo intención de llevarla a cabo.
Alice vaciló.
—En ese caso, te deseo bon voyage. Emmett te mantendrá a salvo. Él es bueno en eso —Besó a Rosalie en la mejilla y se bajó—. ¿Qué debo decirle a Jasper?
—¡Dile la verdad! —respondió Rosalie al tiempo que se despedía con la mano mientras el carruaje se alejaba traqueteando.
Rosalie se levantó las faldas y subió las escaleras de prisa, rogándole a Dios no haber llegado demasiado tarde. La puerta que daba a la habitación de Emmett estaba entreabierta. Una luz tenue se filtraba por la rendija. Ella tomó aire para fortalecerse y entró. Las persianas le dieron la bienvenida chirriando débilmente con la brisa, las cortinas de muselina susurraron suavemente, pero no había nadie a la vista. Emmett se había marchado.
Ella se hundió en la cama. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Había llegado demasiado tarde. Su última oportunidad de vivir el sueño de sol brillante y libertad se había esfumado junto a Emmett, tan repentinamente como se había vuelto posible la noche anterior. Él debía de haberse escabullido por la ventana y gateado por el tejado. Ella no era capaz de hacerlo ni siquiera gozando de perfecta salud y Emmett tenía una herida de veinte puntos en el costado. Ni siquiera la había dejado despedirse.
Se secó la lágrima e inspeccionó el cuarto. La noche anterior se había sentido tan feliz allí, tan esperanzada... Debía de haberlo soñado todo, pues el destino no podía ser tan cruel con ella. Posó la vista en la mesita de noche. Iluminada por la luz de una vela, la naranja de Emmett descansaba exactamente en el mismo lugar donde ella la había dejado.
—¡Malditos seáis tú y tus naranjas! —cogió la fruta con impulso y la intención de arrojarla por la ventana. Una nota captó su atención. Estaba metida debajo de la naranja. La desdobló de prisa y leyó: «Ciudad vieja. Hasta la medianoche»—.¡Malditos seáis tú y tus naranjas! —Se rió y salió corriendo. Se topó con Vera—. ¡Vera! Gracias a Dios —Rosalie la cogió del codo y se la llevó—. Necesito tu ayuda. ¿Cuál de tus muchachos anda cerca? ¿Jamey Perkins? ¿Robby Pool?
—Supongo que Jamey está en la cocina, tomándose un trago. ¿Lo llamo?
—Dile que se encuentre conmigo adelante con el carruaje. ¡No hay tiempo que perder!
—¡Milady! —Vera quedó boquiabierta, pero Rosalie la ahuyentó para que fuera a la cocina.
—El cochero volvió a buscar a Su Señoría —explicó Jamey con aire de disculpa al llegar con Vera a la entrada con un caballo ensillado.
—No importa —exclamó Rosalie. Cada minuto contaba. No podía permitirse llegar ni un minuto más tarde—. Rápido, llévame a la ciudad vieja. No hay tiempo que perder.
—¿A las ruinas? ¿A estas horas? —Los dos sirvientes intercambiaron miradas alarmadas—. Pero milady, ¿y los fantasmas? ¿Los bucaneros muertos? —Le recordó Jamey impacientemente.
—No hagas preguntas. Te lo ruego, date prisa —imploró Rosalie—. Ayúdame.
—Port Royal queda del otro lado de la bahía. Necesitaremos un bote —Jamey la levantó para que alcanzara la montura y él montó detrás de ella, como lo hacía cuando era niña y le enseñaba a montar a caballo.
—Ya encontraremos un bote, ¡de prisa! Llévame al muelle —El tiempo era el enemigo. No le quedaba más que media hora hasta medianoche—. Vera—Le sonrió a la criada ansiosa—. Por favor, no te preocupes. Te veré en Inglaterra dentro de algunos meses. Su Señoría te enviará a casa.
—¿Algunos meses? ¿Os marcháis con él? ¿Con el pirata? ¿Qué debo decirle a Su Excelencia?
—Dile a Su Excelencia lo primero que se te ocurra. Yo regresaré pronto.
—¡Oh, milady! —Se lamentó Vera—. Su Excelencia querrá mi cabeza por dejaros partir, y Su Señoría... y vuestra ropa, milady, ¡vuestras joyas!
—Su Señoría enviará todo a casa contigo —La voz de Rosalie se suavizó—. Por favor, no llores. Estaré bien. Envíale mis saludos a Su Excelencia —Se despidió haciendo un gesto con la mano al tiempo que Jamey picó espuelas.
El muelle estaba tranquilo. Jamey la ayudó a subir al bote del pescador y cogió los remos. Una cálida brisa le abanicó el rostro, mientras se abrían paso entre las aguas oscuras, pasando por Refuge Cay y Gallows Point, donde ella vio el cadalso erguido a la orilla del agua, como una advertencia para todos los piratas. Con las manos aferradas sobre la falda, ella rogó que el tiempo fuera generoso con su búsqueda. Se estaba despidiendo del único mundo que había conocido. Estaba cambiando su destino y enfrentándose al mundo. Estaba depositando su confianza en un hombre al que había conocido hacía menos de una semana, un pirata, un desconocido.
Llegaron a Port Royal, el infame pueblo de bucaneros antes de que lo maldijera un terremoto. Sintió un hormigueo en la espalda. Jamey saltó a tierra y la ayudó a bajar del bote.
—¿Deseáis que os acompañe, milady? —le preguntó con temor.
—No. Gracias, Jamey. Ya puedes regresar —Ella le sonrió de modo tranquilizador. El pobre hombre tenía los pelos literalmente de punta.
Él frunció el entrecejo, evaluando la devoción y el miedo. La balanza se inclinó hacia el miedo. Ocupando su puesto en el bote, dijo:
—Id con Dios, milady, y que Él os proteja.
Las viejas ruinas emergieron en la arena como una desalentadora lápida. Estaba loca; sacudió la cabeza y comenzó a caminar por la playa iluminada por la luna, maldiciendo la arena húmeda por arruinarle su mejor par de zapatos de tacón de satén, ¡Sueño de sol brillante y libertad de verdad! ¡Era una idiota imprudente! Escudriñó el horizonte envuelto en el manto de la noche. Un barco flotando en el agua, bajo la luz de la luna, aguardaba a su capitán. ¿Dónde diablos estaba Emmett?
—¿Esperas a alguien? —se oyó decir a una voz profunda.
Rosalie se dio la vuelta rápido. Emmett estaba descuidadamente sentado en lo alto de una enorme piedra. Una sonrisa de satisfacción le curvaba los labios al tiempo que la recorría con la mirada. Ella llevaba puesta una capa que llegaba hasta el suelo, prendida al cuello con una cinta de satén, que dejaba a la vista el reluciente vestido de fiesta color púrpura y las piedras violetas que le adornaban la clavícula. Tenía unos mechones de cabellos dorados adheridas a las mejillas. El pulso le latía fuerte y visiblemente en la base de la garganta, revelando su estado de nerviosismo. Estaba sin aliento y tiritando como la brisa.
—Pensé que te habías marchado —dijo jadeando, haciendo que su pecho sobresaliera por encima del generoso escote.
—Todavía estoy aquí —Emmett bajó de la piedra de un salto. Cayó sigilosamente sobre la arena y se acercó a ella. Los ojos le brillaban con la luz de la luna—. Entonces encontraste mi nota. Demasiado inteligente por tu propio bien —Se paró justo enfrente, alto y moreno, con los cabellos renegridos batidos por la leve brisa. Extendió las manos en la pequeña cintura y la atrajo hacia sí—. ¿Lo pasaste bien en el baile?
Con el corazón latiéndole como loco, Rosalie lo miró a los ojos:
—¿Cuánto falta para medianoche?
Él le pasó un dedo por la graciosa curva del cuello.
—No mucho.
Ella frunció el ceño ante el tono de voz casual. Tal vez se trataba de un error. Navegar por el mundo aún parecía ser una propuesta tentadora; sin embargo, Emmett era un desconocido, un peligroso e incomprensible desconocido.
La gran palma de su mano se deslizó por la espalda hasta llegar al cuello.
—Ahora no cambies de parecer, bellissima. Te vienes conmigo —Le silenció potenciales protestas con la boca. El sabor, el calor de él la arrollaban. Ella lo envolvió con los brazos y se sumergió en el beso. Las olas oscuras rompían en la costa, salpicándole la piel. Era mágico. Como si las sirenas sedujeran a los marineros para que se estrellaran contra las rocas. Mágico.
Unas voces entre risas disimuladas interrumpieron el beso.
—Capitano, ¿llegamos en mal momento?
Rosalie se soltó. Había cinco hombres acercándose a la costa; un bote chapoteó a orillas del agua.
—Creo que su doctora se niega a soltarlo —Los ojos divertidos de Benjamín la recorrieron de manera atrevida.
Ella se acurrucó contra Emmett, que le lanzó a Benjamín una mirada furiosa que lo debilitó.
—Star zitto, Benjamín! Y todos los demás ¡también a callar! —Le cogió la mano helada y la condujo hacia el bote.
—¡Espera! —Rosalie hundió los tacones en la arena. Miró fijamente a los hombres: la compañía con la que contaría de allí en adelante. Un escalofrío le subió por la espalda. Sí era un error. Era imposible que se fuera con ellos. Se encontró con la mirada inquisitiva de Emmett—. Llévame de regreso, Emmett. Por favor. He cambiado de opinión.
Él la miró de hito en hito.
—Demasiado tarde. No puedo permitirme perder la marea.
Él le congeló la sangre con una mirada gélida. Fue como si se hubiera vuelto loco y ella estuviera frente a otra cara de él: una fría, insensible. Ya no era el cachorro juguetón y herido que ella había cuidado durante las dos noches anteriores.
—Me iré sola —Ella intentó soltarse la mano, pero él la asió con más fuerza.
Iba caminando adelante, arrastrándola contra su voluntad por la arena en declive. Ella luchó y protestó en vano. La levantó en brazos y caminó con las botas en el agua la corta distancia hasta llegar al bote. Los hombres estallaron en risas.
—¡Callaos, idiotas! —Emmett los cortó con una punzante mirada de advertencia—. ¡Ahora, a remar!
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