Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 8

Ella estaba de nuevo en el camarote negro y púrpura. Emmett cerró la puerta, guardó la llave en el bolsillo y contempló el gesto hostil de su rostro. Tenía la piel brillante del agua del mar. Los cabellos dorados le caían hasta la cintura, desordenados y húmedos. El vestido color púrpura brillaba bajo la suave luz del farol.

—Te ves hermosa usando mis colores, principessa. Te sientan bien.

Tus colores —dijo Rosalie con desdén—. Te enorgulleces de estos colores como si fueras un noble caballero luchando contra los sarracenos en Tierra Santa, cuando en realidad eres un hombre malvado y ruin.

Un músculo palpitó en la mandíbula de él. Los ojos dejaban traslucir la mirada de un depredador herido. Desvió la vista y se dirigió hacia el mueble de las bebidas. Descorchó una garrafa de coñac y sirvió una medida en una copa pequeña. Echó la cabeza atrás y bebió todo el contenido de un solo trago.

La voz de ella era eco de la escarcha de sus ojos.

—Llévame de regreso a Kingston. O la flota entera se abalanzará sobre ti y te perseguirá hasta el fin del mundo. ¡Ni por un instante imagines que el vizconde Whitlock abandonará a su prometida en manos de un pirata despreciable!

Emmett inclinó la garrafa en la copa.

—¿Estamos hablando de la misma prometida que huyó en medio de la noche porque prefería viajar por el mundo con dicho pirata?

—Sabes perfectamente que cambié de opinión en el último momento. ¡Me has secuestrado! ¡Te pueden colgar por esto!

Él le lanzó una mirada severa.

—¿Por qué no te vuelves nadando hasta Whitlock y se lo dices tú misma? Estoy seguro de que le hará gracia, como a mí. Una advertencia: el Caribe está plagado de tiburones. Será mejor que nades rápido —Caminó despacio hacia el espejo y dejó la copa sobre el tocador. Con un movimiento rígido se quitó la camisa y se examinó el torso en el espejo.

La imagen de su cuerpo bronceado y escultural aún tenía el poder de perturbarla, pero el comportamiento de él de esa noche le hizo reconsiderar qué tipo de cosas estaban perturbándola. Una extensa mancha de color carmesí apareció en el vendaje blanco. La herida se le debía de haber abierto antes cuando ella le había dado un codazo en la costilla. Emmett maldijo y vació la copa. En ese momento ella entendió el repentino apego al coñac. Los hombres ebrios tendían a ser viles y salvajes, aunque este pirata ya lo era estando sobrio. ¿Cómo haría para arreglárselas con él tan borracho?

—Esta vez no la curaré —le informó ella—. No puedes comportarte como un caradura y esperar gentileza a cambio.

—¿Y quién te lo ha pedido? —Vertió agua en una vasija y se lavó la cara. Alisándose la melena oscura con los dedos húmedos, la miró a través del espejo—: Ponte cómoda. No irás a ninguna parte, Rosalie.

Ella se desabrochó la capa y la dejó caer sobre una silla.

—¿Qué es lo que intentas hacer conmigo?

Emmett se ató los cabellos y volvió a mirarla.

—Este humilde siervo te está llevando a casa.

Maldito sea.

—¿A casa?

—Casa. Inglaterra. Abuelo. ¿Te suena? —Se concentró en quitarse el vendaje.

Ella se preguntaba si aquella pesadilla sería su idea de retribuirle las tonterías que le había dicho a Jasper sobre él. Obviamente, la había escuchado por casualidad.

—¡Un comentario no merece la destrucción de mi vida! Yo te he salvado de la horca y de morir desangrado. Lo menos que puedes hacer es dejarme en libertad.

La irritación de él tomó forma de exasperación.

—No puedo liberarte, Rosalie. Ojala pudiera. A pesar de la pobre opinión que tienes con respecto a mí, esto no tiene nada que ver con vengarme.

—¿Y entonces de qué se trata? —preguntó ella bruscamente, y al instante supo la respuesta—. Lo estás haciendo para ayudar a tu hermana —¿Cómo había podido ser tan ciega, tan ingenua?—. Me mentiste. Jamás tuviste intención alguna de mostrarme los sitios de los que hablamos. Todo era una farsa.

—Yo no te forcé. Ofrecí una tentación y tú aceptaste. Estabas tan ansiosa por escapar de Jamaica como yo de sacarte de allí. Tú encontraste la nota y viniste detrás de mí, ¿recuerdas?

—¡Yo confié en ti! —¿Cómo había podido malinterpretarlo tanto? ¿Cómo había podido sucumbir ante sus falsos encantos? Él era cruel, y no porque blandiera espadas y dagas mejor que nadie, sino porque era horriblemente astuto, furtivo como una víbora y absolutamente privado de conciencia—. ¿Qué clase de mundo engendra un ser sumamente fracasado, desprovisto de todo rasgo de humanidad?

Él contuvo la furia sin parpadear.

—Este mundo, Rosalie. Este mundo.

—Qué triste para el mundo, y qué triste por ti. Tu mundo no vale la pena ser explorado. Mejor me voy a casa.

—Sí, claro que lo harás.

La respuesta de él sólo le sirvió para reavivar su mal humor.

—¡Maldito hipócrita!

Emmett suspiró.

—Es mí hermana pequeña. Yo hago lo que sea por ella. Lo que sea. Ella ama a Whitlock y tú estabas en el camino. Nada personal.

¿Nada personal? Para mí sí es personal, ¡bastardo! Se trata de mi vida, de mi honor, de mis sueños que hiciste añicos. ¡Así que no te atrevas a decirme que no es personal! Es absolutamente personal.

Él se dio la vuelta y la atrapó con su mirada azul brillante.

—Como mi beso, que al instante se vuelve nauseabundo. Creo que esta noche ambos vimos nuestras ilusiones hechas añicos.

La dejó atónita. ¿Realmente se habría ofendido cuando ella rehusó a irse con él? Ella podía fácilmente explicar lo que la había hecho cambiar de opinión en la playa, pero en un arrebato de venganza femenina, escogió no hacerlo. Giró en redondo y comenzó a caminar por el cuarto. Tenía que lidiar con esta nueva contrariedad. Su abuelo le retorcería el pescuezo, justificadamente. Y Jasper... ella era su amiga y lo había tratado como a un enemigo, creyendo que Emmett era su salvador. Decidió apelar a su sentido de la decencia una vez más, aunque sinceramente dudaba de que poseyera alguno.

—Por favor, llévame de regreso —sonaba absolutamente irritada—. Yo no represento ninguna amenaza para la felicidad de tu hermana. Aunque no lo creas, al marcharme les deseé buena suerte. Espero que se casen. Lo único que quiero es disfrutar de un mes bajo el sol de Jamaica. Seguramente tú tienes cosas más importantes que hacer que acompañarme a casa.

—Si te llevo de regreso, tu prometido no tendrá el coraje de casarse con mi hermana. Él la ama, pero la considera inferior a él. Como tú a mí. Creer que huimos lo inducirá a casarse con ella. Se sentirá traicionado, rechazado, deshonrado. Considerará el hecho de casarse con ella como una venganza justa —Suavizó el tono de voz—. Ella está enamorada de él, tú no. ¿Por qué habrías de estropearlo?

El tenía razón, y el hecho de saber que la respuesta de ella a sus besos lo había hecho llegar a esa conclusión la hacía sentir aún peor. Recordó los superlativos que los caballeros de Jamaica había utilizado para describir a los Víboras de Milán: feroces guerreros extremadamente astutos que provocaban un escalofrío en el corazón de sus semejantes.

—Cuánto te habrás deleitado al verme desempeñar mi papel de ingenua a la perfección en tu astuto juego.

—No fue un juego.

—¿Entonces por qué tu hermana me advirtió que tú no eras lo que aparentabas? Me imploró que me quedara en Kingston.

El músculo de la mandíbula se movió como triturando algo.

—Mary me conoce bien. Debiste escuchar su consejo.

—De modo que no sólo eres un ladrón y un pirata; también eres pedante, otro calificativo que sigue en la lista de tus destacadas cualidades —Ella continuó deambulando por el camarote. Se detuvo en la puerta.

—Sabes que la puerta está cerrada con llave —le recordó Emmett mientras se examinaba el nuevo vendaje que se había puesto en la herida. No había detenido la hemorragia, por lo que se lo quitó entero y puso el filo de la daga en la llama de la vela—. Y si no fuera así, ¿qué magníficas vías de escape tenías en mente? ¿Nadar con los tiburones o hacer uso de tus encantos con mis hombres? Créeme, Rosalie: correr por cubierta con ese vestido te llevará a provocar lo contrario de lo que esperas.

—Debe de haber un tipo decente a bordo de tu balsa, Caronte.

—Yo no contaría con eso. Mis hombres no han tenido a una mujer en meses. Estarían encantados de mantenerte a bordo durante una larga temporada.

Maldiciéndose por ser tan tonta, bajó la vista al cinturón de cuero, que descansaba sobre el sillón como por descuido. Tenía el soporte para las pistolas. De manera audaz, ella tiró de una de las armas y apuntó a la fibrosa espalda parada frente al espejo.

—Da la vuelta la embarcación. ¡Ahora!

Emmett dejó caer la daga y se giró para hacerle frente. Ante los ojos de ella, se transformó de un hombre cansado, herido y algo ebrio; en un merodeador nocturno. Su expresión reflejaba fría templanza. Comenzó a acercarse a ella, evaluando a la presa en silencio con ojos brillantes.

—Baja el arma, Rose. No sabes cómo usarla y puedes hacerte daño a ti misma en tu intento por dispararme.

—No quiero dispararte, pero tú mismo provocaste esta situación —balbuceó ella mientras retrocedía—. No puedes moldear mi vida a tu antojo. Lo que yo haga o adonde vaya será decisión solamente mía —Miró el arma plateada que tenía entre las manos y movió un dedo tembloroso para montar el martillo. No era una experta en disparar, pero sabía cómo utilizaban los hombres aquella maldita cosa. Si iba o no a tener el coraje de apretar el gatillo ya era otro asunto.

Él avanzó lentamente hacia ella.

—No me detestas tanto como para dispararme, así que sugiero que bajes el arma antes de que te hagas daño o me obligues a hacer algo que sinceramente no quiero hacer.

—Estás absolutamente en lo cierto. No te detesto. Te aborrezco —siseó ella, pero lo que realmente aborrecía era su miserable reacción ante el contacto con él. Incluso en aquel instante seguía sintiendo el estremecimiento que siempre lograba provocarle su cercanía—. ¿Por qué tienes que ser tan bajo y mentiroso? Me utilizaste. Manipulaste mis sentimientos. ¿Realmente eres despiadado? ¿Sólo finges ser humano? —Las lágrimas le inundaban los ojos.

Emmett se detuvo. Su mirada punzante alternaba entre el rostro bañado en lágrimas y la pistola, tratando de improvisar un modo de arrebatársela sin causar daño a ninguno de los dos. Debió haber imaginado que hasta las mujeres pacíficas eran capaces de tomar decisiones atolondradas cuando se sentían acorraladas.

—Si bajas el arma, reconsideraré la idea de llevarte de regreso a Kingston.

—¡Estás mintiendo! —Los nudillos se le pusieron pálidos alrededor de la culata de plata—. No tienes ninguna intención de llevarme de regreso allá.

—Y tú no tienes ninguna intención de matarme —recalcó él con cuidado—. Ambos lo sabemos.

—¡Tú no sabes nada! —Dolida y decepcionada, recordó el increíble beso compartido en la playa hacía una hora. Decir que era una tonta era subestimarse; su idiotez era de un grado despreciable. Levantó la mano que le quedaba libre para secarse las lágrimas. Emmett se adelantó con rapidez. El pánico se apoderó de ella. Incapaz de dispararle, se dio la vuelta y siguiendo un impulso disparó el cerrojo de la puerta del camarote. Provocó una terrible explosión; unos brazos como de acero la envolvieron por detrás. Sobre cubierta se oyeron unos gritos sobresaltados. Ella miró fijamente y con temor la puerta humeante. Junto a la cerradura apareció un hueco del tamaño de un puño. Aquella noche, ella no había tenido ni una condenada gota de suerte.

—¡Obstinada tigresa salvaje! ¿En qué diablos estabas pensando? —Le gruñó Emmett al oído. Le sujetó la muñeca con fuerza y le arrebató la pistola de la mano. La metió en la parte de atrás del pantalón con el cañón para abajo y la hizo volverse para que lo mirara de frente. Estaba furioso; sujetándola de los hombros la sacudió con tanta fuerza que la hizo echar la cabeza atrás mientras ella lo miraba a los ardientes ojos azules fijamente—. Pudiste haberte hecho daño, Rosalie, ¿eres consciente de eso? ¿Y si la bala impactaba en un metal en lugar de madera y rebotaba? ¡Pudiste haberte matado, tonta temperamental!

La sostuvo fuerte del mentón y le examinó rápidamente la pálida piel hasta los pies, asegurándose de que todo estuviera en orden. Rosalie lo miró boquiabierta, sorprendida de ver auténtica preocupación reflejada en sus ojos. ¿Cómo era posible que una persona fuera despreciable y considerada al mismo tiempo?

Al diavolo! Estoy decidido a amarrarte al poste de la cama y mantenerte allí hasta el final del viaje.

Unas pesadas botas venían corriendo a todo prisa por la escalera de cámara. Alguien golpeó la puerta.

Capitano, ¿qué ha pasado? —Garrett vociferó afuera. Sus compañeros también expresaron preocupación.

¡Nada! —respondió Emmett bruscamente por encima del hombre de ella. La soltó y ella se volvió a mirar la puerta cerrada. Un ojo apareció por el hueco, y afuera alguien rompió a reír. Ella notó que el ojo que espiaba iba cambiando. La curiosa pandilla del Alastor se turnaba para espiar adentro del camarote. Emmett se dirigió hacia la puerta, se arrancó bruscamente la cinta que le sujetaba los cabellos y la metió en el hueco, bloqueando la vista—. Va bene, monos, se acabó el chiste. Buonanotte.

—Buenas noches para vos también, capitano. ¡Si nos necesitáis, disparad! —Las risas disimuladas y las palmadas en el hombro disminuyeron, mientras los tacones de las botas se retiraban por el corredor, retornando a ocuparse de sus propios asuntos.

Rosalie no era tan afortunada. Al encontrarse con los ojos furiosos de Emmett y su aspecto ceñudo se le aceleró el pulso. Esa noche había aprendido cómo se sentía ser la presa de una pantera. Con una determinación espeluznante él se aproximó precipitadamente. Ella pegó un grito y corrió a un lado, refugiándose detrás del poste de la cama. Cautelosamente, lo observó a través de la cama de seda color púrpura mientras él lentamente acortaba la distancia que los separaba.

Emmett se detuvo ante el poste de la cama más cercano al que ella estaba aferrada y apoyó la mano en el poste esculpido.

—Me gustaría saber qué es lo que está pasando por esa tortuosa mente femenina que tienes. ¿Por qué diablos le disparaste a la puerta? ¿Creías que al atravesarla vencerías el obstáculo para regresar a Jamaica? ¿O quizás no estabas dispuesta a soportar ni un minuto más mi despreciable y humilde compañía? Bastaba una sola palabra para que te instalara en un camarote privado. De hecho, en cuanto entregues tus piedras púrpuras allí es precisamente donde te encontrarás.

Rosalie lo miró asombrada.

—No puedes quedarte con mis joyas, ¡bruto codicioso! Merecías que te hiciera explotar la puerta. Ojala te hubiera disparado a ti.

Él miró al techo, pidiendo paciencia en silencio. Chasqueó los dedos:

—Vamos. Entrega las malditas joyas y vete a un camarote aparte.

Ella entrecerró los ojos.

—¡Jamás!

—No puedes conservarlas a menos que no te importe pasar las próximas tres semanas encerrada. Y lo mismo va para tu lindo vestido color ciruela. No te tendré desfilando por cubierta como un abundante menú, llamando demasiado la atención: tener a mis hombres confundidos ya es extenuante, y encima tú me desairas en cuanto tienes oportunidad. Todavía tengo algo de ropa vieja de mi hermana a bordo. Creo que te irá bien —Y ante la expresión atónita de ella, le examinó la silueta deliberadamente, demorándose en el pecho que subía y bajaba. Una sonrisa voraz se le extendió en los labios—. Aunque quizás la encuentres ceñida en algunas partes.

Las mejillas se le tornaron de color rojo cereza.

—Ningún caballero se atrevería a hablar de ese modo.

Sonriendo de oreja a oreja, Emmett cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó en el poste.

—Jamás he pretendido ser un caballero. Demasiados impuestos que pagar. Yo, tesoro, soy libre de hacer lo que me plazca, inclusive desvestir damas poco dispuestas —dijo arrastrando las palabras, relamiéndose mentalmente.

Ella le lanzó una mirada de desprecio.

—Puedes enrollarte esa lengua y meterla de nuevo en la boca. Puede que no seas un caballero, pero yo sí soy una dama.

Su sonrisa burlona se convirtió en otra de oreja a oreja.

—Más interesante aún.

Ella evaluó la situación, contemplando la posibilidad de esquivarlo. Tenía la espalda contra la pared, hacia la izquierda había más muebles y atrás las portas abiertas; la cama estaba hacia la derecha, y justo enfrente de ella el mismísimo diablo. Se adelantó un paso hacia ella, torciendo los labios en una sonrisa abyecta.

—¿Buscando el modo de fugarte? En mi camarote casi no hay sitios donde ocultarse. Entonces... por qué no entregas tu pila de joyas y damos esto por concluido, ¿eh?

—¡Vete al diablo! —masculló ella ante su expresión divertida.

—El diablo y yo nos llevamos muy bien. De hecho, somos muy amigos. A veces, es difícil diferenciarnos —Se acercó más, dejándola acorralada entre sus brazos y la pared. Ella se estremeció. No de miedo. Estaba demasiado perturbada para sentir miedo. A pesar suyo, lo que ella sentía era un tremendo deseo de acariciarlo. Bajo la tenue luz, su piel era oscura como el chocolate esparciéndose sobre los músculos firmes.

Emmett la observó. Debió de haber percibido el aire cargado entre ambos, pues su sonrisa burlona desapareció y en su lugar, un ardiente deseo le oscureció los ojos. Le hundió los dedos entre los cabellos, deleitándose con la sedosa abundancia.

—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó con voz ronca, atrayéndole más la cabeza—. Eres terriblemente hermosa y yo estoy muy ebrio. Mi santidad está pendiendo de un hilo.

A ella el calor le recorrió todo el cuerpo desenfrenado. La voz sonó como un susurro débil y quebradizo:

—Sé que eres muchas cosas, Emmett, pero no creo que seas un violador.

Extendió la gran mano por el cuello y lentamente le recorrió el hombro desnudo, acariciándole la piel.

—Pero ese es el problema, amore. No creo que vaya a ser violación.

Ella tragó saliva, maldiciendo esa conocida sensación que le subía por el cuerpo en forma de espiral. En ese instante supo cómo se había sentido Eva en el Jardín del Edén, cuando seducida por la serpiente cogió la manzana prohibida. Arqueó el cuello y volvió la cabeza a un lado para evitar la tentación.

—Sí lo sería.

—¿De veras? —susurró la Víbora al tiempo que probaba su cuello, tragando el perfume que ella tenía adherido a la piel. Gimiendo suavemente, con la lengua y los labios trazó una huella de fuego en el hueco vulnerable entre el cuello y el hombro. Rosalie se quedó inmóvil, luchando contra el hechizo embriagador que la hacía entornar los ojos lánguidamente. Estaba combatiendo a dos enemigos poderosos, no a uno: Emmett, y la loca atracción que sentía hacia él. Sucumbir sería la opción más pobre que jamás hubiera escogido. ¿Cuáles habían sido las palabras exactas de Alice? Sus conquistas amorosas siempre comienzan con lujuria y terminan con lágrimas. Tenía que resistir. Si le interesaba conservar algo de su devastada autoestima, tenía que resistir.

Le acarició los suaves labios rosados con un dedo:

—¿Por qué cambiaste de idea esta noche en la playa?

Ella le sostuvo la mirada, con su respiración rozándole levemente el pulgar.

—¿Qué importancia tiene ahora? De todos modos, jamás tuviste la intención de llevarme a los sitios de los que habíamos hablado.

—¿Pensaste que te dejaría con otro hombre? Aunque mi hermana no hubiese conocido a ese imbécil, yo hubiera hecho exactamente lo mismo. Whitlock no era el hombre para ti, Rosalie, y en lo más profundo de tu corazón lo sabes —Le acarició los labios con los suyos, dejando que sus cálidos alientos se mezclaran. El intenso olor a coñac a ella le embriagó la cabeza. Dios, cuántos deseos sentía de que la besara, ¿pero se detendría allí?—. Dime que no sientes lo mismo que yo, amore, y te dejaré tener tu propio camarote esta noche.

Rosalie cerró los ojos sintiendo por anticipado cómo el beso le empañaba los sentidos. Ella sí que quería tener su propio camarote, insistía una voz interior, pero sus labios parecían incapaces de pronunciar las palabras.

Emmett se inclinó sobre el cuerpo de ella:

—Él te importa un comino —le susurró sensualmente en la curva de la mandíbula—, es a mí a quien quieres, a pesar de mi espíritu malvado y mi lastimoso origen humilde, y lo peor es que yo también te quiero a ti —Le rozó la mandíbula suavemente con los dientes blancos—: Mucho.

Rosalie casi se derritió en el suelo. Con el corazón latiéndole con fuerza, se apoyó contra la pared, embriagada por la intensa fragancia almizcleña que llenaba la penumbra, que emanaba de ese vigoroso hombre que le bloqueaba los sentidos. Le apoyó las manos en el pecho empujándolo levemente, deslizándolas con suavidad por su piel sinuosa y aterciopelada.

—Quiero mi propio camarote —le susurró, sorprendida por el instinto de preservación que aún poseía.

—No, no lo quieres —Le aferró la nuca y le selló los labios. Le llenó la boca con la lengua, aunque la sensación era de invasión absoluta. Ella emitió un gemido a modo de respuesta y antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se entrelazó alrededor de él sin querer soltarlo. Él la condujo meciéndola hasta la cama y cayó encima. Los besos se volvieron más y más suaves, dulces, haciéndola sentir que era el tesoro que él había estado buscando durante todo su miserable vida y, ahora que lo tenía, no estaba dispuesto a renunciar a él. Ella se retorció debajo de él, horrorizada por cómo se sentía, de cómo él la hacía sentir.

—Emmett... —dijo acariciándole la mejilla. La incipiente barba se sentía tan suave y sedosa como la cabellera.

Él se apoyó en los antebrazos. La melena renegrida se esparció sobre el rostro de ella; los ojos le brillaban como piedras preciosas.

—¿Cómo hemos llegado a esto, Rose? ¿Es que estábamos condenados a convertirnos en amantes?

Nuevos indicios de pánico latieron en su cabeza. Ella sentía deseos de besarlo y acariciarlo, ¿pero estaba dispuesta a arrojar su vida por la borda por un instante de locura?

—Creo que... esto ha llegado demasiado lejos.

—No pienses —Le mordisqueó los labios, seduciéndole los sentidos, atizándole el deseo habilidosamente.

Un sollozo de deseo le brotó de la garganta. El abismo de su alma clamaba por él, ansiosa por absorberlo hacia las solitarias cavidades de su corazón. Le acarició la dócil melena negra y recibió las hambrientas estocadas de su lengua con suaves ronroneos femeninos.

Emmett se hizo a un lado colocándola encima suyo. Le desabrochó el vestido. De manera experta, le desenlazó la ropa interior y luego se la quitó presionando fuerte de los costados.

Los latidos del corazón le retumbaban en los oídos. Ella apenas pudo respirar o pensar cuando Emmett le quitó el resto de las prendas una por una, arrojándolas sobre la alfombra. Cuando ya no llevaba nada puesto —salvo la enagua y unas bragas cortas a la moda—, él volvió a rodar hasta quedar encima. Se extendió sobre los muslos tersos y contorneados y acomodó las caderas contra la suavidad de ella. La parte delantera de los pantalones, dura como una roca le aplastaba los volantes de las bragas, excitándola de manera indescriptible.

Santo Michele... —dijo él repitiendo los mismos pensamientos confusos de ella, al tiempo que apretaba la boca ardiente contra los cremosos pechos abultados. Con los dientes encontró un pezón firme a través de la fina tela de la enagua...

Ella le enterró las uñas en los músculos de la espalda; arqueó el cuerpo, avivando un profundo deseo ardiente. Aquella no era una seducción inofensiva. ¡Tenía que detener esta locura! Estaba a punto de...

Emmett se apartó bruscamente. Haciendo rechinar los dientes en una sarta de improperios en italiano, con una expresión de debilidad. Cerró los ojos y respiró fuerte. Rosalie se sintió aliviada y preocupada al mismo tiempo.

—Emmett —Le enmarcó el rostro con las manos—. ¿Es tu herida? ¿Está sangrando de nuevo? Déjame ver.

Él abrió los ojos y la miró de una manera indescifrable y firme. Le buscó por detrás del cuello y le desabrochó el collar. Demasiado consternada como para moverse o emitir una protesta, ella sintió cómo le quitó el brazalete y los pendientes. Cuando tuvo en sus manos la pequeña fortuna de ella, se sentó. Deslizó las joyas en el bolsillo, se pasó una mano por la cabellera y apoyó los codos en las rodillas.

Rosalie se quedó rígida y le miró furiosa el perfil. Sintió un escalofrío que le llegó hasta los huesos. Percibiendo su mirada, Emmett levantó la cabeza. Parecía asombrado de su propio ardid. Fría como el hielo, ella levantó la mano y le dio una fuerte bofetada en la mejilla.

—Vuelve a tocarme y juro que te mato —le prometió.

Pasó un instante. Aunque ella percibió el asombro dibujado en sus ojos, el rostro de él toleró el ataque inexpresivamente. Ese no era un hombre, reflexionó ella. Era un témpano. Él se puso de pie con rigidez y fue hacia la botella de coñac. No le importó servirse en la copa. Se lo bebió con los ojos cerrados.

—Existe un precio espiritual por el tipo de vida que tú llevas —le dijo ella con calma—. «La conciencia, torturadora del alma, aunque sea invisible, blande un feroz flagelo en su interior. Aunque te confieses a ti mismo tus propios crímenes, tu conciencia será tu propio infierno».

—¿Qué es lo que sabes tú acerca del infierno, de la conciencia, o de nada? —dijo y lanzó un suspiro irregular—. Acabo de hacerte un favor.

¿Un favor? Estás mintiendo, miserable ladrón. ¡Ojala ardas en el infierno!

Él se encontró con aquellos ojos color aguamarina brillantes de rabia.

—Probablemente tus deseos se cumplan.

Ella lanzó una mirada al medallón que se balanceaba en el pecho masculino.

—Te adornas con hermosos emblemas, pero en tu caso, ¡la víbora significa un lamentable proyecto de hombre! Compadezco al legítimo dueño.

Él dirigió la vista hacia el escudo antiguo. La inscripción decía: Francisco McCarty Dux Mediolani Quartus. Él frunció los labios en un gesto burlón.

—Sí, yo le robé los emblemas a un excelente ejemplar de la nobleza que es el último lazo de una ilustre dinastía. ¿Le sorprende, mi recatada y delicada dama? ¿Es que esta nueva información le suma una mancha más a mi carácter malvado y ruin?

Rosalie lo miró de manera imperturbable.

—Ya nada de lo que hagas me volverá a sorprender.

—Bien. Entonces no te sorprenderá ponerte un par de pantalones de mí hermana, porque eso es lo que usarás el resto de lo que dure el viaje.


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