Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 9

Mientras el coche alquilado atravesaba los portones de Versalles, Edward contemplaba el imponente palacio y recordaba las inmortales palabras de Montesquieu: «El brillo y el esplendor que rodea a los reyes constituye parte de su poder». Bajó de un salto y estiró las piernas. Era un largo trayecto desde París. Hacía algún tiempo, Luis había mudado su residencia a esta villa oscura, por ende forzando a que la corte entera se mudara a aquel paisaje monótono. No obstante, centenares de ellos habían llegado y estaban por todas partes, deambulando por el parque o fornicando en el interior del palacio. Él les sonrió a las damas que habían salido a dar un paseo y se preguntó si sería posible persuadir a Luis para que olvidara aquel desafortunado incidente. Lamentablemente, en ese momento él no tenía tiempo para dedicarle. Las recepciones oficiales tenían lugar en los Grands Apartments situados en el ala norte. Edward sabía exactamente lo que les diría a los auxiliares de la corte que levantaban barricadas a cada paso. El protocolo decía que cuanto más favorecía el rey a un cortesano, más posibilidades tenía éste de que se le permitiera ingresar a palacio. Bien consciente de que él estaba arañando el final de su bendita lista de elegidos, Edward recurrió a métodos solapados. En cuestión de minutos, se encontraba caminando por la Galerie des Glaces, haciendo sonar los tacones con seguridad en el suelo de parqué.

La voz poco hospitalaria de Luis resonó desde el interior de su despacho:

—¡Entra, McCarty! ¿De qué se trata esa gran urgencia que dices tener? ¡La única urgencia que al rey de Francia le concierne es una amenaza a su permanencia en este mundo!

Sua Maestá —Edward se adelantó de prisa, haciendo reverencias todo el camino hasta llegar a los zapatos plateados del rey. Se irguió haciendo un ademán exagerado y le sonrió. De inmediato, ubicó con la mirada a Jean-Baptiste Colbert, consejero financiero de Luis, parado junto al trono de satén azul adornado con lirios dorados.

—Te escucho —masculló el rey. Los rasgos bien empolvados debajo de un peluquín con rizos castaños pertenecían al rostro de un anciano arrugado. Tenía los ojos cansados y enrojecidos—. ¿Cuál es la naturaleza de tu "grave urgencia política de guerra", según lo calificas, y que hábilmente te llevó a burlar a los guardias del palacio?

Edward se aclaró la garganta:

—Su Majestad, jamás me hubiera atrevido a imponerme, a menos que...

—Sí, sí, continúa —Luis hizo un gesto con la mano con poca paciencia.

—He venido a ofreceros en bandeja a Su Majestad al general Saboya y a su corsario, Emmett.

La mala predisposición del Rey Sol se revirtió.

—¿Saboya, dijiste?

—Sí, Su Excelencia.

—¿... y a ese condenado pirata que ha estado acechando mi marina? —Luis abandonó el trono de un salto con la agilidad de un pollo—. ¡Habla! ¡No me tengas pendiente de tu próxima palabra!

Monsignor, desde aquel fiasco con ese puente de Cassano...

El rey se irritó.

—¿Qué fiasco? ¡Fue una confusión! ¡El mariscal de Vendóme eclipsó a Saboya, como siempre, y en París se cantó el Te Deum durante una semana seguida! ¡Fue una victoria brillante!

Para los austríacos, corrigió Edward mentalmente, que también cantaron el Te Deum en Viena.

—Señor, el Emperador está ocupando Milán...

—José no es un emperador. ¡Es un idiota charlatán! —Luis caminaba inquieto de un lado a otro.

Cesare se esmeró por encarar el asunto de manera apropiada.

—Como príncipe de Milán, yo...

Luis se detuvo y alzó una ceja pintada:

—¿Príncipe, Edward? ¿Príncipe de qué?

Edward rechinó los dientes:

—Me he encargado de investigarlo —persistió—. Como Su Majestad bien sabe, mi país está en llamas por culpa del maldito Saboya.

—Así es, pero no debes preocuparte. El Mariscal de Francia, le Duc de Vendóme, ¡hará picadillo con ese ingrato! ¿Sabías que Saboya era mi protegido? Al morir su padre, me apiadé de él. Era una cosa flaca y huesuda. Lo destiné a la Iglesia. ¡El ingrato bribón se ofendió! ¡Se cambió de bando y me apuñaló por la espalda! Le ofrecí el gobierno de Champagne como mariscal de Francia, pero me escupió en la cara y se unió a las fuerzas de los perros ingleses. Ahora está derramando sangre francesa junto a ese canalla de Marlborough.

—¡Saboya es un bastardo sanguinario! ¡Una deshonra para todos los italianos! —proclamó Edward de manera dramática.

¿Italianos? ¡Qué tonterías! ¡Eugéne-François de Savoie-Carignan es francés! Si vosotros los italianos tuvierais una pizca de su fortaleza, hoy estaríais más unidos de lo que estáis. Todavía no conozco al italiano que unifique a ese país.

Irritado por la crítica, Edward dijo:

—El pirata que mencioné...

El rey lo miró entrecerrando los ojos.

—Sé quién es Emmett, McCarty.

Edward se sintió incómodo.

—Él es la mano derecha de Saboya en la costa de Berbería —Una mentira cuidadosamente elaborada que le haría ganar el principado más rico de la Cristiandad.

—Emmett significa mucho en la costa de Berbería —afirmó Luis, sin morder el anzuelo.

—Su Majestad, el pirata Emmett es para Eugenio de Saboya lo que Francis Drake era para la reina Elizabeth, sólo que esta vez el objetivo no es España, sino...

—¡Francia! —Luis terminó la frase con una mirada furiosa—. Los austriacos tienen un modus vivendi similar a los turcos, y yo también, pero los corsarios del Magreb continúan acechando mi flota militar y comercial.

—¡Es él, Su Majestad! Él los controla. ¡Emmett controla a los corsarios argelinos!

—Nadie controla a los corsarios argelinos, ni siquiera el sultán —pronunció con disgusto. Miró ferozmente a Edward—. ¿Y cómo te ves inserto en un esquema de acontecimientos más amplio?

Edward se alzó imponente con su metro noventa de altura y fingió un aire de severidad.

—Mis hombres aguardan en Gibraltar hasta recibir órdenes, señor.

—¿De veras? —Luis frunció los labios—. Vamos, entérate de los hechos. El Peñón fue capturado el año pasado por las fuerzas combinadas de Inglaterra y Alemania. ¿Cómo es posible que tan perturbadoras noticias no hayan llegado a oídos de tus diligentes espías?

Edward pasó por alto el insulto.

—Tengo un plan, señor. Con la asistencia de Su Majestad facilitándome un buque de guerra completamente equipado, interceptaré al pirata cuando retorne del Caribe.

—¿Cómo sabes que regresará antes de que esta maldita guerra termine? ¿Y cómo sé que no vienes a buscar mi ayuda haciéndote pasar por aliado, cuando en realidad tienes intención de utilizarme para financiar tu pequeña guerra personal?

A Edward se le secó la lengua dentro de la boca y el rostro se le encendió. No obstante, cual astuto gato callejero experto en el arte de la supervivencia, se recuperó rápidamente.

—Lo detendré y lo utilizaré para llegar a Saboya.

A Luis le temblaron las grietas de su rostro empolvado.

—Qué gracioso eres, Edward —Rió entre dientes—. Siento deseos de reír y llorar al mismo tiempo. Por favor, permíteme a mí ocuparme de Saboya.

—¿Y el buque de guerra, señor? —insistió Edward con discreción.

Luis le lanzó una mirada a su consejero.

—¿Qué opinas sobre este asunto, Jean?

—Bueno —dijo Colbert—, ya hemos enviado barcos para cazar a Emmett, pero él burló a la Marina todas las veces. Ya nos ha costado diez buques de guerra, señor, uno de ellos era su preferido...

—¡Por supuesto que lo recuerdo! —Luis rió de oreja a oreja sorprendiendo tanto a Edward como a Colbert—. El asunto de la fragata era lo que teníamos que resolver. Hace tres años, cuando él estuvo en Versalles, compartimos un pequeño juego de naipes, y él iba ganando, como siempre... ¡Ese rufiánl ¡No tuvo la gentileza de perder ante el rey de Francia! —El rey se tomó un instante para tranquilizar su reavivado fastidio—. Alors, antes de perder Versalles ante aquel diable, yo sugerí finalizar el juego, pero él propuso subir la apuesta diciendo que se apoderaría de una de mis fragatas en el término del año. De más está decir que me reí de su escandalosa soberbia, y acepté. Al cabo de tres meses, recibí una nota suya donde me informaba que había rebautizado mi buque insignia, mi mejor fragata, el Alastor —Luis terminó el relato de buen humor, como correspondía a un hombre poderoso que se podía dar el lujo de no rebajarse ante una persona menos importante—. Me sorprendió que no la nombrara: Le Roi Bouffon, El Rey bufón.

Edward se sentía demasiado deprimido como para preguntarle qué era lo que aquel canalla le había ganado al rey.

—¿Bien, Edward? ¿Qué te hace pensar que podrás desafiar a Emmett y triunfar cuando mis almirantes han fallado? Él es un excelente estratega. Conoce el Mediterráneo tan bien como la palma de su mano. Sin embargo, tú sólo eres conocido por vaciarte una botella de coñac de vez en cuando. En otras palabras, le tengo poca fe a tus habilidades.

El ánimo de Edward se marchitó y pereció. Luis lo miró con aire pensativo:

—Dime qué es lo que realmente quieres. Desde luego que no arriesgarías tu pellejo a cambio del escaso beneficio de un buque de guerra. ¿De qué se trata?

Edward vaciló. Luis lo había arrinconado hacia un sitio más conveniente.

—Quiero Milán.

La Presencia Divina explotó en renovadas risas:

—¿Era eso? ¡No me lo esperaba!

Edward le habría dado un puñetazo a aquel rostro empolvado.

—¿Por qué Milán no podría pertenecerme? Perteneció a mis antepasados durante miles de años. La merezco. Es mía.

—No. Es mía —lo corrigió Luis.

Edward se tragó la rabia.

—Pero Su Majestad necesita un soberano leal y local que conozca al pueblo. Yo soy ese hombre. Por la Gloria de Francia, concededme la orden de cumplir con esa gesta.

—¿Y qué hay del pequeño asunto relacionado con el medallón? —preguntó Luis—. El Emperador denegó tu investidura ducal porque no pudiste mostrarlo y probar que eras el siguiente McCarty en la línea sucesoria. Y ya que ambos sabemos a quién pertenece dicho medallón, dudo que alguna vez seas duque. José no es menos quisquilloso que su difunto padre en seguir el protocolo.

—El mundo está cambiando, señor. Para cuando la guerra termine, Francia no necesitará la aprobación del Imperio para designar a un gobernante de su elección. Será el Emperador el que busque la aprobación de Su Majestad para esos asuntos. ¡El Rey Sol gobernará el albor de una nueva era!

Luis inspiró una bocanada de aire e hinchó el pecho de placer.

—¡Así será, por cierto! —Se tomó un instante para disfrutar de la imagen que Edward le había instalado en su mente al tiempo que contemplaba el frondoso horizonte que se extendía más allá de las ventanas—. Está bien —expresó con un gruñido—. Tendrás tu barco, y cien mil monedas de oro de la corona, la mitad de las cuales las recibirás al llevar a cabo el cometido. Sin embargo... —le aclaró a Edward atravesándolo con aquella mirada intransigente—. Harás exactamente lo que yo te diga.

Edward casi le da un beso, aun con aquel polvo desagradable.

—Sí. Sí.

—Ve hacia Argel. Camúflate. No quiero que ni tú ni yo llamemos la atención. Localiza los contactos de Emmett, a sus aliados y a sus enemigos. Habla con los jenízaros. Son fácilmente sobornables, ya que lo primero que buscan es enriquecerse. Si es necesario, dirígete al rey Abdi, soberano de Argel. Su precio debería ser el más económico. Habla con los rais, los líderes de los corsarios. Aunque son leales a Emmett, de todos modos podrían sernos útiles.

—¿Sí... señor?—preguntó Edward con humildad, sin captar demasiado el punto.

Luis suspiró:

—Sobórnalos —le explicó despacio—. Te entregarán a Emmett en bandeja.

—¡Sí, Su Majestad! —el ánimo de Edward se elevó hasta el cielo—. Lo encontraré y lo mataré.

—Y te convertirás en el futuro duque de Milán, bajo mi investidura —resumió el rey con satisfacción—. Sólo que no lo traigas aquí. La última vez que él estuvo en Versalles, mi nueva amante le solicitó al arquitecto que construyera una estatua del dios del Amor con arco y flecha, con la imagen de Emmett y la ubicó en el parque junto a la de ella. ¡Una deshonra!

—¡Más bien una subestimación monumental! —Edward se agitó de disgusto. No le causaba ninguna gracia que su peor castigo hubiera sido invitado a jugar a los naipes con el rey y hubiera coqueteado con la amante de éste.

—Ahora, márchate —Luis le hizo un gesto con la mano—, pero recuerda: si pierdes mi oro en la mesa de bacará, deberás ir tras Emmett de todos modos, ¡pues la recompensa por él no será nada en comparación con la que pague por ti!