Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 11
La noche estaba oscura, húmeda y calurosa. Un manojo de luces titilaba en la distancia. De espaldas a la costa, Emmett remaba metódicamente, con la cabeza envuelta en una extraña tela negra. Rosalie lo miraba con el rostro cubierto a medias por un velo. Lucía más siniestro de lo habitual. Pensativo, distante, tenso. Ella tuvo un terrible presentimiento. ¿Hacia dónde diablos se dirigía?
Las tres semanas que habían pasado atravesando el océano habían transcurrido rápida y tranquilamente. Ella había insistido en comer en su camarote y Emmett no lo había objetado, con su orgullo innato conteniendo el impulso de implorarle su compañía. Pasando la mayoría del tiempo en el alcázar con Garrett, él se había dedicado a dirigir el barco, manteniendo el contacto estrictamente indispensable. A veces ella lo veía bromear con los marineros, y le sorprendía ver cuan intimidados se sentían sus hombres ante él. Sin embargo, aun con un abierto despliegue de indiferencia, en ciertas ocasiones sus miradas se cruzaban desde lejos y ella era la primera en desviarla. Emmett invadía sus pensamientos día y noche, convirtiéndose en un acertijo que tenía que resolver. ¿Quién era? ¿Qué era lo que le había llevado a ser el hombre que era? ¿Cuáles eran sus metas, sus ambiciones, sus sueños? ¿Qué lo motivaba? ¿Qué lo conmovía?
—Ponte esa maldita cosa de nuevo, Rosalie —le ordenó Emmett—. No es mi idea de comodidad con este calor pegajoso, pero es inevitable.
Ella lo miró de manera huraña. La gruesa túnica negra que él la hacía usar la engullía, con cabeza y todo, con un velo apretado en el rostro que le llegaba hasta la nariz. Ella lo detestaba, pero por cómo estaba él en aquel momento, no se atrevió a discutir nada. Volvió a ponerse el velo de un tirón.
—¿Hacia dónde nos dirigimos?
—Querías conocer Argel —Echó un vistazo a la costa por encima del hombro—. La kasba de Argel, princesa, a vuestras órdenes.
—Argel —murmuró ella, mientras se mecía suavemente junto con el bote—. La infame morada de los corsarios de Berbería, del Dey y su corte —Lo miró a los ojos—. Benjamín me dijo que eres un hombre buscado en Argel. Dijo que el Dey era tu enemigo acérrimo desde que rompiste filas con él y te uniste a los europeos en la guerra. ¿Estás completamente seguro de querer ir allí?
—¿Benjamín te dijo todo eso? Fascinante.
—Benjamín dijo que si ponías un pie en suelo del Dey significaba muerte cruel y segura.
—Nada es seguro en esta vida. ¿O es que todavía no lo has aprendido?
De modo que era cierto. Él era un hombre buscado en Argel. Entonces, ¿por qué este estúpido no le había dicho que había tanto riesgo involucrado?
—No quisiera ponerte en un riesgo tan grande simplemente por cumplir con un tonto capricho con el que soñé. ¿Y si te atrapan? Te torturarían hasta la muerte.
—Sí—le lanzó una exasperante sonrisa sarcástica—, ¿pero y qué si no lo hacen?
¡Tenía ganas de morir!
—Creo que debemos regresar, Emmett. Esta aventura es demasiado peligrosa.
—Por supuesto que sí —Se encogió de hombros—. Pero de otro modo no sería divertido.
—Si te atrapan a ti, me atraparán a mí también —señaló ella con tono cortante, irritada por el humor negro de él.
Dejó de remar, permitiendo que el bote flotara lánguidamente sobre la superficie del agua.
—¿Es eso lo que te está molestando, Rosalie? ¿Que algo malo pueda ocurrirte porque estés conmigo?
—Bueno, sí, es eso —Ella se movió incómoda—. Pero como dijiste una vez: no te detesto lo suficiente como para verte muerto —Ahí está, lo había dicho. No estaba dispuesta a mencionar ni una palabra más sobre el asunto. Aquel petulante ya estaba medio convencido de que ella era incapaz de resistírsele y ella no tenía intención de alentar esa veta presuntuosa.
—¿Estáis realmente preocupada por vuestro bienestar, princesa? —le preguntó gentilmente—. ¿O estáis preocupada por perder a vuestro guía?
A ella sí le importaba. ¿Cómo de loca estaba? Inspiró hondo y se serenó, asegurándose de sonar como una persona razonablemente preocupada, y no como una mujer pesada.
—Escucha, sé que Argel era parte de nuestro plan inicial, pero si entrar a la kasba podría costarte la vida, no vale la pena. Hay otros lugares que me encantaría conocer. Volvamos al barco y...
—Hay momentos, situaciones difíciles, en las que uno debe arriesgar la vida para alcanzar un mayor objetivo. Una vez cometí el error de valorar mi vida por encima de las cosas que más quería en el mundo. Jamás he vuelto a repetir el mismo error.
De no haber sido por el bendito velo, hubiera quedado con la boca abierta y la lengua suelta. La muerte es amarga, pero la fama es eterna. Qué precepto tan exigente para mantener. ¿Qué hecho tan terrible habría llevado a Emmett a convertirse en una persona tan severa?
Unos minutos después llegaron a tierra. Él bajó del bote de un salto y lo arrastró a la arena. Una pequeña isla se extendía frente a la ciudad y se conectaba a ésta mediante una imponente mole de sólida construcción apoyada sobre arcos. La entrada al puerto estaba coronada por una batería repleta de cañones de inmenso calibre. La franja de playa estaba libre. Rosalie se detuvo, impactada por la imponente resistencia de las fortificaciones. Por algo la kasba de Argel, aquella fortaleza de arena situada al borde del desierto, era conocido por el mundo entero, pensó ella. Irradiaba poder. Era el reino del terrible dey, el primer ladrón y traficante en su propio territorio, paraíso de los náufragos donde otros temían pisar, donde la noche se imponía y el día se rendía. Una ciudad de encanto y misterio.
—Aseguraos de que vuestros cabellos estén ocultos todo el tiempo, princesa —Él le colocó el velo con delicadeza—. ¿Estáis lista?
Cuando ella asintió, él se cubrió la boca con el borde de la tela que envolvía su cabeza, la cogió de la mano y avanzó de prisa hacia la pared. Prescindiendo del portón fuertemente custodiado, esquivó la pared y escaló la colina. La arena era profunda y el ascenso arduo, pero como si conociera cada grano de arena del camino, él la condujo hasta un hueco secreto que se abría en la pared.
Una vez en el interior de la ciudadela, avanzaron rápidamente por el tortuoso laberinto de callejones entre paredes blancas. Como un halcón, Emmett se abría paso bajo la luz de la luna, girando con cautela, pegando los cuerpos contra la pared. En un patio alejado, un gato saltó desde un tejado sobre una lata. Rosalie gritó. Emmett le tapó la boca con la mano, susurrando:
—En la kasba las paredes oyen, así que no hagas ruido.
Una vez más se encaminaron, corriendo y pegándose a la pared hasta que llegaron a un amplio descampado. Había unas tiendas, puestos cerrados y unas tribunas tenebrosas que rodeaban un pozo de piedra.
—Este es el zoco, el mercado —susurró Emmett—. Ahora está desierto, pero si vienes por la mañana es colorido, alegre y atestado de gente... te encantaría. Desafortunadamente, no puedo traerte durante el día, si es que quiero conservar mi cabeza en su sitio.
Ella le disculpó absolutamente por aquella limitación. Los ojos de él se iluminaron, como si fuera un muchachito que iba a la feria por primera vez.
—Aquí sepueden encontrar las mercancías mas increíbles: desde objetos robados de Occidente hasta todo tipo de baratijas que puedas imaginar —La cogió fuerte de la mano y se adentraron en los callejones—. Y hay que discutir el precio con los vendedores —le enseñó con toda seriedad—, o se sienten ofendidos.
Ella sonrió detrás del velo. Lo único que veía eran puestos oscuros y callejones vacíos, pero Emmett debía de estar teniendo una imagen distinta, para ella desconocida.
—Recuerdo la primera vez que vine —continuó diciendo él mientras caminaban tomados de mano—. Yo tenía dieciséis años, y no hablaba ni dos palabras en árabe, jamás había visto un mercado antes, ni siquiera en Italia, y este sitio a mí me había parecido un paraíso mugriento y revoltoso. Me había encantado —recordó con la voz teñida de nostalgia—. Mary tenía seis años y estaba aterrorizada con los ruidosos y ordinarios vendedores. Me distraje un instante y mi hermana desapareció. Me desesperé. Corrí por los callejones, buscándola hasta que la encontré parada ahí —señaló una tarima que había cerca—. Estaba parada petrificada, mirando fijo a un hombre que hablaba con pájaros. Era un entrenador de loros que hablaban. Mary no se quiso mover hasta que le compré una esas graciosas criaturas —Rió él ahogadamente—. Lo llamó Zakko y durante años trató de enseñarle a hablar en italiano, pero el bicho era testarudo. Creo que entendía cada palabra pero insistía en cacarear en árabe, sólo para hacerse el difícil.
Ella sabía perfectamente cómo se había sentido Alice. Sólo que su objeto de fascinación no era un pájaro; sino una víbora. Por primera vez desde que se habían conocido, ella vislumbró al niño que alguna vez él había sido, debajo de aquella cruel apariencia de serpiente. Estaba sucediendo de nuevo. Las defensas de ella se estaban desmoronando.
Emmett se detuvo.
—¡Tenía que haberme convertido en un vendedor! — proclamó con mucho entusiasmo.
Rosalie tragó saliva con dificultad.
—Yo hubiera comprado todas mis especias en tu puesto —susurró ella.
Con los rostros cubiertos por los velos, se miraron a los ojos.
—Una vez casi me cortan la mano por robar una naranja —La voz de él sonó más ronca; el fuego azul de sus ojos ardió con más brillo. Ella contuvo la respiración cuando lentamente él se quitó la tela negra del rostro. Cuando las facciones quedaron visibles, ella se sobresaltó por el aspecto siniestro que tenían grabadas—. Sé que me odias, Rose, pero juro frente a mi futura tumba que jamás tuve intención de hacerte daño. Me gustaste desde el principio. No sólo porque eres hermosa, sino también porque a veces, en momentos como éste... —Una extraña expresión se reflejó en sus ojos, una mirada perpleja, como si acabara de descubrir algo extraño y fascinante—. A veces, siento como si nos conociéramos desde hace años. Jamás le conté esta historia a nadie.
Esa candidez a ella la desarmó por completo. Era el primer momento que compartían de verdad. Sin lujuria, sin motivos insidiosos, sin burlas, resentimientos ni temores. Aquello era un alma en contacto con la otra.
Con dedos vacilantes, Emmett le quitó el velo ceñido de la boca. Buscó en sus ojos tratando de adivinar si ella le correspondería o lo despreciaría. Ella no se reconocía. Enmarcándole el rostro con ambas manos, bajó la cabeza y le besó los labios. Su boca se sentía cálida, seductora, y llena de promesas...
Unos jinetes irrumpieron en el zoco. Emmett la empujó dentro de un hueco que había entre dos puestos y permanecieron muy quietos, fundiendo los cuerpos con las paredes de yeso. Alto, fornido y macizo, él casi la sofocaba. Sin embargo, ella disfrutaba de su proximidad, de su intensa fragancia, de la sensación que le provocaba tener aquel bloque de músculos apretados contra el cuerpo. Ella tenía el rostro oculto debajo de la tela que envolvía la cabeza de él; con la boca pegada a su cuello. Le aferró fuerte la cintura y eso era lo único que podía hacer.
Cuando la estampida se alejó, Emmett se apartó, maldiciendo. Le examinó el rostro bajo la pálida luz de la luna.
—No debí traerte hasta aquí. Qué estúpido he sido. ¿Te encuentras bien?
Ella no se encontraba bien. Lo que acababa de experimentar aplastada contra el cuerpo masculino era peor que el susto de estar tan cerca del peligro. Acomodándose el velo en su lugar, se maldijo por ser una lujuriosa descocada.
—Estoy bien —respondió—. Fue... un pequeño susto, eso es todo.
La cogió de la mano.
—Ven. No deberíamos perder tanto tiempo aquí.
Un momento más tarde, llegaron a una pequeña morada. Emmett golpeó una puerta arqueada de color azul y esperó. Una anciana de estatura pequeña, envuelta en una túnica negra abrió la puerta y miró con recelo a las dos siluetas camufladas paradas en la entrada. Emmett se descubrió el rostro y dijo:
—Esalaam haleikum, Amti.
—¡El-Amar! ¡Bendito Allah! —Los ojos de la anciana se agrandaron de júbilo. Se cubrió el rostro con las manos, diciendo una oración—: Tfadal. (Entrad)—Los condujo hacia el interior y cerró la puerta detrás echando el cerrojo de bronce—. ¡Allah misericordioso! Mi amado hijo está de vuelta. Estás sano y salvo y has venido a ver de nuevo a la vieja Sanah. Pasa, einaya, deja que la vieja Sanah te dé un abrazo y un beso.
Emmett se adelantó y envolvió a la anciana entre sus brazos.
—Te he extrañado, Amti —Tenía la voz cargada de emoción, y aunque habló en árabe, Rosalie entendió: él estaba en casa.
Sanah miró a Rosalie.
—¡Mary, hija! ¡Tú también estás de vuelta!
Emmett cambió de idioma.
—No, Amti, ella no es Mary —Atrajo a Rosalie hacia él. Sonriéndole a los ojos, le quitó la capucha—. Amti, quiero presentarte a Rosalie. Ella es mi nueva protegida. Princesa, le presento a Sanah Kuma: la Maga. La Bruja.
—Marhaba! (¡Bienvenida!) —Con una enorme sonrisa, Sanah cogió las manos de Rosalie, con unos brazaletes dorados que tintineaban en sus delgadas muñecas. La curiosidad echaba chispas en sus sagaces ojos azules—. Hola de nuevo.
—Es un placer conocerla, señora Kuma —dijo Rosalie, advirtiendo la aprobación de Emmett con el rabillo del ojo—. Me temo que no sé qué decir —Y así era. Sanah era admirable: tenía unos delicados ojos con un brillo de inteligencia, la piel tan bronceada y surcada como si fuera de cuero curtido, una espesa melena de rizos plateados y una sonrisa colmada de encanto oriental.
—Es un placer conocerte a ti, Rosalie, hija de Lillian —Sanah le apretó los dedos.
Rosalie casi se desmaya. Antes de que tuviera oportunidad de preguntarle a Sanah cómo sabía el nombre de su madre, la anciana le deslizó una sonrisa malvada a Emmett.
—Heya hellua giddan, ya eibni. (Es muy hermosa, hijo mío). Inta baheb ha?(¿La amas?)
—Hallas. (Bastante) —rezongó él echándole un vistazo a Rosalie.
Sanah rió nerviosamente, sin perderse nada con aquellos ojos picaros. Los condujo hacia una sala, donde candelabros de malaquita ardían en pequeños nichos. La túnica de seda turquesa flotaba detrás de ella.
Rosalie atravesó el pasillo abovedado junto a Emmett, aspirando especias de hierbas estimulantes.
—¿Qué fue lo que dijo Sanah sobre mí que te molestó?
—Nada importante.
—¿Y cómo supo el nombre de mi madre? Tú no lo sabías.
Él le dirigió una sonrisa odiosa.
—Sanah es una bruja.
—Por favor, entrad y tomad asiento —Sanah la invitó a sentarse en un diván bajo con forma curva que rodeaba a una mesa marcada con una estrella. En el centro de la estrella, una lámpara dorada despedía ráfagas de aroma a jazmín.
Después de colgar las capas, Emmett se hundió en el diván a su lado. A pesar de su gran tamaño, parecía sentirse como en su casa sentado allí en aquella pequeña sala acogedora de Sanah.
—¿Qué es ese aroma, Amti? —preguntó él con una sonrisa.
—Preparé sopa harira y tajín. Estoy segura de que estás hambriento como siempre, einaya. Tendré la cena lista en un momento —murmuró Sanah al tiempo que abandonaba el cuarto con las joyas tintineando alegremente.
—¿Qué significa "einaya"? —le preguntó Rosalie.
—Es una expresión de afecto —Sonrió—. Significa 'mis ojos'.
Rosalie lo miró a los ojos, cautivada por el tono azul oscuro del iris. Se le cruzó una idea por la cabeza: si fuera mío, yo también lo llamaría einaya.
—¿Qué piensas de la casa de Sanah? —le preguntó.
Ella parpadeó y echó un vistazo alrededor.
—Es... bastante azul. ¿Simboliza algo?
—El azul es el color de la suerte. Se supone que ahuyenta el mal de ojo —le explicó con aire divertido.
—La casa es hermosa —murmuró respetuosamente—. Sanah es estupenda —Aquel pirata que la engañaba, que casi la seduce, y a quien se esforzaba por rechazar, la había llevado al sitio más encantador a visitar a una anciana que le era muy querida—. Gracias por traerme aquí esta noche, Emmett.
—La noche aún es joven. Tal vez no te sientas tan agradecida cuando termine.
—Sé que viniste hasta aquí arriesgándote mucho, pero jamás olvidaré esta noche. De eso estoy segura.
Emmett perdió la sonrisa. Exploró su mirada ingenua y le apartó un mechón de cabellos dorados de los labios.
—Esa mirada en tus ojos, amore, vale cualquier riesgo del mundo —le susurró con tono grave.
Rosalie le sostuvo su mirada penetrante. Una mujer demasiado hermosa para describirla con palabras pero también un maldito estorbo con el que él no tenía intención de cargar.
Sanah regresó con una bandeja repleta de platos.
—¿Recuerdas mi sopa harira, El-Amar?
—¿Cómo podría olvidarla, Amti? Mi paladar todavía está ardiendo desde la última vez que la tomé.
Sanah suspiró y se sentó frente a ellos.
—Esta noche has hecho feliz a esta anciana, El-Amar.
—He extrañado nuestras charlas, Amti —confesó Emmett con una sonrisa—. Es bueno estar en casa.
Rosalie sintió los ojos tan llorosos como los de Sanah. Evidentemente, la solitaria anciana adoraba al Víbora italiano como si fuera su hijo. Miró a Emmett, asombrada de su transformación en un ser humano. ¿Era aquel el rufián que le había robado las joyas de amatista?
Sanah miró a Rosalie.
—¿No comes, mi niña?
—Aún tenéis que serviros sopa para vos, señora Kuma —respondió Rosalie.
—Oh, no, mi niña. Yo no puedo comer. Estoy demasiado emocionada.
Emmett rió entre dientes. Inclinándose hacia Rosalie de manera conspirativa, dijo:
—Sanah debe estar pura para poder leer dentro de la gruta. Si come, no podrá adivinarte la suerte. ¿No es así, Amti?
Sorprendida, Rosalie miró a Sanah. La anciana sonrió sintiéndose culpable.
—No tengo secretos para ti, El-Amar, ya los conoces todos.
—No todos —como un lobo, devoró una generosa cucharada. Rosalie miró su plato de sopa. El aroma picante era bastante tentador, de modo que decidió desafiar a su paladar.
—Háblame de mi hermosa muchacha —Sanah preguntó—: ¿cómo está Mary Alice?
—De hecho, muy bien. Conoció a un pobre diablo y lo obligó a casarse con ella. Igualmente, la víctima parece feliz. No le preocupó en lo más mínimo.
—¿Casada? Cuéntame más. ¿Quién es ese hombre? ¿Es honesto? ¿Es de tu aprobación, El-Amar?
Emmett asintió con la cabeza.
—Un caballero inglés. Están muy enamorados...
Rosalie resopló. La mirada de Emmett se clavó en el perfil encendido de ella. Lo miró y supo exactamente lo que estaba pensando, pero tenía la garganta, la lengua, la boca entera en llamas después de probar la sopa picante. No podía pronunciar ni una sola palabra, menos aún explicar el súbito arrebato. Aunque por el modo en que él la estaba mirando... ella no estaba segura de querer explicar nada.
—Amti, ¿serías tan amable de traernos un poco de agua? —le pidió en forma clara y concisa con los ojos puestos en Rosalie.
Sanah asintió con la cabeza y fue de prisa a la cocina. Rosalie se secó el rostro con lágrimas, absolutamente consciente de la mirada furiosa de él. Se le acercó más.
—Si llegas a decir una sola palabra que arruine la felicidad de la anciana, te las verás conmigo. ¿Está claro?
Un escalofrío le subió por la espalda. Bienvenido, Víbora. Ella le clavó la mirada.
—Jamás haría algo tan rencoroso, ni querría, aunque tú tendrías que mejorar tus amenazas.
—No me provoques, Rosalie. Te encontrarías con un enemigo más poderoso de lo que piensas.
Ella sonrió y desvió la mirada. Sanah regresó con una jarra con agua y unos vasos. Rosalie aceptó uno de buena gana, esforzándose al máximo por mantener la sonrisa. Emmett estaba furioso. Bien.
—Entonces, mi dulce muchachita está casada —Sanah suspiró con placer—. Qué maravilloso. Yo le dije que se casaría a los veintidós. Aún sigue en el Nuevo Mundo, ¿verdad?
—Supongo que sí —respondió Emmett.
—Ah, pero pronto vendrá a visitar a la vieja Sanah y a contarle las buenas nuevas en persona.
—Si tú lo dices, Amti...
Sanah sirvió el tajín —un estofado de carne tierna de cordero— seguido de un postre de confituras empapadas en miel y agua de rosas. Gradualmente, el ánimo de Emmett comenzó a serenarse. Con el estómago lleno, se relajó sobre los almohadones. Rosalie disfrutó de cada bocado. Nada iba a arruinar su aventura, y especialmente él. Ignorando las protestas de su estómago, cogió una fruta negra larga y delgada.
—La algarroba es muy saludable. Aumenta la fertilidad. Deberías comer un poco, El-Amar —dijo Sanah ofreciéndole un plato de algarrobas a Emmett.
Conteniendo una sonrisa, lo rechazó con gentileza. Rosalie apartó las suyas cortésmente.
Sanah recogió los platos.
—¿Os gustaría tomar café o té?
—Por favor, dejadme ayudaros —Rosalie empezó a levantarse del sofá.
La detuvo con una mano sobre el muslo.
—Estoy seguro de que a Rosalie le encantaría probar tu famoso café.
Rosalie miró la mano masculina.
—¿Tú también tomarás un poco de café? —Sanah lo miró con ojos expectantes—. Sólo por esta vez para hacer feliz a la vieja Sanah.
Retirando la mano, le dijo:
—Ya sabes que yo no bebo café, Amti. Aceptaré una taza de tu menos afamado té de canela —Desviando la mirada en dirección a Rosalie, explicó—: Sanah te leerá la suerte en la taza después de que bebas el café.
—Aywah, beberemos café, fumaremos narguile, y adivinaremos la suerte —decidió ella alegremente.
Rosalie no estaba dispuesta a perderse aquello por nada del mundo.
—Con gusto aceptaré una taza de vuestro café.
—Dulce, prepáralo dulce —Emmett le guiñó un ojo en un gesto de complicidad antes de que Sanah se fuera a la cocina. De nuevo a solas, él le preguntó a Rosalie cautelosamente:
—¿Aún sigues disfrutando?
—Sí. Gracias.
—Debí mencionar antes que ofrecerle ayuda al anfitrión es considerado una descortesía, pero como no quería arruinar la sorpresa...
Perpleja, ella lo miró a los ojos. Él no estaba loco ni tampoco ella. El hombre sólo tenía dos personalidades conflictivas. Una era la de una cruel serpiente, pero la otra era donde radicaba el verdadero peligro.
—El-Amar... —Involuntariamente, se le escapó ese nombre.
Él sonrió misteriosamente.
—¿Qué es lo que te estás muriendo por saber?
Rosalie se detuvo. Ella quería saberlo todo.
—¿Por qué Sanah te llama El-Amar?
—Pregunta fácil. Ella detestaba mi nombre pagano, así que se inventó otro para mí.
—Emmett. En la mitología griega, es el dios del... —Se detuvo en seco.
—Amor —La expresión de sus ojos estaba condimentada de una arrogancia masculina y de deseo.
—Es casi un nombre vulgar —Ella desvió la mirada, molesta con él sin motivo aparente.
—Crees que yo mismo lo inventé, ¿verdad?
Ella percibió esa sonrisa exasperante con aquellos hoyuelos.
—No me sorprendería si lo hubieras hecho.
—Siento decepcionarte, amore, pero no lo hice.
Ella le lanzó una mirada mordaz.
—¿Entonces fue una de tus prostitutas en Tortuga?
El destello blanco de su sonrisa apareció entre sus mejillas bronceadas.
—Nadie de Tortuga.
—Entonces tienes conquistas por todo el mundo. Muy impresionante —Sonaba como una arpía, pero no podía evitarlo. La antipatía iba transformándole la expresión—. ¿Y quién fue, Zakko?
—No —El dejó de sonreír—. Mi madre.
—¿Tu madre? —Por supuesto que tenía madre, ¿qué era lo que la sorprendía? Emmett había sido niño alguna vez y su madre le había puesto ese nombre por el dios griego del Amor, al que los romanos llamaban Cupido. Ella comprendía por qué una madre que adoraba a su indomable hijo de ojos azules podía ponerle el nombre de un adorable niño angelical con alas doradas. Como hombre, él era incomparable; debía de haber sido igual de atractivo cuando era niño—. ¿Por qué razón tu nombre le molestó tanto a Sanah como para inventarte otro?
—El Islam es una religión celosa y monoteísta —le explicó—. Sanah es una creyente devota.
—¿Sanah está familiarizada con la mitología griega?
—Sanah es especial. Ella sabe todo. Me enseñó mucho.
—¿Cómo es que la conociste?
—Nos conocimos en el zoco. Ella se ofreció a leerme la palma de la mano a cambio de monedas de plata, pero yo rehusé. Nos trabamos en una acalorada discusión sobre el destino y la suerte y el resto es historia. Ella cuidó de Mary cuando yo estaba en alta mar.
Cuanto más le contaba el más intrigada estaba ella.
—¿Por qué El-Amar? —preguntó ella susurrando.
—En árabe El-Amar significa 'la Luna'.
—¿Por qué la luna? —Ella le sostuvo la mirada, sin poder desviarla.
Emmett alzó un dedo y recorrió lentamente todo el largo de la cicatriz con forma de medialuna que le surcaba la piel desde la sien izquierda hasta la mejilla.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz?
Él no respondió. Le enterró los dedos en los cabellos y la atrajo hacia sí.
—Siento deseos de besarte —La voz sonó como un susurro áspero y profundo, el pecho subía y bajaba apretado contra los pechos de ella.
Ella miró fijamente esos profundos ojos azules. Tenía la boca tan cerca que sentía su aliento rozándole los labios. La estaba forzando a que accediera, a que lo dijera.
—Bésame —pronunció ella en un susurro.
Sanah llamó desde la puerta.
—Ayúdame con esta maldita pipa, hijo mío.
Rosalie buscó la mirada derretida de Emmett, estaba sufriendo tanto como ella.
Exhalando, él dejó caer las manos y se puso de pie.
—Claro, déjame ayudarte —Socorrió a Sanah con la pesada pipa y dispuso la bandeja, los carbones y el tabaco en el tubo del narguile. Sanah sirvió el café y el té y Rosalie se relajo en silencio, esperando a que su respiración se calmara. Estaba comenzando a sospechar que ella también estaba albergando dos personalidades conflictivas: la de una mujer inteligente y sensata, y la de una boba enamorada.
Emmett se llevó a los labios el extremo de la larga pipa.
—¡Esencia de manzana! —Deleitado, echó el humo en bocanadas formando anillos. El largo cuello de la pipa resplandeció, el agua burbujeaba en su interior y los humos dulces se evaporaban a través del colorido tubo. Le pasó la pipa a Sanah.
—Qué suerte haber preparado mucha comida. Tuve el presentimiento de que tendría invitados a cenar.
Emmett curvó la boca en el borde de la taza de té.
—Parecías sorprendida al principio cuando me viste en el umbral de tu puerta, Amti.
—¿Por qué nunca bebes mi café, El-Amar? Quieres ser misterioso.
—Sencillamente no estoy tan interesado en saber mi destino. Al final todos morimos, jamás de manera agradable. Además, sabes que no creo en esas tonterías de magia, conjuros o maleficios.
Sanah resopló.
—A los dieciséis eras un cínico, El-Amar, y sigues alimentando tu humor mórbido. ¿Es que ese hábito desagradable no se te quita con el tiempo? Cuando encuentres algo en qué creer, por favor, házmelo saber.
—¿Y ahora quién está siendo cínico? —bromeó él.
—De todas maneras —dijo Sanah—, yo sé cosas, aunque a veces resulten difusas a simple vista. Uno siempre tiene que ver debajo de la superficie para ver la verdad —dijo y le lanzó una mirada a Rosalie.
Emmett percibió esa mirada y dijo:
—A veces, si uno mira demasiado profundo se puede ahogar.
—El que le teme a la verdad se arriesga a ahogarse en su propia obstinación —Lo aleccionó Sanah afectuosamente.
—La verdad también puede ser la perspectiva subjetiva de una realidad más compleja —afirmó él con aire complacido por su respuesta ingeniosa.
—En la vida, todo es subjetivo, El-Amar. Las cosas simples son las que nos provocan el mayor placer. Tonto es el que las complica.
—Simple o complejo —insistió Emmett—, no todo vale la pena el esfuerzo de conseguirlo.
—¿Y cómo saberlo sin intentarlo, El-Amar? Deja de castigarte, hijo. Disfruta de las cosas buenas que Alá te concede. Aspira a que tu vida valga la pena ser vivida.
Emmett le lanzó una mirada cautelosa a Rosalie. ¿Es que aquella extravagante conversación giraba en torno de ella?, se preguntó. Él desvió la mirada y ella continuó disfrutando de la extraordinaria atmósfera creada por el humo con esencia de manzana y de las indirectas que flotaban mientras bebía el café. Ya entendía por qué Emmett había insistido en que Sanah lo endulzara: era tan fuerte que podía revivir a un muerto.
Él se inclinó y tomó las arrugadas manos de Sanah entre las suyas.
—Tú siempre has confiado en mí, Amti. Incluso cuando yo estaba lejos de merecer tu confianza. Shukran.
—Por nada, hijo mío —Los ojos de Sanah brillaron intensamente.
Rosalie se mordió el labio; odiaba cuando él se ponía de aquel modo: afectuoso, cálido, algo melancólico. Le inducía a hacer locuras como abrazarlo fuerte y no soltarlo más.
—Ahora, ¡hay que adivinar la suerte! —anunció Sanah—. Y los individuos que se guardan sus secretos no pueden escuchar los de los demás —Le lanzó una mirada significativa a Emmett.
—Me quedo —afirmó él de manera obstinada y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Rosalie tiene tanto derecho a su privacidad como tú, El-Amar. ¿Por qué no vas a hablar con Zakko? Sus secretos son tan interesantes como los tuyos.
—¿Ese saco de plumas chillón todavía anda por aquí? —Rió Emmett.
—Lamentablemente. No me importaría lo más mínimo que te lo llevaras contigo. Ese pájaro jamás se calla.
—Puedes dárselo a Mary cuando venga a visitarte, tal y como prevés —Hizo un gesto al tiempo que se puso de pie de mala gana e iba en busca del pájaro.
—Y bien, ¿estás lista, mi niña? —Sanah esperó a que Rosalie asintiera con un gesto.
—Absolutamente —Rosalie sonrió con placer y empujó la taza de café vacía hacia Sanah.
—Veamos... —Sanah levantó la pequeña taza, vertió agua en su interior, la giró y derramó el resto en el plato. Quitó la tapa cónica de la lámpara de aceite, liberando una ráfaga de nubes aromáticas y se inclinó hacia delante para concentrarse en las marcas—. Mmm. Primero, veremos el pasado. Luego, el presente. Y finalmente, veremos el futuro.
Rosalie se abrazó el cuerpo. Había tantas cosas que ella quería saber... por supuesto, si es que uno creía en ese tipo de cosas, y ella no estaba del todo segura de que así fuera.
—Veo tres niños rubios: un niño, la hermana mayor y un amigo —Sanah arrugó la frente—. Un hombre y una mujer mueren en un incendio. Un hombre mayor acongojado. Tiene el corazón roto —Echó un vistazo a Rosalie—. Tu abuelo nunca se recuperó de la muerte de tu madre. Lillian era todo para él. El anciano culpó a tu padre por haberlo alejado de su hija. Lo quería cerca y dedicándose a lo que él hace: preocuparse por los demás. Tu padre ignoró sus deseos y zarpó junto con tu madre. Murieron en un incendio.
Rosalie se sofocó. Hasta allí, Sanah había acertado casi en todo.
—Me gusta tu abuelo. De carácter fuerte, honesto, nunca se compromete. Es un hombre importante, influyente pero justo. Tú le ablandas el corazón. Veo que lo admiras mucho.
—Mi madre falleció cuando yo tenía doce años. Él nos crió a mi hermano y a mí.
—Veamos. Ah, otra desgracia —Sanah suspiró—. Tu hermano fue imprudente. Perdió el dinero y la vida en manos de hombre malvados. Tú lo lloras mucho. El niño más grande era un buen amigo.
—Sí, así es —Rosalie se secó las lágrimas y le hizo un gesto a Sanah para que continuara.
—El anciano está apesadumbrado. Siente que descuidó a tu hermano. Su muerte le pesa demasiado en su conciencia. Para él la vida perdió el sentido. No hay heredero en su familia. Él no confía en que el muchacho rubio cumpla sus obligaciones contigo. Veo un océano. El anciano está solo. Siente que te va a perder del mismo modo que perdió a tu madre y a tu hermano—Sanah alzó la frente arrugada—. Tiene grandes esperanzas contigo. Te admira y te extraña profundamente. Sabe que ha cometido errores, pero está dispuesto a cambiar. Él sabe que no contraerás matrimonio con el muchacho rubio y regresarás... soltera. Y así será. Regresarás soltera —Algo parecía perturbar a Sanah, pero no mencionó de qué se trataba—. El muchacho rubio jamás te perteneció —afirmó la clarividente—. El destino te ha elegido a otra persona. El está cerca.
El corazón de Rosalie dio un vuelco, pero ella descartó de inmediato aquella peligrosa conclusión.
—La verdad es que no estoy del todo convencida de que alguna vez sienta deseos de contraer matrimonio, señora Kuma.
—Por favor, llámame Sanah. Déjame explicarte algo, hija mía. El destino está dispuesto de antemano, aunque los individuos pueden intervenir e inclinar la balanza de su propia suerte. La vida ofrecerá alternativas, pero la última decisión está en tus manos —Le sonrió—. Eso es lo hermoso de ello. Nadie más que tú es responsable. Por supuesto que hay otras intervenciones y prevenciones, pero... —Señaló a Rosalie con un dedo—. ¡Tú eres quien tiene el poder de forjar tu propio destino!
—No comprendo. Si el destino de uno está dispuesto de antemano, ¿cómo es que uno puede ser responsable de él?
—Esa es la pregunta del millón. Yo lo he estudiado durante muchos años, y aún no sé todas las respuestas. Trataré de explicártelo en términos sencillos. Si tu destino está entrelazado con el de otra persona, entonces conocerás a esa persona en la vida, pero lo que resulte de esa conexión depende de ti. Si esa unión no funciona, se reunirán una y otra vez en sus sucesivas reencarnaciones hasta que cumplan con el destino de estar unidos. Lo que estás haciendo ahora es, digamos, pidiéndole a tu ángel de la guarda, mediante el uso de mi habilidad, que te guíe en tu búsqueda de la felicidad. Ya ves, mi niña, puedo decirte muchas cosas, pero tú siempre podrás cambiar tu destino.
—Emmett... quiero decir, El-Amar, no cree en estas cosas, ¿verdad? —Rosalie recordó el estoico comentario que él había hecho esa noche más temprano. Para él, la vida era una lucha constante.
—El-Amar es un hombre escéptico. Para creer en algo necesita de pruebas. La vida lo ha moldeado de ese modo. Las cosas no siempre le resultaron fáciles. No tuvo tiempo de meditar cada paso que daba porque su lucha era sobrevivir. La vida lo ha obligado a continuar. Sin embargo, ahora está cambiando y ni siquiera se da cuenta todavía. Pero nos desviamos del tema. Continuemos antes de que a Zakko se le agoten los secretos, ¿quieres?
Sonriendo, Rosalie asintió con la cabeza.
Sanah entrecerró los ojos y miró la taza atentamente.
—Veo a un hombre. Vuestros caminos ya se han cruzado anteriormente y se volverán a cruzar. Es un hombre poderoso a quien la gente teme pero respeta. Tú también le temes mucho, aunque también te conmueve. Sabes poco acerca de su pasado. Percibes secretos. Hay dos hombres en su interior: una serpiente y un águila, pero tiene un solo corazón. Tú sientes el corazón de este hombre pero no confías en tus sentimientos. El es diferente a otros hombres. Es singular.
Rosalie inspiró profundamente.
—Ese hombre es un misterio para mí —confesó en voz baja—. No sé si es bueno o malo. A veces pienso que es ambas cosas.
Sanah asintió sagazmente.
—Te diré una adivinanza, mi niña. Resuélvela y tendrás la llave de su corazón —Se encorvó sobre la mesa, incitando a que Rosalie se acercara más y susurró—: Cuando ama, no desea. Y cuando siente deseos no puede amar. Sólo podrá casarse en un sitio en particular al que no pueda regresar. Y la nostalgia domina sus sueños.
¡Dios! Rosalie sintió un golpe fuerte en el pecho.
—Pero, no estoy segura de que yo...
—Arriesga el corazón, Rosalie, y lo sabrás. Tengo algo para ti. Un momento —Salió del cuarto de prisa.
Rosalie contempló la luz anaranjada que irradiaba la lámpara. La adivinanza tenía dos partes, dos secretos. La primera parte se refería al pasado de Emmett con las mujeres; la segunda, a sus orígenes. Algo le había sucedido a los dieciséis años. Algo que le había cambiado la vida. Sus emblemas eran importantes: serpientes y águilas. Tal vez el hombre a quien se los había robado era la clave, un enemigo del pasado. Le resultaba gratificante saber que ella lo había interpretado fielmente. En el interior de Emmett había dos hombres, y aparentemente el destino de ella estaba entrelazado con ambos. Sanah estaba en lo cierto: él era su punto débil, y bastante importante.
Sanah regresó, balanceando una cadena de oro con un colgante.
—Aquí tienes, mi niña. Es un amuleto de la buena suerte para ahuyentar los espíritus malignos. Cuélgatelo en el cuello —Le ofreció la cadena a Rosalie.
—Ya me ha dado tanto... No puedo aceptar este obsequio.
—¿Ves el ojo azul del colgante? —Sanah señaló la piedra semipreciosa. Era azul, con un punto negro en el centro que parecía un ojo—. Te mantendrá a salvo. Vamos, póntela.
Rosalie acepó la cadena y la deslizó alrededor de su cuello.
—Gracias. La guardaré con mucho cariño.
—Ahora hablaremos de tu futuro —Sanah levantó la taza a la luz de la lámpara—. Veo viajes, vicisitudes. Te espero una gran suerte, Rosalie, hija de Lillian, si es que te atreves a alcanzarla —Alzó la vista para mirar a Rosalie—. Si es que te atreves a arriesgar tu corazón.
—¿Qué gran suerte? —preguntó Rosalie interesada.
—Veo una tierra de una belleza inigualable, una tierra lejana y a un hombre con el que compartirás la vida en esta tierra. Es un emir, un líder entre su gente. Tu abuelo escogerá a este hombre para ti.
—¿Mi abuelo? —Rosalie hizo una mueca. ¡Qué suerte maldita! ¿Es que su destino sería casarse lejos con un personaje importante en un país desconocido?
—No te decepciones, mi niña —Sanah se concentró en la taza, buscando indicios alentadores—. Él posee una mente aguda e intelectual. Es alto, apuesto, fornido, viril de piel clara...
—¿Piel clara? —El ánimo de Rosalie se hundió como una piedra pesada. Las predicciones de Sanah se estaban poniendo cada vez peor: el color de piel de Emmett era oscura como el bronce.
—Compartirás un vínculo especial. Serás muy feliz, estarás muy enamorada y tendrás cuatro niños saludables y hermosos. Te involucrarás a fondo con las ideas políticas de tu esposo.
¡Fantástico! Su abuelo estaba a punto de colocarla con otro político.
—La muerte le llegará, pero tú lo salvarás.
Rosalie no compartía el júbilo de Sanah. Estaba demasiado deprimida como para apreciar las buenas profecías. Una mujer sensata estaría eufórica. ¡Pero ella lamentaba la pérdida de un pirata!
Echando una bocanada de humo, Sanah contempló a Rosalie a través de la nube.
—Siempre puedes cambiar tu destino, mi niña. El destino te ha escogido a un hombre, pero no es necesario que lo aceptes.
Rosalie reflexionó sobre eso. Si había algo que esa noche confirmaba era que sus sentimientos hacía Emmett eran mucho más profundos de lo que ella había sospechado. La había hechizado, y ella no lograba librarse de ello. Pero si se daba por vencida, ¿su futuro estaría junto a un hombre respetable escogido por su abuelo?
Emmett se presentó en el umbral.
—Debemos marcharnos, principessa. Ya es casi medianoche, y tenemos que largarnos de aquí.
Sanah suspiró.
—Pararemos aquí, mi niña, pero ahora que nos hemos conocido, puedes venir a visitarme cuando quieras. ¿Tal vez El-Amar te traiga de nuevo? —Le lanzó a Emmett una sonrisa picara.
Rosalie contempló al hombre que estaba en la puerta, percatándose de que su corazón latía mucho más rápido. «El más apuesto de los inmortales», así describía Hesíodo al dios del Amor. Ella se preguntaba qué tipo de mujer terminaría a su lado... Ya se sentía resentida. Por supuesto que él también podía quedarse solo por el resto de su vida. No había que perder las esperanzas. No obstante... Si supuestamente ella resolvía la adivinanza y se ganaba la llave de su corazón, ¿la usaría? ¿Rechazaría al esposo escogido por su abuelo para forjar su propio destino? ¿Arriesgaría su corazón por Emmett?
Su extraño estado de ánimo a él no se le escapó.
—¿Qué fue lo que le dijiste, Amti?
—Para saberlo debiste haber bebido tu propia taza de café. Ahora, debéis marcharos. Es tarde y aquí en la kasba las paredes oyen. Temo por vosotros, einaya.
Cuando estaban parados en la puerta, envueltos en sus mantos negros, Sanah les cogió las manos y las unió.
—Que Dios os ilumine, hijos míos —Miró a Rosalie—. La próxima vez que vengas estarás embarazada.
Sorprendida por la adivinación de Sanah, Rosalie susurró:
—Adiós, Sanah. Jamás os olvidaré, ni a vos ni a esta noche —Se inclinó hacia delante para abrazarla—. Y gracias por vuestro obsequio.
Emmett envolvió a la menuda anciana entre sus brazos.
—No sé cuándo, pero sabes que volveré, Amti —Le besó tiernamente la mejilla arrugada—. Que Dios te bendiga.
Resollando, Sanah lo soltó, pero de pronto lo aferró del brazo, con temor en los ojos:
—Te cuidado, El-Amar, ten cuidado cuando la Luna esté en Cáncer.
—Lo haré, Amti. Lo prometo.
—¡Ahora marchaos! —Los ahuyentó de la puerta—. Ruku maá Allah!( ¡Id con Dios!)
