Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 13
El cruel sol del desierto castigaba al grupo de cinco personas que iban a caballo por las desoladas llanuras pedregosas, salpicadas con zonas de maleza y árboles raquíticos. Esa mañana más temprano, el Alastor había atracado en el puerto de Agadir; pero en lugar de dirigirse directamente a la casa, Emmett había equipado con arcones a una recua de camellos y a tres de sus hombres, y habían partido rumbo a Hammada, el desierto que se extendía todo el camino hacia el Atlas. Él iba montado atrás con Rosalie flanqueada por sus brazos.
Casi no le había hablado durante la semana que habían navegado desde Argel hacia Agadir, poniendo en práctica su mal humor. Había sido un cambio brusco con respecto a haber estado besándola, acariciándola y susurrándole al oído que estaban destinados a ser amantes. Ella sentía la necesidad de romper el hielo de algún modo.
—¿Adónde vamos?
Silencio. Ella estaba considerando la idea de agregar algo más cuando sintió el leve roce de sus labios en la sien.
—A un pequeño pueblo llamado Tiznit, a visitar a mis amigos —respondió Emmett.
Rosalie estiró el cuello a un lado y lo miró a los ojos. No lograba descifrar lo que veía en ellos.
—¿Aún sigues... enfadado conmigo? —le preguntó.
Él le sostuvo esa mirada interrogativa y ablandó la expresión.
—No.
Finalmente, ella pudo volver a sonreír.
—Y bien, ¿qué tiene ese pueblo para ofrecerle al viajero?
—Es una sorpresa. Ya verás —Apuró al camello y avanzaron de prisa.
Una hora más tarde Rosalie tuvo el primer vistazo de unas palmeras cuando unas paredes rosadas se irguieron ante sus ojos. Era un pequeño pueblo fortificado, bordeado de pedernales con las casas encaramadas una sobre otra. Tomaron el sendero pronunciado hacia el pueblo y unos jóvenes animados, vestidos con túnicas negras y con las cabezas cubiertas, fueron a darles la bienvenida a mitad de camino. Un ritual de saludos y preguntas sobre la salud de los habitantes y el estado del rebaño comenzó antes de que pudieran seguir avanzando. Al llegar al pueblo, los invitaron a la casa de Mujtar, el religioso más veterano y líder del pueblo, que los recibió en las gruesas alfombras kilim de la sala. De inmediato les sirvieron agua fresca, té de menta y fruta seca azucarada. Emmett ordenó a sus hombres que entraran los arcones y les ofreció generosos obsequios a los habitantes bereberes. Los aceptaron con gran alborozo.
—Allora, acerca de la sorpresa... —Emmett le sonrió a Rosalie.
—¿Hay más? —le preguntó ella de manera incrédula. Ya estaba encantada con todo.
—Leah —Llamó con una seña a una de las tres muchachas que les estaban sirviendo—. Quisiera que conozcas a mi amiga, Rosalie. Ella está ansiosa por explorar tu encantador pueblo. Muéstraselo. Llévala a refrescarse.
¡Él habló en inglés! La sorpresa de Rosalie se multiplicó cuando la muchacha dijo:
—Por supuesto, El-Amar. Será un honor —Le ofreció la mano a Rosalie—. Bienvenida a Tiznit. Por favor, venid.
—Hablas inglés —le dijo a Leah una vez que estuvieron afuera, caminando junto al parapeto de piedra con vistas hacia el imponente barranco que había debajo. Un viento seco le hinchaba la camisa de hombre que ella llevaba puesta.
—Mi hermano, Seth, es el mayordomo en Agadir. El me enseñó. Estas son mis hermanas: Kim y Claire —Leah le indicó con un gesto las dos muchachas que las acompañaban; al igual que Leah, vestían túnicas blancas, joyas y velos de colores—. Son muy perezosas para aprender a hablar en inglés.
—Tú hablas muy bien —le dijo Rosalie mientras entraban en un túnel del acantilado, frío y cavernoso. Al emerger al aire libre, se encontraban en un pequeño valle rodeado de altas paredes rosadas, con el cielo azul como una cúpula. Una vigorosa cascada manaba a borbotones en la pared del frente, formando una piscina natural de agua verde a sus pies. Las tres muchachas se desnudaron, se quitaron las sandalias y se zambulleron en la piscina. Entre risas, se salpicaban gotas multicolores entre ellas.
—¡Uníos a nosotras! —la llamó Leah, respaldada por las hermanas que cantaban—: ¡Taáli, taáli!¡Vamos!
Cubriéndose los ojos del resplandor del sol, Rosalie inspeccionó las paredes de piedra. Garantizaban una completa intimidad. Uno podía tomar un baño desnudo en aquel sitio sin importarle nada del mundo.
El agua le salpicó las botas y Leah salió a la superficie frente a ella, con la piel morena y los largos rizos negros mojados y brillantes.
—Entrad a la piscina —la incitó—. Dentro de una hora se servirá un diffa. ¿No os gustaría sentiros limpia y fresca para el banquete?
Rosalie sonrió con indecisión.
—Sí, me gustaría —Se quitó la camisa y las botas y luego los pantalones y las bragas. Blanca nivea y desnuda se zambulló de un salto en la piscina. Su cuerpo se hundió como una pepita de oro, feliz de volver a estar en su hábitat natural. Emergió en busca de aire, riendo. Era maravilloso—. ¡Me encanta! —gritó, con una enorme sonrisa en el rostro. Nadó en dirección a Leah—. ¿Cuál es el motivo de la celebración, un día festivo local?
—El pueblo celebrará nuestro compromiso con El-Amar. En este momento, mi padre le está ofreciendo a Kim, a Claire, y a mí. Mis hermanas y yo estamos muy emocionadas —Leah rió nerviosamente.
—Ah —Rosalie perdió la sonrisa. Hacía una semana él le había sugerido que fueran amantes... Estaba a punto de cocinarlo vivo. Lentamente. Miró a las hermana—. Parecéis tan jóvenes, y vosotras sois tres.
—El-Amar es un hombre rico. Debería tomar varias esposas. Mi padre será Mujtar. Él busca la protección de El-Amar contra el sultán de Mequínez. Nos están ofreciendo como un tributo —Aquella mirada inocente escudriñó a Rosalie con desánimo—.Vuestro cabello es dorado, vuestros ojos reflejan el cielo y vuestra piel es del color de las perlas. Él debe de haber pagado mucho más por vos.
Rosalie se quedó con la boca abierta.
—¿Disculpa? —Leah desvió la mirada, entonces ella le tocó el hombro con gentileza—. Estás equivocada, Leah. Yo no soy su esposa. ¿A vosotras os están obligando a contraer este matrimonio?
Leah resplandeció de nuevo.
—En absoluto. Es un gran honor y un placer. El-Amar es distinto a cualquier hombre de nuestro pueblo. Él nos trae obsequios de todo el mundo, nos habla con respeto, pero también como un amigo, y cuando uno lo mira a los ojos, se vuelven mágicos. Él es bueno y especial.
Él sí era especial, pensó Rosalie, pero Leah tenía una muy leve impresión de él. Ella lo conocía como un rais marroquí rico y poderoso y no tenía idea de quién era realmente. Ni tampoco tú, aseveró una voz severa en su cabeza. Pero al menos sabía que había mucho más en él de lo que aparentaba. ¿Qué tipo de padre era capaz de ofrecerle tres jovencitas ingenuas a un hombre como Emmett? Era tan cruel como servirle una oveja a un león. ¿Es que Emmett las instalaría en su casa, lejos de su pueblo y reanudaría su vida por el mundo? ¿O era ella quien estaba oponiéndose a esa unión porque... estaba celosa?
—Debemos regresar para ayudar en la cocina —anunció Leah desde la orilla, donde las hermanas se estaban vistiendo—. Vos podéis quedaros. Os dejaré un caftán limpio y llevaré vuestra ropa a lavar.
—Eres muy amable, Leah —respondió Rosalie. Estaba contenta de quedarse a solas. Necesitaba un momento de privacidad, de paz y calma, para no pensar en Emmett y en el arrebato de emociones que le despertaba. La piscina era tan serena como una joya en el desierto, y ella había pasado toda su vida tomando baños en pequeñas tinas junto al fuego, observando el granizo golpear con fuerza contra la ventana. Bañarse desnuda bajo el límpido cielo azul le provocaba la más increíble sensación de libertad. Emmett había convertido su sueño en realidad.
Nadó en dirección a la cascada y se paró ante el vigoroso caudal. El agua le caía sobre la pelvis. Nubes de rocío se arremolinaban alrededor formando una gama de colores. De manera audaz, ella se puso debajo. Un grito de placer escapó de sus labios. Cerró los ojos y dejó que la lluvia descomunal le masajeara los músculos doloridos. Al fin era libre.
Se oyeron ruidos. Había gente que bajaba por la pendiente del acantilado. Rosalie se apartó de la cascada y estaba a punto de sumergirse en la profundidad de la piscina de agua verde cuando Emmett se presentó en persona en el claro. Clavada en el sitio, ella lo miró ofuscadamente. Él parecía igual de aturdido. Las voces se oyeron más fuerte. Les hizo una seña para que retrocedieran, pero él se quedó. Lentamente, se volvió para observarla.
Rosalie se puso tensa. La parte superior de su cuerpo desnudo estaba por encima de la superficie del agua, bajo la luz del sol, el blanco reluciente de la piel contrastaba con las paredes rojizas que la rodeaban. Los cabellos dorados mojados serpenteaban por sus curvas desnudas, llegando casi hasta las caderas, aunque sin ocultar nada. Debía haberse zambullido en la piscina, pero por algún motivo alocado se quedó allí parada erguida y orgullosa, dejando que aquella mirada ardiente le recorriera cada centímetro de su cuerpo desnudo.
El deslizó la mirada sin prisa sobre las lechosas curvas; le acarició los senos, el vientre plano, las caderas redondeadas. Parecía terriblemente decepcionado de que el resto estuviera oculto bajo las aguas verdes.
A Rosalie le invadió una intensa excitación: su cuerpo se encendió, se le endurecieron los pezones como diminutas piedras. Sentía la sangre que latía levemente más acelerada bajo la pelvis. Lo miró a los ojos. Ardían con violencia, expresándole sin palabras lo mucho que ella lo afectaba y lo posible que era quitarse la ropa, arrojarse a la piscina e ir por ella. Se adelantó un paso...
Rosalie se sobresaltó. La ilusión se rompió en pedazos, devolviéndola de golpe a la lúcida realidad. Invadida por una repentina timidez, ella se hundió en la piscina deseando que él se marchara.
Emmett se quedó un mortificador instante más y luego giró sobre sus talones y se marchó.
La comida era lo último que ocupaba su mente. Rosalie se sentó en el parapeto tibio y dejó que el sol de la tarde le secara la melena. ¡Ay, Dios! ¿Cómo hacer para librarse de aquel aprieto? Se miró los dedos de los pies descalzos, sorprendida de lo libres que se sentían jugueteando con la arena. Pertenecían a aquella desvergonzada oculta debajo del caftán blanco. ¿Qué diablos era lo que la había poseído en la piscina? Ella siempre había sido una dama refinada y sensata. ¿Cómo había sido capaz de ostentar su cuerpo frente a un hombre? ¿Un pirata?
—Buenas tardes.
Rosalie alzó la vista.
—Oh. Hola, Leah. Gracias por este bonito caftán — Pasó la mano por las coloridas costuras, rehusando a enfrentar a la futura esposa del hombre que le hacía arder el cuerpo.
—El-Amar rechazó la propuesta de mi padre —dijo Leah miserablemente, invitando a Rosalie a mirarla—. Dice que no puede tomar una esposa. Sus costumbres y su religión dictan que sólo puede casarse...
—En un sitio en particular al que no puede regresar —Y la nostalgia domina sus sueños. El no podía regresar a Italia, pero aún acataba el viejo protocolo matrimonial italiano. Ella se preguntaba eso mismo, si él no estaría ya casado. Sin embargo, de una cosa estaba segura: era un aristocrático—. Está diciendo la verdad, Leah. Una amiga suya me dijo lo mismo. Su negativa no tiene nada que ver contigo ni con tus hermanas.
A Leah se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Él es el hombre más bondadoso. No obstante, él prometió proteger a nuestro pueblo y le aseguró a mi padre que tenía contacto personal con el sultán de Marruecos.
Rosalie le ofreció una mirada cálida y comprensiva.
—Lo amas, ¿no es cierto?
—También dijo que sólo podía tener una esposa —Leah le lanzó a Rosalie una mirada llorosa y acusadora.
Rosalie recordó la escena de la piscina y se ruborizó.
—No es por mi causa, Leah.
Leah aspiró con ruido.
—Pero vos sois hermosa, como el oro. Y yo he visto el modo en que El-Amar os mira. Él os llevará a su hogar y os convertirá en su mujer.
Rosalie retiró la delgada manta a un lado y se levantó. Estaba cansada de estar tirada sobre aquel camastro delgado imaginando unas manos enormes acariciándole el cuerpo, aunque por desgracia no lo suficientemente cansada como para quedarse dormida. Pasó a hurtadillas entre las camas de las muchachas y salió lentamente. La terraza de piedra estaba en silencio. Se sentó de lado sobre el parapeto y se recogió la tela hasta los muslos. Era una noche azul oscura decorada con infinitas estrellas que se expandían por encima de ella en un glorioso universo. Una leve brisa le agitó los cabellos y deslizó una manga dejándole el hombro al descubierto. Al fin estaba sola. Sólo el desierto, la noche y ella. Cerró los ojos y respiró el fresco aire de medianoche. Un humo de tabaco le ardió en las fosas nasales. Abrió los ojos de golpe.
—Finalmente ella se dio cuenta —comentó una voz profunda entre las penumbras del muro de piedra.
—Emmett —Ella se puso de pie de golpe. ¿Cómo no había conseguido verle (ella, que siempre percibía su presencia, su mirada sobre ella, las vibraciones de ese temperamento siempre cambiante)?
Él estaba parado a unos diez pasos, con el pecho desnudo, con la espalda y el tacón de la bota apoyados contra la pared. Bajo la luz de la luna, parecía altísimo y abrumador, con un mal humor que encajaba con esa apariencia. El primer impulso de ella fue huir de aquel leopardo negro de ojos azules, pero decidió hacerle frente con orgullo. Con valor.
Emmett arrojó el cigarro y se alejó de la pared. Pisó la colilla encendida con la bota y se acercó sin prisa, desafiando la decisión ella. Se sentó en el parapeto frente a ella, levantó un pie enfundado en una bota y apoyó el brazo en la rodilla.
—Puedes sentarte. No voy a morderte.
Ella lo dudaba.
—Estaba a punto de irme. Sólo vine un momento.
—Mentirosa —El leopardo negro vigiló su presa—. Viniste aquí por el mismo motivo que yo: no podías dormir. Apuesto un millón de luises de oro a que nuestro insomnio se debe a la misma frustración.
Ella lo miró de manera inexpresiva.
—Estoy percibiendo un leve bostezo así que si me discul...
Cuando se dio vuelta para irse él la cogió de la muñeca.
—Espera —le susurró—. No te vayas. Quédate conmigo un momento —Le dibujó círculos lentos en la zona sensible de la piel de la muñeca.
Ella lo miró a los ojos. El hombre de los ojos mágicos.
—No.
Tiró suavemente de su mano, obligándola a dar un paso tambaleante hacia él.
—Siéntate conmigo.
Ella desvió la mirada, luchando con el deseo ardiente que le iba invadiendo el corazón sigilosamente.
—No.
Emmett se puso de pie. De nuevo ella se asombró de lo alto que era, alto y dolorosamente irresistible. Le soltó la mano, pero antes de que ella disfrutara de ese alivio, la levantó en brazos. Lanzó una pierna por encima del parapeto y volvió a sentarse con ella sobre su regazo. Le sonreía abiertamente.
Después de la escena en la piscina, sentarse en su regazo era atizar la sensación que ella experimentaba: como de estar en el medio del mar, con una cadena de hierro que tiraba de ella más y más hacia las profundidades del inmenso océano.
—Por favor, déjame ir —le pidió.
Él sonrió mirándola a los ojos.
—No.
Tratando de retorcerse para separarse, ella le empujó el pecho con suavidad. Era como tallado en bronce, con la piel cálida y suave. La urgencia por acariciarlo era tan fuerte que ella luchó con más fuerza para liberarse.
—¡Déjame ir!
—Deja de pelear conmigo o nos iremos al infierno —La aferró con los muslos y el torso fuertes y ella quedó con las piernas colgando por encima de las rodillas de él. Echó un vistazo hacia la profundidad del valle y precipitadamente le enroscó los brazos al cuello. Se miraron fijamente. Ella temblaba, aunque no sentía nada de frío. Él alzó una ceja renegrida—. ¿Te rindes?
—No tengo alternativa, ¿verdad? —replicó de manera impaciente, desarmada por aquel abrazo confortable.
—¿Quién la tiene? —respondió Emmett con tono filosófico.
Permanecieron inmóviles, callados. Concentrados en las estrellas; él absorto en el rostro de ella. Físicamente, ella lo percibía completamente. Un mechón de cabellos negro azabache que flotaba hacia ella le hacía cosquillas en la nuca, provocándole un escalofrío. Sintió su aliento en la mejilla y estuvo peligrosamente tentada de volver la cabeza a un lado y encontrar aquellos labios suaves y ardientes.
Él le apretó la mandíbula contra la sien y clavó la mirada al frente.
—Cuando miro las estrellas, casi creo en los milagros —susurró—. Pienso que no estamos completamente solos aquí abajo. Que existe un motivo más importante y más noble para todo lo que hacemos. ¿Tú qué piensas, princesa? —Él la miró fijamente a los ojos y su expresión le hizo gracia—. ¿Qué te resulta tan sorprendente? ¿Creías que los canallas despreciables no se sienten a veces solos? Bien, pues sí, quizás más que otros. Así que miramos las estrellas y vemos la Vía Láctea brillando como un río de diamantes.
Rosalie siguió su mirada. ¿Qué sabía él de estrellas y de belleza? Él era un pirata, no un poeta.
—En Yorkshire —dijo ella—, no hay tantas estrellas como aquí para observar.
—En Yorkshire se ve el cielo boreal. Es menos luminoso porque lo veis alejado del centro galáctico, que tiene una gran aglomeración de estrellas, pero sí veis la Osa Mayor y Orión.
Ella lo miró desconcertada:
—¿Cómo sabes eso?
—Soy un hombre de mar. Si deseo llegar a mi destino debo guiarme por las estrellas. Mira —le señaló hacia arriba—: ¿Ves esa cruz con ese grupo de estrellas al lado? —Ella asintió en silencio con la cabeza debajo de la mandíbula de él—. Son Centauro y la Cruz del Sur. Andrómeda y Perseo están por allá. Y se ve a Tauro, Orión y Géminis. Esas estrellas conocen nuestros secretos antes que nosotros.
Ella había esperado un volcán después de la escena en la piscina, no a aquel italiano amable, todo encanto y simpatía. Se sentía tan vulnerable. La invadió una intensa necesidad de apoyar la cabeza en su hombro y llorar. Conteniendo el deseo le preguntó:
—¿Y cuál es la estrella polar?
—Justo allí—Señaló un punto brillante—. ¿Cuál es tu signo del zodíaco, princesa?
—Capricornio —murmuró ella.
—Mmm. ¿Ves aquel triángulo desigual hacia la izquierda? Ése es Capricornio.
Ella examinó aquel perfil recio: frente alta, nariz recta, boca hermosa. Los aretes brillaban en contraste con la piel morena y los cabellos negros.
—¿Y cuál es el tuyo? —le preguntó en un susurro.
—Estamos un poco alejados uno del otro. Mira hacia tu derecha. ¿Ves aquel rombo con dos estrellas grandes y dos más pequeñas? Libra.
—Libra, el hombre ambivalente —Ella miró el medallón que descansaba sobre su corazón. Emmett finalmente se dio cuenta de que ella estaba haciendo un inventario de su persona. Se encontró con la mirada intrigada de él—. ¿Cuál es tu secreto, italiano?
Él se puso tenso. El músculo de la mandíbula latió.
—¿Qué te hace pensar que tengo uno?
—Sé que es así. Lo percibo.
—Sabes demasiado acerca de mí, Rose, pero hay algunas cosas que deben permanecer ocultas —la miró fijamente y una sonrisa torcida se le dibujó en el rostro—. Aunque yo sí sé tu secreto. En el transcurso de mi vida he aprendido a conocer a muchas mujeres, quizás a demasiadas —Hizo una mueca—. Bueno, hay mujeres y mujeres, pero tú no eres una mujer. Tú eres... una ninfa.
Maldito. Hablaba de las mujeres como si en el mundo hubiera dos especies: las castas y las pecaminosas. Sin embargo, él era incapaz de ubicarla a ella en alguna de las dos categorías, de modo que inventó una nueva: ella era una ninfa.
Emmett levantó un puñado de seda dorada y dejó que le diera la brisa nocturna.
—«Las fuentes y los arroyos pertenecen a las ninfas del agua» —recitó a Homero con delicadeza—. «En cualquier claro seguramente se encuentran las virginales hijas de Zeus dedicándose a sus actividades preferidas de cazar y bailar, procreando y criando héroes, y viviendo en cavernas donde el agua mana constantemente».
Rosalie no logró ocultar sus verdaderos sentimientos.
—Rehusaste casarte con Leah.
Emmett le estudió el rostro.
—¿Sinceramente crees que hubiera sido justo para Leah?
—Ella te ama.
—Ella no me conoce —Vaciló y luego bajó la voz hasta decir en un susurro—: Tú sí.
A ella el corazón le latió salvajemente.
—Conozco muy poco sobre ti... Ni siquiera sé tu verdadero nombre.
La mirada de él perforó la suya, cargada de enigma.
—Existe una diferencia entre saber algo acerca de alguien y conocer a alguien. Tú me conoces más de lo que crees.
Abrázame, imploró una voz en el interior de ella. Necesitaba sentir aquellos brazos aterrándola, no sujetándola para que no cayera por el barranco. Ella estaba cayendo mucho más profundo.
—Si te beso ahora, no podré detenerme —murmuró él—, y tú deseas regresar junto a tu abuelo como el mismo bonito equipaje intacto que él puso en un barco hace algunas semanas. Así que... ve a dormir, Rose —sugirió él cortésmente—. En este momento estoy distrayendo mi noble estado emocional. No puedo garantizar lo que pueda suceder si sigues un instante más encima de mi regazo.
Asintiendo con desdicha, ella se bajó de sus rodillas y se alejó corriendo.
