Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 14
Rosalie percibió un suave beso en la mejilla. Agitó los párpados con sueño, demasiado perezosa para abrirlos.
—Mira hacia delante o te perderás tu primera puesta de sol púrpura —le dijo Emmett.
Abrió los ojos de par en par. Como una enorme bola de fuego, el sol se iba recostando sobre un mar oscuro al tiempo que iba pintando el cielo de un vivido color púrpura, para inspirar al mundo entero con su gloriosa muerte. Un coro de estrellas titilaban en las partes del cielo que iban oscureciendo. Rosalie abrió la boca maravillada.
—¿Cómo lo has hecho?
Él rió entre dientes y la rodeó fuerte entre sus brazos. Ella cayó en la cuenta de que se había quedado dormida descaradamente entre sus brazos en todo el trayecto en camello desde Tiznit. Se sentó derecha y miró al frente. Delineada por el cielo púrpura, aislada entre las palmeras de dátiles, se erguía una fortaleza roja por encima de un afilado pedernal.
—Bienvenida a mi humilde morada, princesa.
—¿Ésta es tu humilde morada? —Ella lo miró y arrugó la frente. Perdido en sus pensamientos, los ojos de Emmett reflejaban los últimos rayos del crepúsculo y lucían igual de melancólicos. En el corazón mismo de aquellas profundidades azules tenía grabado un viejo dolor y una pérdida. Ella le acarició la mejilla—. Emmett. ¿Qué sucede? ¿En qué estás pensando? —¿Qué era lo que había en aquel hombre que le desgarraba el corazón y la obligaba a compadecerse de él?
Él la miró con una intensidad sobrecogedora. Intercambiaron aquella mirada que era más elocuente que las palabras. Él bajó la cabeza y le dio un beso lento y necesitado.
—Te quiero —le dijo.
A ella se le hizo un nudo en el estómago. Hacía solo un día Leah había expresado su predicción de lo que sucedería al llegar a su hogar.
Emmett apresuró al camello y avanzaron hacia la casa.
El riyad estaba iluminado con decenas de antorchas. Al atravesar los portones, un hombre vestido con una túnica blanca salió al enorme pórtico abovedado. No estaba solo. Un leopardo dorado, veloz y liviano, cubierto de manchas negras, llegó de un salto a su lado cuando él se acercó a saludarlos. Asombrada, Rosalie recordó: «Su hogar un afilado pedernal, y en la cima de un risco se yergue un leopardo con manchas cual guardián...».
—Saludos, Seth —Emmett bajó del camello de un salto y el estático leopardo lo atacó—. Dolce, mia cara bimba! —Rió abiertamente y se inclinó para acariciar al gran felino que ronroneaba de alegría mientras le pasaba el hocico por la mano y frotaba su suave cuerpo contra él. Él alzó la vista—: Seth, te presento a lady Rosalie. Ella es mi invitada especial. Te encargarás de que se sienta como en casa.
—Bienvenida a Agadir, milady. Es un honor —Seth hizo una reverencia. Le ofreció una mano inmaculadamente enfundada en un guante y la ayudó a desmontar—. Yo soy el mayordomo. A vuestro servicio.
Rosalie sonrió.
—Gracias, Seth. Encantada de conoceros.
Emmett la cogió de la mano y la condujo hasta la escalera de entrada. Un misil moteado se presentó entre ambos. Dolce levantó la cabeza y de un golpe separó sus manos entrelazadas. Rosalie se asustó.
—¡Ven aquí, fiera celosa! —la regañó Emmett. Rosalie se puso rígida—. Le estaba hablando a mi gata —Rió él burlón. La cogió de la mano y la condujo por un vestíbulo de color verde botella sostenido por enormes columnas romanas. Los tacones de sus botas resonaban de modo arrogante sobre el suelo de mármol al entrar por el pórtico. Una cúpula dorada se elevaba por encima de sus cabezas, realzada por ventanas paladianas de varios pisos de altura. Majestuosas escaleras de mármol formaban curvas a ambos lados, conduciendo a unos corredores laterales, y un tramo de escalera más alejado subía hasta la galería que había encima del pórtico. Una lámpara veneciana fanò derramaba luz sobre los extensos espacios de mármol. Aparte de los floreros altos y repletos de flores, Rosalie observó que la casa estaba vacía. Sin muebles. Sin adornos. Nada. Su hogar era una imponente gruta fría.
—Esta no es una morada —expresó ella con asombro—. Es un palacio.
Emmett rió.
—He visto palazzi más grandes que éste, princesa.
—¿De veras? —Le lanzó una sonrisa perspicaz—. ¿Dónde? ¿En Venecia? ¿Florencia? ¿En Milán?
Él sonrió sin decir nada.
Ella echó la cabeza atrás para examinar la cúpula. El ingenioso diseño combinaba estilos orientales e italianos con un equilibrio cuidadosamente considerado.
—¿Ya qué arquitecto secuestraste para hacer esto?
La profunda carcajada de Emmett resonó hasta la cúpula.
—Lamentablemente, tengo que volver a decepcionar la gran estima que me tienes, principessa, pero no secuestré a Guarino Guarini para que diseñara esto.
—¿Entonces, quién diseñó esta casa?
Acarició la pequeña cabeza de su felino.
—Yo lo hice.
—¿Tú? ¿Y dónde adquiriría un rais el conocimiento de arquitectura y matemáticas necesarios para diseñar el plano de un palacio como éste?
—En la Universidad de Ferrara, imagino. Ven. Hay mucho más que ver —Se dirigió hacia las puertas de vidrio que daban al jardín. Rosalie se detuvo abruptamente. En la pared había otro escudo. La inscripción que había abajo en latín decía: Galeaz Maria McCarty Dux Mediolani Quintus. Galeazo Maria McCarty, Quinto Duque de Milán. Un tercer emblema.
—Quiero mostrarte el mar —le susurró al oído.
—Si los escudos son robados, ¿por qué son tan importantes para ti?
Por un instante, ella hubiera jurado que el pulso de él se aceleró.
—Ven. Hablaremos afuera.
El aroma de los almendros les dio la bienvenida al porche cubierto de parras. Un cupido de mármol escupía agua en una cuenca tradicional marroquí. Siguieron por un sendero adoquinado bordeado de arbustos de flores y salieron a un mirador construido al borde del acantilado. Las olas rugían debajo. Rosalie aferró el pasamano y echó la cabeza atrás, ondeando los cabellos al viento.
—Este sitio es encantador. Es un paraíso mágico.
Emmett deslizó la vista sobre su silueta esbelta vestida con ropas de marinero. Dio un paso hasta quedar detrás de ella y asió la baranda a ambos lados de ella.
—Tú lo llenas de magia —Enterró el rostro en el cabello sedoso, inhalando el perfume—. Jamás había tenido a una ninfa dorada en mi hogar, y ahora que la tengo, me encuentro embrujado sin remedio —Le desabrochó dos botones de la camisa y deslizó la mano adentro. Cálida y enorme, se detuvo a descansar en el terso vientre femenino.
Ella contuvo la respiración y le sujetó la muñeca con fuerza.
—Emmett, por favor, no...
—¿Esperas que esté calmado después de haber estado acurrucada encima de mí durante dos largas horas? —Presionó las caderas contra el trasero de ella y le besó el cuello—. Estoy ardiendo por ti, amore. ¿Cómo puedes ser tan fría?
¿Fría? Él le hacía hervir el cuerpo,
—Emmett, por favor. No debes. No debemos...
—Ven a mi cama esta noche —susurró él—. Cenaremos en mi alcoba. Te meteré en mi tina de mármol con agua de esencia de lavanda, y mientras tú disfrutas de una copa de Lambrusco, yo te lavaré cada grano de arena del cuerpo. Personalmente.
La mente de ella se derritió ante la imagen.
—Emmett, no puedo —murmuró—. Sabes que no puedo.
—¿De qué tienes miedo, bella ninfa?¿De que pueda hacerte daño? ¿De que te trate insensiblemente? A una mujer como tú... —La mano que tenía adentro de la camisa se deslizó hacia arriba y sintió los pechos suaves y desnudos—. No habrá violencia, sólo placer —le dijo con voz ronca mientras le acariciaba el pezón, dibujando círculos con un dedo.
La invadió un vertiginoso deseo. Cerró los ojos y le cubrió las manos con las suyas. Ni un antiguo reino se entregaba tan rápido como ella estaba a punto de hacerlo ante aquel poderoso conquistador romano.
—Di que sí —la sedujo con voz grave—. Déjame darte el mejor placer —La otra mano desabrochó el primer botón de los pantalones y se metió adentro.
—¡No! —Le arrebató la mano y se dio la vuelta. La mirada de aquellos ojos oscuros la dejó paralizada. Reflejaba más que deseo; leyó también la derrota. Lo que sea que hasta ese momento lo había retenido a continuar con sus seducciones hasta la consumación había perdido la batalla. Su férreo autocontrol se había quebrado. Esa noche no había ninguna víbora ante ella sino un hombre que deseaba a una mujer, de igual modo que ella lo deseaba a él, ¿pero ella se atrevería? Quedaría completamente mancillada y él era famoso por dejar una estela de corazones rotos. Meneó la cabeza con desánimo—. No, Emmett. Anoche tenías razón. Debo volver a casa... intacta.
—Pero ya has sido tocada, Rose. Y yo también —De un solo movimiento dinámico la levantó en brazos y se dirigió hacia la casa, con los tacones de las botas resonando al ritmo del tamborileo del corazón de ella.
Rosalie forcejeó hasta quedar de pie y apartarse de un salto.
—¡No puedes obligarme a hacerlo!
Emmett se veía como si ella le hubiera arrojado un cubo de agua helada en la cara.
—Rose...
—No —Retrocedió—. Esto no está bien. Yo quería una aventura, pero esto ha llegado demasiado lejos. Tú eres un desconocido para mí. Quieres que seamos amantes pero ni siquiera me dices tu verdadero nombre.
—¡Ya sabes mi nombre! —gruñó él aunque sus ojos expresaban más bien lo contrario.
—¿Y ahora quién es el mentiroso? —Ella finalmente comprendió lo que Alice insinuó cuando le dijo: Emmett no es lo que crees. La víbora era sólo su fachada. El alto italiano que tenía parado enfrente era alguien de quien ella no sabía nada—. Sé que esos escudos antiguos son importantes para ti —dijo ella—. Sé que no eres el monstruo que quieres que la gente crea. Algo te sucedió cuando tenías dieciséis años. Eso te cambió y envolvió tu corazón con un manto de odio. Te partió el alma.
Él avanzó hacia ella deliberadamente.
—Puedo hacer que me desees, Rosalie, tanto que parezca que la vida sin mí no vale nada. Que mis caricias sean el único bálsamo para tu amor desesperado. Si me desafías... acabaré contigo.
A ella la recorrió un desagradable temblor.
—¿Por qué querrías acabar conmigo? Yo no soy tu enemigo. Quiero ser tu amiga.
—¡Pero yo no quiero ser tu maldito amigo! —La asió del brazo con fuerza y la atrajo hacia sí—. Quiero ser tu amante. Quiero enterrarme dentro de tí y hacerte mía. Quiero que seas mía... —La besó brusca, salvajemente, incapaz de contener el volcán en erupción que tenía en su interior.
Ella arrancó la boca, pero él no dejaba que se fuera. Le enterraba el rostro en la curva del cuello, ella sentía su respiración en la piel, húmeda y acelerada. Alzó una mano temblorosa y le acarició suavemente la cabeza sedosa.
—Déjame entrar en tu vida, Emmett —le rogó junto al oído—. Dime tu nombre.
Después de un momento, cuando él levantó la cabeza, tenía una expresión fría.
—¿Quieres saber quién soy? Seguro, pero déjame llevarte a experimentar una última aventura... la finalé.
El caballo árabe azabache atravesaba la playa sombría a toda velocidad. Las negras olas rompían en la costa en salpicaduras de espuma. Un muro de piedra se irguió hacia la izquierda, donde hacía eco el sonido del mar alborotado. Con la vista nublada e inquieta, Rosalie se aferró a la cintura de Emmett. Tenía serias dudas acerca de aquella atolondrada excursión. Confiaba en que Emmett la protegería, pero no confiaba en sus demonios.
Un fuego parpadeaba a lo lejos. Las tiendas negras se confundían con las arenas del desierto. Emmett tiró de las riendas y bajó de la montura. La cogió fuerte de la cintura y la depositó en el suelo.
—Cúbrete —le dijo a secas—. Esta gente no es como las que estás acostumbrada a ver.
—¡Ni tú tampoco! —contraatacó ella, luchando con otratúnica negra que él la había hecho ponerse.
Aferrándola con fuerza de la muñeca se encaminó hacia el oscuro campamento. Serpentearon entre áreas aisladas de ganado y enormes tiendas hechas con lana de oveja. Los motivos geométricos identificaban a los habitantes como una tribu beréber del Atlas, comerciantes y viajeros del desierto cuyos traslados estaban regidos por la migración de sus rebaños según la estación.
El aroma del cordero asado flotaba desde el centro del campamento donde resplandecía una hoguera alta. Había hombres vestidos con túnicas negras sentados sobre gruesas alfombras, bebiendo, comiendo y conversando de buen humor. Las mujeres se desplazaban entre los hombres, sirviendo comida y bebida, con los rostros cubiertos con velos.
—Quédate a mi lado en todo momento —le ordenó Emmett y se introdujo en el centro del douar.
En cuanto lo vieron, los hombres corrieron a darle la bienvenida y lo invitaron a sentarse con el jeque. Una cabeza más alto que los demás, con esa capa negra colocada sobre los anchos hombros, a Rosalie le recordaba a un poderoso hechicero rodeado de seguidores.
Emmett se puso cómodo sobre las gruesas alfombras y aceptó un plato de cordero asado y una taza de café. Rosalie se sentó junto a él y examinó el extraño entorno. Él se acercó y le acomodó el velo de modo que se le vieran sólo los ojos.
—¿Tienes hambre? ¿Sed?
Ella meneó la cabeza. El modo en que lo miraba lo hizo fruncir el ceño y desvió la vista. Rosalie permaneció en silencio mientras él conversaba con el jeque. Observaba los gestos sencillos, escuchaba su risa profunda, bebía ráfagas de su fragancia almizcleña con el viento del mar y descubrió el secreto de la fascinación que sentía por él: Emmett era vida. Una vida de la que ella jamás había tomado parte verdaderamente.
La muchedumbre se animó cuando a la luz del fuego apareció una deslumbrante criatura. Llevaba puesto un traje rojo encendido hecho sólo con velos, era como una diosa nacida entre las llamas, tenía la piel pálida adornada con oro y brillaba con el aura mística de una joya antigua. Echándose los largos rizos negros sobre el hombro, le clavó los ojos a Emmett y sonrió.
—Victoria —la llamó él en beréber—: ¡Baila para mí!
La mirada de Rosalie le apuñaló el perfil. ¿Para eso la había llevado hasta allí? ¿Para que viera aquella belleza exquisita y sensual —sin duda otra de sus prostitutas— bailando para él?
Victoria le ofreció a Emmett otra sonrisa seductora y golpeó ruidosamente la pandereta dorada en alto. Una flauta comenzó a tocar una melodía oriental. Se sumaron los tambores haciendo palpitar las oscuras crestas de las montañas con sus poderosos golpes. Victoria se contoneaba como si fuera otra lengua de fuego. Los velos rojos se hinchaban con el viento nocturno. El rostro, los ojos, el cuerpo entero expresaba el erótico abandono a la danza. Los hombres aplaudían y la ovacionaban y a su vez ella hacía movimientos sinuosos e invitadores con las manos y agitaba los pechos para el rugiente placer de todos.
Los tambores se callaron y Victoria cayó al suelo como un saco de piel y velos. La flauta emitió una melodía suave. Ella arqueó el cuerpo separándolo de la arena gradualmente. Se desató de las caderas un velo rubí y lentamente se acarició con él un hombro, enviándole a Emmett una invitación silenciosa con los ojos.
Rechinando los dientes, Rosalie lo miró con furia. Para su sorpresa, él tenía los ojos puestos en ella. La estudiaba con la misma fluidez que ella siempre sentía sus vibraciones. Estaba celosa y él lo sabía. Le sostuvo la mirada durante un candente instante más y luego se puso de pie y se dirigió hacia el centro. Cargó a Victoria en brazos y desapareció en el grupo de carpas.
Un lamento murió en la garganta de Rosalie. Se había ido con Victoria.
—Veo que usas el velo de seda que te regalé.
Victoria desplegó una pesada cortina de lana sobre la entrada de la tienda y lo cogió de la mano.
—Por supuesto, El-Amar. Te he estado esperando. Sabía que pronto volverías.
Una lámpara de aceite pendía de las vigas de madera que sostenían la tienda. Sobre las alfombras que cubrían el suelo había hierbas esparcidas para la salud y la suerte. Emmett dejó caer la capa al suelo y se dejó guiar hasta la confortable cama. Ella se sentó y lo acercó a su lado.
—Te he extrañado terriblemente, El-Amar.
—¿De veras? —Sonrió él—. ¿Y cómo pasaste el tiempo mientras estuve fuera?
—Sin hacer nada —dijo ella y se desató el velo rojo transparente—. Llorando todas las noches para que regresaras.
Él rió.
—Eres una mentirosa por naturaleza, Victoria, aunque ése es uno de tus diversos encantos.
Riendo, Victoria le arrojó el velo rojo en la cabeza y tiró de él hacia sí.
—Me alegra que me hayas venido a ver esta noche. Tenía miedo de que te hubieras olvidado de mí y hubieras encontrado a otra que te complaciera —Ella deslizó la mano por el escote abierto y extendió los dedos con alhajas sobre el pecho masculino—. Ninguna mujer es capaz de complacerte tanto como yo, El-Amar —Bajó la cabeza y le pasó la lengua por la mandíbula. Emmett se quedó helado. Al percibir el cambio en él, Victoria se acercó más—. ¿Qué sucede? ¿No quieres que te complazca? —Le cogió la mano y se la llevó a los senos. Al ver que él no hacía nada, le dijo bruscamente—: No entiendo. Nunca te comportas de este modo, frío como un pescado...
Gentilmente, él le apartó las manos y se puso de pie.
—Lo siento, Victoria. Eres muy hermosa, pero me temo que no puedo quedarme. Salamat.
Victoria se puso de pie de un salto, los ojos negros le brillaban con una mirada asesina.
—¡Me dejas por otra mujer! —gritó—. ¡Has encontrado a otra!
—Te pido disculpas. Te enviaré un lindo obsequio con alguno de mis hombres.
—¡Entonces es otra mujer! ¡Que el mal de ojo te caigaencima! —Se le abalanzó encima y le arañó la cara. Él la cogió de las muñecas pero no antes de que una uña afilada le hiciera un corte en la mejilla. Victoria se soltó de un tirón.
Tocándose la mejilla, él sonrió de manera comprensiva:
—«No hay nada más temible que una mujer despechada».
—¡Lárgate! —gritó Victoria señalando la salida—. ¡Fuera!
Él recogió la capa, apartó el faldón de la tienda y se marchó. Afuera, se sacudió las hierbas de la capa y se la echó sobre los hombros. Con el ceño fruncido, se dirigió de nuevo hacia la hoguera.
—¿Emmett? —llamó alguien—. Mi querido amigo, no puedo creer lo que ven mis ojos. ¡Realmente eres tú! —Un hombre regordete con el bigote negro rizado le dio una palmada en el brazo y tiró de él para darle un fuerte abrazo.
—¿Billy? —Emmett parpadeó con incredulidad, sonriendo—: ¿Qué es lo que estás haciendo tú aquí?
—Hemos pasado unas semanas en Marrakech, visitando a los primos de Sara y derrochando bastante dinero en cosas que ella jamás usará. Ahora vamos camino a embarcarnos en el puerto de Agadir.
—¿Y no se te ocurrió pasar a visitarme antes de viajar de regreso a Inglaterra?
—Mi querido amigo, de haber sabido que habías regresado, te hubiéramos visitado con o sin invitación. No obstante, escuché rumores de que estabas en Jamaica con Alice.
Emmett puso los ojos en blanco.
—¿Hay alguien que no esté informado acerca de todos mis movimientos?
—¿Disculpa? —Billy frunció sus pobladas cejas con aire de curiosidad.
—Niente —Emmett hizo un gesto con la mano. Comenzaron a caminar hacia el centro de la hoguera—. Estás bien informado, Billy. Estuve en Jamaica con Mary.
—¿Y cómo está nuestra hermosa y dulce muchacha? ¿Te tiene de nuevo enredado con sus picardías?
—Sí, pero ahora tiene un esposo nuevo para tenerlo de un lado a otro —Le dio una palmadita a Billy en la abultada barriga—. Veo que Sara está cuidando muy bien de ti, amigo. Pronto te convertirás en una montaña.
Billy rompió a reír.
—Sue, la prima de Sara, es la que tiene la culpa. Esa querida mujer cocina mejor que tu cocinero milanés. Y esa arpía que tengo está molesta conmigo por abusar.
—Deja de quejarte. Ojala yo tuviera una esposa como la tuya. Después me parecería a Gebel Musa y me sentiría tan contento como un cerdo en el chiquero.
—¿La Montaña de Moisés?—rió Billy de nuevo—. Ay, Emmett, si quisieras una esposa, ya estarías casado. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y uno, treinta y dos?
—Bastantes.
—¿Y a qué estás esperando? ¿A estas alturas no has estado ya con suficientes mujeres? ¿No sabes que no son buenas cuando las tomas para un revolcón ocasional? Una mujer es como un buen guisado —Hizo un ademán al aire con los dedos—. Hay que cocerla a fuego lento. Hay que atenderla, agregarle especias caras para ponerla más sabrosa y feliz. Luego, se espesa. Absorbe las cualidades de todos los ingredientes que uno echó, hasta que finalmente... —Billy se chupeteó la punta de los dedos—. ¡Deliciosa!
Emmett estalló en una carcajada.
—Veo que sigues con hambre, amigo mío.
Billy pareció ofendido.
—¿Yo me preocupo por ti y tú me lo pagas con tus burlas?
—Me disculpo humildemente —dijo Emmett riendo ahogadamente—. Sé que tienes buenas intenciones, pero ¿con quién podría casarme? ¿Con una bailarina de campamento como Victoria?
—¿Qué hay de Rachel, esa muchacha portuguesa? Ella era bonita.
—Aún lo es —admitió Emmett con un vigoroso suspiro.
Billy unió las cejas espesas con aparente desaprobación.
—Me sorprendes, Emmett. Qué vigoroso eres para mantener tu propio harén.
—Como siempre, exageras, pero lo tomaré como un cumplido.
—¿Sabes cuál es tu problema, huboob? Te juntas con el tipo equivocado de mujeres.
—Lo sé —Emmett esbozó una sonrisa torcida—. Yo debí haberme casado con Sara. He venido diciéndolo desde hace años.
—Tonterías —Billy lo miró con altivez—. Tú no durarías ni un día con una arpía severa como Sara. No, amigo, tú necesitas una mujer para tu mundo. Alguien que conozca tu corazón.
La mirada de asombro de Emmett le hizo sonreír a Billy con satisfacción. Enroscándose el bigote acicalado con cariño, le anunció:
—¡Tienes que irte a casa, a Milán, y casarte con una condesa!
Emmett endureció el rostro. Con tono muy bajo le preguntó:
—¿Qué diablos estás divagando?
Billy miró a su joven amigo cual oso adulto mira a un cachorro salvaje y sin experiencia.
—Perdóname, amigo mío. A veces, cuando como demasiado, digo idioteces y cosas estrafalarias.
Una mirada desconfiada eclipsó los ojos de Emmett.
—Sigamos —le sugirió. Poco después llegaron a la hoguera—. Os veré a ambos mañana, entonces —le dijo con tono distraído al tiempo que desviaba la mirada hacia la reunión con ojos de halcón—. Dale mis saludos a Sara.
—Avisa a tu cocinero milanés que voy en camino. Estos bereberes pretenden envenenarme.
Le llevó una condenada cantidad de tiempo llegar a hurtadillas hasta la zona más oscura del campamento donde estaban los corrales del ganado. Rosalie recordaba muy bien lo que había sucedido en Argel cuando le habían tirado de la capucha con fuerza. No tenía deseos de ofrecerles una diversión extra a esos bereberes aquella noche. No le preocupaba emprender el regreso sola. Básicamente, tenía que seguir la línea de la costa hacia el norte, hasta llegar a la casa de él. No era difícil. Ella era una excelente amazona y Emmett se podía ir al demonio que era, en esos términos así de amigables.
Qué bien le había salido revelar su verdadera naturaleza. Era un insensible, un cascarón hueco, absolutamente depravado. No le quedaba nada en aquella alma suya. Era otro Jacob, tal cual lo había declarado. Deberías haberlo escuchado cuando habló de sí mismo, se criticó duramente Rosalie. Un hombre se conoce bien a sí mismo. Bien, ella ya había tenido suficiente. Se iba a casa.
Una mano se cerró en su brazo.
—¿Adonde crees que vas?
Ella tenía el rostro cubierto con el velo negro hasta la nariz, pero al darse la vuelta para mirar a Emmett, los ojos rasgados de color aguamarina parecían témpanos. Maldito seas, dijeron en silencio. Vete al infierno.
—Princesa...
Ella se soltó de un tirón. No había nada más que decir.
Cuando llegaron a Agadir al cabo de una hora, él la acompañó arriba, hasta un pórtico alto y abovedado. Gentilmente, le abrió una de las puertas de madera y bronce pero no entró con ella.
—Rose... —Su voz con aire de disculpa la detuvo al cruzar el umbral. Lo miró. La expresión solemne de aquellos ojos eran el perfecto reflejo del modo en que ella se sentía: desdichada. Algo se había quebrado en su interior. Cerrando los ojos para contener un torrente de lágrimas, le cerró la puerta en la cara.
