Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 15

Los cálidos rayos del sol se derramaban sobre su rostro. Sonriendo, Rosalie se sentó entre cortinas de muselina calentadas por el sol y se compadeció de aquellos despertares en las deprimentes mañanas en Yorkshire. La noche anterior había escuchado una puerta cerrándose con fuerza en el corredor. Por lo tanto, su cuarto debía de ser el de los reservados para la señora de la casa, pero no había. Aunque la decoración combinaba hermosas obras de arte con jarrones color turquesa repletos de espuela de caballero y lirios, no daba ningún indicio de contar con ese particular toque femenino. Era un hermoso cuarto blanco, sin ese esplendor italiano y no estaba presidido por ningún antiguo emblema familiar. ¿Qué tipo de mujer tenía en mente Emmett para que ocupara aquella alcoba?, se preguntó.

Una salada brisa matinal le dio la bienvenida en el balcón. Las gaviotas la saludaron con un amistoso chillido mientras atravesaban el cielo despejado. Un centelleante mar turquesa rompió en salpicaduras de espuma sobre el agitado oleaje de más abajo y se esparció sobre una playa blanca, como empolvada. Y después seguía la desolada belleza del Sahara: dunas de arena, los calientes colores del desierto... La majestad suprema del Atlas la dejó sin aliento. Ella se dio cuenta de por qué Emmett escogía vivir en aquella tierra feroz y primitiva que esperaba ser descubierta, aunque a ella le parecía triste que residiera en un mausoleo de mármol vacío con un depredador como mascota. Solitario. No obstante, ella iba a marcharse. No dejaría que se burlara de ella y la tuviera allí para aliviar su tedio. Él tenía su bendición para dedicarse a todas las Jezabeles de la zona.

Regresó adentro y entró al cuarto de baño. Era magnífico, con una lujosa tina de mármol, lo bastante grande para alojar a un gran sultán regordete sumergido hasta el fondo de alabastro. Las paredes estaban hechas de celosías de yeso; no obstante, las brillantes cuentas de la luz del sol se filtraban formando dibujos. Ella espió por entre los huecos. Una alfombra de flores, árboles y bonitos toldos se extendían debajo de su ventana. Estatuas romanas de Lixus o Volubilis adornaban cada rincón, como un recordatorio de la herencia del orgulloso dueño. Pensando en el demonio, ella vio un cuerpo dorado con manchas subir de un salto los escalones de piedra. Un poco más rezagada, apareció una lustrosa cabeza negra. Su morena masculinidad sobresalía en el mar de flores, como sin duda lo hacía por dondequiera que deambulara. El canalla tenía un encanto personal más fuerte que un imán. Parecía bastante alegre paseando por los jardines con su gato salvaje, ¿y por qué no iba a estarlo? La noche anterior se había entregado a las abundantes atenciones de Victoria, la Reina del Desierto.

Emmett se detuvo y fijó la vista directo hacia allí. Ella retrocedió de un salto, pero la pared enrejada estaba diseñada para bloquear la vista en los espacios reservados para las mujeres. Él sólo podía adivinar si ella se encontraba o no allí. Al regresar al sitio desde donde espiaba, apoyó la frente en la pared y echó un vistazo hacia donde él estaba. Aquella mirada llena de remordimiento que ella había visto en sus ojos antes de cerrarle la puerta en la cara aún le oprimía el corazón. Él podía ser un canalla despreciable, pero no era de piedra. Sabía que lo que había hecho era imperdonable. Había justificado el rechazo de ella. Jamás podía ser suya después de aquello. Nunca.

Después de verlo deambulando, Rosalie se lavó la cara con agua fresca, se peinó y se puso la bata que había encontrado doblada sobre la cama la noche anterior.

Un momento después alguien golpeó la puerta.

—Pase —dijo ella y se sorprendió ante el tropel de sirvientes que pasaron marchando junto a ella, cargando montañas de arcones. Seth cerraba la fila.

—Buenos días, milady —Le hizo una reverencia con elegancia—. Confío en que haya dormido bien.

Después de haber ahogado la almohada.

—Muy bien. Muy amable de vuestra parte el preguntar —Ella siguió a los criados hasta el vestidor. Depositaron la serie de arcones sobre el suelo de mosaico con diseños de paisajes del Nilo, y comenzaron a desembalar. De los cofres no emergieron ni prendas de seda brillante ni de tafetán con bordados dorados. Pusieron en los armarios caftanes de lino, sandalias de suave cabritilla y prendas de ropa interior de modesta sencillez. Rosalie sonrió con ironía. Emmett le había enviado prendas regionales, como las de Hanan. Ninguna de las encantadoras piezas provenía del saqueo de ningún barco, sino del zoco vecino. Quedaría sumamente idiota si las arrojaba por la ventana. Además, no tenía intención alguna de quedarse para usar ni la mitad del guardarropa.

—Con los obsequios de mi amo —sonrió Seth— espero que encontréis todo de vuestro agrado. Jenab os preparará un baño a Su Señoría y yo os haré subir una bandeja de desayuno. Os recomiendo encarecidamente que permanezcáis en el interior. Hoy luce un sol sin piedad, hasta los claveles están sufriendo.

Los ojos de Rosalie se iluminaron.

—¿Claveles al sol? Seth, debo tomar el té afuera.

—Por supuesto —Seth ocultó una sonrisa e hizo una reverencia con gentileza—. Dentro de poco regresaré para acompañaros.

Una hora más tarde se encontraban paseando entre madreselvas, estepillas, heléchos y trinos de pájaros. Llegaron a una gran terraza, donde había una piscina verde mar construida al borde del acantilado que parecía fusionarse con el paisaje de vista al mar. Al final del sendero había un pabellón de lona blanca.

Seth se detuvo.

—El menzeh al borde del jardín de rosas, milady, como vos lo pedisteis.

El sitio era encantador. En lugar de techo, tenía un entramado sostenido por aleros que proporcionaban una agradable sombra. Al fondo florecía un jardín de rosas. Una ráfaga de aire abrió la lona. Ella vio un bulto dorado con manchas negras echado junto a un par de botas negras de ante.

—Eh, Seth... —Rosalie echó una mirada a un lado, pero él había desaparecido convenientemente. Ella miró hacia el pabellón. Emmett estaba bebiendo café y leyendo un libro. Estaba empezando a tener en cuenta la aburrida sugerencia de Seth de desayunar adentro cuando Emmett levantó la cabeza. Sorprendido primero y luego curioso, se reclinó en la silla y esperó a ver qué hacía ella. Mmm. Regresar al cuarto le daría a entender que encontraba su presencia perturbadora. Y eso era lo último que quería. Además, necesitaba informarle sobre su decisión de marcharse lo antes posible. Con la cabeza erguida, tomó el sendero.

En cuanto puso un pie sobre las alfombras bereberes, Emmett se puso de pie. Apartó una silla para ella:

Buongiorno —oyó decir a la voz grave por encima de sus hombros. Lo miró. La incomodidad reflejada en los ojos de él igualaba los frenéticos latidos de su corazón.

—Buenos días —respondió ella fríamente. El leopardo de ojos verdes levantó la cabeza y gruñó.

—Me disculpo por la mala educación de Dolce. No está acostumbrada a ver a otras mujeres aparte de a mi hermana.

Entonces él no recibía a sus amantes en la casa. ¿Se suponía que debía sentirse halagada?

—¿Cuál es tu excusa?

—No tengo ninguna —El sonrió abiertamente, con los ojos brillándole con un tono azul marino en el rostro bronceado. Tenía la mandíbula bien afeitada y la cabellera negra azabache peinada en una coleta. La invadió un arrebato de deseo hasta que notó el inflamado arañazo en la mejilla. El desprecio le enfrió la sangre y tomó asiento rígidamente.

Emmett se sentó frente a ella. Una evidente aprobación brilló en sus ojos al notar que ella llevaba puesto uno de los caftanes que le había enviado: una túnica blanca de lino bordada con topacio. Lavados y brillantes, los cabellos caían ondulados a su alrededor. Sin embargo, a ella le resultaba extraña su reacción. ¿Es que las tiernas caricias de Leila no le habían apaciguado la lujuria, que la miraba como si estuviese untándola mantequilla y mermelada en la mejilla? Comparada con aquellos velos rojos transparentes, Rosalie parecía tristemente una monja. Quizás hubiera apreciado el interés que él mostraba de no haber sido por el arañazo. No soportaba mirarlo a la cara.

Un viejo libro yacía sobre la mesa frente a él, titulado Dante. El supuesto pirata tenía un gusto excelente por la literatura, y conociendo a Emmett era muy capaz de citar medio libro.

—«No puede haber conocimiento sin retención» — citó ella una de las frases más famosas del poeta toscano.

—Presumida —Mostró los sólidos dientes blancos con aire de desafío. Apoyó los codos sobre el mantel blanco y se sostuvo la cara, una sonrisa tonta le curvó la comisura de la boca.

¿Qué le sucedía esa mañana? Ella frunció el entrecejo con aire especulativo y le estudió el cálido brillo del iris. Límpidos como iolitas, concluyó ella, descartando fiebre alta. Los marineros vikingos había creado una leyenda de la piedra de iolita porque creían en los poderes que tenía de filtrar la bruma y el resplandor de sus ojos. De un modo irritante, aquellos ojos a ella le provocaban el efecto contrario.

Chasqueando los dedos, y con ello los tontos pensamientos de ella, Emmett llamó al criado:

—¿Qué te gustaría desayunar? —le preguntó.

—Té está bien —Ella miró hacia el mar. Casi compensaba la imagen del arañazo.

Envió al criado a la cocina y se hundió en la silla. Entrelazó los dedos sobre su abdomen plano.

—Quisiera disculparme. Yo, eh... parece que anoche perdí la cabeza y mis buenos modales —Alzó la vista de manera inquisitiva—. Me disculpo humildemente y te pido perdón.

Rosalie examinó esa mirada compungida.

—No te preocupes. Anoche caí en la cuenta de la verdadera naturaleza de nuestra sociedad. Razón por la cual apreciaría que me pusieras en un barco rumbo a Inglaterra lo antes posible.

Alarmado él abrió los ojos.

—¿La verdadera naturaleza de nuestra sociedad? Rose... —Se acercó más hasta cogerle la mano pero ella la apartó. Tenía intención de seguir hablando, no obstante se contuvo, asumiendo que cualquier palabra de más sólo sería tomada en su contra. Con los ojos llenos de remordimiento, dijo—: No tienes idea de cuánto lamento lo de anoche. Si pudiera, la borraría hasta el momento en que volvimos a casa.

—¿Y luego qué? —preguntó ella de forma concisa. Si le importaba seguir en su sano juicio, ella debía borrar de la memoria el recuerdo de él acariciándole el cuerpo en la oscuridad del mirador frente al mar.

—Entonces, te hubiera acompañado hasta tu alcoba como un auténtico gentiluomo y te hubiera dado las buenas noches.

Comprensible, pensó ella con mordacidad, después de haberte visto forzado a darte prisa con esa Delicia del Sahara debido a este maldito estorbo.

—Es demasiado tarde, Emmett. Deseo irme a casa.

—Quisiera que te quedaras. Al menos unos días.

Ella sintió un repentino deseo de pegarle un tiro.

—¿Para qué? ¿Qué podría tentarme a quedarme? ¿Y por qué de pronto estás tan ansioso de que me quede contigo? Tienes que matar franceses, ¿o no? Y si mal no recuerdo, aquella noche que nos fuimos de Kingston te mostraste bastante firme al informarme de que no tenías deseos de llevarme a ninguna otra parte que no fuera a casa. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Tenía una mirada terriblemente seria cuando dijo:

—No tienes ni idea.

Al cabo de una larga pausa en silencio, en un tono más liviano dijo:

—Esta mañana espero la visita de unos buenos amigos. Se quedarán una semana. Te agradarán.

—Ya he conocido a algunos de tus amigos. No son de mi agrado.

—Mira, llegarán en cualquier momento. Son encantadores, mundanos, una cálida pareja judía de Londres. Billy es mitad inglés mitad marroquí y es mi socio, y su esposa, Sara, es marroquí de pura sangre. Tiene todo el encanto oriental, es la hija del mejor joyero de Marrakech, una verdadera dama. Tienen ocho hijas y son divertidos. Por favor, di que te quedarás.

¿El socio judío y su encantadora esposa? A ella le despertó la curiosidad.

El criado regresó. Con sumo cuidado, depositó delante de ella una tetera, un plato de bollos tibios, mantequilla, mermelada de naranja, utensilios de plata, fina vajilla de porcelana italiana y una servilleta de lino doblada. Emmett lo retuvo haciendo un gesto dominante con la mano.

—Si se te ofrece algo más...

—No, gracias.

Liberó al criado.

—Yo tampoco como demasiado en el desayuno —afirmó él afablemente.

Ella miró la gran montaña de cáscaras apiladas en el plato que él tenía enfrente, que parecían ser de cuatro naranjas grandes y sonrió irónicamente:

—Ya veo a qué te refieres.

Bisogna mangiare qualcosa —Se encogió de hombros con aire de culpabilidad—. Uno necesita comer algo.

Ella ignoró sus risitas zalameras y removió el azúcar en el té. Emmett volvió a mirarla fijamente.

—Tengo que hacerte una confesión —Le sonrió tímidamente—. Le pedí a Seth que te convenciera de desayunar conmigo aquí afuera. Me agrada que hayas accedido.

—Deberías pagarle mejor sueldo, Emmett. Su astucia eclipsa la de Hassock, el criado de mi abuelo, que es legendario por sus diabluras. Seth prácticamente me hizo rogarle desayunar al aire libre. Y yo ni me di cuenta.

—Me aseguraré de tenerlo en cuenta —Se inclinó hacia delante. El viento leve le hinchó la camisa blanca, dejando a la vista su pecho cincelado. Ella casi olvida lo canalla que él había sido la noche anterior. Casi—. Sobre mis amigos — dijo—, realmente me gustaría que los conozcas, y viceversa. Y... de veras quiero que seamos amigos. Rose. No sé qué fue lo que me pasó anoche.

Ni ella, aunque había estado tan terriblemente tentada de claudicar. Casi estaba agradecida de que la arrolladora sombra de Victoria ahora revoloteara entre ambos.

—Los amigos comparten secretos —le dijo con tono suave.

Los ojos de Emmett se tornaron opacos.

—Dame tiempo.

—Consideraré tu oferta cuando conozca a tus amigos.

Con aire optimista, él volvió a observarle cada gesto. La observó escoger un bollo de la pila recién horneada, la observó cortarlo por la mitad y untarle mantequilla. Se estiró y sutilmente le acercó suavemente el platillo de cristal con mermelada.

Ella dejó caer el bollo.

—¿Qué diablos te pasa esta mañana? Te comportas como si jamás hubieras desayunado con una mujer.

—No lo he hecho.

—Se me hace difícil creerlo —Desvió la mirada hacia el paisaje marítimo azul—. Todo esto es hermoso —murmuró de modo distraído.

—Muy hermoso —coincidió Emmett con voz ronca—. ¿Me perdonas?

Ella se encontró con aquella mirada esperanzada y sorbió el té.

—Agradezco las prendas que me enviaste.

Scusa? —parpadeó Emmett. Esa mañana parecía distraído.

—¿Me ha crecido barba de repente? —le preguntó ella con creciente irritación—. ¿Qué sucede?

Dos hoyuelos aparecieron en las mejillas de él.

Niente —respondió él amablemente, encogiéndose de hombros.

Ella entrecerró los ojos:

—¿Por qué no te creo?

Emmett sonrió de manera inocente:

—No lo sé.

Incapaz de tolerar un momento más su actitud condescendiente, ella dejó caer la servilleta y se puso de pie.

—Venir aquí fue un error. Debí desayunar en mi cuarto —Y abandonó la mesa.

Él la alcanzó de un salto. Le aferró la cintura con los brazos y la apretó de espaldas contra su ancho pecho. Le rozó la cara contra el cuello, inhalando profundamente el perfume floral de su piel.

—No te vayas todavía. Me encanta disfrutar de tu compañía en el desayuno. ¿Cómo pude haberme privado de esto?

La respuesta del cuerpo de ella era electrizante. No encontraba la fuerza para evadirse de su abrazo. Pero cuando le lamió el interior de la oreja y deslizó la mano suave por los pechos y los apretó, ella recuperó la cordura con más vigor.

—¡Quítame ahora mismo tus malditas manos de encima!

En cuanto la soltó, ella salió corriendo hacia la casa, escuchando detrás un torrente de palabrotas de autorreproche. Casi se choca con el par de desconocidos.

—¡Ah, qué bien! Justo a tiempo para desayunar —El caballero regordete de bigotes se frotó las manos con satisfacción. Unos dedos largos y elegantes se cerraron en su brazo con fuerza sutil aunque letal. En uno había un diamante enorme y oval que hacía juego con el vestido de seda color siena de la mujer.

—Ya hasdesayunado, querido —dijo la alta y esbelta dama. Rosalie reconoció instantáneamente la excelente calidad de sus prendas. Un delicado chal con hilos dorados le cubría los cabellos negros como el carbón, dejando a la vista unas vetas plateadas a la altura de las sienes. Ella irradiaba inteligencia y calidez.

El esposo se ruborizó.

—¿Cómo? ¿Esos restos que los bereberes nos dieron hace horas? Si te escuchara Emmett podría malinterpretarte y pensar que venimos de un banquete —Urgió a la esposa a que avanzara y se detuvo de golpe—. ¡No puedo creerlo! —Levantó las espesas cejas negras ante la imagen de aquella joven de cabellos dorados que tenían parada enfrente.

La dama también la vio. Hizo callar al esposo y siguió avanzando livianamente con una sonrisa amistosa.

—Buenos días. Soy Sara Black y este individuo maleducado que viene detrás es mi esposo, Billy. Encantada de conoceros —Hizo un elegante reverencia.

—El placer es mío, señora —Rosalie le devolvió la reverencia, sintiéndose un poco tímida—. Yo soy...Rosalie.

—Lady Rosalie —la corrigió Emmett, que apareció a su lado de forma repentina.

Los ojos negros de Sara parpadearon.

—Vaya, querida mía, pero si sois inglesa. Qué encantador, Billy —echó una mirada a su sorprendido esposo—, no seas descortés. Ven a conocer a lady Rosalie—Volvió a ofrecerle a Rosalie una sonrisa de aprobación—. Es una joven encantadora.

El caballero se acercó con indecisión, con su enorme barriga dando botes. Rosalie le lanzó una mirada furtiva a Emmett que tenía aquella mirada posesiva, con esos aires de arrogancia... ¿Estaba alardeando con ella?

—Sara —pronunció pausado al tiempo que le rozó los dedos con un beso—. Estás tan hermosa como siempre, mi distinguida dama. ¿Por qué sigues soportando a este judío glotón cuando puedes tenerme a mí?

Sara rió.

—Ese es uno de los grandes misterios del mundo, El-Amar, Bien, Billy —Miró a su esposo divertida—. ¿Ya encontraste tu lengua?

La sonrisa de Emmett se agrandó ante el desconcierto de Billy.

—Billy, permíteme presentarte a mi amiga, lady Rosalie. Le conté todo sobre ti, de modo que confío en que le causes una buena impresión, y... —le lanzó una mirada a Rosalie—. Quizás también puedas mejorar la impresión que tiene acerca de mí.

—Claro, claro. Disculpad mi descortesía —Billy cogió gentilmente la mano de Rosalie e inclinó la cabeza con cortesía. Al levantar la vista sus ojos eran cálidos—. Mi querida lady Rosalie, no os imagináis lo encantado que estoy de conoceros. De hecho vuestra sola imagen llena mi corazón de esperanza.

Rosalie parpadeó ante aquel saludo tan extraño. Emmett suspiró.

—Pareces una vieja, Billy —Rodeó con el brazo el hombro fornido de su amigo y lo condujo hacia el pabellón—. Ven, Jebel Billy. Déjame convidarte a otro desayuno.

—Por Dios, eres un canalla desvergonzado, Emmett —se quejó Billy mientras se alejaban—. ¿Por qué no me contaste nada de ella anoche?

—Luego, Billy.

—¿Qué hacías saliendo de la tienda de Victoria? —susurró Billy de manera inadecuada—. Por el amor de Dios, ¿qué es lo que pasa contigo? ¿No sabes distinguir algo bueno cuando lo tienes bajo tus gentiles narices? ¿Qué más necesitas... un porrazo en la cabeza?

Sara le sonrió a Rosalie.

—¡Hombres! —Miró al cielo y ambas rieron. Enroscó su brazo en el de Rosalie—. Vayamos con ellos antes de que Montaña Billy devore toda la comida, ¿quieres?

Molesta por la cantidad de intrusos, Dolce emitió un gruñido de desagrado y se marchó.

—Emmett me contó que tenéis ocho hijas y que vivís en Londres —Rosalie se dirigió a Sara una vez que se unieron a la mesa. A esas alturas, los hombres estaban compenetrados con las noticias de la guerra y el impacto de los precios en el mercado. Aunque ella no se perdía las miradas de Emmett. La mente de aquel rufián era como toda una compañía naviera.

Sara abrió una faltriquera y mostró orgullosa unos retratos en miniatura.

—Ésta es mi hija mayor, Rebecca. Está esperando nuestro primer nieto. Y ésta es Rachel. Ella es casi de tu edad. Se casará en Pascua —Bajó el tono de voz para preguntarle—: ¿Qué es lo que te trae por Agadir, querida mía?

Rosalie levantó la vista puesta en los hermosos rostros de las jóvenes y se encontró con la mirada curiosa de Sara, pero antes de que tuviera oportunidad de embarcarse en una abstracta versión de su historia, un criado se acercó a Emmett.

—Sara, Billy, ¿qué puedo ofreceros? —les preguntó.

—Té está bien para mí, El-Amar. Gracias —respondió Sara.

Billy, que ya tenía la boca llena de un bollo con manteca, frunció el ceño pensativo.

—Yo tomaré huevos pasados por agua con patatas y tostadas y un café turco fuerte —dijo con la boca llena, aunque la idea general se entendió: tenía hambre. Emmett rompió a reír.

—Que Dios se apiade de ti —suspiró Sara con irritación.

—Ssh, esposa arpía —la regañó Billy con indignación—. ¡Y tú también, canalla!

Va bene, d'accordo(está bien, está bien) —Emmett rió entre dientes levantando las manos en señal de rendición.

Rosalie observó a la amigable pareja, sorprendida de cómo Emmett se las había ingeniado para entablar amistad con aquellas excelentes personas que parecían apreciarlo de verdad. Él debió de haber notado la aprobación de ella ya que les sonrió con placer.

—Espero que os quedéis esta semana. Debéis de estar exhaustos de saquear cada zoco de Marrakech —les ofreció cálidamente.

Billy miró a su esposa. Ella asintió con la cabeza.

—¡Por supuesto que lo haremos! —afirmó él—. ¡Nos encantaría!

Mientras Billy atacaba su segundo desayuno, Emmett miró fijamente a Rosalie. Dio por sentado que ella también se quedaría, pero la mirada furtiva de ella hacia la mejilla lesionada fue un mensaje más que elocuente.

—Bien, ¿intentarás explicarlo o tendré que estrujarte para sacártelo? —Billy escogió un cigarro de la caja que descansaba sobre la mesa de té de la biblioteca y encendió un fósforo. A diferencia del resto de la casa, la biblioteca de Emmett estaba bien amueblada con objetos bereberes y decorada en tono verde oscuro.

Apartándose de la chimenea de ladrillo, Emmett caminó sin prisa junto a los estantes de libros. Se detuvo ante el mueble de las bebidas.

—¿Siempre tienes que meter tu bigote en los asuntos de los demás?

—¡Somos socios, ya habibi!Tus asuntos son mis asuntos —Billy chupó el cigarro. A dos cojines de distancia, sobre un sofá de color verde botella, un bulto con manchas comenzó a toser.

—¿Qué es lo que quieres saber? —Emmett escogió una botella de cristal de Murano y llenó una copa.

Billy frunció el ceño ante la imagen de su joven amigo sirviéndose coñac tan temprano, pero se reservó la opinión.

—¡Cuéntame todo! ¿Dónde encontraste a esta hermosa Venus rubia y qué es lo que hay entre vosotros? Sé que no sois amantes —agregó con mordacidad—. La dama está seriamente indignada contigo.

Emmett miró por la ventana. Daba a un antiguo olivar. Las mujeres estaban conversando a la sombra.

—Ella quiere viajar por el mundo. Me designó su guía y acompañante.

Billy rompió a reír.

—¡Dios Santo! ¿De todas las personas que hay en este mundo fue a escogerte a ti? ¿Pero cómo surgió todo? ¡Suelta la lengua! La curiosidad me está matando.

La mirada pensativa de Emmett se desvió hacia una imagen dorada con ojos rasgados apoyada en un viejo olivo.

—Está indignada conmigo porque anoche la llevé al campamento a ver a Victoria.

¿Que hiciste qué? —Billy casi se cae del sofá—. ¿Llevaste a una muchacha dulce y bien educada a ver a esa ramera quitándose los velos? ¿Qué es lo que te sucede? No tiene nada que ver contigo que... —Se detuvo con los ojos bien abiertos—. ¿Ella estaba allí cuando te metiste en la tienda de Victoria para un revolcón rápido? ¿Dónde diablos estaba Rosalie? ¿La dejaste allí en la hoguera con los bereberes?

Emmett evadió la mirada furiosa.

—Sólo estuve con Victoria un momento. Le estaba aclarando un asunto.

—No me vengas con esas. ¿Qué tipo de asunto podrías haberle querido aclarar? ¿Que eres capaz de humillar a Rosalie hasta dejarla hecha polvo por tener insípidas amantes por todo el mundo? —Meneó la cabeza—. Me sorprendes, Emmett. Solías manejar el rechazo mucho mejor.

Los ojos de Emmett eran como dos huecos tristes y oscuros.

—Ella insistió con el tema equivocado —Se acercó y se desplomó en el sofá junto al felino que sufría. El animal se le acurrucó más cerca y apoyó su cabeza con manchas sobre su muslo—. Billy, ¿recuerdas que te dije que Mary Alice contrajo matrimonio? Se casó con el prometido de Rosalie.

Los ojos de Billy se entrecerraron con perspicacia.

—¿Y tú no tuviste nada que ver con eso?

—Yo intervine —admitió Emmett—, pero no por lo que tú piensas. Mary estaba enamorada del inglés. Yo tenía que quitar a Rosalie de en medio.

Billy lanzó una mirada elocuente.

—Entonces se la arrebataste a su enamorado, la trajiste a tu guarida en el desierto, y como ella no sucumbió ante tus despiadados encantos, la llevaste a la rastra de noche para que viera cómo seducías a otra mujer. Admirable —le dio una chupada al cigarro.

La indignación y el fastidio chocaron en la mirada de Emmett.

—Whitlock no era su enamorado. A ella le importaba un bledo. Quería venir conmigo —dijo con tono brusco y vehemente.

—¿Dijiste Whitlock? ¿El cazapiratas? —Billy se ahogó y empezó a echar bocanadas de humo cual volcán en erupción—. ¡Dios Santo! ¿Y tú diste tu consentimiento?

—Whitlock es un tipo decente. No es mi elección preferida para Mary, pero a ella parece agradarle. Es mejor compañero de lo que yo hubiera imaginado.

—¿Qué tonterías estás diciendo? Alice es el sueño de cualquier hombre. Es hermosa, llena de vida, inteligente. Ella podía haber escogido el que quisiera.

Emmett golpeó el sofá con la mano.

—¡No es necesario que me enumeres a mí los atributos de mi hermana! Podría haberse casado con un rey. Qué pena que no sea hija única.

—Me estás estropeando la digestión, Emmett. ¿Qué hay tan terrible en ti que hace que Alice tenga que sentirse avergonzada de sus familiares?

Emmett miró fijo a Billy de manera mordaz.

Allora, para empezar, su hermano es un asesino profesional, aunque también un bastardo egoísta. Debí dejarla en Italia. Había otras opciones. No debió terminar en Argel. Es un verdadero infierno, y debí pensarlo mejor antes de arrastrar a mi hermana menor conmigo a ese pozo de sabandijas.

Billy lo miró con aire pensativo. Aunque compartían diez años de amistad, el pasado de Emmett todavía era considerado un tema tabú. Nadie era depositario de los secretos de la Víbora. Había algo que Billy sabía seguro: su soberbio amigo italiano no era inculto.

—Entiendo —cedió—. Pudiste haberte encargado de que se quedara con una familia respetable, pero la querías a tu lado. La amas. Eso me suena razonable. Criarse con extraños, aunque sean respetables, no es siempre la mejor solución, amigo. Creo que escogiste la mejor opción.

—Aprecio tu apoyo, Billy, pero disiento. La privé de una vida mejor. Mi responsabilidad era hacer exactamente lo contrario.

—La chica está felizmente casada. Bien está lo que bien acaba —Sonriendo, Billy echó una bocanada de humo. Con aspecto absolutamente miserable, Dolce tosió ante la nube de humo que se le venía encima.

—Estás ahogando a mi gata, Billy —masculló Emmett—. Apaga eso.

Billy aplastó el cigarro en un cenicero.

—Si mal no recuerdo, se decía que el tal Whitlock estaba comprometido con... ¡Caramba! ¡Tu rubia Venus es la nieta del duque Hale! ¡El consejero personal de la reina Ana y amigo personal de Marlborough!

—Así es —Exhaló Emmett al tiempo que acariciaba afectuosamente la suave piel de la cabeza de Dolce.

—Me sorprendes, Emmett, cuánto te gusta jugar con fuego. El que duerme sobre una mina con una cerilla encendida se puede considerar a salvo al lado tuyo.

—Como siempre, exageras —Emmett le acarició el delicado lomo de Dolce.

Billy miró con ceño.

—Te estás cavando tu propia tumba, amigo mío, una terrible, profunda y oscura tumba. El abuelo pedirá tu cabeza por esto. No puedes retener a una mujer como ella escondida, sola contigo, aquí en tu casa. Ella es del tipo que se supone que tú ni deberías mirar.

Emmett apretó un músculo de la mandíbula en un signo de furia.

—¡Puedo mirarla tanto como yo quiera!

Billy sonrió de manera comprensiva.

—Comprendo por qué disfrutas de su compañía, pero tienes que llevarla de regreso. No necesitas meterte en un problema como éste. Ya tienes suficientes.

—Ella se queda.

Billy sonrió:

—Lo inimaginable ha llegado. ¿Quién lo hubiera dicho...?

Emmett le lanzó una mirada oscura al rostro contento de Billy.

—¿Qué se supone que significa eso?

Billy rió entre dientes.

—Significa, amigo mío, que no te envidio en lo más mínimo. ¡Ya estás involucrado, bribón!¡Estás a punto de sufrir como el resto de nosotros!

Una expresión severa apareció en el rostro de Emmett. Billy estalló en una carcajada.


Perdón la tardanza...

Quiero aclarar un asunto...la historia no es mia, es una adaptación.