Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 16
—Estos son hermosos —Rosalie llamó la atención de Sara señalando un par de zapatillas rojas puntiagudas que estaban expuestas en uno de los puestos. El zoco de Agadir ofrecía una gran variedad de artículos: alfombras, lámparas, especias y hierbas, broches de plata con piedras incrustadas y animales. En uno de los puestos estaban preparando té de menta; en otro fabricaban objetos de cerámica a la vista. Las familias pasaban caminando en grupo, cargando sus burros.
—Las babuchas son bonitas —coincidió Sara—. Deberíamos comprar un par para la pequeña Rachel. ¡Billy! Entrégame la bolsa con monedas y ve a ver la venta de camellos.
Refunfuñando, Billy le entregó un puñado de monedas y se alejó indignado.
Rosalie sintió que una mano le tocaba levemente el hombro.
—¿Te gustan ésas? —le preguntó Emmett.
Ella alzó la vista. La calidez de sus ojos la derritieron. Lo había extrañado. Tremendamente. Pero como la señora lo había rechazado, él había guardado la distancia, sólo que el efecto era como un doloroso vacío que crecía en el interior de ella cada día más. Los aposentos de él quedaban frente a los suyos. Sabía cuándo llegaba, cuándo se iba, cuándo se retiraba a descansar. A veces, entrada la noche, escuchaba el ruido de las botas detenerse frente a su puerta. Acostada en la cama, ella solía escuchar preguntándose qué haría si él iba a buscarla. Jamás lo hizo.
—Te ves hermosa, princesa —le susurró recorriéndola con los ojos de pies a cabeza. Ella llevaba puesto un caftán blanco y una túnica confeccionada en seda teñida de color turquesa. Sus ojos de color aguamarina brillaban por encima del velo transparente turquesa prendido de sus cabellos—. Desafío al sultán de Constantinopla a encontrar a una sola ninfa rubia de ojos rasgados entre su harén entero. Tú eclipsas a todas sus esposas juntas, amore.
Ruborizada, ella bajó la vista. Desde aquella noche en el campamento él había cambiado; su lado severo había desaparecido, y ahora sólo quedaba aquel apuesto italiano que se comportaba con la gracia de un príncipe. Resultaba difícil acostumbrarse a él.
Emmett se dirigió hacia el vendedor.
—Rachid, ¿cuánto por las zapatillas rojas?
Rachid puso un precio y sin pedir rebaja Emmett metió la mano en el bolsillo. Rosalie sonrió. Quizás se veía muy bien que cualquier caballero negociara el precio en el zoco, pero no para un hombre con el porte de un príncipe. Un brillo juguetón iluminó los ojos de ella. Le cerró el puño.
—Una vez un pirata me dijo que uno debe regatear el precio con los vendedores. O si no, ellos se sienten ofendidos.
Una amplia sonrisa apareció en los labios de él.
—Lo hizo, ¿verdad?
—Quizás prefieras ir con Billy a inspeccionar la venta de camellos, ¿eh? Yo estaré bien con Sara.
Se le desvaneció la sonrisa.
—Yo no vine a ver camellos. Vine por ti. Pero no te preocupes. No te molestaré —Inclinó la cabeza oscura y se volvió para marcharse.
Siguiendo un impulso ella lo cogió de la manga de la camisa de batista.
—No me molestas —Ella estaba cansada de la guerra fría que estaba sosteniendo contra él. En el fondo de su corazón lo había perdonado por lo de Victoria.
—Aquí tienes —Le entregó unas monedas en la mano—. Regatea con Rachid el precio por tus zapatillas rojas.
—Gracias —Metió algunas en el bolsillo y le ofreció al vendedor una suma menor. El hombre echó un vistazo a las monedas y meneó la cabeza protestando en voz alta. Emmett rió.
—¿Qué es lo que está diciendo? —le murmuró Rosalie a Emmett al oído.
—Dice que si todos sus clientes fueran tan avaros como tú se iría a la quiebra y que las zapatillas valen al menos el doble.
—¿El doble? —Rosalie levantó una zapatilla roja y metió un dedo—. ¿Ve? Un agujero —Meneó el dedo ante el vendedor asombrado.
—¡Misil mumkin! —Agitó la cabeza y tomó la zapatilla. Después de llenarla con un trozo de suave piel de cabra se la devolvió con una sonrisa afable y confiada. El hueco había desaparecido misteriosamente.
—Está bien —Ella depositó otra moneda en la pila—. Con esto será suficiente.
Poniendo objeciones, el vendedor mostró su túnica sencilla y señaló a los cinco niños forcejeando frente al puesto. Rosalie les sonrió al verles las caras, pero ellos le sacaron la lengua. Emmett comenzó a traducirle las palabras de Rachid. Ella lo interrumpió.
—Entiendo. Es un hombre pobre con cinco niños que alimentar —Una auténtica preocupación le ensombreció los ojos—. Emmett, tal vez deba pagar...
—No creas todo lo que dice. Conozco a Rachid. Es un comerciante exitoso. Continúa.
Las negociaciones continuaron, pero una vez que Rachid se dio cuenta de cuánto se había encariñado ella con las zapatillas rojas, se negaba a ponerle un precio razonable. Ella abandonó el esfuerzo y recogió las monedas.
—Vuestras babuchas son demasiado caras para mi gusto, señor. Buenos días —Y se marchó en busca de Sara.
Emmett apoyó el codo en el mostrador, siguiendo con la mirada la seda turquesa que se alejaba flotando.
—Perdiste, Rachid. Ella es una pequeña comerciante tenaz.
—Es una buena comerciante —Rachid alzó la ceja con curiosidad—. ¿Quieres comprarle las babuchas por tu cuenta, El-Amar, o quieres que la haga regresar?
Emmett le ofreció una sonrisa malvada.
—Hazla regresar.
Rachid se inclinó por encima del mostrador y gritó a todo pulmón:
—¡Pague lo que quiera, Lalla!
Rosalie se detuvo. Al ver su sonrisa brillante, Emmett echó la cabeza atrás y soltó una carcajada. Con aire satisfecho, ella regresó a negociar. Dos monedas adicionales cerraron el trato. Rachid le guiñó un ojo mientras envolvía las zapatillas.
—Es encantadora, El-Amar. Mis felicitaciones.
—Gracias, Rachid —Los dos hombres se estrecharon las manos cálidamente.
Rosalie examinó el rostro de Emmett.
—¡Estabas haciendo trampa!
Emmett parecía sorprendido:
—Io? No, no —Señaló al sonriente vendedor al tiempo que cubriéndose la boca con la mano, le susurraba —: Rachid estaba haciendo trampa.
—¡Los dos hicisteis trampa! —La sonrisa de asombro de ella se convirtió en una carcajada que contagió a los dos hombres—. Jamás volveré a hacer negocios contigo. ¡Ni con vos!
Riendo ahogadamente, Emmett recibió el paquete y la cogió de la mano.
—Andiamo, principessa.(Andando, princesa)Vayamos a por algo de comer. Arrivederci, Rachid! —Saludó al vendedor y se pusieron en marcha.
De la mano, continuaron caminando por la atestada callejuela. Ella estaba animada y seguía sonriendo.
—Gracias por las zapatillas —le dijo radiante.
—Prego. (De nada) —Le aferró la mano. La tregua estaba declarada; de nuevo eran amigos. El parecía igual de contento. Aquel día llevaba los cabellos sueltos que le azotaban los omóplatos, dándole un aspecto de mayor altura, volviéndolo absolutamente irresistible. Una hebra plateada y púrpura adornaba los puños de la camisa, llevaba la letal shabariya amarrada a la cintura, y una pistola con culata plateada enfundada en la parte delantera de los pantalones. Un príncipe pirata. Miró el paquete que cargaba: el regalo para ella. Dejaría pasar los caftanes, pero las babuchas no... Serían el recuerdo de Emmett para el futuro. Ella le ofreció devolverle las monedas. Él parecía divertido—. Guárdalas. De hecho, debí haberte regalado algo bonito hace días. Esta noche lo rectificaré.
—No tienes que darme obsequios, Emmett —Ella no era una mujer mantenida. No era su mujer. Comprarle las graciosas zapatillas rojas era una cosa, pero colmarla de regalos caros de los que los hombres ofrecen a sus amantes era otra bien distinta.
—Quiero hacerlo. Sé que siempre has tenido toda prenda o joya valiosa que las mujeres se mueren por tener, Rose, pero seguramente si me empeño, encontraré alguna pequeña excentricidad que tu abuelo aún no te haya regalado.
Ella se topó con una mirada seria. Amablemente, le dijo:
—No soy una persona difícil de complacer, Emmett, pero creo que deberías guardar tus obsequios para otras más... agradecidas que yo.
Un músculo palpitó en la mandíbula masculina. Él entendió.
—Tengo hambre —dijo después de un momento, irradiando de nuevo buen humor e ímpetu—. Veamos si encontramos algo interesante para hacer trabajar las mandíbulas.
Un brusco movimiento de la muchedumbre captó la atención de Rosalie. Un chico flaco y huesudo, de unos diez años, robó una sandía de un concurrido puesto de frutas. Logró avanzar dos pasos antes de que la gran fruta se deslizara de sus esqueléticos brazos y se estrellara contra el suelo, echando jugo, pepitas negras y pulposos trozos rojos. Surgió un alboroto. El vendedor se percató del robo, reunió a sus colegas y comenzaron la persecución del muchacho. Parados junto al pozo de agua del pueblo, Rosalie y Emmett siguieron la escena ávidamente. Los vendedores furiosos atraparon al muchacho y lo arrastraron hasta una plataforma de piedra.
—¿Qué le harán? —preguntó Rosalie con aprensión.
—Lo que les hacen a los ladrones. Le cortarán la mano.
—¿Le cortarán la mano?—Le aferró el brazo—. Emmett, tienes que hacer algo. Ayúdalo.
El muchacho gritaba mientras uno de los hombres lo reprimía y el otro le envolvía una cuerda alrededor de la muñeca. Le sujetaban la mano al borde de la piedra, colocándola para cortársela. Aterrorizada, Rosalie miró fijamente la pequeña mano temblorosa con la cuerda tensa.
—¡Emmett! —Le hundió las uñas en los duros músculos del brazo—. Haz algo. Por favor.
—Todavía no —dijo con una calma exasperante.
Ella le lanzó una mirada:
—¿Estás esperando que el cuchillo esté desafilado o que el muchacho se salve por su cuenta?
—Eso sería preferible. De todos modos, primero el muchacho tiene que aprender la lección.
—¿Y qué lección es esa? ¿Qué robar está mal? ¿Cómo puedes ser tan hipócrita?
—La lección es que la próxima vez no se deje atrapar —Se apartó de su lado, desapareciendo entre el gentío.
En puntillas, ella avanzó derecha hacia la muchedumbre reunida, intentando ofrecer las monedas que tenía por la mano del muchacho. El hombre con bigotes que sujetaba la cuerda empuñaba un enorme cuchillo de carnicero.
—¡No! —gritó ella, empujando desesperadamente hacia delante. Alguien la empujó a ella y cayó. Se dio con rodillas y manos en el adoquinado un instante antes de que el cuchillo diera contra el borde de la piedra, disparando chinitas en todas direcciones. Ella se preparó para hacer frente a la terrible imagen de una mano mutilada.
La pequeña mano no había sido cortada. El muchacho había desaparecido. Estalló un alboroto. La gente gritaba, buscando al muchacho por todas partes, pero no había ni rastro de él. Rosalie respiró aliviada.
—Vamos —Emmett la cogió fuerte de la mano. Tenía al escuálido ladrón escondido, subido a los hombros. Se abrieron paso entre la marea de gente hasta llegar a un callejón aislado. Emmett bajó al muchacho de sus hombros. Le dio varias monedas y con una palmada en la cabeza lo mandó a seguir su camino. El muchacho le lanzó una alegre sonrisa, con los ojos negros encendidos y con expresión de respeto, y luego se marchó corriendo a toda velocidad.
Asombrada, Rosalie miró al pirata de cabellos negros que tenía al lado:
—Lo has salvado.
Él le deslizó una mirada desganada.
—Entonces no soy el malvado bastardo que tú crees, ¿o es que lentamente me voy transformando en alguien de tu agrado?
Ella ocultó las manos magulladas, no muy segura de cómo disculparse. Él se las tomó con delicadeza y examinó las heridas.
—Hay que lavarlas con agua fría —dijo—. Regresemos al pozo.
—Lo que hiciste por el muchacho fue de lo más bondadoso. Gracias —Siguiendo un impulso, se puso de puntillas, se levantó el velo y le rozó los labios. Emmett contuvo la respiración. Se acercó más para prolongar el contacto con la boca pero ella se retiró. Sin querer encontrarse con su mirada, comenzó a caminar con el corazón latiéndole salvajemente. Él la alcanzó y continuaron caminando juntos en silencio.
Al llegar al pozo, Emmett insistió en enjuagarle las manos. El suave contacto a ella le recordaba cuánto lo había deseado. Echó una mirada de reojo a su perfil ceñudo.
—Ese ladronzuelo tuvo mucha suerte de que hoy te encontraras en el zoco. ¿Crees que ha aprendido la lección?
Emmett le examinó las manos. Limpias, las heridas parecían menos serias.
—Mañana no despertará pensando que el mundo es un sitio agradable. Debe aprender a sobrevivir. Tiene que experimentar el miedo para protegerse mejor en el futuro, para evitar errores y estar siempre preparado.
Él hablaba desde su propia experiencia, la que le había dado la dura escuela de la vida, concluyó ella. Para él, el mundo era un sitio difícil y desagradable donde sólo prevalecían los fuertes. Ella recordaba la historia que le había contado en Argel de cuando había robado una naranja.
—Alguna vez te encontraste en el mismo aprieto, ¿verdad? Sabías el terror que el muchacho estaba sintiendo.
—Cuando era niño, yo no tenía ni idea de que en el mundo existía el hambre.
Rosalie parpadeó. Él constantemente confirmaba las sospechas de ella respecto de sus orígenes, ¿pero quién era que había vivido una infancia tan protegida, tan fuera de lo común?
—Hasta que te sucedió cuando eras un poco más mayor. De algún modo aún te sucede.
Emmett se detuvo. Su aire era terriblemente serio.
—¿De qué estás hablando?
Ella tuvo la leve sensación de que él estaba pensando en un incidente distinto.
—Me contaste que una vez te atraparon en Argel robando una naranja y que intentaron cortarte la mano.
—Ah, eso. Cuando me atraparon robando esa naranja yo tenía una daga en el fajín. Pasé largo rato lamentando mi mala suerte hasta que se me ocurrió cortar la cuerda.
—¿Por qué te fuiste de Italia, Emmett? Seguramente tu vida allí no habría sido mucho peor que la difícil vida que estas personas tienen que soportar.
—¿Piensas que la vida en Italia es fácil porque es un país rico? Yo envidio a esta gente, amore. Son personas alegres con necesidades sencillas y vidas simples. Todos deberíamos ser así de dichosos.
—¿Tu vida no era simple donde creciste?
—¿Simple? —Sonrió él socarronamente—. De donde yo vengo, la guerra es un negocio y un estilo de vida. Aguarda aquí. Regresaré en un momento —Ella vio cómo su ancha espalda desaparecía entre el opulento puesto de frutas, aunque en su imaginación veía guerreros galopando, pueblos en llamas, hordas barbáricas invadiendo Roma. Él no podía haberse estado refiriendo a eso. Estaba hablando de la historia más reciente de Italia: ambición, traición, avaricia; las luchas internas resueltas con afiladas espadas. ¿Qué papel habría jugado Emmett en un país de tan sangriento pasado? Pensó en los emblemas y supo que tenían algo que ver con Milán.
Emmett volvió a aparecer con un melón maduro.
—Busquemos un rincón más tranquilo, ¿quieres?
Doblaron por un callejón pintado de blanco y se sentaron en un tramo de escaleras. Emmett partió la gran fruta sobre las rodillas, quitó las semillas y le ofreció la mitad a Rosalie. Ella se quitó el velo e intentó excavar la jugosa pulpa. Él simplemente enterró la nariz y clavó los dientes. El jugo perfumado le chorreó por el mentón y se le escurrió por el cuello. Ella sonrió al verle la cara embadurnada.
—Tu técnica es inspiradora —comentó divertida.
Los ojos de él echaban chispas.
—¡Come! Así yo también puedo reírme a costa tuya.
—¡A la orden, capitán! —Sumergió la cara en el hueco dulce y devoró un bocado fresco y meloso.
—Tú te ves mucho mejor —comentó Emmett, haciéndola atragantarse de la risa—. ¿Me perdonas?
Se le esfumó la risa.
—¿Por Victoria?
—No pude ni tocarla aquella condenada noche que fuimos al campamento. La llevé a la tienda y me marché. Pregúntale a Billy. Él estaba allí. Me entretuvo como una hora, sermoneándome con los beneficios de tener esposa.
A ella se le aceleró el pulso abruptamente. Él no había podido tocar a Victoria.
—Te perdono.
El rostro de él, que chorreaba jugo, se iluminó.
—Gracias. Ahora háblame sobre Dellamore. Háblame sobre tu hogar. Quiero saber —Una auténtica curiosidad le brillaba en los ojos.
—Bueno, debo decir que es más bien aburrido. La mansión Dellamore es una construcción gótica, rodeada de colinas y bosques. Hay un estanque con peces donde suelo nadar en verano.
—Continúa —le insistió él mientras le quitaba una semilla amarilla de la punta de la nariz.
Ella frunció el ceño encontrando desconcertante aquel interés suyo.
—El invierno pasado tuvimos cazadores furtivos de faisán, pero el alguacil les cayó encima y ahora esos delincuentes andan cazando ratas en prisión.
Él se hizo el aliviado.
—Bendito sea el buen alguacil.
—No bromees —le palmeó el brazo de manera juguetona—. Aún tengo que hablarte de nuestra enorme biblioteca.
—¡Aja! —Rió él ampliamente—. La famosa biblioteca. Ingleses incisivos y filósofos griegos.
—Y algún que otro poeta romano... —Frunció los labios con aire pensativo.
—¡Nuestro amigo Ovidio! ¡Ninguna biblioteca está completa sin un romano interesante! —rió él.
—¿Existe tal cosa: un romano interesante? —preguntó ella con toda seriedad. A modo de represalia, él le apretó el melón en la cara. Ella rió efusivamente—. Háblame de tu hogar.
Su expresión se tornó hermética.
—Mi hogar ya no existe.
Ella indagó aquellos ojos azul profundo como el mar, preguntándose qué demonios los habitaban.
—Por favor.
Él suspiró:
—No hay nada que contar. Este humilde siervo alguna vez tuvo aldea y ahora ya no existe.
—Emmett—Cerró los dedos delicadamente en su muñeca—. Cuéntame algo sobre tu hogar.
Él le miró la mano.
—La tierra que alguna vez fue mi hogar engulló la sangre y el alma de aquellos a los que amé junto con todo lo que importaba. Mary Alice es lo único que me queda de todo aquello.
Ella sentía con tanta fuerza aquel dolor enterrado en él que la tristeza brotó en su corazón.
—¿Ese es el motivo por el que tienes la casa vacía? ¿Porque no puede reemplazar el hogar que perdiste?
Una mirada vulnerable y desconcertada se le grabó en los ojos.
—Sí.
—Sin duda viviste intensa y plenamente, como si el mañana no existiera —Ella sintió una repentina necesidad de abrazarlo y ofrecerle todo el consuelo posible. Se acercó más y le besó los labios. Él permaneció inmóvil cual estatua y en silencio se rindió ante el beso. Entonces ella le rodeó el cuello y le pidió en un susurro.
—Bésame —Sólo entonces Emmett respondió.
Alguien golpeó la puerta. Rosalie supo que no era Sara. Sus largas uñas golpeaban ligeramente. Tampoco era el discreto rasguño de Mustafá. Aquel golpe particular sonaba como una categórica orden de abrir portones y rendirse. Ella abrió la puerta.
—Buonasera —la saludó Emmett con sencillez, con el antebrazo apoyado en la viga dorada. No había nada indiferente en el modo en que la miraba—. ¿Puedo entrar?
—Cl... Claro —Rosalie retrocedió para dejarle pasar. Emmett se enderezó y entró. Vestido de manera inmaculada con una camisa de lino blanca deslumbrante y pantalones negros, deambuló por el cuarto. No había ni un rastro de color púrpura en todo aquel impactante aspecto.
Ella siguió con la mirada su silueta alta y morena mientras él recorría la alcoba. Apoyó el hombro en uno de los postes de bronce de la cama.
—Un palacio blanco para la blanca princesa —Los radiantes ojos azules recorrieron la cama y luego se toparon con la mirada de ella—. Me abandonarás dentro dos días. Sólo faltan dos noches para partir.
Ella asintió con la cabeza, incapaz de emitir sonido. ¿Cómo podía abandonarlo? Ella estaba enamorada de él.
—Entonces no puedes marcharte sin esto —Sacó una mano del bolsillo y le enseñó ese algo rojo que le faltaba a su atuendo. Extendió la mano para que ella lo viera.
—Mis amatistas —Ella lo miró consternada. Él estaba borrando aquella horrible noche en el camarote. Tenía ganas de decirle que se quedara con las joyas, el vestido, todo lo que fuera para recordarla.
Sobrecogido por las lágrimas de ella, Emmett dijo:
—Jamás fue mi intención robarte tus joyas, Rosalie. Sólo las tomé porque no quería que nadie las robara. Siempre fueron tuyas. Y... también tengo aquí el resto de tus efectos personales. Te los haré subir mañana a primera hora.
—¿Mis efectos personales? —murmuró ella, demasiado turbada para entender lo que había querido decirle.
—Riley trajo los arcones a Tortuga —le explicó—. Tu criada lo ayudó.
—¿Trajiste todas mis cosas hasta aquí? ¿Por qué no me lo dijiste? Además, Jasper habría...
—Whitlock no es nada tuyo, sólo un conocido —le dijo Emmett con tono cortante.
—El hecho de enviar mis cosas a casa no habría puesto en riesgo su matrimonio con tu hermana, Emmett. Y tú no eres lo que yo llamaría un amigo íntimo.
Los ojos de él brillaron de rabia.
—¿Tú misma te pusiste en mis manos y te preocupan tus vestidos?
—No estoy preocupada por mis vestidos. Sino por tus motivos. Dime la verdad.
—Va bene, la verdad. Quería que te sintieras libre de viajar a donde quisieras. Y no quise decírtelo para no alarmarte. Pensabas que yo era un pirata, si mal no recuerdas.
—Aún lo pienso.
—No es así. Sabes que no he practicado la piratería desde que me alejé de Jacob, y aun cuando lo hacía, saquear el ajuar de una dama jamás fue mi estilo. Para tu información —la expresión de él se tornó cínica—, cuando Jacob se enteró de que era experto en guerra siempre me enviaba tras los buques de marina. Yo era lo que se diría su perro de presa, al que envían donde a nadie le interesa ir.
La severidad de esa mirada a ella la llenó de compasión.
—¿Y cómo hiciste tu fortuna?
—Nada admirable. Como bien sabes, España y Francia no siempre han estado en los mejores términos, y como tengo cuentas personales que saldar con ambos lados, negocié el armamento de saqueo con ambos. En otro tiempo me resultaba divertido. Pero me aburrí de eso hace ocho años.
—Y entonces te alejaste de Jacob.
—También me aburrí de él.
—Tenías dieciséis años cuando llegaste a Argel. ¿Qué tipo de cuentas personales podría tener un muchacho que saldar con grandes potencias como Francia y España?
Su mirada se tornó fría.
—Cuentas personales.
Un escalofrío le subió por la espalda. Un sarcófago era menos misterioso que aquel hombre que a los dieciséis años ya tenía formación bélica y de arquitectura, con venganzas privadas que saldar con imperios y con escudos pertenecientes a la realeza de Milán colgados en cada rincón.
Se acercó y le ofreció las joyas.
—La princesa que vi en Versalles usaba joyas de color púrpura para complementar su belleza. ¿Me permites? —le preguntó con voz ronca.
Rosalie se dio la vuelta y se retiró la larga cabellera de la nuca. Él le rodeó el cuello y le colocó la fría gargantilla sobre la clavícula. Ella sentía los dedos cálidos y suaves, aunque el contacto la quemaba. Cerró los ojos y disfrutó de la caricia mientras le abrochaba los dos extremos. La gargantilla parecía ajena a su piel, como si los diamantes y las amatistas en forma de pera le pertenecieran a una mujer de otro mundo: a alguien que no hubiera conocido Argel, que no se hubiera bañado en el estanque del desierto, y cuyo corazón fuera libre. Sin embargo, ella ya no era una mujer, sonrió. Era una ninfa.
Unos labios cálidos le rozaron la nuca.
—Antes yo... no fui del todo sincero —admitió de modo abrupto—. Recogí todos tus arcones porque yo... quería que vinieras conmigo.
Rosalie se volvió.
—¿De veras?
Él bajó la vista.
—Préstame la muñeca —Mientras le abrochaba el brazalete ella tuvo la imagen fugaz de estar parada frente a él vestida sólo con las joyas.
La cerró con un ruido y le entregó los pendientes que hacían juego.
—Estaba equivocado —suspiró—, la princesa no necesita de piedras preciosas para realzar su belleza. Resplandece vestida sólo con los rayos del sol.
—¡Buenas noches! —exclamó Billy cuando Emmett ubicó a Rosalie en el diván con los almohadones formando una curva alrededor de la mesa. El pabellón resplandecía con la luz de las velas. La suave brisa soplaba desde el mar—. Estábamos comenzando a perder las esperanzas con vosotros dos... ¡Ay! —Le lanzó una mirada feroz a la esposa—. ¿Y eso por qué ha sido?
—Disculpa, querido. ¿Te he dado una patada? —preguntó Sara con tono inocente—. Qué torpe de mi parte.
—Este vino proviene del sudeste de Ancona —Emmett descorchó una botella verde y les sirvió a sus amigos—. Lleva ciento cincuenta años de añejado y tiene un ingrediente secreto.
Rosalie siguió la suave danza de luces y sombras que se le formaba en el rostro mientras le ofrecía una copa. Un inglés dudaría de llamar "civilizado" a Emmett, pero en su estilo italiano, él era la personificación del aplomo y la sofisticación y cada uno de sus matices a ella le hacían tamborilear el corazón.
—¿Cuál es ese ingrediente?
Sus ojos brillaron intensamente.
—Si tienes papilas gustativas sensibles, deberías ser capaz de identificarlo.
—Qué desafío —Ella sonrió misteriosamente y sorbió el elixir rojo, paladeándolo lentamente—. Tiene un dulzor inconfundible, pero también un sabor amargo... como de bosques verdes y bayas salvajes recogidas después de la lluvia... ¡frambuesa! —se arriesgó a adivinar al tiempo que se lamía con delicadeza una gota del labio.
—Acertaste. Es frambuesa —Posó la vista en los labios satinados, transmitiéndole sus pensamientos con aguda presteza. Ya no era el vino, sino el persistente sabor de la boca de él lo que a ella le empañaba la razón: un afrodisíaco bastante superior al merlot o a las frambuesas.
Billy y Sara intercambiaron miradas. Decidido a despejar las intensas indirectas que volvían denso el ambiente, Billy aclaró la garganta.
—Propongo un brindis en honor a mi cocinero favorito: ¡por Antonio!
La distracción logró hacer reír a todos, salvo Sara, que suspiró.
Se sirvió la cena. El plato principal era mechoui: un cordero asado a fuego lento, que se deshacía de tierno, servido con un tradicional cuscús, que era la indiscutida obra maestra de Antonio: una sopa picante de verduras sobre un colchón de granos de sémola. Aunque estaba ansiosa por probar el plato, Rosalie pronto descubrió lo trabajoso que era comer el cuscús. Los granos se caían del tenedor antes de llegar a la boca. La salsa se le escurría por las mangas. Resolvió estudiar a Emmett en secreto. Sus dedos cogieron un montón de granos y lo presionó ligeramente hasta formar una bola. Estaba a punto de meterla en la boca cuando la descubrió mirándolo detenidamente. Sonriendo, se deslizó por todo el largo del diván con forma curvada y le pidió en un susurro:
—Abre la boca.
Ella echó una mirada hacía los acompañantes de la cena. Billy estaba devorando unos kebabs calientes ante la evidente exasperación de Sara.
—Estamos haciendo el ridículo —lo sermoneó en un susurro.
Él le trazó el contorno de la boca con un dedo.
—Abre la boca para mí, amore.
Ella separó los labios. Se decepcionó un poco cuando en lugar de un beso saboreó los granos salados. Le limpió un grano del labio y se volvió a deslizar hasta su lugar. Ella cerró los ojos. De repente, dos noches completas parecían terriblemente largas. El hecho de que él se le acercara ya no representaba la peor maldad, sino más bien que ella quisiera acercarse a él, dormir en su cama y trepársele por todo el cuerpo.
Sara se acercó más:
—Ten cuidado, querida. Las he visto venir y las he visto irse. No sigas el triste camino de tantas que han caído en desgracia. Él debe entregarse antes que tú.
Abochornada por su transparencia, Rosalie le preguntó en un susurro:
—¿Y entonces qué debo hacer?
—Nada. Los hombres son cazadores innatos. Si les facilitas la cacería pierden interés. No obstante, es muy importante evaluar con precisión la habilidad de tu cazador. Los pececitos se alimentan de migajas. El tuyo es un depredador pura sangre. Ofrécele una caza digna para que ejercite sus habilidades depredadoras.
Rosalie le lanzó una mirada a Emmett. Él no era simplemente un depredador, sino un glorioso depredador de ojos azules, y ella no tenía deseos de sufrir la triste suerte de una migaja.
—¿Qué tipo de depredador era Billy?
Sara sonrió.
—Uno tortuoso. Nos presentaron cuando fue a visitar a los parientes de su madre en Marrakech. Su padre era el contable de un conde inglés. No vi motivos para rechazar sus atenciones. Me hacía reír, me traía obsequios extravagantes y se convirtió en mi mejor amigo. Para cuando se declaró, yo ya estaba locamente enamorada y comiendo de su mano.
—Suena romántico —Lamentablemente, Emmett no la dejaba acercarse lo suficiente para ser su amiga. Sólo sus ojos le hablaban en un idioma que ella entendía a medias—. ¿Cómo es que ellos se hicieron tan amigos?
—Hace diez años se conocieron en Argel —susurró Sara—. El-Amar estaba en busca de un comerciante honesto para exportar su mercadería. No confiaba en sus socios argelinos. Billy hablaba ladino y tenía contactos en España. Era perfecto como socio. El-Amar era joven, arriesgado y volátil. Los rais estaban aterrorizados con él. Se afirmaba que él no temía ni confiaba en nadie, y que era capaz de ejecutar hasta a uno de los suyos ante la sospecha de una traición. Confieso que al principio yo estaba firmemente en contra de la sociedad, pero Billy me aseguró que el corazón de El-Amar estaba en el lugar correcto. Cuando conocí a Alice comprendí lo que me había querido decir. Los veinte años de diferencia entre ellos no les impidió hacerse amigos rápidamente. Más tarde, cuando Mulay Ismail, el sultán de Marruecos, le otorgó a El-Amar el dominio de las minas reales de Agadir, Billy exportó la materia prima fuera de Medina. Ambos se hicieron muy ricos.
—¿Por qué razón el sultán de Marruecos le cedió sus minas a Emmett? —preguntó Rosalie.
—Por una serie de razones. Billy afirma que El-Amar es un favorito del rey de Francia y que al sultán le servía de mendoub, ocasional embajador de la corte de Francia. Gracias a él, sobrevino una relación de amistad y respeto entre ambas naciones.
Rosalie estaba impresionada, aunque no del todo sorprendida.
—La mejor anécdota que cuenta Billy es que, gracias a sus contactos en Argelia, El-Amar impidió un complot para asesinar al sultán. No es un ángel, querida mía, pero es mejor de lo que piensas.
—Escuchemos un poco de música —sugirió Emmett. Llamó a uno de los guardias. El joven se sentó en un banco, afinó la guitarra y comenzó a cantar una dulce canción de amor en italiano.
Rosalie bebió el vino y dejó que la melodiosa voz del guardia trascendiera de sus pensamientos a las estrellas, las naranjas y los besos a la luz de la luna. Inevitablemente, desvió la vista hacia Emmett. Él la miraba fijamente, sin ocultar nada: un deseo absoluto que parecía fluir desde lo más profundo de su alma se manifestó en su expresión.
Al terminar la canción, Billy roncaba ruidosamente. Sara le dio un codazo en la barriga.
—Billy, el postre.
—¿Qué? Ah. No importa. Tengo demasiado sueño —Ayudó a levantarse a Sara, ignorando sus quejas.
—Buenas noches —dijo Rosalie. En general, se retiraba con ellos, pero esa noche quería quedarse un poco más con Emmett. La encantadora pareja se encaminó del brazo rumbo a la casa.
Cuando estuvieron lejos de los oídos, Sara siseó:
—¿Y qué fue eso, chacal?
—El muchacho necesita ayuda, o jamás lo hará bien. Así que pensé en echarle una mano.
—Si crees que se declarará por coordinarle un encuentro perfecto, no conoces a tu socio ni una pizca. Agotará todos los trucos para evitar la boda antes de la cama. Sólo espero que Rosalie resista. Está completamente enamorada de él, ¿sabes?
—La cabeza de Emmett tampoco está exactamente en su sitio —dijo Billy con un gruñido.
—Sé perfectamente en qué está pensando.
Billy la miró de reojo:
—Espero que no le hayas enseñado ninguno de tus trucos pendencieros.
—Déjame enseñarte un truco pendenciero. ¡Esta noche duermes solo! —Ella se adelantó marcando el paso enérgicamente.
Emergiendo de entre las penumbras hacia la bruma dorada que proyectaba la lámpara de la mesa, Emmett le volvió a llenar la copa de vino.
—Pareces disfrutar de la compañía de Sara —le comentó.
—Sí, la disfruto. Ella es maravillosa —Rosalie sonrió y cogió la copa. Sentía que el calor del vino que había bebido durante la cena fluía por sus venas, aflojándole la tensión.
—Coincido. Entonces —agitó el líquido rojo que había en su copa—, ¿sería atrevido por mi parte decir que el hecho de haber cambiado de opinión con respecto a quedarte una semana no fue mala idea?
Ella bebió un sorbo de vino.
—Disfruté la semana.
—Entonces, quédate otra.
Lo miró a los ojos. Él estaba absolutamente serio ante la sugerencia.
—¿Sola contigo?
—Sola conmigo.
Ambos sabían exactamente lo que sucedería si ella se quedaba en Agadir sola con él.
Emmett dejó a un lado la copa de vino y se acercó más.
—Quédate conmigo porque quieres, Rose, porque me deseas, y yo a ti. Terminemos con esta agonía, amore.
El calor del deseo fluyó entre ambos, un calor vivo tan intenso como un imán. Ella soltó un suspiro tembloroso.
—Yo no soy la cortesana que creíste ver en Versalles, Emmett. No puedo ser tuya y luego de otros. Perteneceré a un solo hombre por el resto de mi vida. Si me quedo un poco más aquí, mi vida acabará, pero si me marcho, la tuya no acabará. ¿Y entonces, quién crees que tiene más que perder?
—Ambos perdemos lo mismo —respondió él con calma, buscándole los ojos—. ¿De qué crees que estoy hecho? ¿De veras crees que nada me perturba? ¿Que una vez que te marches saltaré encima de la primera enagua que pase? Crees que este humilde siervo está totalmente privado de sentimientos.
Ella le acarició la mejilla, muerta por él.
—Si lo creyera, no me resultaría difícil.
El cálido aliento a vino precedió a la ardiente embestida de su boca. La abrazó con fuerza, atrayéndola con besos prolongados y apasionados. Ella no combatió las llamas, dejó que el lento ardor la devastara. Tal vez si estaba más allá de la razón, la elección estaría fuera de su alcance...
—Ven a mi cama esta noche —él respiraba con dificultad—. Estoy loco de deseo.
Ella cerró los ojos y frotó la mejilla contra la de él. Quería deshacerle la coleta y hundir los dedos entre los sedosos cabellos. Quería susurrarle al oído que lo amaba. Quería entregarse a él ahí mismo, bajo la tenue luz del pabellón con vistas a un rugiente mar oscuro. Pero no podía. Sería un error por el que pagaría el resto de su vida.
—No me odies por decir que no —le rogó dulcemente—, porque a pesar de tus facetas complicadas y de tus oscuros secretos, tú eres el hombre que quiero. Te extrañaré más de lo que jamás puedas imaginar...
Ella sintió cómo él se iba poniendo tenso contra su cuerpo.
—Lamentablemente suena como un ultimátum, Rosalie.
Ella echó la cabeza atrás y le buscó los ojos.
—Me estás pidiendo que abandone todo por ti, pero ni siquiera me dices tu verdadero nombre. Dices tener sentimientos, pero no me dices cómo te sientes. Quieres una compañera de alcoba sumisa y fácil, Emmett, alguien que jamás se entrometa en tus asuntos ni en tu pasado, y para eso tienes a otras. No necesitas que yo ocupe su lugar.
—¡Si no estuvieras tan ocupada contabilizando mis errores todo el tiempo, hace semanas te hubieras dado cuenta de que a la única mujer que deseo es a ti, Rose!
—Pruébalo —le susurró ella con vehemencia—, pues prefiero extrañarte a terminar odiándote.
La frustración y la rabia se debatían en el rostro de él. Comprendía lo que ella pretendía de él, pero parecía incapaz de entregárselo. Se puso de pie:
—¿Quieres marcharte? Márchate. Estoy seguro de que la excelente aristocracia hará cola para verte regresar a Inglaterra intacta. Encontrarás al hombre de tu vida, sin tantos defectos, y que te trate mejor que a una cortigiana, como ante mi más profundo pesar, piensas que yo te traté. Te deseo lo mejor.
Ella lo observó alejarse con los ojos inundados de lágrimas.
Perdón la tardanza, perdón...
Espero que sigan leyendo esta adaptación, gracias de antemano. Espero les guste y si quieren dejen un comentario...Si no quieren igual comenten ;)
