Mi Pirata Malvado
(Adaptación)
Capítulo 17
Capítulo 17
—Caballo a B-6. Jaque. ¡Y despídete de tu reina! —Billy levantó un caballo de marfil con un ademán exagerado y derribó la escultura negra de la reina—. Tu turno —le informó al pagano sin camisa, descalzo y sin afeitar que tenía sentado enfrente, bajo la moteada sombra del olivo. La suerte de Emmett en el juego combinaba con el color de sus piezas de ajedrez y con su estado de ánimo.
—¡Este maldito juego de estrategia! —exclamó malhumorado y se pasó los dedos por la larga melena espesa. Se inclinó hacia delante, con las manos sobre las rodillas y trató de concentrarse.
Sonriendo, Billy se metió un humeante cigarro entre los dientes.
—Dices eso sólo porque estás perdiendo, huboob. Ya era hora de que me retribuyeras todos los juegos que perdí contigo esta semana.
—Cállate, Billt. Déjame pensar —Emmett se frotó enérgicamente la mandíbula áspera por la barba, clavando la vista en el tablero de ajedrez. La derrota amenazaba, el rey negro azabache estaba acorralado.
—Hoy estás de un humor terrible. ¿Tiene algo que ver con nuestra Venus rubia cautiva en su torre de marfil?
—No lo había notado.
Billy carraspeó ruidosamente. Caramba, su conspiración de la noche anterior había fracasado. La bella y la bestia estaban más peleados que nunca.
—Recuerdas que mañana nos marchamos, ¿no? Los tres.
Emmett no se molestó en levantar la vista del tablero.
—Yo también me marcharé pronto.
—De modo que ella seguirá su camino y tú el tuyo.
—Así parece.
Billy se inclinó un poco más y le preguntó con discreción:
—¿Por qué estás renunciando a ella?
—¡Cállate, Billy! —gritó Emmett y golpeó ruidosamente el puño en el tablero, desparramando las piezas. Se puso de pie y se fue a parar junto a la baranda que daba al mar. Turquesa y dorada, la espléndida vista lo invitaba a ocuparse del asunto en cuestión. Sin embargo, Billy no tenía duda de que Rosalie habitaba la cabeza de Emmett sin la ayuda del paisaje. El hombre se estaba transformando en una miserable ruina.
—Por Dios, hombre. ¿Qué es lo que te sucede? ¿Qué te resulta tan difícil?
Los músculos se tensaron en aquella espalda ancha y bronceada, pero no se oyó ni una palabra.
—Estás enamorado de ella. Cásate con ella.
Silencio. Billy casi esperaba que él arrancara la barandilla de las bisagras y se la arrojara con la fuerza de una feroz tempestad. En cambio, Emmett se dio la vuelta y lo miró con una calma espeluznante.
—Ardería diez veces en el infierno antes de hacerlo —pronunció despacio y fríamente, con los ojos como piedras preciosas hirviendo a fuego lento.
—Sin embargo, cuanto más te rechaza más la deseas. Esto no se te va a pasar, lo sabes. Si dejas que se marche, te maldecirás por ser un completo imbécil —Se levantó de un impulso y se unió a Emmett junto a la baranda. Su joven amigo estaba ante la extrema necesidad de una conversación íntima—. Sé que no es la insaciable lujuria por las mujeres lo que te quita las ganas de formar un verdadero hogar, Emmett, pero vivir con demonios por el resto de tu vida es un infierno que tú mismo creaste. Seguramente, una cosita dulce que apriete su cuerpo contra el tuyo en la noche y te sonría en la mañana pueda ayudar a aliviar los tormentos del pasado. Bueno, no es que le reste importancia a la carga de responsabilidad que significa ocuparse de atender una esposa e hijos, pero esa es la esencia de la vida, amigo mío. ¿Dónde estaría yo hoy si no tuviera a Sara? Sería un viejo amargado. ¿Por qué habrías de desear eso para ti?
Emmett bajó la vista.
—Lo que tú y Sara tenéis es especial. Pocos son bendecidos como vosotros dos.
—Tú puedes tenerlo con Rosalie. Ella es dueña de una belleza inusual, de cuerpo y alma. Y lo niegues o no, entre vosotros existe un lazo especial. Podría ser el comienzo de algo para toda la vida. ¿Qué más podría uno pedir?
—Ella está a punto de marcharse.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
Emmett le lanzó una mirada hostil.
—¿Por qué querría yo a una aristócrata entrometida y remilgada que se cree capaz de dominarme?
Billy rió entre dientes.
—En tu caso, yo diría que eso es lo que tú sientes. Como lo deseas tanto, harías lo que sea por complacerla. En mi caso... bueno, anoche pensé en divorciarme de la arpía de mi mujer, pero en cuanto tuve a aquella delicia entre mis brazos...
—Ahórramelo —suspiró Emmett—. Además, tengo asuntos muy urgentes que atender. Esta guerra no está ni cerca de concluir. Luis está echando más hombres al campo. Marlborough está en apuros en los Países Bajos por la falta de hombres y dinero. Saboya está contraatacando a Vendôme en el norte de Italia, tratando de unirse a su otro primo, el duque Victor Amadeo en Turín.
Billy se agitó.
—¿Quieres decir que Saboya es también primo de Vendôme?
—Sí —Emmett esbozó una sonrisa torcida e irónica—. Pero relájate, que es leal a tus Fuerzas Aliadas. Desafortunadamente, muy poco es lo que puede hacer, ya que... Milán ahora está bajo absoluto dominio francés.
Billy le lanzó a su alto amigo una mirada penetrante.
—¿Y entonces cuándo te unirás tú a Saboya para liberar Milán?
Emmett se puso rígido, luego volvió a estallar:
—¿Ya mí qué me importa Milán? ¡Yo debo regresar a alta mar! —Se alejó bruscamente de la baranda, cogió un caballo negro de la pieza de ajedrez y se lo arrojó a Dolce para que lo atrapara.
Billy lo persiguió.
—¿Y a mí qué me importa Sión? ¿Qué me importa Tierra Santa? La llevo en la sangre. ¡De eso se trata!
—Yo no tengo nada en la sangre —masculló Emmett con furia—, pero si Luis gana esta guerra, todos terminaremos siendo sus vasallos, rindiéndole honores por el resto de nuestras vidas.
Billy le clavó su mirada a Emmett de manera lapidaría.
—Antes de salir a salvar el mundo, amigo mío, ¿por qué no te salvas primero tú mismo?
El sol se estaba hundiendo, y también el corazón de ella. Estaba a punto de irse al día siguiente con la marea vespertina. De pie en el balcón, Rosalie contemplaba el cielo tiñéndose de color carmesí y luchó con las lágrimas que amenazaban con brotar. Sin embargo, su corazón lloraba por él, por ella, por lo que podía haber sido... si tan sólo él le diera un solo motivo para quedarse, alguna señal, algo más allá del deseo, algo que le saliera desde el alma...
Alguien rascó la puerta.
—¡Entra, Seth! —gritó ella y entró.
Seth lucía amargo como el vinagre. Cualquiera hubiera pensado que había asesinado a su familia entera. Así que ella estaba abandonando a su amo. Aunque no fuera del todo su elección.
—Buenas noches, milady. Me temo que uno de vuestros arcones se extravió en el depósito. ¿Os molestaría acompañarme para identificarlo?
—Vamos —respondió Rosalie y salió con él.
La casa estaba silenciosa cuando serpentearon a través de los oscuros corredores de mármol. Muy probablemente, Billy y Sara estarían cenando con Emmett. A ella se le oprimió el corazón. ¿Y si se quedaba con él? Tal vez él no sentía lo mismo que ella, pero la deseaba apasionadamente. ¿Cuál era exactamente la urgencia de marcharse?
Seth se detuvo al final del último corredor e hizo un gesto señalando una imponente entrada.
—Éste es el depósito —Rosalie lo encontró parecido a la entrada de otro reino—. Dentro está bien iluminado, milady. No tendrá problema en encontrar su arcón extraviado —Empujó y abrió una de las enormes puertas de caoba y ella entró. La puerta se cerró detrás de un golpe y ella pegó un salto, escandalizada por sus modales chocantes. Se dio vuelta para revisar el cuarto y olvidó la razón por la que se encontraba allí.
Apiñados contra enormes pilares de mármol negro e iluminados por unas enormes lámparas de bronce que colgaban del techo, un despliegue de riquezas se exponía ante ella. Lo que Seth describía como un cuarto de cachivaches en realidad era un cuarto que guardaba un tesoro, atestado de alfombras, tapices y hermosos muebles. Había un arsenal con las armas de la más fina fabricación acumuladas, un surtido de relucientes telas de todo tipo de colores, y decenas de cofres llenos de monedas de oro y joyas.
Rosalie pasó junto a los arcones, atraída por la colección de arte exhibida más al fondo de la habitación. Abrió más los ojos al ver un retrato de Caterina McCarty, en el magnífico La virgen y el niño, La virgen de las rocas, El arcángel Miguel y La dama con el armiño: el retrato de una de las célebres amantes del duque McCarty. Una estatua de bronce del mariscal Trivulzio se erguía sobre una cómoda adornada con festones dorados. Al lado, sobre una estructura dorada, había una maqueta del Duomo, la catedral de Milán, que descansaba sobre un sofá lleno de papeles amarillentos de diseño de ingeniería. Si se había atrevido a dudar de la identidad del artista, esas dudas se disiparon una vez que la última obra de arte de la fila captó su atención. El retrato mismo del artista: Leonardo da Vinci.
Si Emmett quisiera, ¡su casa podía estar adornada de punta en blanco! El humilde siervo alguna vez tuvo una aldea que ya no existe ¡Sí, y qué aldea! ¿Quién diablos eres?, exclamó ella, irritada de pies a cabeza. Su vista se detuvo en un rincón aislado. Otro escudo con víboras y águilas grabadas yacía en el suelo contra la pared. Cuando se acercó más para examinarlo, notó que no era tan antiguo como las demás insignias. La víbora no era negra sino azul oscura, el sarraceno devorado rojo rubí. El oro de la corona aún resplandecía. Ella se percató de que ese objeto era nuevo, y en lugar de tener el nombre de un duque, había cuatro letras inscriptas al pie: ET—MY.
—Me sorprendes —la voz grave de Emmett se oyó justo detrás del hombro de ella—. De todas las cosas que hay aquí, tú solo te fijas en un trozo de metal podrido.
A Rosalie casi le da una apoplejía fatal. Se dio vuelta rápido y casi se choca con el pecho masculino desnudo.
—Emmett —Se puso una mano sobre el corazón que le martilleaba aceleradamente—. ¿Qué pretendías con entrar tan sigiloso? Casi me muero del susto.
—Yo no soy el que entró sigiloso a una habitación privada —gruñó él a la defensiva.
—¿Cómo te atreves a acusarme de entrometida? Fue aquel hombre confabulador que trabaja para ti el que me atrajo hasta aquí para buscar mi arcón extraviado —Una operación que obviamente había sido una treta, ¿pero con qué objeto? Ella miró a su alrededor—. ¿Robaste a toda la humanidad para acumular esta... fortuna?
Él apretó los músculos de la mandíbula.
—Te sorprenderás pero en realidad compré la mayoría de las cosas que ves aquí. ¡Y la mayor parte ya me pertenecía antes de comprarla!
—Estás borracho —Ella se apartó de él y del fuerte olor a coñac que emanaba de su piel, cual colonia de mujer de esas que al pasar hacen dar vueltas a la cabeza a cualquiera. No llevaba nada puesto salvo unos pantalones sueltos de seda negra perturbadoramente amarrados muy por debajo de la musculosa línea de la cintura.
—No esperaba encontrarte aquí—confesó ella. ¿Seth habría actuado por su cuenta o habría seguido las ingeniosas órdenes de su amo?
—Ya lo sé —Emmett curvó los labios—. Te vi entrar. Tú no me viste porque estabas demasiado ocupada haciendo un inventario.
Ella no le había sentido porque él había entrado descalzo y sigiloso.
—¿Por qué no estás en la cena?
—¿Por qué no estás tú en la cena? —Los ojos brillaban en aquel rostro severo—. ¿Una noche más conmigo era demasiado para tu estómago?
—No tenía hambre —respondió ella bruscamente—. Y además, ¿qué es lo que te enfurece tanto?
—Tú, bruja de ojos rasgados —La asió del brazo y la atrajo hacia sí. Le enrolló los cabellos rubios con la otra mano y la obligó a mirarlo a los ojos. La desesperada urgencia que ella percibía en ellos le provocaba un efecto mágico. ¿Era ella la bruja? Aquel salvaje de ojos azules se había apoderado de su corazón. Le apoyó la mejilla contra la suya, con la respiración corta en las curvas de la oreja—. ¿Crees que por abandonarme me librarás de tu maldición? Eres un demonio desalmado, Rosalie, pero esta noche voy a exorcizarte de mi alma de una vez y para siempre.
Sintiéndose mareada por las palabras y la proximidad, ella deslizó las manos por el pecho y las enroscó en el cuello. Se sentía débil, excitada, desesperada por tenerlo. Cerró los ojos para sentirle la mejilla áspera y simplemente lo abrazó con el corazón haciéndose eco del suyo.
—¿Cuánto costaría conservarte, ninfa bionda?¿Qué parte de mi alma quieres?
—No quiero una parte de tu alma —Quiero un sitio en tu corazón.
Él levantó la cabeza.
—Escoge algo, Rose. Todo lo que ves aquí es tuyo.
—No te creo —Se soltó del abrazo—. Ahora sé que fuiste tú el que me atrajo hasta aquí, pero no para comprar mis favores como harías con una prostituta. Eres demasiado listo para creer que eso funcionaría conmigo. ¿Entonces de qué se trata? ¿Qué me estoy perdiendo? —Ella indagó en sus ojos. Él estaba muy tenso—. Realmente te superaste a ti mismo, robar obras de Leonardo da Vinci...
—¡Esas pinturas fueron encargadas por mi familia!— Gruñó él con los ojos en llamas—. ¡Podría arrancar frescos enteros si quisiera, incluyendo La última cena!
A ella se le secó la garganta.
—Tu familia pertenece a la mansión milanesa de McCarty —concluyó ella en silencio. Le tocó el medallón que colgaba sobre su pecho—. Esto es tuyo. Y aquello —señalando el escudo del rincón—, lo que llamas un trozo de metal podrido, también pertenece a tu familia, igual que los demás. ¿Por qué ocultaste a éste en particular? ¿Qué quieren decir las letras de la inscripción?
—Son iníciales —dijo él por fin con la garganta tensa—, del heredero que jamás se convirtió en duque.
El corazón se le desbocó dentro del pecho.
—ET-MY. ¿Cuál es el nombre del heredero?
Él la miró fijamente y de modo desapacible, como un niño perdido dentro de aquel hombre de treinta y dos años.
—Emmett McCrty —el acento milanés rodaba suavemente en su lengua, como un vino fino de Lombardía.
Rosalie contuvo la respiración. Supo la respuesta antes de preguntar:
—¿Y ese nombre es...?
—Mío.
Mmmm...tratare de subir los capítulos que mas pueda seguidos.
Comenten que les parece la historia, y repito esta es una adaptación, no es mio.
