Mi Pirata Malvado

(Adaptación)

Capítulo 18

Emmett la estudió con cautela.

—Ahora lo sabes.

Rosalie asintió consternada.

—Tú eres Su Alteza Real, el príncipe Emmett McCarty —murmuró ella—. El duque perdido del principado más grande y rico de Italia: Milán —Ella recordaba que la historia de Milán era un relato de sangre. Aunque naturalmente poseía fronteras sólidas, había sido concebida en la grandeza y acumulaba gran riqueza y poder, España y Francia la habían destruido. En un mundo efímero enfrentado en permanentes luchas, ni el Formidable McCarty ni el Astuto Visconti habían podido salvarla de la ruina. Sus aptitudes de líderes se habían echado a perder, junto con el vigor natural de la tierra, y sus sucesores se habían vuelto renegados, impíos animales de mar, forajidos. No obstante, aun así, despojado de nombre e importancia, ella se había enamorado de él.

—Estás impresionada —la censuró con una mirada hostil—. Verás, el protocolo del príncipe requiere que inclines ante él tu menos dotada cabeza.

O en otras palabras, pensó ella, No me mirarás.

—Veo a un hombre que es mejor de lo que pretende que la gente vea de él, mejor de lo que él mismo quiere creerse. Veo a un hombre al que yo... podría amar.

—Guarda tus garras. Emmett McCarty ya no existe. Es un trozo de metal carcomido tirado en el suelo de un depósito —Se desplazó, perdiéndose entre los objetos apiñados.

—¡Emmett, espera! —ella lo llamó desesperadamente al tiempo que escuchó una de las enormes puertas cerrarse de un portazo. Sintió un arrebato de terror, como un ratón atrapado en una trampa. Ella le había pedido una señal desde el alma y él se la había dado. Sólo que ahora no quería saber nada de ella.

Por el modo en que se sentía podría estar llorando. Pensó en sus padres, en Royce. ¿Estaba destinada a quedarse sola y sin amor? Tú eres quien tiene el poder de forjar tu propio destino. Sí, ejercería ese poder, decidió Rosalie. Lucharía por el hombre que amaba. Abandonó el cuarto y registró los infinitos corredores de mármol. No había rastro de él por ninguna parte. Se topó con Seth en la galería del primer piso. Le ofreció una leve sonrisa.

—Milady, ¿encontrasteis vuestro... arcón extraviado?

No estaba de humor para seguirle el juego.

—Estoy buscando a vuestro amo.

—Salió a dar un paseo nocturno a caballo por la playa. ¿Deseáis que le informe de que vos queréis hablarle cuando regrese?

¿Se habría ido con Victoria?, se preguntó. ¿Después de su claro rechazo de la noche anterior por qué no iría en busca de una mujer dispuesta?

—Por favor. Es urgente que hable con él esta noche, no importa la hora.

—Sí, milady. Le daré vuestro mensaje personalmente, no importa la hora.

—Gracias, Seth —Ella hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza y se retiró a sus aposentos. Esperaría allí a Emmett. Sabría cuándo él regresaría a su alcoba. ¿Pero qué haría entonces?

El aire estaba caliente y húmedo. Con necesidad de refrescarse el cuerpo y la cabeza, ella encendió una vela y la llevó al cuarto de baño. No había necesidad de llamar a los criados para que trajeran cubos de agua. La enorme tina de mármol estaba construida siguiendo el antiguo método romano de destacados diseñadores, con tres picos de bronce que sobresalían de la pared: Aqua Frigida, Aqua Tepida y Aqua Calida. Ella abrió la llave de agua tibia y observó cómo el agua llenaba la tina. Echó esencias de aceite, cerró la llave y se desnudó. Una fresca serenidad la envolvió cuando se reclinó en la tina. El sonido de las gotas que chorreaban hacía eco en el blanco techo abovedado. La vela que tenía al lado irradiaba un brillo de color tostado a su alrededor. Ocupó el tiempo dándose un baño pulcro como sólo lo hacían las diosas de los templos, pero mientras se enjabonaba la piel y los cabellos, las imágenes de Emmett invadían su mente una y otra vez. Imaginaba el sabor de su boca, la sensación de sus manos acariciándole los miembros desnudos. Maldiciendo, se sumergió al fondo de la tina y se enjuagó los cabellos. El deseo que había estado conteniendo durante semanas le latía en las venas, volviéndola loca. Perdió la noción del tiempo echada allí en la tina, con un solo pensamiento machacándole todo el tiempo la cabeza: ¡Ve por él!

Una puerta se cerró de un golpe en el corredor. Rosalie salió de la tina y se envolvió rápido con una toalla. Debía de ser cerca de medianoche. Le temblaban las manos al peinarse la cabellera y ponerse un caftán limpio. Se sentó frente al tocador y encontró su propia mirada fija en el espejo. Como un reloj, el pulso le latía en la base de la garganta. Tic, tac, tic, tac. Él no venía. Se puso de pie. Cuanto más pensaba en ello, más claro se volvía: ella tenía que ir a buscarlo. La vida era demasiado corta para perder el tiempo lamentándose.

Abrió haciendo crujir uno de los arcones, el que contenía el ajuar de novia y extrajo un chemise de nuit nupcial. La susurrante seda era tan absolutamente delicada que ella temía rasgarla con su prisa. Se quitó el caftán y deslizó el camisón por la cabeza. Resbaló hasta los pies, fresco y satinado, moldeándole las curvas con una sensual caricia. Se inspeccionó en el espejo. La seda pura la hacía parecer desnuda; las puntas oscuras de los pezones quedaban demasiado visibles.

Ella vaciló, pero una voz más potente sonó en su cabeza: ¡No te comportes como una débil puritana! Lo deseas. Puedes hacerlo tuyo. Él compartió su secreto. Te dejó entrar a su sanctasanctórum.

Ahora tenía que demostrarle lo que sentía. Emmett era todo fuego. Ella también tenía que volverse fuego.

Sin desperdiciar ni un valioso instante más, abandonó la alcoba. Una tremenda tensión le retorció el estómago al cruzar descalza el corredor apenas iluminado que daba a las imponentes puertas de Emmett. Estaba tan nerviosa como un ladrón en su primer atraco nocturno. Emmett ya era un problema cuando ella pensaba que era un pirata. Un príncipe milanés era absolutamente intimidante. Se controló y abrió una de las puertas de un tirón.

Las paredes plateadas de la antecámara reflejaban la luz trémula de una única vela de noche. Rosalie entró sigilosa y la recibió un rugido grave. Silenció al leopardo que yacía sobre el frío suelo de mármol dándole una valiente palmada en la cabeza moteada y avanzó lentamente rodeando su gran tamaño.

Emmett refunfuñó algo en árabe. Ella se quedó de piedra, los latidos del corazón le sonaban como los tambores bereberes. Inspiró hondo y se presentó debajo de la viga oriental. Abierto hacia una amplia terraza, el espacioso cuarto estaba sumergido en penumbras. Las cortinas de lino se ondulaban con la brisa nocturna, invitando a suaves ráfagas de aire. Su vista se posó en la enorme cama ubicada a la izquierda. El respaldo tallado y los postes, fabricados enteramente en plata, reflejaban suavemente el resplandor de la luna.

Emmett —susurró ella con el corazón en la garganta.

Un movimiento en un rincón alejado le llamó la atención. Una gran silueta hundida en un sillón, orientado entre la terraza y la entrada, levantó la cabeza que había estado apoyada en las manos. Aunque ella apenas distinguía los rasgos del rostro, sentía los ojos que la recorrían entera, aquellos ojos de tigre.

Com'é capriccioso il cuore di una donna. (Qué caprichoso es el corazón de una mujer) —murmuró para sí—. ¿Es que este humilde siervo de pronto vale la pena? Anoche yo no estaba a tu altura. ¿Qué es lo que ha cambiado?

Su amarga sonrisa burlona la enervaba. Reuniendo coraje, ella avanzó con pasos lentos y felinos.

—Tú lo hiciste. Me dijiste quién eres. Confiaste en mí. Dime qué sucedió, Emmett. ¿Por qué te fuiste de Milán? ¿Qué sucedió con el resto de tu familia?

Una luz echó chispas en la punta de una cerilla, revelando los feroces rasgos de su rostro bronceado. Irradiaba un profundo cansancio, que ella sospechaba no era enteramente físico. Depositó bruscamente una copa vacía sobre la mesa que estaba a su lado y encendió una vela. El medallón estaba allí clavado, como una mezcla de oro y recuerdos. Con enojo, dijo:

—No has venido aquí para hablar. Vestida con ese trozo de nada que muestra hasta tu hígado.

Su cruel abstinencia era desconcertante. Ella no se había esperado una pared de hielo.

—No es necesario que seas grosero. Si quieres que me vaya, lo haré, pero antes debemos hablar. No podemos dejarlo así.

—No juegues conmigo —le advirtió él con aspereza—. No soy tan tonto como para caer en tus ingenuos artilugios. He tratado con profesionales a las que no les llegas ni a los talones, Rosalie, criaturas mucho más sofisticadas, diez veces más experimentadas en el arte de embaucar a un hombre de lo que tú lo serás jamás.

—Ni aspiro a serlo. No soy una de tus... amiguitas, que le ponen precio a su afecto.

—Tú eres peor, Rosalie —inspiró con fuerza—. Estás decidida a robarme el alma. Arpía.

Ella se detuvo, horrorizada ante la fría acusación.

—¿Por qué? ¿Porque me preocupo por ti? ¿Tan insignificantes crees que somos que tú mismo te crees indigno de ser amado desinteresadamente?

Él la miró fijamente como si le hubiera destripado con un cuchillo.

—¡Lárgate! —pronunció lentamente y se levantó súbitamente—. Regresa a tu mundo aburrido y déjame en paz. ¡Déjame en paz!

Asustada por su furia, ella evaluó los rasgos tensos y el brillo salvaje en su mirada. Lucía tan siniestro como un guerrero espartano tallado en bronce, pero bajo su implacable apariencia, escondido en la profundidad de sus ojos, ella distinguió lo que jamás imaginó: miedo.

Alguien... una mujer... lo había herido en el pasado, y esa traición había sembrado aquel sentimiento irracional en él, transformándolo en un hombre que hasta el momento no había demostrado signos de temor, ni siquiera de la propia muerte. Eseera su secreto, y se relacionaba directamente con el hombre que alguna vez había sido: el príncipe Emmett McCarty.

Fortalecida por esa idea, ella avanzó:

—Te recuerdo a alguien. ¿Quién era? ¿Me parezco a ella?

Emmett se puso tenso. Incapaz de mirarla a los ojos, murmuró:

—Estás desubicada. Si supieras de lo que estás hablando, te darías cuenta de lo absurdo de tu suposición.

Se paró frente a él y le acarició el pecho. El pulso aumentó bajo la palma de su mano. Le deslizó la mano por el torso cálido, acariciándole los músculos tensos y bien formados.

—Cuéntamelo.

Él no parpadeó, aunque la mano de ella debió sentir una especie de golpe frío. Tenía un terrible dolor grabado en sus ojos. Lo empujó suavemente y él se dejó caer en una silla. Ella quedó de pie entre sus muslos y le hundió las manos entre la espesa cabellera negra. Le echó la cabeza atrás para mirarlo a los ojos. Entre sus manos sostenía el rostro de un hombre, pero aquellos ojos que la estaban mirando eran los de un niño perdido.

El aire entre los dos crujió en una batalla silenciosa de deseos y temores. La atracción que había entre ellos iba más allá de la pasión, de la amistad, más allá de cualquier tipo de lazo humano que ella jamás hubiera entablado. Al mirar a Emmett a los ojos por un instante, descubrió esa parte de ella misma que había estado buscando durante toda la vida, aunque no se había dado cuenta de que le faltaba. ¿Qué había entre ellos: destino, locura o amor?

Esa sensación la aterrorizó y percibió que él sentía lo mismo. Y aun así, él quería que lo sedujera; que lo deseara y que le hiciera creer.

—Ya sabes por qué estoy aquí —Sonrió ella dulcemente—. Anoche lo dijiste. Yo te deseo y tú a mí. Entonces, si esta ingrata huésped aún puede cambiar de opinión... me encantaría quedarme aquí contigo, por el tiempo que quieras tenerme.

Los ojos de él ardieron de deseo. La cogió de las caderas y enterró el rostro en el vientre plano.

Quédate —respiró con dificultad, masajeándole la piel a través de la seda. Rosalie le abrazó los anchos hombros besados por el sol y se entregó a las sensaciones por anticipado. Esa noche no habría horas solitarias empapadas de un deseo insoportable. Esa noche compartiría ese sufrimiento con Emmett.

Él se puso de pie, derritiendo los cuerpos juntos. Ella le sentía la sangre latir como si fuera una prolongación de ella misma.

—Quiero que te quedes cien años conmigo —le confesó.

—Entre nosotros debe haber absoluta honestidad. Tu pasado, tus sentimientos, ya no pueden ser secretos.

—Te contaré todo lo que quieras saber sobre mí, Rose, pero te lo advierto: algunas cosas, la mayoría, no te resultarán agradables en lo más mínimo. Si tienes alguna duda de vivir con un hombre como yo, éste es el momento de retirarse y poner rumbo a casa con Billy. Después no quiero arrepentimientos. Sin embargo... —Su voz se suavizó—. Si decides quedarte conmigo, serás mía. De todas las formas. Sin salir corriendo. Sin llantos. Sin arrepentirse.

Sin arrepentirse, ésa era la promesa más difícil de todas. Ella recordaba las palabras de Billy: Arriesga el corazón. Con la voz cargada de emoción, le susurró:

—Sin arrepentirse —Le depositó un suave beso en el hombro saboreando la piel salada y luego le besó el pulso fuerte que le latía en la base de la garganta—. Hazme el amor.

Sintió que un fuerte espasmo lo invadió. Él cerró los ojos y apoyó la frente en la suya.

—Jamás lamentarás esta noche, amore. Te lo juro. Jamás te daré ningún motivo de arrepentimiento —Le buscó la boca, suave y conocida. La punta de la lengua la instó a que le respondiera, pero contuvo el ritmo, saboreando la urgencia, alimentando las llamas. Una introducción.

Emmett. Emmett. Ronroneó ella en respuesta. Sentía el cuerpo desfallecerse, caliente, alborotado. Se inclinó hacia él, perdiéndose en aquel beso opulento, en el calor de su piel. Se sentía como mantequilla en sus manos, la pasión masculina la invadía como una llamarada. Los sonidos que le brotaban de la garganta a ella le hacían pensar en un tigre hambriento, gruñendo. Esa noche no escaparía de sus desesperadas garras. Él se lo dejaba claro. Con cada beso, cada caricia, eliminaba los miedos, la tímida inexperiencia de ella. Cuando la cogió de la mano y la condujo hasta su cama, ella lo siguió torpemente en un silencio embriagador, dispuesta a seguirlo a cualquier parte.

Él encendió la vela que había sobre la mesita de noche y le apartó los largos cabellos rubios de los hombros.

—Esta noche quiero verte entera —murmuró—. Enroscó los dedos en las delgadas cintas del camisón y tiró. La seda pura le cayó en cascada por todo el cuerpo hasta los pies. Él inhaló profundamente—. He soñado contigo viniendo a buscarme, como ahora, metiéndote en mi cama, pero eres más hermosa de lo que imaginaba, ninfa bionda. Jamás he deseado a una mujer tanto como a ti.

Las palabras le provocaron cosquilleos que le llegaron hasta los dedos de los pies. Ella se recostó atravesada en la cama y acarició el espacio vacío que había junto a ella, invitándolo en silencio con esos felinos ojos azules, Ven conmigo.

Emmett miró fijamente el grácil cuerpo desnudo que adornaba su cama como si fuera una diosa griega. Tiró de las tiras de sus pantalones holgados y la seda negra se deslizó hasta sus tobillos. A ella se le aceleró el pulso. Él era hermoso. Tenía los ojos de un azul eléctrico; la cabellera negra azabache flotaba salvaje y abundante sobre los hombros. El débil resplandor de la vela de noche acentuaba el escultural vigor de su cuerpo. Alto, de hombros anchos, y absolutamente excitado, le hacía rugir la sangre. Se inclinó y bajó hasta quedar entre las piernas de ella.

—Dilo de nuevo —le susurró—. Lo que me pediste antes.

Ella le enmarcó el rostro con ambas manos.

—Hazme el amor, Emmett. Te deseo desesperadamente.

Gimiendo, le aprisionó la boca. Ella probó su profundo y húmedo deseo entre las aterciopeladas caricias de la lengua: ese deseo que le estremecía el cuerpo. Deslizó la boca por el largo cuello, hacia los pechos, y succionó un pezón erecto con aquella boca sensual. Ella sintió una descarga eléctrica por todo el cuerpo.

—Eres tan sensible, tesoro —murmuró sin aliento y reclamó su boca. Rodaron entrelazados en la cama, explorándose los cuerpos, cual carteristas palpando los bolsillos de las indefensas víctimas en busca de monedas. Embriagada por el olor y la aterciopelada extensión del cuerpo masculino, ella necesitaba acariciar y ser acariciada con total abandono, para mayor placer de él que le ponía la boca por todas partes: los pechos, las caderas, deslizándose suavemente por toda su piel.

Embriagada de deseo, ella exploraba su cuerpo del mismo modo, en sintonía con los sonidos graves qué el emitía, aprendiendo cómo darle placer, dónde se encontraban sus secretas zonas sensibles. Era un juego seductor que la hacía desfallecer de deseo, pero lo que Rosalie más disfrutaba era mirarlo fijamente a los ojos y descubrir una y otra vez cuánto la deseaba Emmett, cuánto lo conmovía ella.

—Esto es lo que he soñado —Lo echó de espaldas y avanzó lentamente como una gata, con la boca caliente y húmeda sobre la piel tersa, le pasó la lengua por la tetilla plana y morena.

Santo Michele —Él se estremeció y rodó hasta quedar encima de ella—. Acabaré en dos segundos si sigues besándome así. Deja que lleve yo la iniciativa esta vez y yo te dejaré la segunda, va bene?

Sonriendo, ella arqueó el cuerpo debajo del suyo.

—¿Habrá una segunda?

—Si no estás muy dolorida, una segunda y una tercera, cuanto más, mejor, porque a diferencia de algunos jueces... —Deslizó las manos sobre los muslos satinados—. Yo soy sumamente diligente, y no me importan en absoluto los días de ayuno, de los santos, cuaresma ni ningún festivo; y soy aún más dedicado de noche.

Ella rió:

—Eres un sinvergüenza arrogante. ¡Me compadezco de la pobre mujer que termine contigo!

Unos hoyuelos aparecieron en las mejillas de él:

—Me aseguraré de transmitirle tu compasión a la futura santa. Sólo espero que sea tan caritativa como tú —A ella se le cortó la risa cuando él deslizó una mano entre los muslos y la cubrió íntimamente. La tenía esclavizada, sosteniéndole la mirada asustada mientras la abría con los dedos para que recibiera sus suaves caricias, provocándole un flujo de una tibia humedad. La frotaba con movimientos precisos, disparándole fuego al cerebro. Hundió un dedo adentro de ella, luego otro, tortuosa y maravillosamente más profundo.

Ella gimió y movió las caderas al ritmo de la mano. Dios... mío. Estaba muriendo en dulce agonía. Un sonido gutural de alivio le subió en espiral hasta la garganta, pero él se lo tragó dándole besos con la boca abierta. Le presionó el clítoris con un dedo y le deslizó otro en la tibia y ceñida cavidad.

Rosalie gritó esta vez, cegada por la desenfrenada demanda de su cuerpo por recibir placer.

—Emmett, por favor. No puedo...

—Yo tampoco puedo —admitió él con voz ronca. Ella sintió una nueva presión que aumentaba y de repente fue el miembro duro como una roca el que empujaba adentro de ella, llenándola, ensanchándola, ¡desgarrándola!

—¡Emmett, espera! —chilló ella pero era demasiado tarde. Emergió de nuevo para enterrarse por completo. Los gemidos de placer que emitía vibraban en los oídos de ella. El pánico la paralizó. Sentía un insoportable dolor en carne viva. No podía moverse. No podía respirar. Tardíamente se le ocurrió que mientras aquel cuerpo fornido le agitaba el corazón, cierta parte de su anatomía podía causarle daños graves. Él comenzó a moverse. Ella se retorcía debajo.

—Espera, Emmett, ¡por favor! No lo soporto. Es muy doloroso.

Él se quedó absolutamente inmóvil. Con la respiración agitada y unas gotas de sudor que se le formaron en la frente. Tenía los ojos del color del deseo fundido.

—No temas. No llores —Le besó las lágrimas saladas adheridas a sus mejillas, le besó los suaves labios inflamados—. No habrá más dolor. Lo prometo. Sólo placer.

Ella le buscó los ojos de manera conmovedora. Se sentía profundamente consolada por la preocupación de él. El escozor iba disminuyendo y ella pudo sentir el sutil latido del miembro masculino en su interior. Él puso las manos en la cama y se levantó hasta quedar apoyado sobre los codos. Se retiró lentamente, pidiéndole con la mirada que confiara en él, y luego se volvió a deslizar hacia dentro, haciendo rechinar la mandíbula apretada en cada tortuoso centímetro.

Ella siguió intensamente las emociones dibujadas en los tensos rasgos masculinos y se esforzó por respirar, por concentrarse en cómo la hacía sentir. Él estaba repleto de placer que también era una tortura y algo despertó en el interior de ella. Sutil al principio. Luego se intensificó y fue serpenteando en el laberinto de su sexualidad femenina hasta provocarle un hormigueo de temblores. Instintivamente, elevó las caderas igualando el ritmo de las parejas embestidas. Le enlazó las manos al cuello y lo atrajo más hacia sí.

—¿Mejor? —preguntó Emmett, mientras se movía despacio, borrando el recuerdo del dolor.

—Sí —Se sentía cada vez mejor mientras él entraba y salía, enseñándole al cuerpo femenino a moverse en perfecta armonía con el suyo. Ella lo abrazaba íntima y lujuriosamente, acariciándolo con su interior. La sensación de tenerlo adentro ahora estaba... por encima de todo. Él movió las caderas más rápido, provocándole espasmos de placer.

Brucio per te, amore. Estoy ardiendo por ti... ardiendo dentro de ti —Apretó la mandíbula, la empujó más fuerte, los ojos revelaban la lucha por controlarse y la urgencia que lo llevaba al extremo.

La invadieron violentas convulsiones, y estaba tan cerca, pero no lo suficiente.

—No... puedo —El cuerpo le imploraba soltarlo. Gemía y arañaba, tratando de alcanzar la engañosa cima.

—No luches —Sus ojos se clavaron en los de ella, las caderas golpearon más y más fuerte y más rápido—. Deja que suceda.

Ella se sentía tensa, tan condenadamente bloqueada. El éxtasis la llamaba con señas desde el final de un largo y oscuro túnel, pero era imposible llegar.

No puedo...

—Sí puedes —Curvó un brazo por debajo de la cintura y la levantó hasta sentarla a horcajadas encima de él. Ella se le aferró del cuello, y él la sujetó con las manos en sus caderas mostrándole cómo moverse a su modo. Se besaron y se unieron en un trance de pasión, conectados en cuerpo y alma. La presión en el interior de ella se intensificaba con cada embestida, estimulante, amenazando con estallar, agotándole las fuerzas, y justo en el momento en que sintió desmoronarse, un arrebato de placer la invadió como una bala de cañón. Ella lanzó un grito, con la mente disolviéndose en millones de luces plateadas y se hundió en el cuerpo masculino. Maravilloso.

Al diavolo! —Emmett echó la cabeza atrás y con la larga melena azotándole los omóplatos y vertió su semilla adentro de ella. Sumamente agotado, se derrumbó en la cama, aplastándola con el pesado cuerpo contra el colchón, con la cabeza anidada en la curva del cuello de ella, haciendo esfuerzos por respirar.

Empapados de sudor, permanecieron inmóviles, con los corazones latiendo con fuerza pecho contra pecho. El instante se convirtió en una eternidad. Flotando en una sensación de bienestar, Rosalie escuchó su respiración desacompasada, los latidos que iban desacelerando, y supo que jamás se arrepentiría de haberlo buscado esa noche, sin importar lo que el futuro les tuviera reservado. ¿Cuántas de sus anteriores amantes podría jactarse de una noche de éxtasis como esa, o de pasear de la mano con él por el mercado de Argel, descubriendo un mundo de misterios?

Al cabo de un momento ella se convenció de que él se había quedado dormido. Tenía la respiración tranquila y el cuerpo laxo encima del suyo. Enterrando el rostro entre sus cabellos, le confesó en el más tenue susurro: "Te amo".

Emmett se puso rígido. Ella no estaba segura de si la habría escuchado o no, porque no emitió sonido alguno.

—¿Cómo te sientes? —La voz grave de Emmett le llenó los oídos. Los largos dedos le apartaron los mechones rubios de la frente. La abrazó con fuerza por detrás, como una cuchara, y le apoyó el cálido torso en la espalda.

Rosalie no estaba profundamente dormida, sino que más bien dormitaba de vez en cuando con satisfacción. El cielo se veía azul grisáceo en el horizonte, con matices anaranjados, anunciando el alba. Ella rodó sobre su espalda y lo miró a los ojos con una sonrisa. Eran los zafiros más diáfanos y brillantes, con las primeras luces del día. El corazón se le hinchó ante la imagen de él a su lado, tan real y tan apuesto. Daría cualquier cosa para encontrarse con esa imagen cada mañana de ahí en adelante, hasta el día de su muerte.

—Me siento maravillosa —susurró al tiempo que se apartaba la fresca melena azabache como un velo que le cubría la mejilla—. ¿Cómo te sientes tú?

—Feliz —admitió él, sonriendo absorto. Se inclinó y la besó. Fue un beso de amantes, íntimo y lánguido. Cuando terminó siguieron mirándose fijamente en silencio.

—Emmett —Le miró el pecho—. ¿Estás casado? —Ella percibió una sonrisa que se le formó en los labios.

—No.

—¿Lo has estado?

Él seguía sonriendo.

—No.

¿Quieres estarlo? Levantó la vista con ansiedad.

—¿Tienes algún... es decir, supones que podrías...?

—Si la pregunta es si sé de la existencia de algún bastardo que haya concebido... la respuesta es no —La preocupación de ella le resultaba divertida—. Mis, eh, anteriores compañeras de alcoba se ocupaban de ese asunto.

Ella hizo un gesto con la cabeza un poco ruborizada. Sin hijos.

—¿Cómo fue tu primera vez?

Él parpadeó.

Scuza?

La sonrisa de ella se ensanchó.

—Tu primera amante. ¿Quién fue?

—¿Y tiene alguna importancia discutirlo justo ahora? —Cuando ella asintió con la cabeza, él rodó hasta quedar de espaldas, acomodó las manos debajo de la cabeza y se quedó mirando el dosel—. Era una criada de alcoba de la casa del duque d'Este, donde me eduqué desde los doce años. Yo tenía quince años. Ella era diez años mayor. Se llamaba Alessandra. Una noche, entró en mi alcoba y yo... la complací—Le lanzó a Rosalie una sonrisa candida—. Nada inspirador.

—¿Quién fue la mujer que te traicionó? ¿La que hizo que detestaras a las mujeres como yo?

La sonrisa de él desapareció.

—No pierdes el tiempo para sacar el tema, ¿verdad?

Comenzó a levantarse de la cama, pero ella lo detuvo con un mano en el hombro.

—Lo siento. No tienes que responder. Convinimos "sin secretos", pero sí tienes derecho a conservar tu privacidad.

La taladró con la mirada:

—Asumes que alguna vez me enamoré y que el objeto de mi admiración me rompió el corazón, pero te equivocas, Rose. Jamás estuve enamorado y no existe tal mujer.

Se levantó y se mojó la cara con agua fresca. Se dirigió hacia el balcón abierto y se apoyó en el marco, con los ojos fijos en el horizonte. El cuerpo desnudo se veía fornido y hermoso con el telón de fondo del cielo color anaranjado grisáceo. Ella se dio cuenta de que la estaba evadiendo, como lo hacía siempre que sus preguntas le resultaban demasiado inquisidoras. Con todo y con eso, ella sintió un regocijo absurdo. Él jamás había estado enamorado. ¡Estaba despertando un mar abierto! Sin barcos fantasmas en el horizonte.

Estaba a punto de coger el camisón cuando Emmett habló, con esa voz grave adornada con aquel suave acento italiano.

—Fue dos días antes de Navidad, en el año 1689 de Nuestro Señor. La estación era helada y la ciudad de Milán estaba oscura y convulsionada. Como de costumbre, mi padre asistiría a la misa en la iglesia de San Francesco a la mañana siguiente. No sobrevivió para hacerlo.

Rosalie dejó caer el camisón y se recostó sobre las almohadas, tapándose con la manta.

—Yo estaba regresando a casa desde Ferrara, donde el duque d'Este, quien era pariente además de aliado, contribuía con mi formación de príncipe —Suspiró, pasándose una mano por los cabellos—. Yo había ido a vivir allí porque era costumbre que un futuro duque recibiera capacitación por parte de otra persona que no fuera su padre. Pasaba catorce horas al día trabajando con catorce tutores diferentes. Estudiaba filosofía, arte, astronomía, idiomas y cosas por el estilo, para ocupar algún día mi lugar entre mis pares. Tenía un maestro de esgrima, uno de equitación, otro de baile. Durante los torneos coseché honores para el estandarte de la Víbora, pero mayormente estudié el Arte de guerra —Se dio la vuelta—. Porque en Milán el poder lo es todo, y sólo un duque sólido es capaz de alcanzarlo y sostenerlo.

—No es de extrañar que te convirtieras en rais en Argel y mundialmente temido —susurró ella—. Estabas preparado para tomar el lugar de tu padre como cualquier valiente soberano, como un Víbora de Milán —Y no era de extrañar que, al ser uno de los favoritos del rey de Francia, disfrutara del libre acceso a Versalles. El rey Luis debía de haber conocido al joven Emmett McCarty desde niño—. ¿No pasaste ni un tiempo con tu familia mientras crecías? —le preguntó.

—Sí. Durante las fiestas regresaba a casa, mi padre me llevaba a conocer Lombardía y Emilia y otras provincias para familiarizarme con lo que algún día me pertenecería. Aquellos fueron los mejores tiempos, y los más difíciles —Sonrió con melancolía—. Mi madre siempre se quejaba de que jamás me veía y de que mi padre olvidaba que yo apenas era un jovencito y no uno de sus experimentados capitanes. Mi padre era un duque de Lombardía muy estricto, hecho de piedra. No como yo. Yo era el niño de mamá, un malcriado, aunque a menudo la gente decía que yo era la viva imagen de mi padre.

Ella le devolvió la sonrisa. No se había equivocado con respecto a él. Emmett tenía un corazón sensible y tierno que sólo una madre afectiva y devota era capaz de fomentar. Él era un hijo muy querido.

Su expresión se tornó sombría.

—La noche que entré en Porta Giovia supe que algo iba mal. Las tropas españolas que estaban fuera de la ciudad revisaban a todo peatón. Debes saber que Milán estuvo ocupada por los españoles durante más de cien años, pero a mi familia le permitieron conservar el prestigio y emplearon a mi padre como conciliador y recaudador de impuestos de la zona. Eso les ahorró costosos esfuerzos de establecer un nuevo sistema. Mi padre detestaba servirles como un títere. Él tenía un sueño: lograr una Italia unida, demasiado fuerte para los franceses y los españoles, o para cualquier saqueador con las arcas vacías. Al igual que la Liga italiana creada por Francesco McCarty y Cosimo de Medici, él formó sociedades secretas, que funcionaban con el único objetivo de unificar todos los estados italianos. Napóles, Piamonte y Bolonia estaban comenzando a aceptar la idea, tal vez más preocupados por asegurar las constituciones de sus soberanos absolutistas que por tener en mente cualquier meta de gran nación, pero sí se referían a la península como "Italia" —Emmett suspiró, apoyando la cabeza contra la viga tallada—. Alguien alertó a los españoles. Fue mi tío, Carlo, el hermano menor de mi padre —Maldijo—. Cuando entré al enorme vestíbulo, Mary Alice corrió llorando ami encuentro. Los españoles estaban deteniendo a mi padre en la Torre. Fui de prisa y encontré a Carlo con los oficiales españoles. Al verme, lanzó una carcajada y dijo: "¿Veis lo que he traído? No sólo a Il Duca, sino también al conde de Pavía. Ahora no necesitáis preocuparos por un heredero vengativo". Me agarraron y... sacrificaron a mi padre delante de mis propios ojos —Cerró los ojos, el viejo dolor le surcó el rostro—. Después de eso, las cosas sucedieron rápidamente. Me solté, le corté la garganta a mi tío con mi daga, cogí el medallón de mi padre y huí. Una sentencia de muerte fue emitida en mi contra y yo no estaba seguro de en cuál de nuestras aliados podía confiar. Venecia era hostil. Los demás se iban rindiendo. Ningún duque de Italia estaba dispuesto a poner en riesgo sus relaciones con España al albergar al joven fugitivo duque de Milán, ni siquiera el Papa. Me encontraba solo. No había demasiado tiempo para congregar un ejército milanés, y de haberlo yo no podía desafiar a España sin el respaldo de al menos una de las mayores potencias de la península. Quedarme en Italia me hubiera costado la vida. Entonces tomé a Mary Alice y esa noche cabalgué hasta Genova, donde embarcamos en el primer barco que zarpó.

—¿Tenías dieciséis años? ¿Y Alice seis? —le preguntó ella. Emmett asintió con gesto sombrío. Hasta podía imaginárselos: dos hermanos huyendo por salvar sus vidas en el silencio de la noche, asustados, traicionados por su familia y amigos, impotentes ante la furia de España—. ¿Cómo es que terminaste en Argel?

—Como era de esperar. Unos corsarios argelinos asaltaron nuestra galera genovesa. A mí me arrojaron a un baño, el calabozo donde tenían a los esclavos. Mary Alice fue vendida a una familia rica como fregona. Pero yo convencí a uno de los rais, un individuo que conociste, diciéndole que ponerme en su muro para fortificarlo contra los cañones españoles era una pobre asignación de recursos. Mi capacidad de destrucción era mayor que mi tolerancia para enladrillar —Sonrió tristemente—. Jacob lo reconoció. Sabía exactamente cómo cultivar ese útil rasgo de mi naturaleza. Luego, conocí a Billy. Recuperé a mi hermana y la puse bajo la custodia de la anciana. El resto ya lo sabes. El noble príncipe milanés se convirtió en un ser sumamente fracasado, desprovisto de todo rasgo de humanidad.

Rosalie se sobresaltó al escucharlo usar sus palabras.

—Tú no estás desprovisto de humanidad —Una mitad de él era un víbora, un brutal sobreviviente; la otra mitad era un príncipe perdido consumido por la nostalgia.

—Hice cosas espantosas por Jacob. Cosas que te pondrían los pelos de punta.

Sus miradas se encontraron en silencio.

—¿Por qué no regresaste? —le preguntó ella con calma.

—¿Regresar? —Él sonrió cínicamente—. ¿Regresar para qué? —Se acercó a sentarse a su lado y le acarició la suave curva del cuello.

—Gozas del diritto de imperio para gobernar Milán. Reclama el derecho ante el Santo Emperador romano.

—No seas ingenua, Rosalie. José no me entregará Milán simplemente porque se lo reclame. El mundo entero está luchando por ella. Además, ¿qué te hace pensar que yo quiero recuperar Milán?

Ella frunció el ceño. Había algo que faltaba en la historia. Él no le estaba contando todo.

—¿Qué le sucedió a tu madre? —le preguntó con curiosidad.

—Incisiva como siempre —Le sonrió amargamente—. Mi madre... —escupió las palabras como una maldición—, era la amante de Carlo. Mi padre no confiaba en su hermano. Sabía que aquel traidor se moría por reemplazarlo. Mi madre y yo éramos los únicos que estábamos al tanto de la Nueva Liga. Ella traicionó a su esposo y a su hijo para despejarle el camino a su amante y que ocupara el trono de príncipe.

Rosalie inspiró aire con escepticismo:

—¿Y cómo lo descubriste? ¿Qué sucedió?

—Mi padre era un hombre orgulloso —dijo con tono indiferente—. Cuando nos tenían cautivos en la torre e iba quedando claro que no saldríamos vivos, él ni siquiera intentó convencer a los españoles para salvarnos. Pero sí le pidió a su hermano que cuidara de su esposa y su hija. Carlo lanzó una carcajada. Le dijo que mi madre estaba en su alcoba, esperándolo para celebrar el triunfo. Ten la absoluta certeza de que yo no le creí. Lo corroboré. Ella estaba allí. Se encerró y no le abrió la puerta ni a mi hermana de seis años, que daba golpes y lloraba con un ataque de nervios llamando a su madre.

Horrorizada, ella murmuró:

—Tu padre debió de haber hecho algo para que ella lo odiara.

—¡Tú no lo entiendes! —expresó con un gruñido—. ¡Mi madre me sentenció a mí a muerte! —Se golpeó el pecho desnudo donde le martilleaba el corazón—. No era sólo mi padre. ¡Yo era su heredero! ¡Él que seguía en la línea! En Italia, un usurpador pasa por alto el miedo a la venganza extinguiendo la línea de los príncipes que gobernaron el ducado con anterioridad. Cuando mi madre tramó con Carlo la caída de mi padre también firmó mi sentencia de muerte, ¡y ella lo sabía! ¿Qué tipo de madre sentencia a su propio hijo al infierno? ¿Qué puede hacer un chico de dieciséis años para merecer un odio tal de su propia madre? —Suspiro—. Rosalie, yo era el niño de mamá. La adoraba. Ella significaba todo para mí, más de lo que jamás significó mi padre —le confesó, con los ojos bollándole mucho más aún—. Hubiera sido capaz de dar mi vida por ella.

Conmocionada, ella le cogió la mano y la besó.

—¿Qué fue lo que le sucedió?

Jamás lo había visto tan frío como cuando dijo:

—No lo sé y no me interesa.

Lentamente a ella le fluyeron unas lágrimas silenciosas por las mejillas. Sin duda era por eso él se había vuelto tan hosco y esparcía veneno por doquier. Ella ni se imaginaba la terrible necesidad que él sentiría de contraatacar a cualquier persona o cosa para arrancar de algún modo el dolor de su alma, haciéndole pagar al mundo entero por sus tormentos. La misma madre que le había dado la vida, que lo había mimado y quien le había puesto ese nombre en honor al dios del Amor, se había convertido en su Judas. Una mujer noble, virtuosa y refinada. Igual que ella. Una arpía.

—¿Quién más sabe la verdad acerca de ti... Billy, Garrett? —le preguntó ella.

—Ellos no saben nada. Sólo tú.

—¿Y tu hermana?

—Ella cree que su madre murió.

Rosalie lo abrazó con fuerza. Él se quedó frío como un glacial y así permaneció largo rato después de que ella lo envolviera con calidez y afecto. ¿Cómo era posible que una madre dejara de amar a un hijo como él? Era valiente, cariñoso, inteligente y talentoso en tantas áreas. En el interior de esa rígida coraza resplandecía un espíritu fuerte y generoso, capaz de mover montañas por aquellos que amaba y sensible ante la desgracia ajena. Ella deseaba que su calor se le filtrara por los miembros y le derritiera ese corazón cubierto de escarcha.

Llevó un momento, pero al final, él la rodeó con los brazos y la apretó fervorosamente. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Y en un susurró le dijo:

—Ya no estarás solo.

Supo que lo peor había pasado cuando sus manos le exploraron el cuerpo por debajo de las sábanas. Lo que siguió fueron unos labios cálidos, y al poco tiempo se estaban besando y acariciando mientras el deseo volvía a encenderse entre ambos. Emmett la apoyó de espaldas y pegó la boca caliente e inquieta en sus pechos.

—¿No era mi turno de asumir el mando? —le preguntó ella sofocadamente.

—Esta vez sin tanto combate. No quiero hacerte demasiado daño —Le besó el ombligo y siguió bajando. Cuando ella trató de apartarle él la detuvo—. Quédate quieta —Separó las piernas y sintió la cálida boca en la parte interna de los muslos. Entonces la chupó adentro.

El cerebro le estalló en llamas. Se incorporó, aturdida por ese placer indescriptible, inexpresable, que su boca le había provocado fugazmente.

—¿Qué es lo que estás haciendo? Hazlo bien.

Él sonrió con maldad.

—Lo estoy haciendo bien.

Ella se lamió los labios resecos.

—¿Cómo te sentirías si yo te hiciera lo mismo?

Él quedó boquiabierto.

—¿Lo harías? —La mirada fogosa perdió todo rastro de diversión cuando ella enroscó una mano en la erección y le acarició la cabeza aterciopelada del miembro con un dedo. Él se encogió emitiendo un gemido—. Soy un hombre débil, Rose. No me tientes a cometer una maldad.

—Tú eres un rufián, Emmett —Le besó el cuello—. Más vale que estés a la altura de tu reputación.

—Después me odiarás —le advirtió, pero ya la estaba echando de espaldas.

Ella enroscó las piernas en torno a él, y le rodeó los anchos hombros con los brazos.

—Ya te odio —Sonrió disfrutando de la sensación de tener encima aquel cuerpo pesado.

Emmett levantó la cabeza. Una sonrisa burlona le torció los labios.

—No es verdad. Tú te me resistes...