El joven de ojos dorados estaba sentado en su cama mientras sus nuevos amigos habían ido a intentar buscar la cocina, algo muy difícil, según sabía. Él no había querido salir a esas horas de la noche, quería pensar; estaba asustado. Seguía sin entender cómo iba a lograr pasar desapercibido entre los estudiantes, de seguro alguno se daría cuenta de su… problema.
Observaba la palma de su mano derecha. Ahí había un corte ya casi totalmente sano. Era de unos días antes de ingresar a Hogwarts. Se había ocultado en un bosque cercano a su casa y se encontró a un humano. Según podía suponer, el mago se había defendido y lo había lanzado metros atrás, cortándose en una caída por un cerro.
—¿Y si lo descubren? —se preguntó a sí mismo con temor.
La Luna llena estaba cercana. Faltaban dos días para su transformación y no quería que sus nuevos amigos lo descubrieran. No tenía más amigos, nunca los había tenido desde que Greyback le había mordido, dándole aquella maldición de por vida. Alzó su cabeza y miró por la ventana, observando cómo la luna casi llena se mostraba entre las nubes; tan hermosa, pero tan maligna para él.
Sintiéndose un poco apesadumbrado, optó por comerse uno de los chocolates que su madre le había dado. No le gustaban mucho, pero por alguna razón siempre le animaban, además de ayudarle cuando se mareaba o se sentía débil tras la transformación. La mordió justo en el momento en que sus tres amigos ingresaron con caras tristes. Les miró expectante.
—Nada —murmuró Peter torciendo la boca—. Casi nos encontró el conserje.
—Ya la encontrarán —sonrió el licántropo afablemente mientras ellos se sentaban en sus respectivas camas—. Recién llegamos ayer.
—¡Por eso me caes tan genial, Remus! —exclamó James riendo amistosamente—. Me agrada la gente optimista. ¡Debes seguir así y seremos amigos por siempre!
Gracias por los comentarios *-* espero leer pronto más. Se me cuidan y nos estamos leyendo.
