La lluvia que caía afuera les hacía sentir demasiado frío, por lo que en su salida a Hogsmeade, al igual que otros alumnos, se adentraron de inmediato en Las tres escobas para descansar ahí. Todos sabían de lo reconfortantes que eran las cervezas de mantequilla, y habiendo tanto frío no pudieron evitar comprarse unas. Miraron por la ventana viendo cómo los pocos alumnos que quedaban en las calles estaban sosteniendo sus paraguas.
Rosmerta dejó la bandeja en la mesa y los chicos de inmediato tomaron sus vasos. A James le fascinaba, al igual que Peter y Sirius, pero Remus prefería otras cosas por miedo a emborracharse, sin querer entender que le rebajaban los grados de alcohol. El licántropo sostuvo su tazón entre las manos para calentarlas con la temperatura de éste, mirando recelosamente cómo sus amigos bebían gustosos aquella cerveza.
—Se emborracharán —reclamó el castaño—, luego no los llevaré.
—¡Ay, Remus! —exclamó James indignado, rodando los ojos—. ¿Desde cuándo esto tiene alcohol?
—Que se lo rebajen, no quiere decir que no contenga —corrigió Remus sorbiendo su chocolate—, pero ahí vean ustedes.
Al cabo de unas horas, Remus observaba a sus amigos mientras estos se reían de cosas que, realmente, no tenían ni la más mínima gracia. Rodó los ojos y suspiró por lo bajo, posando sus ojos en todos los vasos que vacíos que habían en la mesas y en los que ellos seguían sosteniendo. Definitivamente él había tenido la razón y ellos se equivocaron, puesto que parecían bastante borrachos. Suspiró nuevamente y se levantó, obligándolos a salir del lugar.
—O-opino que Remus es simpático —comentó James abrazando al aludido, quien intentó apartarse, pero éste lo sujetó con fuerza—. No, no, lobito. ¿Acaso no me quieres como mi pelirroja?
—James, estás borracho —musitó Remus nuevamente intentando apartarse—. ¡Todos lo están!
Sirius, que se reía sonoramente de un pájaro que se bañaba en un charco, guardó silencio y estrechó su mirada al posarla en Remus. Siguió caminando así unos metros, sin dejar de mirarlo, sólo distrayéndose cuando Peter casi cayó. Le ayudó a enderezarse y entonces hipó.
—Yo creo que aquí el único… —Guardó silencio unos segundos y se rascó la cabeza—. ¿Qué iba… iba a decir? ¡Ah!... ¡El único borracho es Lupin! —sentenció.
Los otros dos muchachos asintieron y le dieron palmadas en la espalda, aprobando su discurso. Remus sólo bufó por lo bajo y los obligó a seguir caminando; pasar desapercibidos en el castillo así sería difícil.
