~Tercera parte: Merodeadores~

Capítulo 9: Una mariposa

Peter observaba temeroso, aunque ni Sirius, ni James ni Remus podían decir que no lo estaban. Se encontraban enclaustrados en su habitación, la puerta cerrada con alguna clase de encantamiento que James había conjurado. Podía decirse que el más asustado era quien no iba a cometer la locura, siendo licántropo el ser un animal ya era cosa de cada mes.

—¿Están seguros de esto? —preguntó entre visible su negativa y su oculto entusiasmo. Su rostro estaba más pálido de lo normal—. Es una locura. Si los llegasen a des…

—Cierra la boca, lobito —dijo Sirius con tono altanero, pero con una sonrisa en sus labios—. Esto es cosa de hombres por lo complicado. ¿Dices que no somos hombres?

—No, yo no…

—Pues decidido —rió James. Siempre tan alegre, y tan precipitado.

Era el segundo día de clases de quinto año, de seguro a esa hora todos los demás alumnos dormían. Remus abrió alarmado los ojos mientras observaba un juego de luces que invadía la habitación, para luego arrugarlos en cuanto no aguantó la luminosidad. Nunca había visto la creación de animagos y tuvo miedo. No quiso volver a abrir los ojos un buen rato.

Entonces sintió algo en sus zapatos, no pesaba mucho, pero logró que abriese los ojos. Justo ahí había una rata, a quien apartó un tanto nervioso. Alzó la mirada y vio a un perro negro moviendo la cola cada cierta cantidad de segundos, como si se estuviese acostumbrando a moverla. Y luego vio al gran ciervo, aunque por poco tiempo porque volvió a aparecer su amigo James, saltando alegremente y abrazando al perro que pronto tomó la forma de Sirius.

—¡Lo hicimos, lo hicimos! —exclamaba James enloquecido, saltando junto a Black y a Peter en cuanto se les unió.

—¿Vieron que pude? —preguntó Peter alegremente—. ¡Lo hice bien!

—No tan bien, eres un horrible rata —se rió Sirius, pero aún con una sonrisa.

Peter rodó los ojos y pareció pensar una buena respuesta, puesto que alzó la mirada y se hizo el indiferente.

—Una rata es pequeña, perfectamente podría ingresar a los vestidores de mujeres. ¿Puede decir eso un perro?

Eso acalló claramente las burlas de Sirius, notando en su rostro cierto arrepentimiento. Todos rieron ante el gesto de rendición que había puesto, incluso Remus, quien hasta ese instante se había mantenido en silencio. Avanzó hasta donde estaba y le palmeó la espalda animadamente.

—Anímate —sonrió el licántropo—. Para la próxima te conviertes en una mariposa. Pequeñas y voladoras.

—¿Crees que podría? —preguntó Sirius ilusionado.

—Claro, en tu próxima vida —rió Peter, aunque tras la mirada asesina del merodeador, se escondió tras James en un acto reflejo. Todos rieron, claro, a excepción del aludido, quien sólo se cruzó de brazos y juró venganza.