La luna estaba en lo alto del cielo, instante en que los jóvenes de quince años empezaron a removerse de sus camas. El primero en levantarse, ávido de aventuras, fue James Potter. Éste movió bruscamente a Sirius, quien dormía con una sonrisa en el rostro (y saliva en la comisura de sus labios), pues era el único que aún no estaba listo. Peter, hacía algunos momentos, tenía puestos sus zapatos.
Una vez estuvieron en el Bosque, toda la osadía de Gryffindor pareció esconderse por momentos. Sirius debía admitir que Colagusano no era el único que tenía miedo, pues escuchaban movimientos a su alrededor y no lograban visualizar a Remus. ¿Y si acaso no funcionaba e igualmente eran atacados? La pregunta se escapó desde su boca.
—Claro que funcionará, Sirius —murmuró James, aunque tragó saliva cuando escuchó un gruñido en su espalda—. ¡Transfórmense, ahora!
Casi de forma instantánea, y percibiendo todavía los malestares de las primeras veces, los tres jóvenes lograron la metamorfosis en el segundo adecuado, pues el gigantesco lobo gris apareció tras unos arbustos. Tenía una mirada que daba cierto escalofrío en Peter, pero se relajó en cuanto éste pareció relajarse. Se acercó a ello con un brillo en los ojos que todos percibieron, el cual los hizo sonreír por dentro.
Gracias a ello pudieron continuar con la excursión que habían planeado la noche anterior, mientras seguían convenciendo a Remus de que nada saldría mal. Sin embargo, paseando por los sitios más alejados del castillo, atravesando un pequeño río, el licántropo pareció volver a perder el control, cuando Peter pasó bajo sus grandes patas y lo tocó por casualidad.
La sobrerreacción del hombre lobo hizo que tanto el negro perro y el ciervo lo empujaran hacia atrás, alejándolo de Peter. Rogaban por dentro que lograra controlarse, pero pronto fueron expulsados varios metros hacia unos troncos botados. Sirius en ese instante no pudo continuar con su forma animaga y, entre quejidos, volvió a ser el jovenzuelo pelinegro de ojos grises.
—¡REMUS! —gritó asustado, cuando vio la sombra de éste ir hacia él—. Mierda.
Apretó los ojos, mientras sentía el ardor en sus costillas a causa de la caída. Supuso que era su fin, tuvo mucho miedo. Inspiró aire, intentando tranquilizarse y pensar que no era culpa de su amigo. Justo ahí apareció James una vez más, empujando al lobo para mantenerlo a raya con sus grandes cornamentas. Parecía complicado, pero los rayos matutino del sol les ayudaron, momento en que el lobo desapareció y apareció el Remus de siempre, únicamente más debilitado.
—Se los dije —repetía a cada instante, durante el día.
—A ver, Lunático —dijo James exasperado, deteniendo su andar y mirándolo a la cara—. Lo que pasó al final de la noche, no quita lo divertido de ésta. ¿Está bien?
—Pero…
—Nada de peros…guarda silencio, lobito —habló Sirius con una sonrisa sarcástica. Luego solamente rió—. Debemos planear la siguiente salida, ¡quiero encontrar unicornios y montarlos!
