El frío provocaba cierto dolor de huesos en el licántropo aquella tarde de invierno, mientras subía con dificultad las escaleras para ir a la lechucería. Navidad era al día siguiente, por lo que, al quedarse ese año en Hogwarts con sus amigos, decidió enviarles un regalo a sus queridos padres, además de una carta deseándoles que pasaran una linda velada.
Apenas había dado dos pasos dentro de la resbalosa casa de lechuzas, se detuvo de golpe al notar la presencia de la Ravenclaw que le gustaba. Ella iba en cuarto igual que él, aunque era lo único similar que tenían. Era muy inteligente, pero no era muy responsable, de hecho, para nada lo era. Y aún así, la amaba.
—Remus —sonrió ella al verlo—. ¿Cómo estás?
—Bien, con frío, ¿y tú?
—Bien igual, aunque ya me iba —dijo Claire encogiéndose de hombros, luego se giró hacia la salida—. Cuidate.
—Tú igual.
Pero la muchacha no alcanzó a avanzar más de dos pasos para cuando patinó en el suelo congelado soltando un grito. Remus, en un acto reflejo, la sostuvo y ambos terminaron cayendo estrepitosamente. Si el licántropo había estado en alguna situación más vergonzosa, no lo recordaba. Estaba sobre ella, tal cual en las películas muggles que él había mirado, quizás sonrojado y, sin embargo, sin poder de dejar mirar sus labios.
La besó.
Y se fue corriendo tan rápido como pudo en cuanto logró levantarse.
—¡Remus!
Lupin jamás había bajado con tanta rapidez y destreza esa escalera, ni menos había atravesado todo el camino hasta su habitación en tan pocos minutos. Cerró la puerta de un golpe, sobresaltando a sus amigos, y por fin se detuvo, tomando aire a bocanadas, con el rubor aún en su rostro, y con las cartas y paquetes todavía en la bolsa que sostenía en sus manos.
—¿Qué te pasó, Remus? —preguntó James cuando éste se tiró en la cama bocabajo.
—Está tan rojo y cansado que pareciera que hubiera tenido sexo —soltó Sirius en una carcajada—. ¿Te anduviste divirtiendo allí arriba, lobito?
Después de insistir por cerca de media hora al licántropo, sus amigos consiguieron sacarle la verdad y quedaron impresionados. No solamente por el hecho de que hubiera huido, sino por lo que había sucedido en concreto: él había besado a una chica.
—¡Pero, ¿por qué te fuiste?! —preguntó Sirius impresionado—. ¡Tenías a Claire ahí!
—Ya tendrá otra oportunidad, Canuto —murmuró James. Luego lo pensó mejor—. ¿Y qué tal si vas a hablar con ella ahora?
—No.
—Remus… piensa en ella. Quizás se sintió mal —habló Peter.
Por primera vez en mucho tiempo, él alzó la cabeza y los miró.
—Tengo vergüenza —admitió—, pero supongo debo pedirle perdón.
—¿Perdón? ¿Vergüenza? —repitió Sirius—. No hiciste algo malo, sólo la besaste.
Remus asintió y estuvieron callados varios minutos, aunque James no pudo resistir más y habló.
—¡Así se hace, compañero! —rió palmeándole la espalda—. ¡Vas aprendiendo, ¿eh? Galán!
