Sirius estaba sentado bajo el gran Haya junto a sus amigos, intentando escapar del sofocante calor de aquel día de primavera, extrañamente silencioso por algo que sus amigos no comprendían. Cada cierto tiempo miraba a su alrededor, sin prestar atención a lo que Remus explicaba en su anticipado estudio para los TIMOS.

Estaba esperando por algo, James lo percibía, ya que miraba continuamente aquel viejo reloj de bolsillo. Entonces apareció en la lejanía una Ravenclaw que todos conocían, aquella chica que exigía siempre la compañía de Sirius y que por poco impedía que éste estuviera con los demás Merodeadores. Clarisse tenía sus manos en su cintura para cuando se plantó frente a Black.

—¿Por qué estás aquí, Sirius? —inquirió la chica—. Te dije que me buscaras cuando saliera de clase, estuve esperándote como idiota.

—Y yo te dije que estaría con mis amigos hoy y que no iría —murmuró Sirius levantándose.

—¿Y a mí qué me importa? ¡Te dije que estuvieras y debiste estar ahí! —decía—. ¡Siempre estoy para ti! ¡Pero tú siempre quieres estar con tus amigos, siempre! ¡Ya duermes con ellos, ¿acaso no te es suficiente! ¡Porque lo repito: soy tu novia y debes preferirme a mí! ¡¿Me oyes?!

Pero Sirius no era un chico que tuviera mucha paciencia, eso lo sabían los Merodeadores que intentaban no prestar atención; pero al parecer ella no lo sabía. Las facciones del chico cambiaron, parecía estar a punto de explotar y ella seguía insistiendo en la escena que James veía con tanta frecuencia desde hacía dos semanas.

—Clarisse, ¿por qué no te vas y me dejas tranquilo?

—¡Porque quiero estar contigo, soy tu novia! ¡Pero pareciera que tú no quieres ser mi novio, porque…!

—¡PUES YA NO! —interrumpió Sirius exasperado por la escena que ésta armaba—. ¡Por Merlín, mujer, ¿no te das cuenta que me alteras?! ¡Te digo que quiero estar con mis amigos y mira cómo te pones!

—¡¿Y yo tengo la culpa ahora?!

—¡Quiero mi puto espacio, Clarisse! ¡Me sofocas, ¿no ves?!

—Pero, Sirius…

—¡No, ya basta, déjame solo!

James miraba sin saber si intervenir o seguir fingiendo que estaba leyendo como lo hacían Remus y Peter —u otros chicos que estaban cerca—, pero hacía tiempo no veía la "Black-reacción" de Sirius. A veces su sangre se reflejaba tan bien en él, que su apellido parecía estar escrito en su frente con letras negras.

—Sirius…

—Terminamos. —sentenció. Entonces miró a sus amigos—. Dejen de fingir y vámonos ya —ordenó aún con el tono autoritario.

Sin siquiera reclamar, los chicos se levantaron y lo siguieron en silencio. Sabían que cuando llegaba al tope de mostrar su origen Black, era mejor hacer lo que pedía o podrían incitar a una nueva discusión. Y nadie quería discutir con Sirius Black; nadie.

—No más noviazgos en mi vida. Recuérdenmelo, por favor.

Y así fue. Desde ese día de su quinto año, pasó a ser un alma libre de cualquier compromiso.