Sexta parte:
~Graduación~

Capítulo 21:
Sentimientos encontrados

Sirius observaba nervioso su reflejo en el espejo del baño de su habitación, acomodándose continuamente la corbata que tanto le había complicado arreglar. Su respiración era agitada, así como su propio pulso. Estaba nervioso, debía admitirlo, ¡si hasta su estómago parecía estar en su contra ese día y dolía! El día más importante de todos, y se sentía mal.

—¡Sirius, tengo que arreglarme! —le gritó Peter desde el otro lado de la puerta—. ¡Apura!

Se peinó con sumo cuidado, para luego desordenar levemente su cabello y recordando, por instantes, que James siempre hacía eso. La sonrisa en su rostro se congeló automáticamente, dándose cuenta por fin de que no lo vería todos los días como acostumbraba, ni a él, ni a Remus ni a Peter. Estaría solo en esa casa que había comprado el verano anterior.

¿Qué haría sin ellos? Siempre decían que se veían a diario, pero la realidad era distinta. De seguro buscarían trabajos, y James quería casarse con Lily, lo que limitaría las visitas de sus amigos pues respetarían su intimidad. De seguro sus otros amigos no tardarían en contraer matrimonio también, y él estaría aún más solo.

—¡Por Merlín, Sirius, yo igual debo bañarme y peinarme! —exclamó Peter golpeando la puerta.

—¡Que te esperes, Colagusano!

Su corazón se aceleró aún más al notar que, aunque decía que ya quería irse de aquel castillo, la realidad era muy diferente. Quería descansar de tareas, claramente, pero no alejarse de sus amigos y enfrentar la vida que tenían los adultos. ¡No estaba listo para eso!

No era como los otros Merodeadores o chicos de su edad, quienes ya pensaban en trabajos, casamientos y responsabilidades. Sirius, a lo más, pensaba en qué comería al día siguiente cuando llegara a su casa tras la fiesta que James iba a dar para los Merodeadores y Lily en su casa por la noche, tras graduarse.

Tocaron la puerta de nuevo.

—¡YA VOY TE DIGO, PETTIGREW! —exclamó exasperado.

—¡Soy James y Petter fue a lloriquearme que te eche, Sirius! —murmuró el joven Potter—. Sus padres ya llegaron y no está listo.

Enfurruñado como estaba, abrió la puerta y se sentó en la cama con los brazos cruzados, siendo mirado por sus tres amigos, quienes le miraban confuso por haberse enojado tanto sólo por pedirle permiso para utilizar el baño.

—¿Por qué están tan felices de irse? —preguntó de pronto, tal cual un niño pequeño—. ¿Es que ya no quieren que nos veamos?

Sorprendidos, ninguno respondió.

—¿Cómo pueden estar tan emocionados? —volvió a hablar—. Es como si nos les importara el hecho de que no nos veremos a diario, como acostumbramos.

—Es sólo que… —empezó Remus aún impresionado por la actitud de su amigo—, es sólo que es un paso que es inevitable dar.

Sirius los miró.

—Creo que… extrañaré todo esto —dijo con pena.

—Y yo —coincidieron los otros tres, todos con el mismo peligroso brillo en los ojos entristecidos.