Oh, faltaba tan poco para que iniciara la ceremonia de graduación de los jóvenes de séptimo año, que Peter caminaba con torpeza a causa de los nervios que prontamente lo estaban invadiendo, jugándole una mala pasada, mucho más por la pena que la conversación sobre lo que dejarían atrás, que Sirius había iniciado, le había provocado al merodeador. Realmente le había recordado lo que días atrás había pensado: los extrañaría.

Sus amigos iban a su lado, ordenando sus uniformes para mantenerlos impecables hasta que lo necesitaran, al momento de la graduación, por lo que Peter los imitó. Acomodó la corbata en el centro, justo ahí donde quedaba el último botón de la camisa. Escondió los puños blancos de ésta bajo el chaleco de su casa, y terminó de alisar la capa que llevaba puesta como los demás alumnos de aquel colegio de magia y hechicería.

—Peter, tienes una mancha de chocolate en la boca —murmuró James deteniéndose para señalarle con el dedo el sitio exacto.

—Gracias, Cornamenta —sonrió.

—Le diré a Lily que le andas mirando los labios a Peter —canturreó Sirius mientras volvía a avanzar por los pasillos—. James y Peter, un amor de verdad.

—Argh, cállate, Canuto —pidió Remus rodando los ojos y siguiéndolo junto a los demás—. Mira que más sospechosos son Cornamenta y tú.

—Soy el único con novia aquí y me ponen en ambos casos —bufó el animago.

Siguieron caminando hasta dar con las puertas de roble donde los esperaba la profesora McGonagall, vestida elegantemente y con su típico sobrero puntiagudo cayendo hacia la izquierda. Tenía su cara fruncida mientras le pedía a un chico que arreglara su corbata, pues éste la llevaba decididamente desarmada. ¿Intentaba verse más genial? No lo estaba logrando, pensaba Peter.

—Bien, el momento ha llegado —dijo la mujer observándolos uno a uno—. La idea es que caminen hasta la tarima cuando se los indique y luego formen una fila. Se les llamará por orden para recibir su diploma. Desde ya, mi más sinceras felicitaciones.

El animago tragó saliva cuando la profesora abandonó su sitio y abrió las grandes puertas de roble para entrar. Tras eso, cerró la puerta frente a la cara de uno que había intentado seguirla, por poco su nariz no fue golpeada.

—Mi mamá dijo que hay un banquete gigante —dijo James alegre, abrazando a Lily que se había acercado en ese momento—. Y que pueden quedarse en la casa si tienen problemas en volver a la suya.

—¡Genial! —exclamó Peter intentando serenar sus nervios—. ¿Crees que haya patatas fritas?

—Sí, la mamá de James siempre hace —respondió Sirius por su amigo—. ¿Verdad, Cornamenta?

—Así es, Canuto —sonrió escondiendo las manos en los bolsillos—. Y muchos tipos de postres, me encargué de…

Las puertas de roble se abrieron de par en par, interrumpiendo la charla con sus amigos. Peter vio hacia adelante cómo la profesora les indicaba avanzar. Definitivamente, el momento de despedida había llegado.