Aunque al principio la lectura era interesante, después de varias horas enclaustrado, necesitaba un descanso.

Salió de la biblioteca hacia los jardines, y fue allí donde la vio.

Estúpida Granger – pensó.

Con todo y el estúpido Weasley, a quién le permiten pasearse por todo el castillo aunque ya no estudie aquí.

Sabía perfectamente que si se hubiera detenido tan sólo unos segundos más en la biblioteca se habrían encontrado cara a cara.

A ella y a sus grandísimos ojos cafés. Siempre tan atentos, esforzándose por saberlo todo, queriendo indagar siempre más y más.
Siempre observando atentamente. Con ese inexplicable brillo tan molesto… Tan único…

Se sentó al pie de su árbol favorito, desde donde podía verlos mejor.

Podía verlos caminar tranquilamente cerca del lago.

No se abrazaban ni se besaban. Ni siquiera se tomaban de las manos; podría parecer que era porque ella traía un libro entre las manos, pero él sabía la verdad.

Porque la conocía. Sabía perfectamente bien que ella se sentía tan cómoda con su compañía que no eran necesarias las muestras de afecto.

O quizás si deseaba tocar su mano, pero la timidez de hacerlo en público la sobrepasaba….

Al final… ¿A mí que me importa? – pensó, restándole importancia. Pero no podía evitar aquella tormenta de recuerdos, acompañados por ese punzante dolor en el pecho.

Dio un largo suspiro, y, dejó que su mente se invadiera por aquellos pensamientos. Esos no tan lejanos días donde el mundo entero se reducía a sus brillantes ojos, su música favorita era el latir de su corazón y el mejor entretenimiento era jugar con los rizos de su cabello.

"Te amo" le había dicho ella. Jamás esas dos palabras habían sonado tan hermosas como en aquel momento. En aquel entonces todo era perfecto. Ingenuamente pensó que la vida siempre sería así.

Y era en ese recordar cuando notaba que sólo estando con ella podía respirar de verdad. Aquel era el único lugar en el que se había permitido inflar su pecho y sonreír mientras exhalaba despacio.

Donde lo más importante era relajarse y disfrutar de su compañía.

Otro suspiro salió de sus labios y pronto un grupo de chicos cubrió su vista. Se dio cuenta que no valía la pena seguir recordando, no importa cuán felices eran esos recuerdos, ni cuánto le hacían sufrir.

A fin de cuentas, aquel espectáculo ya había terminado.

Se levantó con elegancia y se cuadró al instante, forzándose a olvidar aquellos rizos; era tiempo de volver con el reducido grupo de gente que aún le hablaban.

Y si, entre ellos estaba su nueva novia y prometida, Astoria Greengrass.

Jamás podría quejarse de ella. Era hermosa, inteligente y educada. Aún con ese porte elegante y altivo, era culta y amable, así que siempre era una agradable compañía y excelente conversadora.

Su angelical rostro, su precioso cuerpo, aquella forma de andar y de moverse la convertían en una excelente amante; pero aquella sencillez que la caracterizaba… Todo en ella tan natural… Le hacían adorarla aún más.

Sí. La quería y mucho. Pero… Simplemente no era ella.