Pasó demasiado rápido.

Éramos felices, me atrevo a decir. Pero había tanto que hacer. Exámenes, trabajos, deberes… Pronto dejaríamos la seguridad del castillo y nos enfrentaríamos a la realidad del mundo adulto; casi tan terrible como la batalla que hacía tan poco habíamos vivido.

Comenzó como una pelea en un pasillo por la noche.

Una discusión entre dos personas orgullosas que se negaban a ceder.

Y luego, un espeso silencio. Que se prolongó por días y días.

¿Valdría la pena recordar por qué empezó todo? No lo creo. Sólo puedo repetir en mi memoria una y otra vez cada detalle de la mañana en que recibiste su carta.

Una irónica y cálida mañana que contrastaba con el humor que yo tenía.

Yo volteaba a las puertas del Gran Comedor cada que alguien entraba, esperando que uno de ellos fueras tú.

Me acuerdo de tu mirada triste y a la vez molesta que me dedicaste al llegar, y yo, fingiendo que no la recibía, volteaba al desayuno que aún no había tocado.

Montones de lechuzas volaron sobre nosotros mientras te sentabas en la mesa de tu casa, saludando a la gente a tu alrededor y buscando la lechuza que te traería el diario de aquel día.

Suspiro y me maldigo mil y un veces al recordar esa escena esculpida en mi mente. Irremovible.

Tus rizos enmarcando tu rostro, tus ojos cafés abiertos a más no poder, tus manos temblorosas tomando aquel sobre cuyo remitente pronto sabría.

Tus labios, que antes eran una fina línea, se habían convertido en una ligera muestra de asombro y temor conforme ibas devorando cada palabra escrita en esas hojas. ¿Había lágrimas en tus ojos?

Te fuiste. Corriste olvidando tu desayuno, tu mochila, tus compañeros de casa e incluso la primer clase de esa jornada.

Me volviste a hablar después de semanas. Una sola nota tuya, y yo ya estaba camino a nuestro lugar cerca del Bosque Prohibido, en ese pequeño trozo de pasto que comenzaba a estar rodeado de árboles y que durante todos esos meses había sido testigo de nuestro secreto.

Estabas confundida y yo no respondí. Ahora descubro que esos silencios son los que me condenarían de por vida.

Pero es que yo no podía hacer mas que recordar aquellos días en los que ese mismo lugar, me habías dicho dos simples palabras que, en un instante, se habían vuelto mi mundo.

Entiendo que te hayas molestado. Hablaste. Gritaste. Incluso me golpeaste.

Luego te fuiste.

Y justo en ese instante, te llevaste mis risas, mis alegrías, mi corazón. Mi razón para ser feliz.