Buenas noches. Antes que nada una disculpa por ausentarme dos días y no actualizar, tuve mi examen final de Griego, el cual espero pasar.
Por otro lado, vengo con el cuarto mes, la cuarta flor. Por si tienen dudas de donde saco los significados de las flores, las tomo de una página llamada florpedia.
Espero les guste el capítulo, lo puse como una dualidad en la pureza de los sentires.
4. Lis. (Sentimientos puros)
Pasó un mes entero y Greg tenía la impresión de que cada vez veía y veía más a Mycroft, donde sea, a la hora que fuera. No habían tenido ninguna salida juntos, de hecho Greg se había mostrado un poco cerrado a la idea de salir con el mayor de los Holmes, pero el otro hombre estaba prácticamente presente en todos los días de su semanas. Aunque Greg no lo reconocía y hasta se afirmaba a sí mismo que estaba demasiado incómodo con la presencia del otro Holmes, lentamente había olvidado a Sherlock, ya no se sentía tan atormentado por esa extraña noche de enero que habían pasado juntos. Sin embargo, se negaba del todo a aceptar la idea de Mycroft, no era odio, repudio, indiferencia; simplemente ya se había hecho a la idea de que era el joven detective el que pedía a gritos corresponderle. Así que cada que salía de compras, o iba rumbo al trabajo o saliendo de este y se encontraba al Hombre de Hielo deambulando ya sea a pie o en auto las calles, se sentía totalmente incómodo y lo único en lo que pensaba era en estar de vuelta en la seguridad de su casa, donde no podría verle. De igual forma, siempre se mostraba sensible negativamente hacia el tema del gobierno británico, por el simple hecho de que el hombre de las flores trabaja ahí y aparentemente, Inglaterra funcionaba gracias a él.
Quizá la mayor ocasión que estalló sobre el tema de Mycroft fue cuando el propio Sherlock se lo mencionó de pasada mientras hacían una exhaustiva investigación (al menos para la gente normal de Scotland Yard) sobre un extraño brote de VIH en un concierto de música clásica. Sherlock soltó al aire que seguramente su hermano estaría chillando como un cerdo al enterarse de tremenda masacre silenciosa, y comenzó a hablar de la inteligencia del asesino para matar de esa forma tan lenta y agonizante a sus víctimas. Greg no puso atención en lo más mínimo a todo lo que había dicho el menor de los Holmes y simplemente saltó. En un ataque de neurosis total le gritó a Sherlock que no le distrajera del trabajo, que solamente iba a mancharle las escenas del crimen y no cooperaba en nada. Sherlock, con una media sonrisa en la boca y un calmado "Oh Lestrade, eres un imbécil", se fue del teatro, solitario y con paso tranquilo, dejando a Greg y a su equipo totalmente solos. Sally se lo festejó y Anderson le invitó una cerveza por la gran proeza que había llevado a cabo corriendo al joven. Pero Greg se sentía más bien arrepentido por la forma en la que le había gritado a Sherlock. Así que terminando por el día esa extraña investigación, en vez de ir a su casa, fue directo al 221B para pedirle una disculpa a su salvación en muchos casos.
Por otro lado, cerca de la casa de Greg, Mycroft esperaba a que este llegara del trabajo, llevaba en las manos una nueva flor, una muestra de que él no estaba jugando, que le quería bien y enserio: una flor de lis.
Cuando Greg fue recibido por la señora Hudson, esta le preguntó que si tenían un nuevo caso para Sherlock y John, Lestrade simplemente dijo que tenía un par de cosas qué hablar con Sherlock y después se iría a su casa a descansar. La señora Hudson, sonriente como siempre, le encaminó al piso de Holmes. Al pasar se encontró con que el detective estaba completamente solo, acostado en el sillón largo y seguramente pensando. Cuando Greg pasó a la sala y se quedó parado a un lado del de cabellos rizados, este reaccionó lentamente, como era usual en él.
– Vienes a pedir una disculpa y a que te ayude a resolver ese caso.
– En realidad no.
Sherlock se levantó y cruzó sus brazos en frente de Greg.
– Dices tener moral y vienes a pedirme una disculpa por tu reacción de hace unas horas.
Lestrade se limitó a asentir, estaba más bien ocupado en el hombre que tenía enfrente. Comenzó con los labios del hombre para pasar al cabello, después bajar a esos pómulos tan marcados y después ese cuello medianamente largo. Se detuvo en el pecho que estaba escondido tras esa camisa blanca, que subía y bajaba con la respiración del detective. Recordó la pregunta que le había hecho Mycroft un mes atrás y encontró la respuesta en ese momento: por su indiferencia, por su desinterés, por todo lo que a las personas no le gustaban de Sherlock Holmes, a él le gustaba. ¿Pero qué sentía por él? Deseo.
Se hizo el silencio de nuevo. Sherlock hablaba, pero Greg no lo escuchaba, seguramente lo intentaba poner como un completo idiota, pero nada de eso importaba en ese momento. Greg tenía los oídos más allá, en todo el departamento y al saber que el joven Holmes estaba solo, que había estado solo desde que había llegado al teatro infestado de SIDA en sus asientos. Le importó lo que pudiera pensar cualquier otra persona, debía tener a Sherlock Holmes en su posesión en ese preciso momento.
Se lanzó sobre el detective y este no le dijo nada, no le detuvo, ni siquiera quiso dominar, no. Una vez más Greg e enseñaba al más joven de nuevo. De nuevo lo poseyó y en esa ocasión, con mayor locura que la vez pasada. Le arrancó la ropa, prácticamente rompiendo la ajustada camisa, le sacó gemidos ¿de placer? ¿de dolor? Solo el mismo detective consultor lo sabría y se lo llevaría a la tumba, marcas, sudor, saliva. Había poseído a Sherlock una vez más, con mayor arranque, furia y deseo, ¿pasión? En el momento diría que sí, después lo pensaría.
Cuando terminaron, Lestrade simplemente se vistió de nuevo y dejó al joven detective tendido en el sillón, desnudo, con dolor en todo el cuerpo y sudado. De camino a su casa no notó el auto negro que le siguió en todo el camino y mucho menos supo del hombre pelirrojo que apretaba tanto su paraguas con ambas manos, como sus dientes con una gran furia y sobre todo tristeza. No notó la flor de lis que descansaba en el vaso de la mesa de centro. Simplemente se bañó. No comió, era como si no estuviera despierto, como si por esos momentos fuera un autómata, no pensaba, solo sentía, sentía su cuerpo palpitar, su cabeza pedirle un rato de sueño, pero nada de ello importaba. Simplemente no se podía sacar de la cabeza las imágenes que había visto unos momentos atrás. Sherlock y él. Imposible pero cierto. El detective no se lo negaba y el estaba dispuesto. Se tiró recién bañado sobre su cama y no reparó siquiera en secarse, mucho menos vestirse, con los poros sensibles por el vapor del baño y la experiencia en el 221B, se metió dentro de las cobijas y durmió y durmió, al día siguiente no fue al trabajo, su sueño era tan profundo que no despertó en más de 20 horas. Lo olvidó todo, el trabajo, las flores, Mycroft y hasta a Sherlock mismo. Se sentía tan embriagado por aquella experiencia que se quedó borracho del detective por mucho más tiempo que la vez anterior.
Despertó al amanecer de dos días después y se sorprendió desnudo en su cama. Se dio otro baño y por fin salió de su departamento para ir a atender su trabajo, no sin antes sorprenderse por el gran racimo de flores de lis que estaba en la sala. Supo desde luego de quien era, pero no le prestó atención y fue a Scotland Yard. Lo que no sabía era que cada flor significaba la hora en vela que estuvo el pelirrojo Holmes a lado de su cama, cuidando su sueño.
Amo a Mycroft...
¿reviews? jeje. Nos vemos mañana, ojalá les gustara.
