Disculpen la hora, aquí está el quinto, espero les guste.


5. Tulipán (amor sincero)

No apartaba la mirada de la maceta que tenía enfrente, la escudriñaba de arriba abajo y cada vez que paraba en los pétalos rojos de ese tulipán daba una calada grande a su cigarro. Tenía bastante que no fumaba, pero en la mañana que vio el tulipán en la sala de su casa, ameritó uno, dos, tres, media cajetilla de cigarros. Se atormentaba y no tenía idea de la razón. Mayo estaba por terminar y pensaba que ya se habían terminado esas tormentosas flores. Las cosas con Sherlock eran de nuevo totalmente confusas, pero ya no se sentía preocupado por ello. Había caído en la conclusión que sus sentimientos por el otro detective eran solamente deseos carnales que podría apagar siempre que John Watson no se encontrara en casa. Así fue también la manera en la que se fue olvidando poco a poco de los sentimientos de Mycroft, de los significados inocentes y puros que sentía el hombre por él. Ya no le interesaba ni le importaba en lo más mínimo, al menos eso era lo que creía.

Se dio cuenta que las cosas no eran como él lo pensaba, justamente cuando se disponía a irse a Scotland Yard. Pasó su mirada por la mesa de centro y ahí encontró la maseta. En vez de preguntarse como cualquiera lo hubiera hecho "¿cómo le hizo para entrar a mi casa?" pensó que le motivaba ahora a enviarle esa flor. Sin mucho interés buscó rápido el significado de la planta. Y al encontrárselo algo en su cabeza estalló, no tenía un nombre, no tenía una razón aparente ¿qué le sucedía?

Rápidamente sacó de uno de sus cajones de ropa una cajetilla cerrada. Se había propuesto desde hace bastante tiempo dejar de fumar, pero esa extraña y nueva ansiedad le tomó en un momento de total debilidad, pues ignorar la realidad no era demostrarse fuerte, sino todo lo contrario.

Se sentó en el sillón y pensó sobre todo lo que había estado sucediendo por un año entero. Sherlock, John, Mycroft, Scotland Yard. Tantas cosas que habían sucedido en apenas cinco meses. Después centró su pensamiento en Mycroft y sus envíos de flores ¿qué esperanza le daba el mandarle un flor por mes? Si Greg se hubiera puesto en esa misma situación ya habría claudicado desde marzo. No tenía un interés por el hermano mayor de Sherlock y el único interés que tenía por el detective era el trabajo y el cuerpo. Entonces ¿por qué se ponía a pensar en ello? No lo sabía y por eso mismo sentía miedo, un miedo profundo y extraño que lo invadía por completo. Al sentir ese miedo se estremeció, pensó que tenía que deshacerse de esas muestras de afecto por parte del mayor de los Holmes, el trabajo estaba de nuevo en segundo plano, otro día descontado, qué mas daba.

Tomó la maceta con el tulipán y fue por las violetas. Era suficiente, demasiado de Mycroft y sus muestras de amor inocente y puro ¿qué era puramente inocente en esa vida? No eran niños, tampoco adolescentes y no estaba en edad de andar en esas cosas, situaciones "ideales" buscadas por alguien que quería un momento ideal. Tal cosa no existe.

Llegó al Club Diógenes en menos tiempo del que esperaba. Estaba furioso, molesto, deseaba que el trabajador del gobierno dejara de una vez por todas de molestarle. Antes de hacer cualquier ruido pensó en podría pasar. Se imaginó a él mismo llegando a paso furioso, golpeando a Holmes y dejando las flores. Después se imaginó él mismo furioso y golpeando a Holmes… y después su cuerpo flotando por el Támesis.

Se estremeció, quizá golpearle no fuera buena idea, tal vez estar ahí no era buena idea. Lo mejor era irse al trabajo y olvidar esa locura ¿no se suponía que no le interesaba Holmes? Pues le estaba dando demasiada importancia con el simple hecho de estar ahí. Dio media vuelta y se dispuso a salir. Pero lo detuvieron dos de los usuales guardaespaldas de Mycroft. Greg supo que el mayor sabía que estaba ahí, que ya era imposible escapar. Sin decir ni una palabra caminó siendo guiado por los trabajadores de traje negro.

– Nunca pensé que me honrarías con tu presencia aquí Lestrade, mi lindo hermano te dijo del club, supongo.

Vaya forma de recibirlo. Mycroft tenía la vista en unos papeles y no le dedicó importancia a Greg, este dudó por un momento que ser tan indiferente fuera quien le enviaba flores con insistencia, ni siquiera le miraba a los ojos, no le prestaba atención. Al sentirse sin importancia ante Mycroft, Greg tembló de miedo (y claro, después se preguntó por qué lo había hecho). Quiso abrir la boca, pero al hacerlo no salió ningún sonido, solamente profirió un vano y sordo sonido con sus cuerdas vocales. Con eso bastó para llamar la atención del hombre de hielo. Levantó la vista hacia Lestrade e hizo una débil sonrisa, después se levantó y se dirigió hacia el detective, este sintió que mientras el pelirrojo se acercaba más y más a él, se volvía cada vez más pequeño, sintió como la proximidad de Mycroft le quitaba el aliento y cerró los ojos cuando sintió que el dueño del Diógenes le quitaba el peso de las flores de encima. Entonces los abrió y se encontró que Holmes estaba de nuevo sentado enfrente de su escritorio con la mirada en su trabajo. Greg pensó que ya no habría nada de qué hablar, que el hombre había entendido el rechazo y lo aceptaba. Se disponía de nuevo a salirse de ahí, pero Mycroft habló con su voz suave y tranquila, esa voz paralizó a Greg y muy en el fondo lo dejó embelesado.

– No tengo idea sobre las ideas que cruzan tu mente detective, pero estoy completamente seguro de que si estás aquí, es porque de una u otra manera te interese.

Silencio por parte de Greg.

– Puedo suponer que me crees como un chiquillo por esto que hago por ti. Sin embargo, ten en cuenta que soy mayor que tú y sé perfectamente que hago con mi vida.

– No deberías seguirme insistiendo yo…

– Tú tienes la relación más enferma con mi hermano, no los culpo a ninguno de los dos, el te usa y lo mismo digo de ti, o ¿ya sabes que sientes por él?

Silencio.

– Lo vales Gregory Lestrade, pero si no quieres ver, no lo puedo hacer por ti. Vuelve cuando lo sepas.

Lestrade se fue, estaba aún más furioso. Sintió un peso en su pecho todo ese día, un pesar extraño que le recordaba tortuosas cosas: El cuerpo de Sherlock y la voz de Mycroft, el deseo que ofrecía uno y las promesas en flor del otro.


Debo agradecer su apoyo, gracias por los reviews, me dan el ánimo para seguir con esta historia, espero les vaya gustando.

Supongo que estar en el predicamento de Lestrade es algo que le puede pasar a cualquiera, me gusta esto. Nos vemos mañana (más bien al rato) con el sexto.