EL CIRCULO DE FUEGO
Disclaimer: Esta historia no es de mi autoría sino una adaptación, de la obra de Marianne Curley, con los maravillosos personajes de Stephenie Meyer.
Espero les guste... Espero reviews de como les esta pareciendo la historia y que esperan del siguiente cap ;)
Capítulo 2
Edward
Me encuentro como si me hubiera atropellado un camión. Algo me martillea dentro de la cabeza y siento punzadas por todo el brazo. Se supone que debo seguir a esta chica hasta la enfermería, pero no es allí adonde me lleva. Me pregunto que habrá querido decir Pecs con eso del "armario de las escobas". Mejor paso de él. Ese tío es un imbécil.
Me gustaría preguntarle a la chica adónde vamos, pero no puedo recordar cómo se llama. El señor Banner la ha llamado por su nombre. Sin embargo, en esos momentos yo me encontraba en el país de los sueños. Bueno, no exactamente allí. Sencillamente estaba contemplando los acontecimientos desde «fuera». Es una sensación extraña, aunque ya no me sorprende. Empiezo a estar acostumbrado a que me sucedan cosas raras; a mí y a mi familia, ahora que caigo, Ese es el motivo de que hayamos venido hasta aquí, a este triste y aislado pueblo en mitad de una montaña alejada de todo. Se llama Forks, el pico de las cenizas, y no quiero saber por qué se llama así. Puede que algún fuego arrasara el bosque, Pero yo ya he tenido mi ración de incendios, y también de inundaciones.
Un nuevo comienzo. Eso fue lo que dijo mi padre. Eso es lo que dice cada vez que nos mudamos. He llegado a odiar mi vida. Sólo quiero dejar de ir de un lado a otro. Siempre me ha costado hacer amigos. ¿Para qué, qué sentido tiene? Es algo que me he preguntado siempre. La verdad es que uno se cansa de ir siempre solo por ahí y de que le cuelguen la etiqueta de "perdedor". Siempre me pasa lo mismo: cuando consigo adaptarme a un colegio y hacer unas amistades como Dios manda, nos mudamos otra vez.
Mi padre no ha tenido un trabajo estable en dieciséis años, y nunca hemos permanecido más de dos en ninguna parte. En una ocasión incluso hice unos cuantos buenos amigos, pero, al final, como siempre, acabamos marchándonos. Una inundación se llevó por delante la casa que teníamos alquilada y también el negocio en el que mis padres habían invertido todos sus ahorros. Un año después nos quedábamos sin un céntimo. La verdad es que hay veces en que parece que los problemas nos persiguen. En este momento, tras el accidente que ha sufrido en una pierna, mi padre esta inválido de por vida y se pasa los días atiborrándose de morfina para calmar el dolor crónico que lo atormenta. A pesar de que utiliza muletas para caminar, el médico le ha dicho que acabara perdiendo la pierna.
Toda la responsabilidad ha recaído sobre mamá. Pero ¿qué puede hacer ella? Estuvo muy delicada de salud durante los primeros diez años de matrimonio y nunca tuvo ocasión de desarrollar sus aptitudes laborales. Pocas veces hablan del asunto, pero me consta que se pasaron diez años intentando que yo naciera. No obstante, es hábil con las manos y tiene cierto talento artístico, así que hace ropa, ropa de chica con abalorios y piedras de colores cosidas a mano; también algo de bisutería. Yo los llamo "adornos vaqueros". No tienen demasiado éxito.
Empiezo a despejarme en cuanto salimos del edificio del colegio. Todavía sigo los pasos de la chica y no puedo dejar de fijarme en ciertas cosas, como su forma de caminar: decidida y despreocupada a la vez. Sabe exactamente adónde vamos.
Viste la clásica falda gris de colegiala, por encima de la rodilla. No es demasiado corta, pero si lo suficiente para que pueda ver que tiene unas bonitas piernas. Su piel es muy blanca; como si estuviera anémica o algo parecido, y eso es chocante. Porque su cabello es muy negro, y lo lleva largo, hasta la cintura. Sin embargo, el conjunto es atractivo... diferente. Igual que sus ojos, que ya me habían llamado la atención antes, en la clase, porque son de un azul grisáceo muy claro; tanto que se diría que son casi transparentes, además de penetrantes. Y, si me paro a pensarlo, no deja de ser curioso que hace un momento se me pusieran los pelos de punta y que una extraña sensación de ser «invadido» me latiera en la cabeza.
«Bella.» Ya me acuerdo. «Buena chica, Bella. Ya podéis marcharos. » Si, eso es lo que ha dicho Banner.
Veo que nos dirigimos a campo abierto. Si seguimos así, de la enfermería no oleremos ni el desinfectante.
-¡Eh! -la llamo.
Ella se detiene a unos pasos y se gira.
La situación es cada vez más desconcertante. Me encojo de hombros y, con la cabeza, me señalo el brazo y el improvisado vendaje manchado de sangre.
-Oye, ¿no se suponía que debías acompañarme a la enfermería?
-No sé por qué -se burla-. Allí no tienen ni idea de curar. -Y, como si eso fuera suficiente respuesta, me da la espalda y sigue andando.
La alcanzo y la cojo de un brazo con mano sana, al tiempo que se me cae el vendaje. Durante un segundo, algo extraño aparece en su mirada, como si el azul grisáceo de sus ojos se oscureciera y estos se le agrandaran.
-¿Me estas secuestrando? -pregunto.
Se queda mirándome y por un instante tengo la impresión de que me toma en serio. Luego, ve la venda en el suelo y se agacha para recogerla. La sacude y me la coloca de nuevo en la herida mientras ríe. Entonces el rostro se le transforma, y su súbita belleza me deslumbra. Lo juro, esta chica es especial y su risa es música, como una cautivadora melodía. Deja de reír y yo sacudo el cabeza, aturdido por mis pensamientos. Debe de ser por la tensión. O eso o es que me estoy volviendo loco. Ninguna chica me ha provocado una reacción así. Jamás.
-Te llevo a casa de mi abuela -me contesta.
-¿Es enfermera?
En la comisura de la boca le asoma un mohín cargado de ironía que se convierte, poco a poco, en otra maravillosa sonrisa.
-No exactamente, pero es mucho mejor que los administrativos que se ponen a jugar con los botiquines.
De repente, y por alguna razón que desconozco, confío plenamente en ella. Está bien, puede que sí lo sepa. Es por esa sonrisa. Lo admito, tengo debilidad por las sonrisas; después de haber cambiado tantas veces de colegio, a menudo una sonrisa ha sido un salvavidas. Pero esta tiene algo particular, ha conseguido cambiarle la cara y ha hecho que pareciera, no sé..., etérea. Vaya, ¿de dónde habré sacado esa palabra?
Nos abrimos camino entre la maleza, desembocamos en la carretera principal y seguimos por ella hasta que llegamos a una bifurcación. Durante un segundo, tengo la impresión de que va a llevarme a mi casa, ya que el desvío de la izquierda conduce a la vivienda que han alquilado mis padres. Sin embargo, escoge el camino de tierra que se adentra en el bosque, hacia la derecha. El sendero parece empinado y serpentea hacia lo alto. Después de la primera curva ya no veo la carretera y comprendo enseguida el porqué de las increíbles piernas de Bella. Subir esto todos los días tornearía hasta las de un rinoceronte.
A medida que avanzamos, las dudas me asaltan. El lugar parece aislado y solitario.
-Oye, ¿dónde vive tu abuela? A este paso me habré desangrado antes de que lleguemos.
Se vuelve y me dedica una mirada tan cargada de incredulidad que me siento ridículo. Está claro que el señor Banner no es el único a quien no le gusta la visión de la sangre. Noto que me ruborizo de vergüenza hasta las orejas.
-Si todavía sangras, apriétate el vendaje. Así es como hay que hacerlo.
Le echa un vistazo al corte y hace una mueca cuando se percata de que es más profundo de lo que había creído. Luego, vuelve a colocar el vendaje y lo tensa un poco más. Sus dedos se han movido con seguridad y son cálidos. Cuando ha acabado la miro y le digo:
-Gracias. Bella.
Por algún motivo, mis palabras parecen sorprenderla. Levanta la cabeza y nuestras miradas se cruzan. Es un momento cargado de intensidad, y bien podríamos ser novios en una cita secreta. Pero semejante idea es sólo obra de mi viva imaginación; aunque ya me gustaría que no lo fuera, claro.
Entonces la sensación se hace más profunda, como si sus ojos y su mente hubieran hallado un camino secreto hacia el interior de mi cerebro. Reconozco el zumbido. Es la misma sensación que he tenido en clase, cuando he notado que algo me sondeaba. Me estremezco y grito:
-¡Demonios! ¿Qué pasa?
Ella se aparta y vuelve a subir por la empinada vereda.
-¡Eh! -la llamo y la alcanzo corriendo porque necesito una respuesta-. Así que... ¿Sabes lo que ha sucedido antes...?
-Claro -responde sin dejar de caminar y mirando al frente. Lo ha dicho con tanta despreocupación que la cabeza me da vueltas mientras añade- ¿Y tú qué opinas que ha sido? ¿No lo sabes?
-Si lo supiera, ¿crees que te lo preguntaría? -digo casi a voz en grito.
Sonríe como si estuviera jugando conmigo.
-Dime, ¿qué supones que ha pasado?
Me está poniendo a prueba. Percibo el reto en el tono de su voz y no me gusta que me desafíen. Tengo una serie de principios e intento vivir de acuerdo con ellos, pero, a veces, los desafíos me obligan a saltármelos.
-No tengo ni la menor idea. Solo sé que se aparta de todas las reglas.
Ella sigue caminando, pero aminora un poco el paso y, aunque no se lo diga, me resulta un alivio porque empiezo a tener las piernas cansadas.
-¿Qué reglas? -pregunta.
-No sé... Las reglas que rigen la rutina de cada día.
-¿Siempre sigues las reglas, Edwards? ¿En todos los aspectos de tu vida?
No tengo que pensar demasiado antes de responder. Claro que no las sigo. Quizá por eso sueño siempre con tener una vida ordenada. El tipo de vida que nunca he tenido. Como no contesto, continúa:
-¿Sabes?; tiene gracia.
Aunque lo intento, no veo la gracia por ninguna parte. La sensación de que alguien fisgoneaba en mi cabeza era imaginaria. Estoy empezando a pensar que puede que Bella atraiga los malos rollos o que incluso este un poco chiflada.
-¿El qué?
-Que no te des cuenta de lo que te ocurre.
-Interesante observación. Sigue.
Pero no sigue. Me mira fijamente, imperturbable. Quiero apartar la vista, pero no puedo y veo que levanta las manos con las palmas hacia arriba.
-¿No te das cuenta? Tu poder. Tienes un enorme poder.
Me quedo mirándola, sin entender ni una palabra de lo que dice.
-En tu interior -prosigue al tiempo que me golpea en el pecho con un dedo-. Lo noto, lo percibo. Y sé de lo que hablo.
-Tú eres un poco rarita, ¿no? -Me llevo el índice a la sien y lo hago girar.
Ella resopla y gruñe. Lo único que le falta es patear el suelo. Da media vuelta y echa a caminar, así que tengo que apresurarme para no perderla, mientras hago caso omiso del dolor que me recorre el brazo.
-Lo siento -mascullo. Pero se encoge de hombros.
-No pasa nada. No eres el primero que me dice eso.
-Ah, ¿no?
Se vuelve y sonríe.
-¡Que tonto eres!
-¿Sabes?, no eres la primera que me dice eso.
La sonrisa se le agranda y le brillan los ojos. De golpe, me siento mejor. Solo quiero que siga hablando. Me gusta el sonido de su voz y como mueve los labios, así que intento encontrar un terreno de conversación donde no pueda meter la pata.
-¿Y a que se dedica tu abuela?
La respuesta me coge desprevenido.
-Es bruja.
Lo primero que pienso es que está bromeando. Me refiero a que debe de tratarse de una broma, a pesar de que hay algo que no encaja. Por ejemplo, no se ha reído lo más mínimo.
-Ya veo –respondo, tratando de intuir por donde va.
-Por favor, no repitas a nadie lo que te he dicho. No debería haberlo hecho, pero es que... tú también eres diferente.
Me está tomando el pelo y tiene un extraño sentido del humor, pero puedo manejar la situación.
-¡Ah! Vale. Magia negra y todo eso.
Oigo como suspira. Genial, la estoy poniendo furiosa.
-No, Edward, negra jamás -me dice con cara de preocupación- Por lo menos; no en el sentido tradicional del término
Sigo mirándola mientras añade:
-Marie nunca haría nada que pudiera dañar a una persona. En eso es tajante. Toda su magia es buena. Mi abuela cura.
Entonces sé que habla en serio y se me pone tal expresión de asno que ella se apresura a aclararme la situación.
-Escucha. En circunstancias normales, nunca te habría dicho una sola palabra. No suelo alentar los rumores. Pero creo que tú también tienes el don, aunque sospecho que no eres consciente de él. Y si te he asustado, lo siento, pero debes entenderlo: un poder tan fuerte como el tuyo puede ser peligroso. Eso de hacer que cambie el tiempo es... -Duda un instante, mientras sopesa las palabras, y tengo la impresión de que no busca la explicación más ajustada, sino expresarlo sin parecer aún más chiflada- Mira – añade, y me sorprende ver que se ruboriza-. Lo que tú has hecho hoy es algo que solo está al alcance de los hechiceros, no de la gente normal como nosotros. ¿Entiendes lo que quiero decir?
Tengo la mirada fija y la boca abierta, y me pregunto si de verdad me está soltando todo este rollo. Entonces decido averiguar hasta donde está dispuesta a confesar.
-Así pues ¿tú y tu abuela sois... brujas?
Ella se toma su tiempo para contestarme, como si estuviera escogiendo las palabras.
-Sí, supongo que podrías llamarlo así.
-Pues Marie y Bella no me parecen nombres de brujas.
-¿Ah, no? ¿Y qué esperabas?
-No lo sé. Quizá Leticia...
Frunce el entrecejo, pero noto que se le escapa una sonrisa.
-¿Leticia? ¿De dónde lo has sacado, de una tumba o así?
-Era el nombre de mi abuela.
-¡Oh!
-Sí, he incluso tenía aspecto de bruja.
-Puede que lo fuera.
-¡Demonios, no! Ni por un momento. Además, la brujería no existe.
-Sí que existe -replica ella suavemente.
-Ni hablar. Nunca me convencerás. Porque...
-¿Porque no sigue las reglas...?
-Al menos, las mías no. Eso lo tengo claro.
-Mira, Edward, he visto lo que eres capaz de hacer con tu don, y si no estás entrenado para hacer buen uso de él, puedes acabar haciéndole daño a alguien. Échale una ojeada a tu brazo. ¿Dónde estarías ahora si el cristal te hubiera alcanzado en la garganta?
Me miro la herida. La venda se ha vuelto a caer, pero el corte ya no sangra. Por lo que deduzco que no voy a caer fulminado a los pies de esta chica tan rara y que tampoco voy a necesitar una transfusión. Es igual. Ya se ha divertido bastante a mi costa.
-¿Qué pretendes decirme? ¿Que yo he sido el causante de la tormenta?
Ella asiente y sonríe, visiblemente aliviada.
Entonces me convenzo del todo y la certeza me golpea de pleno. Es una lástima porque me siento atraído por ella como nunca me había sucedido, pero es un mal asunto porque esta como una cabra. No hay otra explicación. Empiezo a caminar hacia atrás por el desierto sendero, ganando velocidad a cada paso a la vez que le digo:
-Me parece que prefiero arriesgarme con los de la enfermería.
-¡Jesús, te he asustado!
Sigo andando y oigo que murmura algo. No puedo estar seguro, pero creo que ha dicho: "Y eso que no ha sido nada".» Corre hasta mí, me toma del brazo con dulzura y, de repente, me siento como un muñeco abandonado que ella hubiera encontrado en la cuneta.
-Está bien -me dice con dulzura-. No te preocupes. No debería haber sido tan brusca. Marie se explica mucho mejor que yo. Ven conmigo, Edward, ya falta poco.
Dejo que me lleve. Es más fácil rendirse. Uno de mis principios establece que es mejor no montar numeritos siempre que sea posible, aunque reconozco que también me pica la curiosidad. Seguro que no esta tan mal de la olla como parece o, por lo menos, no será peligrosa. Debe de tener unos dieciséis años, igual que yo; está en mi clase y no creo que hoy en día dejen sueltos a los adolescentes perturbados. Para eso hay sitios especiales. ¿O no?
