EL CIRCULO DE FUEGO
Disclaimer: Esta historia no es de mi autoría sino una adaptación, de la obra de Marianne Curley, con los maravillosos personajes de Stephenie Meyer.
Espero les guste... Espero reviews de como les esta pareciendo la historia y que esperan del siguiente cap ;)
Gracias por los reviews, favs y follows
Capítulo 3
Bella
No he tardado nada en averiguar un montón de cosas acerca de Edward Cullen. La más temible es el hecho de que no tiene ni idea de que posee un talento especial. Me refiero a su don. También le falta confianza en sí mismo, y me pregunto por qué, que tipo de vida puede haberlo reducido hasta ese punto; sobre todo si tenemos en cuenta el enorme poder que atesora. No sé qué pensara Marie de todo esto.
Nosotras siempre hemos estado solas. Somos celosas guardianas de nuestra intimidad, excepto con Ángela, que, aunque no posee facultades especiales, está entusiasmada con nuestros poderes mágicos.
De mi madre sólo tuve noticias en una ocasión; una breve nota en la que contaba que por fin había encontrado la felicidad al lado de un padre de tres hijos ya mayorcitos y que vivía en Phoenix. Esto sucedió hace unos cuantos años, y la carta iba dirigida a Marie, como si mi madre fuera incapaz de reconocer que estoy viva. Dudo que su pareja sepa de mi existencia. Eso me debería alegrar porque no quisiera abandonar Forks o a Marie. Sin embargo, a veces no puedo evitar preguntarme que razones puede tener mi madre para no querer saber nada de mí.
Marie también fue una madre soltera, pero raras veces habla de ello. Lo único que sé es que su familia la rechazó cuando se enteró de que estaba embarazada. Entonces se lió con un artista, pero este tenía tan mal carácter que tuvo que dejarlo. Luego, estuvo con un par de tipos que no pasaban de ser unos simples aspirantes a brujos y que se dedicaban a predecir el futuro, a celebrar sesiones de espiritismo, preparar conjuros y esas cosas. No eran buenos y se ganaban la vida timando a los incautos. En una ocasión, le dieron un disgusto de muerte a una pobre vieja, que pretendía establecer contacto con su difunto esposo, cuando le dijeron que el alma del marido vagaba en pena y que se sentía tan desgraciado sin ella que no podía descansar en paz. Unos días más tarde, Marie descubrió que la infeliz había ingerido una sobredosis de somníferos y que se hallaba en estado de coma irreversible. La tragedia convenció a Marie de que debía separarse de aquella pareja de incompetentes y establecerse por su cuenta. Fue la mejor idea que pudo tener. Puso en pie su primer negocio vendiendo sus habilidades: hierbas, incienso, cristales y cosas por el estilo. Trabajo mucho, ahorro y en estos momentos, es la propietaria de El Bosque de Cristal.
Por mi parte, nunca le he pedido que me explique más de lo que está dispuesta a contar. Intimidad y respeto, eso es, y funciona en ambas direcciones.
Acompaño a Marie por las últimas curvas del sendero que termina en nuestra propiedad. La casa es la única construcción a la vista. Hay otras desperdigadas por la falda de la montaña, pero en este lugar sólo estamos Marie y yo. Ella lo quiere así, y a mí me parece bien.
Es una pequeña edificación de madera con la base de ladrillo, tiene un tejado a dos aguas y un viejo garaje adosado. La mitad inferior de la fachada sirve como escaparate de la tienda y, desde fuera, se pueden ver a través de los cristales las baratijas que relucen al sol de mediodía. En la parte de atrás están las habitaciones de Marie, la cocina-sala de estar y un baño. Mi dormitorio ocupa todo el piso superior. Me encanta, aunque sea pequeño y abuhardillado y solo pueda ponerme completamente de pie en la parte central. Es tranquilo, y por la noche se oyen todos los sonidos del bosque y me hacen compañía.
De repente, me pregunto que pensara Edward de nuestro hogar. Seguro que le parece extraño, pero prefiero no volver a sondearle la mente, solo consigo asustarlo. Tampoco parece muy receptivo a las novedades. Lo aterroriza todo lo que no entiende o lo que se aparta de sus reglas. Tendré que advertirle a Marie que vaya con cuidado.
Abro la puerta principal y hago pasar a Edward mientras suenan las campanillas. Marie está en la parte trasera, pero enseguida aparece bajo el dintel arqueado para atender a los posibles clientes. Le sonrío. Aunque no es frecuente que me presente a estas horas, puesto que debería estar en el colegio, sé que no se enfadara. Así es su carácter: no suele hacer juicios precipitados.
Pero mi sonrisa se borra de inmediato. Nada más ver a Edward, Marie se ha quedado boquiabierta y una expresión de incredulidad se le ha dibujado en el rostro, nos acercamos y, entonces, los ojos se le agrandan como platos. Tiene un aspecto cómico, pero no me río en absoluto. Algo va mal. Luego, busca frenéticamente las gafas en el bolsillo de sus vaqueros, se las pone y empieza a gritar.
Sus gritos suben de tono, y percibo que los animales del bosque huyen en desbandada. No entiendo la reacción de Marie. Esta balbuceando algo ininteligible acerca del diablo o algo parecido; me resulta imposible entenderla. Al final, se calla, pero su respiración sigue siendo entrecortada, y mantiene una mano sobre su agitado pecho.
Está claro que hoy es el día de las sorpresas: primero, la tormenta en el laboratorio; luego, Marie que pierde el control. Esto último es tan impropio de ella que me quedo allí plantada, sin saber qué hacer. Lentamente me aparto para mirar a Edward. Ha sido justo lo que faltaba. ¡Pensará que somos un par de chifladas! Como no podía ser de otra manera, lo lleva escrito en la cara: incredulidad, sorpresa e incluso miedo a que le hagan daño. Semejante falta de carácter me pone de los nervios. ¿Dónde está su entereza? ¿Acaso no se da cuenta de que Marie está alterada?
-¿Qué te pasa? -pregunto.
-Serpientes. He visto serpientes -contesta señalando a Edward con una mano temblorosa.
Las cejas del muchacho se arquean en un gesto de incredulidad.
-¿En él? -pregunto.
Ella asiente mientras respira agitadamente.
-Una visión. Tiene que haber sido una visión, pero ya han desaparecido. –A regañadientes, Marie aparta la vista de Edward y me mira a los ojos-. Había al menos veinte y le cubrían todo el torso. Eran verdes y viscosas, y se le deslizaban por los hombros, la cabeza y entre el pelo.
-¿Qué puede significar?
Estoy convencida de que dice la verdad.
-No lo sé, cariño - responde Marie, que se estremece y se guarda las gafas-. Las serpientes son seres viles que suelen indicar la presencia de lo diabólico.
-Bueno, nos acabamos de conocer, pero no he detectado nada maligno en él. -Lo pienso detenidamente y añado- ¡Bah! No, en absoluto. Al contrario, es más como... -me encojo de hombros mientras varias imágenes me recorren el subconsciente- como un cachorrillo.
-Me disculpareis... -La placida voz de Edward nos interrumpe-. Todo esto debe de ser muy divertido y, si consigo recobrar el sentido del humor, cosa que puede que tarde unos veinte años en suceder, estoy convencido de que me reiré muchísimo. No obstante, me conformare por el momento con una tirita. Ya sabéis lo que es, ¿verdad?
Maravilloso. Está claro lo que intenta, pero hago caso omiso de sus prisas por escapar y trato de ir más allá de su escepticismo y creciente miedo.
-Espera un momento, Edward, deja que te lo explique.
Él se ajusta las gafas y hace un gesto negativo con la cabeza.
-No creo que quiera escucharlo. No te ofendas pero... este no es mi terreno. ¿Quieres saber la verdad? Me horripilan las serpientes. Una vez se metieron en mi cama. -Todo el cuerpo se le estremece-. No quiero saber nada de esos bichos, nunca jamás.
Se da la vuelta, pero yo me interpongo entre él y la salida.
-Al menos, ya que estás aquí, permite que te curemos el brazo. Es lo mínimo que podemos hacer.
-Creo que lo mínimo que podíais hacer ya lo habéis hecho, por lo menos en lo que a mi salud mental se refiere. Ahora. Déjame pasar o te prometo que saldré por la puerta aunque sea contigo por delante.
De pronto, una brisa empieza a soplar y agita las campanillas y los artilugios de la tienda. Me da en el rostro y me revuelve el cabello. Es una sensación estupenda. No está cargada de ira, como antes, en el laboratorio. Este viento es mágico, dócil, como música. Me gustaría compartirlo con Edward, porque él lo ha creado, estoy segura. Es una corriente tan hermosa que me entrego y empiezo a moverme con ella, a través de ella, dentro de ella...
Casi me he olvidado de Edward y de sus prisas por marcharse, pero él también ha notado la brisa y me mira con extrañeza con la cabeza inclinada y una expresión de interés en el rostro, como si sintiera curiosidad a su pesar.
-¡Qué maravilla! -exclama Marie, que acaba de regresar con un cargamento de vendas y hierbas antisépticas-. Si eres tan amable de sentarte un momento... Te llamas Edward, ¿verdad?
Él asiente y, olvidando momentáneamente sus prisas, se acomoda en el taburete que Marie le indica. Veo que observa la quietud de los árboles del bosque a través de la ventana y que se pregunta cómo puede ser que esté soplando una brisa dentro cuando fuera no se mueve una hoja. Me parece bien que se lo plantee y le permito que siga sin leerle los pensamientos. He aprendido que con él no hay que ir demasiado deprisa.
El viento cesa tan pronto como una gota de desinfectante le cae en la herida.
-¡Eh! ¿Qué demonios es esto?
-Tintura de San Pedro. Es un estupendo antiséptico, anti-inflamatorio y sedante -le responde Marie, que por fin parece que se ha recobrado de la visión.
-¿Y no puedes usar uno normal? -pregunta con sarcasmo-. Este escuece más que cualquiera de los que venden en el súper.
Marie se afana, pero veo que los dedos todavía le tiemblan un poco. La resaca de la visión.
-Así... El corte no es demasiado profundo. -Junta la piel allí donde está más abierta y aplica tres grapas está. No creo que necesites puntos -añade, ya completamente tranquila- ¿Estás vacunado contra el tétanos?
-¿Cómo...? ¡Oh, sí, claro! -asiente mientras alza la vista y sus mejillas recobran el color-. No te preocupes.
-Bien -responde Marie distraídamente al tiempo que termina de ponerle una venda limpia-. Esto ya está, pero consulta con el médico si la cosa se enfada.
-¿«Enfadarse»? -pregunta Edward, confundido.
-Sí, si se pone rojo o se irrita -contesto yo, que he visto a Marie hacer lo mismo cientos de veces.
Los vecinos conocen sus habilidades y, como desde aquí se tarda casi media hora en llegar al hospital y a veces hasta días en conseguir hora con el médico, suelen acercarse cuando han sufrido un pequeño accidente. Pero Marie no cura sólo a las personas, sino también a los animales del bosque. Los cuida hasta que se reponen y luego los suelta. No es infrecuente que algún vecino aparezca o llame en plena noche con una zarigüeya o un koala que ha encontrado heridos en la cuneta.
Aparentemente satisfecho con mis explicaciones y con la cura de su herida, Edward se deja llevar por la curiosidad, olvida sus temores y se pone a husmear los cachivaches para turistas que llenan la tienda: cristales, aceites, abalorios, libros new age... Entre tanto, Marie me lleva a un aparte y yo le cuento en pocas palabras lo que ha sucedido esta mañana en el laboratorio. Me escucha atentamente, asintiendo de vez en cuando.
-Parece tan amable y, sin embargo... -susurra-, percibo más cosas. Tiene un aura impresionante.
-Está lleno de poder, Marie. Lo sé, lo he notado.
-Me extraña que no se haya dado cuenta, Bella. Los que nacen con talentos sobrenaturales, o se dan cuenta muy pronto o no los perciben jamás, de modo que estos pueden desarrollarse, como en tu caso, o permanecer latentes para siempre. Los infortunados que no se percatan enseguida del poder que tienen no suelen descubrirlo en toda la vida. Es algo que he visto en muchas ocasiones: con solo unos meses, la hija de Sue Clearwater solía descolgar el teléfono cada vez que alguien iba a llamarlos. La gente se quejaba de que siempre comunicaba y la situación llegó a molestar tanto a Sue que empezó a echarle broncas a su hija hasta que esta aprendió que lo que hacía no estaba bien. Hoy en día, ya es mayor, pero no puede volver a utilizar su poder. Solo puede aprovecharse de un increíble sexto sentido, eso es todo. A pesar de que hemos intentado recuperarlo, ha perdido ese talento para siempre.
-Pues el poder de Edward es inmenso, y él no sabe que lo tiene.
-Eso es extraño. Es como si algo lo hubiera activado.
Intento seguir su razonamiento.
-¿Crees que hay alguna razón para que surja ahora?
-No lo sé, Bella. Solo estoy haciendo conjeturas.
Lo medito unos momentos, pero hay cosas que no encajan.
-Si el poder de Edward es tan grande que incluso puede manipular el clima y no sabe cómo controlarlo, puede suceder cualquier cosa. Ha estado a punto de destruir el laboratorio, y suerte que nadie más ha resultado herido.
-Debes bucear en su pasado, a ver que encuentras. Un poder descontrolado puede causar grandes daños, pero has de ir con cuidado, Bella, tiene un aspecto bastante vulnerable.
Está claro que está usando un eufemismo, porque Edward parece un pusilánime.
Dejamos de murmurar cuando se nos acerca. Luego, le da las gracias a Marie y ambos salimos afuera. Sin embargo, ni siquiera la brillante luz del cielo puede amortiguar el destello de la advertencia de Marie, que aún me resuena en los oídos.
