HOLA SANGRE SUCIA
Se apareció en un callejón a media manzana del lugar donde, supuestamente, la sangre sucia de Granger trabajaba. Observó en silencio a la gente que circulaba por la calle, ajenos a todo lo que les rodeaba. No pudo evitar soltar un bufido de exasperación. ¿Cómo lo hacían los muggles para vivir tan despreocupadamente cuando su mundo se veía envuelto día si y día también en muertes, asesinatos y demás cosas? Sacudió la cabeza, alejando aquellos pensamientos tan impropios de él. Con un movimiento de mano se aplicó un hechizo desilusionador. No quería utilizar la varita. No mientras no se viera envuelto en una situación de vida o muerte. Se mezcló con la marabunta de seres humanos y buscó la entrada al edificio de oficinas que le había llevado hasta allí. Lo encontró inmediatamente. Un enorme panel donde se detallaba, piso a piso, cada una de las actividades que allí se realizaban. Encontró su objetivo fácilmente. "Hermione J. Granger. Psicoterapeuta". Tenía que subir hasta el decimoquinto piso. Se escurrió dentro del ascensor y se colocó en el rincón más apartado. No quería que ningún muggle muriese de un infarto por su culpa. Cuando la campanita que indicaba los pisos resonó por decima vez, bajó del ascensor. Subiría los cinco pisos restantes a pie.
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Hermione contemplaba las increíbles vistas que tenía su oficina. Era una lástima que la usase tan poco. Pero Harry había insistido que mantuviese su tapadera como psicoterapeuta muggle hasta que resolvieran el caso de las desapariciones de antiguos seguidores de Voldemort. Aquello la fastidió mucho los primeros cinco meses pero, cuando encontró a un Theodore Nott perdido en medio de una calle de Nueva York, sin saber siquiera quien era, su mentalidad hacia aquel caso cambió diametralmente. El chico no recordaba nada de su vida, ni de sus años en el colegio, ni la guerra. Nada. Era como un disco duro en blanco. Sólo murmuraba una serie de nombre y fechas. Cuando buscó en Internet, se le cayó el alma a los pies. Aquellos nombres, aquellas fechas, coincidían al milímetro con asesinatos de índole política en el mundo muggle. Se puso en contacto con Harry inmediatamente. Su amigo confirmó sus sospechas: alguien se estaba valiendo de las aptitudes como guerreros de los antiguos mortífagos para convertirlos en asesinos a sueldo, en sicarios. Y sabían que había magia de por medio porque el borrado de memoria llevaba claras marcas mágicas.
De eso hacía ya cinco años. Llevaban dos en punto muerto. No se habían producido más desapariciones. No desde que Malfoy dejó su actividad como sicario y desapareció del mapa. Ron tenía la teoría de que el antiguo príncipe de las serpientes era el que movía los hilos en la parte mágica de aquel tinglado. Harry y ella, mucho más realistas, sostenían la teoría de que el hurón desteñido era una víctima más. Y quedó confirmada dicha teoría cuando una llorosa Narcissa Malfoy apareció en la oficina de Harry y le contó entre hipidos y sollozos que no tenía noticia alguna de su hijo desde hacía meses. No le contaron nada de los movimientos en el mundo muggle de Draco Malfoy. ¿Para qué preocupar a la mujer con algo que escapaba al control de todos ellos?
Volvió a la realidad cuando sintió cómo la puerta de su oficina se abría con suavidad. Por el reflejo del vidrio de la ventana pudo comprobar que allí no había nadie. Sacó su varita de la americana de su traje y esperó. Cuando la puerta estuvo cerrada de nuevo, una figura masculina se materializó ante ella. Estuvo a punto de dejar caer la varita por la impresión. Giró sobre sus talones lo más rápido que pudo y encaró a su inesperado visitante, que la contemplaba con una sonrisa burlona pintada en el rostro. No atinó a decir nada.
-Veo que mi imponente presencia te ha dejado sin palabras por primera vez en tu vida, Granger.
-Malfoy –susurró la castaña, intentando asimilar que allí, frente a ella, estaba uno de las personas más buscadas en ambos mundos, sonriendo como si estuviese en medio de una merienda campestre.
-El mismo que viste y calza. –Draco se sentó en una de las cómodas butacas del despacho y clavó sus ojos plateados en la aún muy sorprendida chica- Veo que no te va nada mal, Granger. Bonitas vistas.
-¿Cómo es que estás aquí? –Hermione sintió cómo su cerebro volvía a funcionar.
-Encontré en mi casa las cartas que tan amablemente me habíais escrito Potter y tú.
-¿Dónde has estado todo este tiempo? –se sentó frente a él y lo observó. Estaba mucho más alto que la última vez que lo vio, un año después de terminar el colegio. Claro que por aquel entonces él tenía diecinueve años. Ahora, ante ella, se encontraba un hombre de veinticuatro años, aparentemente en excelentes condiciones físicas y con buena salud. Aunque había algo en sus ojos que le resultaba extraño. Los observó con atención hasta que se dio cuenta de qué era. Ya no estaba aquella expresión de asco intenso que acompañaba al rubio cada vez que se encontraban cara a cara.
-Los dos últimos años, en una clínica privada en Nueva Orleans.
-¿Estabas enfermo?
-En coma.
-¿Y los otros tres años? –Hermione se inclinó hacia delante- Seguí tus "trabajitos" durante ese tiempo. Pero de repente, paraste. Nada. Ni una noticia, ni una reseña. Nada. Harry se preocupó mucho.
-¿Trabajitos? No tengo ni idea de lo que estás hablando, Granger –Draco la miró fijamente, tranquilo- Cuando me desperté ayer no recordaba nada. Nothing. Niente. Tengo la memoria como el cerebro de Longbotton: en blanco.
-¿Nada de nada? –obvió el insulto velado hacia su amigo.
-Mi último recuerdo claro es la tienda de quiddich. Diciembre de 1999. De ahí en adelante, nada. Una nube de total y absoluta nada.
-Raro. Muy raro –Hermione sacó su varita y, sin dejar de mirar fijamente a Draco, murmuró un quedo "legeremens". Se topó con las barreras del rubio.- Vamos, Malfoy. No quiero cotillear en tu mente. Sólo busco algún indicio de magia extraña.
Draco relajó su mente y la permitió entrar, cuidándose muy bien de bloquear determinados recuerdos. Hermione se paseó por la compleja psique de Draco. Estaba completamente fascinada. Siempre habían considerado al Slytherin como un descerebrado que sacaba las notas que sacaba a golpe de galeón por parte de papi. Pero estaba descubriendo que no. Que todos los Excelentes de los que Malfoy alardeaba en el colegio habían sido ganados gracias a su esfuerzo y horas de estudio. Vislumbró brevemente escenas con sus amigos. Se sorprendió al verlos actuar como adolescentes normales, no como los monstruos que todos creían que eran. Cuando llegó al recuerdo mencionado por Malfoy, se dio de bruces con una fluctuación mágica ajena al chico. Tanteó con cuidado, analizando ese largo periodo en blanco. Cuando llegó a los recuerdos de la clínica, ya tenía una pequeña idea de lo que había sucedido.
-¿Alguna conclusión, Granger? –Draco se masajeaba las sienes. Aquel hechizo siempre resultaba molesto y algo doloroso. Sobre todo cuando se tenían barreras mentales tan fuertes como las suyas.
-Te lanzaron una variante del obliviate que no había visto en mi vida hasta que me topé con Nott hace unos años. Se supone que ese hechizo borra toda tu mente, la deja en blanco, para que otros puedan manejarte a su antojo a la vez que no deja rastro de las órdenes que te dan o de los lugares en los que has estado.
-Como un virus de gusano que se come todo tu disco duro y que instala un software nuevo mucho más sofisticado –murmuró Draco.
-¿Sabes de informática? –Hermione alucinaba- ¿El sangre limpia por antonomasia con conocimientos muggles?
-Ríete todo lo que quieras, Granger. No tengo ni puta idea de por qué, pero se más sobre tu mundo de lo que me gustaría.
-Eres increíble.
-Vaya, Granger. No sabía yo que tenías cierto interés hacia mi persona.
-No seas imbécil, hurón –Hermione sintió cómo enrojecía- Lo que quería decir es que, de todos los casos que hemos tenido, eres el único que recuerda su pasado, quién es… a pesar del "lavado de cerebro" no has perdido tu esencia, tu personalidad.
-Quizá se deba al férreo entrenamiento al que me sometieron mi tía y mi padre para convertirme en mortífago –Draco se estremeció al recordarlo.
-¿Fue muy duro? –susurró la chica. Aquella parte de la vida del rubio siempre le había llamado la atención. Curiosa por naturaleza, no concebía que él, una de las personas más cobardes que se habían cruzado en su vida (si se le comparaba con los leones, claro) hubiese soportado todo lo que le tocó vivir en la guerra y los años anteriores a ésta. Y ahora se encontraba con que Malfoy no sólo era bueno con la oclumancia, sino que había desarrollado cierta resistencia involuntaria al extraño hechizo que había convertido a todos sus amigos en poco más que vegetales andantes.
-Ni te lo imaginas. Pero no estoy aquí para hablar de mi apasionante pasado. ¿Qué demonios está pasando, Granger?
-No tenemos ni la más remota idea, Malfoy.
