CUENTA ATRÁS (parte I)
-No nos queda mucho tiempo. Están demasiado cerca –Hermione corría esquivando a los muggles que los miraban como si fuesen bichos raros.
-¿Y qué quieres que haga, Herms? –Harry saltó por encima de un perro mientras esquivaba los bolsazos que su dueña intentaba propinarle- Porque no puedo hacer desaparecer a más de mil personas por mi cara bonita.
-¡Pero eres el maldito Jefe de los Aurores!
-¡Eso no me convierte en Dios! –Harry derribó de un puñetazo a un hombre vestido completamente de negro.- Estos cabrones están por todas partes. Y no podemos utilizar la magia.
-¿Por dónde tenemos que ir ahora? –Luna se les unió al doblar una esquina.
-¿Y tú de dónde carajo sales? –Harry rodeó un puesto de perritos calientes y siguió corriendo, mientras miraba a una despreocupada Luna, que corría como si nada, acompañada de Montage y Nott.
-Theo y Tage me aparecieron dos manzanas al norte de aquí. Como el encantamiento de rastreo aun funciona sobre ti, sólo tuvimos que buscar tu esencia mágica.
Harry no contestó. Ahora eran cinco. A dos de ellos el enemigo no se los esperaba. Una sonrisa torcida cruzó su cara. Hermione, viendo por dónde iban los pensamientos de su amigo, se permitió el lujo de tener, por primera vez en cuarenta y ocho horas, un mínimo de esperanza. Harry la miró fijamente mientras aumentaba el ritmo de su carrera y sonrió aun más.
-Aún tenemos una posibilidad.
Cuarenta y ocho horas antes.
-¡Malfoy! Por favor. Deja de comportarte como un niñato consentido y permíteme entrar en tu mente.
-Te he dicho que no, Lunática. Capaz eres de dejarme igual o peor que tú –Draco caminaba rodeando la mesa de la cocina, intentando esquivar a una emocionada Luna. Harry, Bill, Hermione, Theo y Montage los observaban en silencio, divertidos por la situación.
-Porfaaa. No te voy a hacer nada raro. Mira a Tage –Luna señaló a Montage, que saludó alegremente a su antiguo compañero de colegio.
-¿Qué quieres que vea? –Draco observaba a su amigo con los ojos abiertos como platos- Lo has convertido en un puto Hare Krisna. En mi vida le había visto sonreír tanto. No, nunca había sonreído. Lo has convertido en una versión masculina tuya.
-Cómo te gusta dramatizar, Draco –Luna se escurrió por debajo de la mesa y placó al rubio agarrándolo por las rodillas. Cuando lo tuvo en el suelo, se sentó sobre su pecho- Venga, sólo quiero intentar llegar a ese punto en el que se ha atascado Herms.
-Yo no me he atascado –Hermione se puso de morros- Es ese estúpido hurón albino, que me impide avanzar por sus recuerdos.
-No intentes culparme de tu fracaso, Granger – Draco lanzó una mirada asesina a la castaña, que se limitó a sacarle la lengua de manera totalmente infantil.- Tienes que reconocer que hay algunos tipos de magia que escapan de tu conocimiento.
-¿Cómo la tuya? –Hermione bufó- Eres un mago más bien mediocre, Malfoy. Si esa gente no hubiese jugado con las tres neuronas funcionales que habitan en tu hueca cabeza, a estas horas ya habríamos acabado con ellos.
-Si te hace feliz creer eso… no voy a ser yo el que rompa tus pequeñas ilusiones.
Draco se escabulló de la estancia y subió a su dormitorio. Le dolía mucho la cabeza. En los últimos días habían conseguido avanzar más de lo esperado por sus recuerdos. Granger había logrado identificar a algunos de los magos que estaban ayudando a aquellos muggles locos. Tres eran funcionarios del Ministerio de tercera categoría. Gente sin importancia, por lo que les había resultado sencillo pasar desapercibidos a la hora de robar pociones y conjuros de alto rango. Por suerte, San Potter seguía siendo el niño bonito del Ministerio y, en cuanto llevó los nombres a Kingsley, los culpables fueron detenidos. Pero no pudieron interrogarlos, pues apenas unas horas después de su ingreso en las celdas de baja seguridad de Azkaban, habían aparecido muertos. Suicidio colectivo. Eso puso de un humor de perros a Granger, por lo que se intensificaron las visitas a su mente. Hasta el día anterior. La come libros había tocado algo en su mente que desencadenó un pandemónium de primera.
El poder que había desatado de manera inconsciente había estado a punto de tirar abajo la casa donde se ocultaban. Zabbini había dado con sus huesos en la enfermería de Howgarts (la directora McGonagall había estado más que encantada de prestar su ayuda) y William Weasley había perdido un trozo del dedo meñique de su mano derecha. Por suerte para él el pelirrojo se lo tomó con bastante humor. Y como consecuencia de todo aquello, arrastraba aquella migraña que no se la deseaba ni a su peor enemigo.
Unos golpecitos en la puerta le sacaron de su ensimismamiento. Con un gruñido permitió el paso de su inesperado e inoportuno visitante. La cabeza platinada de Fleur Weasley asomó con cuidado por el hueco de la puerta.
-Dgaco, queggido ¿quiegges tomag algo para el dolog de cabeza?
-No, pero gracias por preguntar –prefería que el dolor se le pasara solo. No sabía el por qué, pero estaba completamente en contra de tomar nada que pudiese significar una mejoría en su estado.
-Cielo, no es bueno pagga ti aguantag tanto dolog. Te hagga más mal que bien.
-Eso ya lo se, Fleur, pero prefiero sanar por mí mismo. –Draco esbozó una triste sonrisa y se recostó de nuevo en la cama. La veela se dio cuenta inmediatamente de su deseo por estar a solas.
-Les diggé a los demás que estás doggmido.
-Gracias.
Una vez a solas de nuevo, se centró en recordar todo lo que habían averiguado hasta el momento. Había sido torturado por Zacharias Smith hasta que lo mató en un arranque de magia involuntaria. Luego tomó el relevo su querido tío Rodolphus. No pudo evitar un estremecimiento al recordar eso. El mayor de los Lestrange era muy conocido en los círculos mortífagos por su macabra habilidad en la tortura. Conocía todas las variantes de la misma y se aplicaba a fondo por poner en práctica sus conocimientos. Cuando por fin consiguieron que sus defensas mentales quedaran de la consistencia de la gelatina, le suministraron una poción (la dichosa Mens Umbra) que había sido un invento del profesor Snape y que sólo unos pocos conocían (y de esos pocos, los que la habían estudiado en aquel famoso curso de repetidores tras la guerra, ninguno la recordaba) y que borró todo rastro de consciencia de él.
Después de esos descubrimientos, Granger se paseó por los recuerdos reprimidos de sus tres años como sicario. Pudieron ver, uno a uno, los asesinatos que había cometido. De algunos se arrepentía, pero de otros… de esos no. Ni una pizca. Porque se trataba de los seres más despreciables de mundo muggle, aquellos que se dedicaban a comercializar con la vida de los demás, con armas, con drogas y con toda clase de horrores. Por ese lado podía estar bien tranquilo.
Y luego, llegaron al momento en Nueva Orleans en el que quedó en coma por dos años. Las pocas imágenes que habían podido recuperar mostraban una lucha campal cuerpo a cuerpo con un grupo de cinco gorilas 2x2. No hubo rastro de magia en ningún momento, por lo que asumieron que eran totalmente muggles. Y luego la más absoluta y bendita nada. Hasta el momento en que despertó en aquella clínica.
Parecía que habían conseguido parte de su cometido, pero al intentar averiguar el objetivo que lo había llevado hasta Nueva Orleans, se toparon con una barrera que no había sido creada por su mente. Aquello no era un muro. Era un jodido bunker con paredes de hormigón de diez metros de grosor. Todos y cada uno de los intentos de Granger por derribarlo fueron inútiles. Y ahí fue cuando desató de nuevo la magia involuntaria. Y a partir de ese momento, se había negado en redondo a que nadie más jugase a las escondidas dentro de su cabeza.
El ruido de la puerta al abrirse le sacó de su duermevela.
-He dicho que quiero estar solo. Y que no voy a tomar ninguna mierda, ni mágica ni muggle, para quitarme este puto dolor de cabeza.
-A mí como si te mueres por el dolor, Malfoy –Hermione entró en el cuarto como un elefante en una cacharrería, pisando con fuerza y resoplando como un toro bravo en plena embestida.- ¿Se puede saber a qué estás jugando? Nos estamos quedando sin opciones. Y después del suicidio colectivo de los tarugos del Ministerio, es muy posible que la parte muggle de la Organización se disuelva.
-Mira como lloro –Draco no se molestó en abrir los ojos. Bastante tenía con escucharla.
-¿Podrías tomarte todo esto en serio?
-No estoy jugando, Granger. Lo único que quiero es un poco de paz. Y evitar matar a alguien en una de tus amables incursiones a mi cabeza. ¿Acaso es mucho pedir? ¿O el ego de los leones antepone el deber al bienestar de inocentes?
Soltó las preguntas con todo el veneno que poseía. De verdad necesitaba tranquilidad. El martilleo en las sienes había aumentado en intensidad. Y el dolor se había extendido hasta la nuca y el ojo izquierdo.
-Sigues siendo el mismo sly de mierda que eras en el colegio –Hermione escupió las palabras como si fuesen ácido en su boca- Te importa una mierda que tus amigos estén muertos. Y te importa una mierda que los tres que te quedan sigan el mismo camino. Así como te importa una soberana mierda que….
-¡GRANGER LARGATE DE AQUÍ YA!
El grito de Malfoy fue acompañado por una oleada mágica de no mucha intensidad. Hermione sacó su varita y apuntó con ella al platinado, que estaba de rodillas sobre la cama con las manos fuertemente apretadas sobre las sienes. Un hilillo de sangre caía de su nariz sobre su labio superior. Algo no iba bien. Hermione conjuró su patronus y llamó a los demás, mientras mantenía un ojo sobre Draco.
-¿Malfoy? –su voz tembló al pronunciar el apellido de su "enemigo".
-Están cerca. Intentan entrar en mi cabeza –Draco se encogió y soltó un gemido prolongado- No… no lo voy a resistir mucho más… vete… pueden obligarme a hacer algo que no quiero….
Hermione tomó una decisión rápida. Lanzó un desmaius muy potente. Pero el hechizo rebotó contra una barrera invisible. Exasperada, avanzó unos pasos y noqueó al rubio de un derechazo certero en la cara. Cuando Harry y Bill llegaron a la habitación, se encontraron con un Malfoy KO sobre la cama y a Hermione dando saltitos por el cuarto mientras agitaba la mano, cuyos nudillos estaban bastante rojos.
-¿Has hecho lo que creo que has hecho? –Harry sonrió, divertido.
-Sí, Harry. Le he atizado un puñetazo al puto hurón albino. Algo o alguien quería entrar en su cabeza para controlarlo. De ahí la migraña de la que se quejaba tanto y que nosotros nos hemos tomado a cachondeo.
-Eso es grave –Bill se acercó al ex mortífago y lo revisó- Está bien. Pulso normal, temperatura baja (cosa natural en él) y mandíbula prontamente morada. Tienes buen gancho, Herms.
-Eso pregúntaselo a Malfoy. Probó el puño de Hermione en tercero. No veas como lloró.
Harry reprimió la carcajada y ayudó a Bill a cargar con el inconsciente Draco hasta el salón. No querían dejarlo solo por si intentaban de nuevo controlarlo. Se encontraron con todos los habitantes de la casa reunidos. Theo y Montage se levantaron como impulsados por un muelle al ver a su amigo inconsciente.
-¿Qué le ha pasado? –Theo se mecía sobre los talones a punto de darle un ataque de ansiedad.
-Tranquilo. Lo he tenido que noquear con un puñetazo. –Hermione palmeó suavemente el brazo del chico hasta que sintió que se calmaba. Los Recuperados eran muy sensibles a los cambios en el ambiente. Y si notaban cierto grado de violencia o algo se salía de su rutina mucho, podían caer en un estado depresivo o de ansiedad agudo- Alguien ha intentado hacerse con el control de Malfoy. Y como la magia no me ha funcionado, he tirado por la vía muggle. Igual de efectiva pero más dolorosa.
Luna curó el moratón de Draco con un movimiento suave de varita y se quedó a su lado, controlando posibles reacciones del chico. Mientras, los demás debatían en voz baja las posibilidades de que los slytherin pudieran ser controlados a distancia. Harry defendía que sí, mientras que Bill y Hermione eran más partidarios del no, alegando que, de ser cierto tal control, ni Nott, ni Zabinni ni Montage estarían tan tranquilos y sin influenciar en ese momento. Al final, tras varios minutos discutiendo, Harry cedió.
-Pero que conste que no me fío ni un pelo del rubito. En cualquier momento se le activa la vena Terminator y nos deja a todos más secos que la mojama.
Todos se le quedaron mirando con cara rara. Menos Hermione, que no pudo evitar reír por lo bajo. Era bastante divertido ver las reacciones de los sangre pura cuando a Harry o a ella misma se les escapaba alguna expresión muggle. Harry prefirió no hacer caso de sus amigos y se sentó de mala gana en una butaca. Permanecieron en silencio durante varias horas, esperando algo que ninguno sabía qué era. Y velando al inconsciente rubio.
Cuando comenzaba a atardecer, Draco despertó. Lo primero que sintió fue el dolor de cabeza, que se había intensificado. Luego notó el terrible dolor en su mandíbula.
-¿Se puede saber por qué mierda me duele la cara como si me hubiese pateado una mula?
-Técnicamente, Hermione te ha soltado un derechazo para dejarte inconsciente –Luna le ayudó a incorporarse un poco- Siento que te siga doliendo, pero se me da mejor quitar marcas y moratones que aliviar el dolor. No quería meter la pata y hacerte algo en la cara que no tuviese arreglo. Siendo como eres con tu aspecto…
-No sigas, Lunática. Sé por donde vas y no me gusta –Draco se levantó haciendo el mínimo de movimientos. La cabeza le latía con fuerza y si la movía con brusquedad o muy rápido, se mareaba.- Me encuentro de pena.
-Bueno. Si eres capaz de quejarte, no estás tan mal –Harry sonrió desde su sitio. Malfoy se limitó a levantar el dedo corazón en su dirección.- Yo también te quiero, Draquito.
-No me toques las narices que puedes acabar saliendo escaldado, Potter –Iba a añadir un maleficio menor cuando un latigazo de dolor cruzó su cabeza de sien a sien. Comenzó a gritar como un poseso, para terror de sus compañeros.
Hermione se quedó helada. Los gritos de Malfoy recordaban a los del cerdo en la matanza. El rubio se agarraba las sienes con tanta fuerza que se estaba dejando marcas rojas sobre su pálida piel. Cuando se vieron capaces de reaccionar, Malfoy desapareció del salón.
-¿No se suponía que nadie podía desaparecerse en esta casa? –Harry soltó la pregunta al aire.
-Tenemos que irnos –Bill estaba asomado a la ventana. Su rostro era una máscara inexpresiva.- No estamos solos.
Hermione corrió hacia el pelirrojo y se asomó. Frente a la casa estaban apareciendo grupos de cuatro personas, todas vestidas con algo parecido a uniformes militares. E iban acompañados por magos. A esos los identificaron rápidamente por lo ridículo de sus atuendos.
-Creo que nuestras defensas han caído –Hermione se giró hacia el resto- Luna, llévatelos a mi clínica de Nueva York. No os mováis de allí y evitad hacer cualquier tipo de magia. La aparición no podrán rastrearla porque el edificio está en un punto ciego.
-¿Qué es eso de punto ciego? –Harry escuchaba a su amiga sin entender nada.
-Es un punto de gran concentración mágica. Hay ocho como ese en Nueva York. Y todos habitados por muggles. Los magos suelen ponerse enfermos si pasan demasiado tiempo en esos lugares. Pero mi consulta está modificada para que no puedan afectarnos esas corrientes.
-Entonces les será fácil encontrarnos –Harry seguía sin ver el punto de Hermione.
-Al contrario. Si un sitio te pone enfermo, ¿Qué harías? Quedarte seguro que no. Por eso lo escogí. Ningún mago en su sano juicio viviría o trabajaría allí. Es el mejor escondite. A la vista de todos.
Harry asintió. Cogió a Nott del brazo y se desapareció. Luna hizo lo mismo llevándose con ella a Montage. Hermione miró al joven matrimonio Weasley.
-¿Dónde vais a ir?
-Me llevo a Fleur a la Madriguera. Luego me reuniré con vosotros.
-Tened mucho cuidado.
-No somos nosotros los que estamos en peligro de muerte –Bill cogió a Fleur del brazo y se desapareció. Hermione echó un último vistazo a sus enemigos y luego desapareció. Bill tenía razón. De todos ellos, Malfoy era el que más peligro corría. Y quizá la muerte no era lo peor que le podía ocurrir.
