Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)
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Capítulo 23
Garret Ewerwood sostenía la mirada a su señor con el principio de una sonrisa dibujando sus labios. Apreciaba a aquel muchacho que había instalado la paz en aquellas tierras feudales, pero no comprendía como un perfecto guerrero podía ser tan ignorante e inocente a la vez.
Edward pasó de largo ante él y Garret se vio corriendo detrás de su señor con una carcajada silbando en el ambiente.
— ¿La hiciste tuya?— Se aventuró a preguntar. Garret sabía del secreto de Edward y sostenía para sus adentros, que aquella chica, había conmocionado al fuerte guerrero, en gran manera. Tenía un denso presentimiento sobre ella, pero no quería aventurarse sin más.
Edward detuvo sus pasos y se giró lentamente para encararlo. Elevó una ceja y sonrió lentamente.
—Creo que debí de haberte cortado el cuello la noche que te lo conté—. Cruzó los brazos encima de su amplio pecho y suspiró poniendo los ojos en blanco. —No quiero forzarla—. Explicó al hombre que era su mano derecha, observando su reacción ante el comentario.
— ¿Forzarla? ¿Ella se sentiría forzada? ¡Que me parta un rayo, Edward! ¡Hay siervas con compañeros, que incluso darían su vida por estar debajo de tu cuerpo!
Edward negó con la cabeza y cerró los ojos fuertemente siguiendo su camino, ignorando a Garret que lo perseguía, acribillándolo a preguntas. — ¿Es ella la indicada, entonces?
—Ella es diferente, Garret.
— ¿Diferente? ¡Yo sé que lo es! ¡No tienes idea de que precio discutían sobre su trata! ¡Es virgen, una condenada virgen preciosa!
Edward se detuvo abruptamente, apretando la mandíbula con fuerza, los puños parecían dos mazas en esos momentos y casi rugió cuando se dirigió a Garret de nuevo.
—Eso no puede ser cierto, Garret. Las personas que intentaron vender a mi hembra mintieron, ella ha pertenecido a otro hombre.
Garret parpadeó un par de veces y frunció el ceño sin perder la sonrisa, cambiando de tema y pensando que su señor se llevaría una gran sorpresa cuando le asestara un fuerte puñalada con su lanza, aún y así siguió preguntando, le divertía ver con a su amo se le encendían las mejillas cada vez que tocaban el tema del sexo.
— ¿Ya te las has follado, señor? Déjame felicitarte si es así, porque tenía la firme sospecha que ibas a terminar tus di…
El puño de Edward colisionó contra el rostro de Garret, antes de que éste terminara de explicarse. El hombre trastabilló hacia atrás, llevándose la mano a la mandíbula con gesto serio. —Eso ha dolido, mi señor—. Edward rugió como un león antes de lanzarse sobre su presa y Garret alzó la mano comprendiendo que debía de aparcar el tema momentáneamente.
Salieron de la fortaleza y caminaron sin articular palabra hasta llegar a los establos, allí el joven Sam los recibió con un asentimiento de cabeza.
—Vamos a salir a cazar, Sam. ¿Está listo Fury?—. Edward se elevaba por encima de la cabeza de Sam, que apenas le llegaba a los hombros.
—Sí, señor—. El chico sonrió e hizo un asentimiento con la cabeza casi al unísono. —Aunque con todos los respectos, mi señor, ese corcel suyo no se dejar amansar, ayer Klaus intentó cepillarlo y hubo de ser atendido por Maude.
— ¿Maude?—. Edward sonrió, frunciendo el ceño extrañado—. Ayer noche fui a hacerle una visita y no dijo nada.
Sam sonrió mirando a Garret que parecía muy entretenido mirando algo desde el umbral de los establos. —La vieja bruja hizo arrepentirnos de haberla avisado, estuvo intentando que Klaus la golpeara y perdiera los estribos, pero ya sabe como es mi hermano.
—Sí—. Edward bufó y se llevó las manos a la cabeza. —Pero tranquilo, Sam—. Edward puso una mano encima de los hombros del muchacho. —Conseguiremos que alce una espada.
Sam suspiró y asintió antes de marcharse sin mirar de nuevo a su amo, que caminaba hacia Fury con una sonrisa instalada en su rostro.
Fury no dejaba que nadie se le acercara salvo él. Era mezquino y violento con todos los demás y volvía locos a sus vasallos cada vez que mordisqueaba la cuerda que lo amarraba y corría hacia los montes en busca de libertad, aquella libertad que Edward deseaba en algunas ocasiones al sentirse preso de la enorme responsabilidad que lo embargaba rodeado de aquellos murallas, que eran como aquella celda de salvaje en el reino del olvido de Aro.
El caballo relinchó de gozo al sentir la mano del guerrero en el hocico, Edward le susurró palabras de aliento y deshizo el nudo grueso que lo aparcaba a un lado de los demás corceles.
Fury era el privilegiado y Edward sospechaba que el animal lo intuía. El bárbaro no podía evitar carcajearse cuando paseaba a lo largo del establo delante de los demás caballos, irguiendo la cabeza con altanería. Él era un caballo de pura sangre y hasta el caminar lo determinaba en elegancia. Su pelo tan oscuro como la noche, brillaba de una manera especial aquella mañana.
—Vamos Fury—. Edward agarró la cuerda y caminó hacia el exterior de los establos. Antes de traspasar el umbral, le pareció oír unos gritos y pocos después la voz de Maude rechinando de furia.
— ¡Maldita niña, ven acá, sino quieres que te llene la boca con sanguijuelas!
Edward con paso más ligero llegó hasta Maude, acariciando el pelaje de su corcel.
— ¿Qué son esos gritos, Maude?
— ¡Ya la tengo, Maude! — La voz de Garret sobresalió por encima de la de ellos dos y Edward giró el rostro sin soltar la cuerda que rodeaba el cuello de Fury.
Garret llevaba a una mujer alzada sobre sus hombros. Edward abrió con fuerza las aletas de su nariz al reconocer los ropajes y el culo respingón de su hembra. Soltó la cuerda con fuerza y caminó hacia Garret con unas ganas terribles de molerlo a mazazos, pero antes de llegar hasta él, Fury soltó un relincho y se alzó sobre sus patas traseras.
Garret miró la escena horrorizado y Bella que luchaba por librarse de las manazas de aquel hombre, cayó al suelo sobre su trasero, mascullando una maldición entre dientes.
Cuando Bella vio el hermoso animal correr a lo largo de la espesura de aquel claro que rodeaba la fortaleza, no pudo evitar sentirse embrujada por su hermosura.
Fury parecía haber perdido el sentido y daba vueltas sin parar alrededor del ancho espacio que daba paso a la salida de la fortaleza. El caballo trotó hasta el grueso portón de madera, comenzando a dar empellones sobre ella con su cabestro. Edward lo miraba horrorizado. Parecía haber enloquecido al haberlo soltado y todo por culpa de ella.
Bella…
Bella había arrancado a correr inmediatamente después que el caballo comenzara a asestarse él mismo violentos golpes contra la puerta, sin pensar la medida de aquel acto o de las consecuencias negativas que podían ejercer en su contra.
Cuando estuvo lo bastante cerca del animal, comenzó a hablarle, rezando porque la entendiera.
—Calma, caballo precioso. Calma. A fuerza de golpes no abrirás los postigos. ¿Entiendes?— Densas lágrimas surcaban sus mejillas, el caballo estaba comenzando a sangrar por los fuertes empellones, pero nada parecía hacerlo parar con aquella violencia. —Por favor—. Alzó una mano y avanzó dos pasos más hacia él, podía oír a lo lejos como gritaban su nombre, pero parecían leves murmullos. Tenía que intentar hacerlo de nuevo, como aquella vez, debía de amansar a aquella fiera que estaba a punto de acabar con su vida. —Tinka werti, musulan…musulan werti.
El caballo comenzó a flojear y relinchó algo cansado mientras que su trote se hacía más pesado y lento. Bella caminó hacia él cuando se hubo calmado totalmente y acarició el pelaje de su lateral con lentitud, el caballo giró la cabeza y buscó la de Bella, siendo tan cuidadoso en su caricia que Bella gimió y enterró el rostro en el denso manto de cabello negro como el tizón.
— ¡Eres una insensata!—. La mano de Edward agarró su hombro con fuerza, apartándola abruptamente de Fury, el caballo al oír el gemido de dolor de ella, se irguió sobre las dos patas de nuevo y encaró a su amo con un relincho provocador.
Edward dio dos zancadas hacia atrás y se apartó rápidamente de las patas de Fury, horrorizado. Miró a su caballo, después a Bella que todavía seguía sentada en el suelo y de nuevo observó a su corcel.
— ¡Garret!—siseó entre dientes. —Organiza una partida con varios hombre y sal tú de caza—. Edward agarró con fuerza la cuerda que recorría el cuello de Fury y le dio un fuerte empellón haciendo que el caballo se violentara de nuevo. —Debo de poner las cosas en su lugar de una maldita vez.
Giró el rostro hacia Maude y le indicó con la mirada que agarrara a Bella y se la llevase de allí.
Debía castigar a Fury. Le dolía infinitamente, pero aquello no podía volver a ocurrir, si no, se vería obligado a sacrificarlo.
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Bella caminaba rápidamente, zarandeada por el brazo de aquella mujer que había llegado a los aposentos de Edward breves minutos después que él desapareciera, aquella mañana.
La vieja la había mirado de arriba abajo y siseado algo entre dientes antes de caminar hacia ella y abrirle la boca para mirar sus dientes como si fuera un animal. Bella apenas pudo verbalizar una palabra. La actitud de aquella extraña mujer la tenía desconcertada, por decirlo menos.
—Quédate en cueros, mujer—. La voz de la vieja era pastosa y su mirada intensa, parecía querer meterse dentro de su cabeza.
Bella dio dos pasos hacia atrás e hizo un ademán con las manos.
—Ni lo sueñe, y usted… ¿quién es?
La vieja sonrió y sacó de un zurrón que llevaba colgado de una horrible falda color gris, un palo que comenzó a masticar sin dejar de mirarla. Cuando le dio dos o tres mascadas al trozo que tenia dentro de la boca, lo escupió y sonrió.
—Ese no es tu problema muchacha, pero ya que eres propiedad de mi príncipe, te lo diré. Mi nombre es Maude.
Bella rechinó entre dientes y cerró los ojos con fuerza antes de contestar.
—Yo no soy de nadie.
La vieja se carcajeó con ganas y volvió a meterse el palo de abedul en la boca. Lo dejó entre sus dientes y avanzó hacia ella.
Bella corrió hacia la pared y se hizo un ovillo en el suelo. Aquella mujer parecía no tener sanas intenciones con ella y si era sincera consigo misma, la intimidaba.
—Levántate, niña. No te voy a hacer daño, solo quiero ver que te encuentras bien—. La voz de Maude sonó maternal en aquel momento y Bella elevó la mirada para poder verla. La vieja sonreía de manera tierna y le ofrecía su mano callosa, con sus uñas negras.
Bella se levantó poco a poco y se obligó a tener contacto con aquella mujer extraña.
— ¿De verdad que no me hará daño?—. Preguntó de nuevo Bella, con el temor reflejado en sus ojos.
—No.
Maude la agarró con fuerza de la mano y la llevó hacia el jergón de Edward. Echó a Bella sobre su espalda y le abrió las piernas con determinación.
—Pero… ¿se puede saber que está haciendo?—. Preguntó Bella alarmada e intentado ponerse en pie y salir corriendo de aquel lugar.
—Quédate quieta niña. Si vas a copular con mi príncipe no puedo permitir que le pegues alguna infección o alguna clase de bicho que causan la rabia en las partes de los hombres. Quédate quieta, niña—. Volvió a decir Maude. —Tengo que mirar que estés completamente sana.
Bella sacó el aire por su nariz con furia y dejó que la mujer mirara sin pudor la parte más intima de su anatomía.
La vieja soltó un improperio antes de darle una palmada en el muslo a Bella y levantó el trasero del jergón de Edward. Se retaron ambas con la mirada y la vieja sonrió masticando el palo de abedul.
—No has conocido varón—. La acusó Maude.
—Eso no es cierto—. Espetó Bella. —Yo… yo sí que he tenido relaciones con…mi esposo, si señora he tenido relaciones con mi esposo.
La vieja echó la cabeza hacia atrás y se carcajeó durante unos segundos. Bella estiró la camisola que apenas la cubría. Era el momento perfecto para salir por la puerta en una carrera como una endemoniada.
Los gritos de Maude se oían detrás de ella, pero no le importaba, su único deseo era salir de ahí a como dé lugar.
El resto de la historia, todavía andaba pululando por su cabeza, cuando no sentía los apretones de Maude sobre su brazo en dirección del cuarto de Edward.
—El príncipe está molesto contigo niña. Y es bien sabido que no se le puede hacer enfadar, no mide las consecuencias y puede hacerte daño—. Maude intentó atemorizarla de alguna manera, la mirada que le había dirigido Edward para que se la llevara lejos, le había puesto los vellos de punta. El príncipe era bondadoso, pero también podía llegar a ser cruel y destructor.
—Sé perfectamente cómo es tú príncipe—. Espetó Bella con furia en los ojos. —Es un bárbaro, despreciable. Un asesino que no conoce el arrepentimiento y ni el dolor por la sangre. Es un demonio hecho carne.
Maude abrió la puerta del cuarto de Edward, dándole una fuerte bofetada a Bella, tirándola de un empujón a la cama.
—No tienes ni idea niña. No sabes lo que ha sufrido y lo que ha amado a personas que no se lo merecen—. Maude la miró con repugnancia antes de salir de aquel recinto y Bella corrió tras de ella para darse con la puerta en las narices. De nuevo estaba encerrada.
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—Bella ¡shhhhh! Bella—. La castaña notó como la zarandeaban y abrió los ojos lentamente, viendo poco a poco los rostros cada vez más claros de Irina y Kaichiri. Ambas sonrieron y se miraron cuando ella las reconoció. —El amo nos ha ordenado que te ayudemos a vestirte. Vas a comer junto a él—. Irina elevó los ojos hacia arriba y ensanchó aún más su sonrisa. —Te ha elegido a ti como compañera, debes de sentirte afortunada, nuestro señor nunca ha comido con una mujer a su lado desde que estamos aquí y han sido muchas las que les han ofrecido sus favores—. Ambas muchachas se miraron cómplices y rieron como si compartieran algún secreto.
—El amo ha hecho tejer unos vestidos con los colores de su estandarte. Son preciosos. Mira—. Kaichiri se levantó del jergón y volvió con un vestido verde oscuro entre sus manos, algo holgado y con un cinturón dorado que llegaba hasta el final de la falda.
Era sorprendentemente bonito, pero ella no deseaba estar al lado de Edward ni ser su compañera, aunque algo dentro de ella se movió y deseó eliminar aquel nerviosismo interno.
—No iré—. Dijo en un susurro.
Ambas muchachas se miraron ahora terriblemente serias y negaron.
—No puedes negarte, Bella. Ofenderías a nuestro amo delante de todos sus hombres y de las compañeras de éstos. No, eso lo pondría de mal humor y no te conviene. Además, nos ha dicho que te dijéramos que si no te presentas en el gran comedor nosotras seremos castigadas.
Bella arrugó las cejas y maldijo entre dientes, aquel maldito, había sabido desde un primer momento que ella se negaría y había utilizado a Irina y a Kaichiri para manipularla.
Bufó y se levantó del jergón mirando los deditos de sus pies.
—Está bien, si no hay más remedio.
Ambas siervas volvieron a reír y Bella puso los ojos en blanco.
—Te bañaremos y arreglaremos ese cabello. Seguro que cuando el amo te vea, no podrá despegar sus ojos de ti.
— ¡Que ilusión!— Exclamó ella, ganándose una mirada reprobatoria de ambas.
Dejó que la desnudaran y caminó hacia la tina de madera que ya estaba llena y humeante.
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Edward había dejado los establos malhumorado. El comportamiento de Fury lo había dejado en un estado de tristeza infinita. Fury había estado sin control unos minutos; cosa que le preocupaba enormemente, había oído de enfermedades en los cuadrúpedos que los volvían endemoniados y no conocían ni a sus amos siquiera.
Con la mirada en el verde pasto caminó hacia el interior de la fortaleza y fue hacia las cocinas, bajo el escrutinio de todo el mundo que pasaba a su lado. Algunas mujeres le temían y otras lo deseaban con desesperación. Ese era el caso de Ángela, sierva de unos de sus guerreros más leales. Ben Cheany, que había sido extrañamente envenenado con alguna clase de planta y Maude no podía encontrar el remedio para su recuperación.
Las malas lenguas dejaban caer que había sido la misma Ángela la que había envenenado a su señor, porque deseaba yacer con el señor de aquel feudo.
Edward llegó hasta la cocina y pidió una jarra de agua miel. La bebió con rapidez y se marchó sin abrir la boca.
Antes de llegar al cuarto de armas, lugar donde descansaba y tramitaba los posibles ataques a reinos vecinos, escuchó la voz de Maude a sus espaldas.
—Príncipe—. Susurró ella, moviendo las manos para que él se acercara. Edward caminó hacia ella y movió la cabeza para que hablara. Maude miró hacia los lados para asegurarse que estaban solos y habló. —Ella es virgen, Edward. Tu Bella, es virgen.
Edward tragó en seco y se llevó una mano a la frente, al cabello y luego tiró de él, nervioso.
— ¿Estás segura?— Preguntó con la voz entrecortada.
Maude sonrió ante el nerviosismo del chico.
—Lo estoy completamente.
Continuará...
Hola, sé que muchas de vosotras quereis que ya haya sexo, pero primero él debe saber que es virgen. Bueno, ya lo sabe. Ahora todo puede suceder, absolutamente todo chicas, os prometo que ya no habrá más calentones, en el momento que en se pongan cariñosos, lo harán.
Gracias a mi beta preciosa que otra vez me hace un inmensísimo favor. La diferencia horaria es una mierda, Jooooo!
Y a vosotras, que estoy infinitamente agradecida por el apoyo y por vuestras nominaciones en los Fanfiction Adwards. Besos, os amooooo.
