La historia que aquí leerán es de mi completa autoría, no así sus personajes.
Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Betas FFAD.
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Capítulo 26
Enredados entre las pieles, sus cuerpos algo más fríos a aquella hora de la mañana, se machacaban inquietos y sin pausa.
Edward no recordaba haber rozado tanto la extenuación hasta ese momento. Tener llena y saciada a su hembra lo enloquecía, ver cómo los ojos de su pequeña se giraban y se volvían blancos cuando caía en el pozo del placer, era como una gran victoria para su hombría.
Bella había mordido su hombro hasta fijar la sangre hecha puntitos en la piel y arañado su espalda por cada sacudida de lujuria que la embargaba.
No tenía idea cuánto tiempo había pasado, pero sabía que estaba a punto de amanecer. Los pájaros estaban comenzando a cantar sus primeros trinos y el olor a la humedad del rocío, le llegaba a las fosas nasales aunque… andaba algo perdido por los olores de ella; de Bella.
El olor de su piel, de su humedad y el de él mismo amasando sus jugos con ella, lo enloquecía.
Ajustó, una última vez, con fuerza su verga hasta la base del tallo y ella emitió un gritito de satisfacción que le hizo alejarse de aquel mundo y vibran con ella y su goce.
Había perdido la cuenta de cuántos orgasmos la habían sacudido y él por imposible que pareciese, se mantenía rígido y erguido para tener fuerza para ella. Clavarse en aquella funda de terciopelo caliente y correr como un caballo excitado por una carrera.
Después de la caída de placer, buscó los ojos de ella y la encontró mirándolo a él con la misma intensidad que él lo hacía. Sonrió lentamente y llevó los labios a la nariz pequeña y algo respingona de ella.
Bella cerró los ojos y sonrió, había sido la mejor noche de toda su insignificante existencia.
Sintió como sus dos almas se unían y formaban una sola.
Un hombre que entregaba tanta ternura con cada caricia, no podía ser tan malo. No... no era posible que un hombre así fuera un Bárbaro.
Abrió la boca, sin proponérselo, desperezándose o bien por la falta de sueño y Edward soltó una carcajada, apartándose de encima de ella, saliendo de sus entrañas y sintiendo ella aquella falta inmediatamente.
—Creo que he abusado seriamente de tu capacidad de aguante, querida—. Él esperó que de un momento a otro ella comenzara con sus diatribas, pero se extrañó y la miró a hurtadillas con una ceja alzada—. ¿Bella? ¿Ocurre algo?
Ella se había dado la vuelta y su espalda desnuda y el principio de su trasero redondo podían verse claramente.
Él buscó la curva de su cintura y la envolvió con sus fuertes brazos, acercándola a su pecho de espaldas, posicionando su polla; ahora algo flácida, en la rendija de su trasero.
—Dime que te ocurre. ¿No has gozado? —No pudo evitar el temor en aquella pregunta. Él se había sentido tan feliz y tan honrado de hacerla suya que en aquellos momentos, haría cualquier cosa que ella le pidiera.
—No puedo creer que seas quien dicen que eres. Sencillamente no puedo creerlo—. Bella cerró los ojos fuertemente y sintió con la boca de él llegaba hasta su hombro y se hundía en su piel, la rozaba con su lengua caliente y la castigaba.
— ¿Quién crees tú que soy, Bella? — La voz de él llegó ronca y a ella se le erizaron todos los vellos de su cuerpo.
Ella intentó girarse, para mirarlo a los ojos y lo hizo, haciendo más difícil la tarea. Ahora ambos estaba de nuevo casi unidos y aquello, la desconcentrada de la misión que tenía en mente.
Edward rechinó los dientes al sentir como su dura masculinidad se volvía de nuevo rígida y perfecta. Elevó una pierna encima de la cadera de Bella y la punta roma, hinchada y morada como una ciruela se quedó en puertas de la entrada de ella, haciéndola gemir frustrada.
—No creo que un hombre que se deshace en deleitar a una mujer con los más hondos placeres, sea tan cruel como quiere aparentar o dice ser—. Apresó el labio inferior entre sus dientes y tiró de él, haciendo que Edward buscara su boca y con la lengua despegara tortuosamente aquel acto cruel de nerviosismo.
—Dime lo que sea. Lo que sea Bella.
Ella miró sus ojos infinitamente verdes y suspiró.
El canto de las primeras aves de la mañana salpicaba aquel ambiente hinchado de de deseo y pasión; la brisa había comenzado a elevarse y en aquel momento si el cuerpo de Edward no hubiese estado lo suficientemente cerca, hubiese tenido un frio terrible.
Se amoldó más a su cuerpo y notó como la hinchada verga estaba a punto de hundirse de nuevo en ella sin contemplaciones y, no era de extrañar. Su caldo caliente la consumía como el mejor de los brebajes y no se sentía cansada de aquel baile de cuerpos que los había tenido consumidos toda la noche.
—Sé lo que hiciste con tu familia en Meadow. Jasper vio como estabas allí, delante de los cuerpos sin vida de Esme, Carlisle y Emmett. ¿Por qué Edward... por qué los mataste?
Edward frunció el ceño y se apartó de ella como si quemara, saltando del jergón y abriendo la boca para comenzar a gritar.
— ¿De dónde sacas eso, mujer? — Alzaba la voz y se pasaba las manos por aquel cabello alborotado y desgreñado por la noche de sexo. — ¿Eso fue lo que te contó el hombre con el que huiste?— La voz de Edward ahora era más elevada y ya nada quedaba de aquel mástil de hierro caliente entre sus piernas.
Ella se irguió levemente, asustada por el cambio de actitud. Sostuvo un trozo de piel con fuerza entre sus pechos y lo miró ahora inquisitiva.
—Sí. Jasper te vio. Mataste a tu propia familia. ¿Por qué?
— ¡Eso es lo que tú crees! Dime. ¿Eso es lo que tú crees?
Edward parecía haber perdido el juicio. Caminaba de un lado a otro como un león enjaulado y se llevaba las manos a la frente como si no entendiera cómo ella podía pensar una cosa así de él, después de todo.
—Te digo que no puedo creer que un hombre como tú pueda hacer ese tipo de cosas, pero si lo hiciste, quizás es por todo lo que tuviste que aguantar en esa celda durante tanto tiempo… puedo comprender que a fuerza de sentirte un animal finalmente, actuaras como uno de ellos.
— ¿Crees que me he comportado como un animal contigo, esta noche, Bella?
Si Edward seguía gritando de aquella manera de un momento a otro alguien aporrearía la puerta de un momento a otro; Bella estaba segura de eso.
—No.
—Pero aún y así piensas que yo maté a la única familia que he conocido desde que era un niño, porque dices que Jasper te lo dijo. Y ahora, yo te pregunto, ¿por qué huiste con él? Te vi entrar en sus aposentos.
— ¿Me viste?— Ella enarcó una ceja intrigada y caminó de rodillas en el jergón para ir hacia la parte donde se encontraba Edward y ponerse de pie a su lado.
—Sí—. Los ojos de él estaban oscurecidos por los celos y ella lo supo inmediatamente.
— ¿Creíste que me veía con él a escondidas, que era mi amante?— Preguntó en un hilo de voz.
—Sí. Eso entendí al verte entrar en los aposentos de un hombre a altas horas de la noche.
Edward agachó la cabeza, arrepentido. Aunque Bella se marchó con aquel primo suyo, el hombre nunca había yacido con ella. No la había tocado.
—Me pidió ayuda. Él estaba enamorado de la cocinera: Alice Brandon, la tenía escondida en sus aposentos. Ahora ambos están casados.
Edward elevó la cabeza y buscó la mirada oscura de ella, decía la verdad. ¡Por todos los Dioses! No se merecía que la Diosa Fortuna lo premiara de aquella manera... ella siempre había sido suya, siempre. Dio dos zancadas y arrancó las pieles del cuerpo de Bella con ferocidad, mientras su boca buscaba su rostro mientras le susurraba palabras de arrepentimiento.
—Lo siento, lo siento, pequeña... me cegaron los celos... Bella por favor, perdona a este loco que no ha hecho otra cosa que besar el camino por donde tu pisas.
La boca de él se perdió en la de ella, en un beso de condenación absoluta y arrastrando sus lengua, frotándolas entre sí y degustándolas. Gimieron antes de caerse al jergón destartalado que crujió al sentir el peso de los dos cuerpos en él.
—Yo... después de tanto tiempo, no he podido olvidarte. Lo único que me separa de ti es ese horrible crimen en el que se te condena. —Ella aspiró de su aliento caliente y apasionado—. ¿Qué ocurrió, Edward? Dime, por favor, libérame de la agonía de no saber la realidad.
Él la miró intensamente y acercó su rostro a ella, arrastrando un beso mojado y dulce por la piel de su frente.
—Este cuarto, las tierras que pisas y todo lo que contemplas hasta más allá de las montañas, fue un día del criminal de Aro. —Suspiró, mirándola y la arrastró entre sus piernas y la puso en su regazo, enredando sus piernas en torno a ella—. Aquella noche, después de verte entrar en los aposentos de Jasper perdí el juicio y busqué en otra mujer lo que siempre había deseado de tu cuerpo. —Bella lo miró con el ceño fruncido y apartó la mirada casi al instante, sintiendo como en sus ojos se iba formando una masa indemne de lagrimas—. Me sentí herido, tan profundamente al verte entrar en la intimidad de otro hombre, que quise despedazarte de mi alma, arrancarte de mi corazón. Pero antes de que aquello no tuviese vuelta atrás, una de las cocineras apareció corriendo por uno de los pasadizos del servicio. La familia estaba siendo atacada. Aro con sus vasallos y parte de su ejército habían rodeado Meadow y tenían a Carlisle y a Esme atemorizados bajo la punta de una espada. —Edward rememoró la escena como si volviese a vivirla—. Cuando llegué a sus habitaciones, ya era demasiado tarde. Encontré el cuerpo sin vida de ellos junto con el de Emmett. De nuevo aquel bastardo me dejaba sin el calor de una familia, primero lo hizo con mis padres y años después, con un hombre bueno que decía ser el hermano de mi madre. —Edward alzó los hombros e hizo un gesto hosco con los labios—. Supongo que Jasper me vería en el momento que entré y vi los cuerpos. Me tomé muchas molestias en darles una sepultura digna a todos, quemando sus cuerpos y rezando a los Dioses para su descanso eterno. Juré que lo mataría. A él y a todos los de sus ralea.
Bella estaba llorando.
Todo lo que los había rodeado eran sendas matas envenenadas de malos entendidos.
Todo.
Se acurrucó más en su pecho y olió su aroma demandante, poderoso. Ahora la verdad era un cielo abierto, donde soñar en un futuro.
Edward no había asesinado a su familia.
Edward había esperado por ella todo aquel tiempo.
Edward era un hombre digno y con principios. Todo lo que se hablaba del Bárbaro era una leyenda que se había forjado en la boca de sus más fieles discípulos.
—Lo siento. —Hipó ella, antes de pasearse con fuerza la mano sobre la nariz y la mejilla—. Has sufrido tanto en toda tu vida.
Edward levantó la cara de ella y le sonrió tiernamente.
—No. Soy un hombre con suerte. Si todo lo que ha ocurrido me ha servido para tenerte, no me importa. Volvería a pasar lunas enteras por lo mismo, para poder encontrarte de nuevo en aquella celda, llena de vida y ardiente para mí, Bella. Me quemaste desde la primera vez que puse mis ojos en ti.
Ella parpadeó un par de veces y apenas sonrió.
— ¿Te quemé? —preguntó ella en un susurro.
—Ardí por ti, Bella. Me quemo por ti.
Ella se elevó lentamente para devorarle los labios y él mezcló un jadeo con un suspiro, antes de agarrarla de la cintura y ponerla a horcajadas sobre sus caderas.
—Tócame, mi princesa.
Bella pensó que Edward podía quemarse por ella, pero ella, estaba encendida por las caricias y los besos demandantes de él. Deseaba tocarlo, darle todo el placer que el dolor no le había permitido tener.
Elevó su mano lentamente hacia su pecho y acarició esa parcela de piel llena de algo de vello castaño y enmarañado, hizo un dibujo sin ningún significado sobre él y agachó la cabeza para saborear la tibia piel de su Bárbaro con su boca y lengua. Quería degustar toda la extensión de aquel espécimen que la estaba volviendo loca en todos los sentidos.
Inspiró profundamente aquel aroma a macho y sacó, tímidamente, la lengua para rozar con ella una tetilla tibia de él. Fue satisfactorio sentir como él se iba consumiendo a cada toque de su boca, dejando un reguero de saliva mojada en toda el área de la piel que ella festejaba.
Bajó lentamente haciendo círculos con la lengua hacia el ombligo y allí encontró la preciosa punta madura de la fruta de la pasión. Esta, sobresalía urgente, necesitada y ella gimió. Necesitaba tenerla en la boca, saborearla. Empalagarse de ella y empalarse contra ella.
—Por todos los dioses, Bella. ¿Qué vas a hacer?
La voz de Edward sonó como un eco perdido en sus pensamientos, ahora miraba aquella punta que deseaba probar, degustar, masticar entre su boca y hacerla explotar.
Abrió la boca y acarició con éste la fruta deseada, haciendo que está se moviese urgente en toda su extensión. Se felicitó a sí misma y sacó la lengua para acariciarla con ella, haciendo a Edward jadear y tensarse.
Sabía a él. Era él y ella, anhelaba todo de aquel hombre. Amoldó su boca a aquella piedra preciosa hecha carne y la engulló lentamente, oyendo las maldiciones de Edward como un eco desesperado. Sujetó el principio del tallo con una mano y comenzó a bombear como si aquella vara de carne caliente fuera comestible.
Era magnífico sentirlo, era magnífico tenerlo. Pero era demencial oír como gemía y sollozaba él mientras ella se lo estaba comiendo.
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—Hermana. —Cayo miró a Jane con una ceja alzada y sonrió diabólicamente—. ¿Sabes si mi esposa me espera en mis aposentos?
Jane se detuvo abruptamente a la llamada de Cayo.
Había pasado por el comedor como otras muchas veces, sin pena ni gloria y en ese momento, Cayo con ojo avizor deparó en ella, justamente cuando no quería ser vista.
Se giró formando la mejor de sus sonrisas y contestó a su hermano.
—Su esposa l está esperando mi señor. Ansiosa.
Cayo que estaba acompañado en la mesa rió con socarronería a sus compañeros de borracheras y juntó con ellos las jarras de agua miel que bebían.
—Hoy tendré a mi esposa abierta de piernas para sacudirme dentro de ella—. Volvió a reír y Jane asqueada desapareció de aquel espacio para avisar a su señora de lo que estaba por llegar.
Tocó en la puerta firmemente y la voz de Rosalie sobresalió de ella.
—Soy Jane.
La muchacha oyó como el cerrojo de la puerta chirriaba y acto seguido ésta se abrió, dándole paso.
— ¿Qué ocurre?— Preguntó la mujer que anudaba un hatillo y cruzaba un arco a su espalda.
—Tu esposo te visitará esta noche, has de estar preparada—. Comenzó Jane caminando hacia ella con las manos apretadas, claro síntoma de nerviosismo.
—Eso no sucederá. No puedo demorar esto por más tiempo. He aguantado más de lo que cualquier persona puede desear, voy a huir ahora mismo. Tengo preparados dos caballos, ¿Vendrás conmigo?
La pregunta horrorizó a Jane, paralizándola.
Ella no podía huir del látigo de su hermano, no con ella.
—Yo... no puedo, él por muy horrendo que sea, es lo único que me queda. No tengo cabida en ningún otro lugar.
Rosalie agarró una decena de flechas y las colocó en un tubo de piel de cerdo, acercándose a Jane.
—Si lo tienes y es a mi lado. Ven conmigo Jane, la vida aquí es un infierno y ya sé donde se encuentra el pariente de mi marido. Debo avisarle. Sé que ha mandado hombres para saber de su paradero. Cayo se cree con derecho a arrebatarle todo lo que el Bárbaro arrancó a Aro cuando lo asesinó. Está formando un ejército de matones para llegar hasta la fortaleza y darle caza.
—Eso lo sé mi señora. Pero yo debo estar al lado de mi hermano por muy asqueada que este de él.
—Jane —Rosalie agarró las manos de Jane y las apretó—. Ven conmigo. No tengo corazón para dejarte aquí, acabará matándote.
Jane cerró los ojos fuerzas y suspiró.
—Está bien.
Continuará...
Ey chicas. ¿Pensabais que no iba a llegar eh? Pues aquí está.
Espero os haya gustado. Os dejo mi corazoncito de leona.
Hasta la próxima,
Sistercullen.
