Los personajes de esta historia no me pertenecen, son de la gran Sthephenie Meyer. La historia es de mi autoría.

Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, Beta FFAD

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Había sido un día de confidencias, de susurros y palabras edulcoradas haciendo más fuerte el sentimiento que ambos se profesaban. Edward apenas la había dejado dormir, montándola sin descanso, chupándola y arrastrándose por aquel menudo cuerpo que lo volvía un ser sediento de placer, ahora cuando ya la noche se cernía de nuevo sobre ellos, se levantó del gran jergón completamente desnudo y la miró inclinándose levemente para acariciarle la mejilla. Era hermosa, tan hermosa que abotagaban sus sentidos.

Agarró un par de pieles, los calzones y las botas y se dispuso a salir al encuentro de sus hombres, sabía que cuando se viera con Garret; el maldito haría un sinfín de bromas al respecto de su virginidad, pero no le importaba. En aquellos instantes era más que feliz, como nunca recordaba haberlo sido en toda su vida adulta.

Caminó por los pasillos levemente iluminados por antorchas a cada lado de las paredes de piedra caliza y oyó las voces de sus hombres, fuertes, poderosas. Riendo y bramando en el salón del castillo.

Se detuvo un momento antes de traspasar el marco redondo de la entrada y sonrió al ver como la multitud se quedaba muda al verlo.

—Buenas noches señor. —La voz de Irina, que se sentaba junto a Kaichiri y las otras mujeres de la fortaleza le hizo inclinar levemente la cabeza a modo de saludo.

Ella rompió el hielo y de nuevo todos los hombres siguieron comportándose como si no hubiese aparecido.

Edward se encaminó hacia su amigo Garret y éste silbó cuando estuvo lo bastante cerca de él.

—Un astro con toda una luna, mi señor. Ya veo que no has perdido el tiempo en tus quehaceres con tu hembra. —A Garret no le dio mucho más tiempo a seguir con aquella retahíla, ya que Edward plantó su codo en los pulmones del castaño.

—No quiero mofas, Garret. Puedo pasar por alto que seas mi mejor compañero a la menor oportunidad. ¿Quieres perder tu dentadura? —preguntó Edward con la mandíbula apretada y gesto serio.

—Edward, no seas así. Hombre, después de todo, estoy feliz por ti. Sabes perfectamente que estaba seriamente preocupado por tu solemne castidad, pero ya veo que esa dulce chica te ha hecho despertar como marcho. —Garret elevó una mano y dio un fuerte golpe al hombro de Edward—. De verdad que me alegro por ti, amigo.

Edward le sonrió y se sentó en la vasta silla de madera, agarrando un trozo de carne y llevándoselo a la boca.

—Me gustaría que Irina fuera a ver a Bella —comentó mientras masticaba—, no quiero que esté cerca de las otras hembras, no deseo que escuche cosas que no son ciertas. Conoces los rumores que hemos hecho correr durante todo este tiempo y no quiero que nada la dañe.

—Pero Edward, no puedes aislar así a tu hembra. Las demás mujeres pueden tomarla en desconsideración, recuerda que también está Ángela. Esa arpía cuenta que has yacido con ella a todas las mujeres, pese a que tiene a su guerrero en cama. Nos estamos planteando seriamente echarla si ocurre el fatal desenlace. No es buena para la comunidad y mucho menos ahora que tienes una mujer que te caliente la cama. —Garret bebió un sorbo de aguamiel y carraspeó levemente—. Si deseas que Irina la asista, así será, pero piensa en lo que te he dicho amigo ella, siendo tu hembra, sabe que es debe estar en todo momento represando a nuestras mujeres como lo haces tú.

—No quiero pensar eso ahora. Por el momento, te agradezco que Irina atienda a Bella, le suba algo de comer dentro de un rato y procure que no le falta nada mientras yo no esté con ella. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Muy bien. Ahora quiero preguntarte una cosa. ¿Recuerdas cuando Bella calmó a Fury? ¿Las palabras que le susurró? No me son conocidas, ni creo que vengan de nuestro dialecto si quiera...

—Eso debías de habérselo preguntado a ella. Haz tenido suficiente tiempo para hacerlo.

Garret sofocó una risilla y Edward volvió a apuntar con el codo en las costillas. Garret se apartó y de su boca brotó una sonora carcajada.

—Te voy a arrancar los dientes Garret, uno a uno... —suspiró fuertemente llevándose una mano a la boca y limpiándose los restos de carne con ella—. Estoy preocupado por Fury. No quiero deshacerme de él, me ha acompañado desde que arranque estas tierras a Aro, es comparable a perder a Maude, pero ese diabólico caballo quiere salir de estas tierras desbocado, no hay nadie que pueda domarlo que no sea yo. Por eso la manera en que Bella lo calmó y me tiene confundido, el animal pareció comprender todo lo que ella le dijo. Aquellas palabras sin sentido, las tenía para el animal...

—El amor te está haciendo ver y oír visiones, Edward. El caballo, como su amo, se enamoró de esos ojos enormes y chocolates. No le des más vueltas.

—Señor, ¿necesita algo?

Ambos amigos giraron la cabeza para observar el cuerpo largo y sin curvas de Ángela, con su sonrisa malvada y aquellos ojos negros que devoraban a Edward sin ningún miramiento.

—No. Gracias Angela. ¿Cómo esta Ben? —Edward apartó la vista de ella, asqueado por la manera tan libidinosa que tenía de desnudarlo con la mirada.

—No creo que salga de esta, mi señor. Cuando desee puede pasar a hacerle una visita, tanto él como yo estaremos orgullosos de poder atenderlo.

Edward tuvo que tragar la bilis antes de responder.

—Sí, mañana mismo iremos Garret y yo a visitarlo. Estamos seriamente preocupados por ese mal que lo aqueja, sobre todo por lo misterioso de él.

Angela se puso livida de repente. Tanto Edward como Garret lo vieron claramente. Ella tenía mucho que ver en aquel mal que aquejaba a Ben y que lo tenía casi a un pie de la tumba.

—Será un honor, señor. Con permiso.

Angela se dio la vuelta rápidamente y caminó hasta el lugar donde todas las mujeres comían.

—Me reafirmo, Edward. Esa mujer es un peligro y puede envenenar al resto del rebaño. Tú como líder podrás hacer lo que quieras, pero toma este consejo de amigo. No apartes a Bella del resto, será condenada por ello.

—Nadie osará a hacerlo. Ella es mi hembra, mi compañera.

— ¡Por todos los Dioses...!

Bella estaba allí, con una escasa piel retorcida entre su cuerpo, viéndose bella y deseable para cualquiera que osara mirarla. Edward notó como la sangre se le calentaba y el cuerpo se tensaba de dolor al recorrer toda la extensión de aquellas piernas que se habían enroscado en su cintura y trasero con fuerza digna de una leona.

Se levantó de un salto y caminó hacia ella, buscándola con sus ojos y cuando al fin dio con los de ella, la muchacha sonrió, sintiendo como el liquido de sus venas se convertía en algo dulce como el agua miel.

—Bella, ¿qué haces aquí? ¿Y apenas vestida? —Sonaba demasiado brusco, pero en aquellos momentos lo devoraban unos celos asesinos.

Ella borró la sonrisa dulce que le había regalado al verlo y cambió el gesto en apenas unos segundos.

—Puedes dar gracias a los Dioses que agarré las pieles del jergón, podría haber aparecido desnuda. ¿Qué hubieses preferido?

Edward cerró los ojos fuertemente y echó el aire por la nariz abrasándolo.

— ¡Garret! —vociferó, haciendo que su segundo al mando apareciera en menos de un segundo—, di a Irina tal y como hemos acordado, yo y mi hembra estaremos en nuestras habitaciones. Que traiga carne, zumos de frutas y aguamiel... creo que la voy a necesitar.

Antes que Garret se diese la vuelta, Edward pudo oír algo parecido a una risilla. Lo había decidido, le iba a arrancar aunque fuera un diente a Garret.

Agarró a Bella por la cintura y la hizo girarse sobre sí misma, le dio una fuerte palmada en el trasero y ella gimió, haciendo que la dura extensión de musculo que él tenía entre sus piernas se tensara y volviese querer hundirse dentro de ella.

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Amparadas por las sombras de las noches las dos mujeres, escondidas en densas capas del mismo color que ésta se adentraron en los establos en el más absoluto de los silencios.

Una vez dentro Rosalie agarró las dos yeguas más rápidas de las que era dueña y les ató una gruesa soga al cuello, haciendo que caminaran sigilosamente hacia las afueras del camino protegido por los gruesos matorrales en la parte trasera de la vivienda.

Jane la miraba con el miedo reflejado en los ojos y de vez en cuando no podía evitar mirar hacia atrás para ver si las estaban dejando creer que de verdad saldrían de aquel infierno de lugar.

Una vez llegaron a la extensión del bosque, Rosalie ofreció una de las yeguas a su cuñada y montó con rapidez en lo alto de la grupa.

—No pienses, Jane. Todo lo que te espera es mejor que lo que has pasado. No dudes si no ten por seguro que morirás.

La mujer pensó en su hermano, en las aberraciones cometidas hacia su persona y en los odios que habían germinado a lo largo de los años entre cada uno de los descendientes de la familia Vulturi. Estaban maldecidos con el odio y la crueldad hacia sus semejantes.

La duda se disipó en menos de un parpadeo y subió a la grupa, atizando con la pierna al buche del animal, que corrió junto con el de su cuñada como si los persiguiera el mismísimo diablo.

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Edward cerró el enorme portón tras ello y se comió con la mirada a Bella lentamente antes de cruzarse de brazos y caminar hacia una esquina del habitáculo.

—No quiero que salgas de esta habitación —ordenó sin mirarla—. Te quiero aquí, en mi jergón dispuesta, para cuando yo lo desee.

Bella elevó una ceja y dejó caer la mandíbula. No se creía lo que estaba oyendo.

— ¿Qué? —preguntó casi en un susurro.

—Soy tu dueño y harás todo lo que yo te ordene.

—Debes estar bromeando, yo no soy de nadie, Edward y si yo soy de tu propiedad, tengo pleno derecho a proclamar que tú eres lo mismo para mí.

La mirada de Edward la desmontó, enfebrecida y llameando, viajaba por sus muslos y pechos con la condena de saberse un montón de carne a expensas de aquel dulce depredador.

Dio dos pasos hacia ella y sonrió sensualmente, abriendo los brazos y recogiendo su cuerpo para pegarlo al de él, fibroso, fuerte y empalmado.

—Soy tuyo, mi bella hembra. Para siempre, pero dentro de estas cuatro paredes. Allí fuera eres una palomita y no lo puedo permitir. Estarás aquí esperándome, deseosa de que me entierre en ti cuando vuelva. No quiero que nada dañe tus oídos ni esas dulces manos que tienes. —Edward la apretó más contra sí y besó su sien con infinita ternura—. Eres un bien demasiado preciado para mi, mi sueño... inalcanzable y anhelado.

Bella no pudo evitar cerrar los ojos y suspirar.

Era tan tierno, bajo aquella fachada de bestialidad.

— ¿No tienes hambre, preciosa? —preguntó él tanteando uno de sus pechos, que ante aquella caricia comenzaba a erguirse y a picar—. Te he amado muchas veces durante la luna y cuando amaneció no he probando bocado. Me permití el lujo de pedirle a Garret que Irina suba y te asista en todo lo que necesitas.

Bella se echó hacia atrás, saltando de sus brazos.

—No. No necesito a ninguna persona que vele por mi cuando tú no estés, Edward. Además, no quiero tener ningún tipo de sierva, no puedo.

Edward sonrió, elevando los brazos de nuevo hacia ella y acariciando suavemente su cintura con las dos manos.

—Irina no será tu sierva, preciosa. Sólo alguien con quien conversar. —Edward frunció el ceño y llevó sus labios a la oreja de ella, tocándola, haciéndola vibrar—. Pero que sea la última vez que vas al salón sin mi consentimiento, preciosa. Siempre que aparezcas allí será de mi brazo y te sentaras a mi lado.

Unos suaves golpes en la puerta hicieron que ambos se despegaran de aquel agarre que los envolvía de piel y deseo, haciendo a Edward casi imposible soportar la idea de separarse de ella y correr de nuevo con sus hombres para que no lo tacharan de engatusado.

Al abrir la puerta, la suave sonrisa de Irina con su cabello rubio y largo le hizo casi sonreír, haciéndola pasar e inclinándose formando una clara reverencia a las dos mujeres, cerrando la puerta.

Irina suspiró, sonriendo a Bella en el acto.

—Nunca se le había visto tan feliz.

Bella elevó una ceja y se acercó a ella susurrándole.

—Yo como su hembra, también deseo ser feliz. ¿Me harías un enorme favor?

Irina, frunció el ceño y asintió, no muy segura de lo que estaba haciendo.

—Sí, pero mi señor…

—Quiero ver a la vieja... a la bruja.

— ¿A Maude?

—Sí.

—Bella... no deseo tener problemas con mi señor...

—Mira, Irina. No te preocupes yo sé como amansar a Edward.

Continuará...

Jejejeje...cortito. ¿Qué querrá Bella de Maude? Os puedo adelantar que tiene que ver algo con el don que posee nuestra castaña.

Y, ¿Rosalie y Jane? En el próximo capítulo harán acto de presencia en la fortaleza de Edward... Y mucho más, lo prometo.

Gracias a mi beta Jo, que me asiste en toda ocasión, con cualquier problema que me atañe.

Gracias a todas.

Besos