Los personajes de esta historia no me pertenecen, la trama es de mi completa autoría.
Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa y Vhica Tia Favorita, Beta FFAD
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Maude había sido perseguida por el mal fario desde el mismo día en que nació. Hija de un clan Irlandés, fue dada en matrimonio nada más al salir del vientre de su madre, a la que quitó la vida cuando brotó de ella el primer hálito por aquellos pulmones malditos.
Maude recordaba los ojos de su madre antes de morir, aunque sea imposible, los recordaba. Eran ojos de horror ante la marca que yacía en un lateral de su cráneo. Apenas sin cabello, se le veía claramente la marca del diablo en él. La estrella de seis puntas.
Rondaban rumores que la madre de Maude: Especer; así se llamaba, había yacido con más de un hombre maldito y que de ella, nació el fruto de aquella unión. La suerte o la desgracia hizo que un buen hombre la tomara como su hembra y pudo tener días tranquilos antes de morir al parir a su única hija.
Anvil, no se dejó llevar por los rumores de las gentes de la comunidad donde vivía, pero como era propia, condenó a Maude desde su primer brote de llanto a ser la propiedad de un hombre cuando su edad alcanzara las trece lunas.
Maude no llegó a ser nunca una niña normal, era fustigada a la mínima desaparición de su progenitor Anvil y, por supuesto, era la burla de toda la aldea que la tachaba de mentirosa, ladrona y por sobre todo, bruja… y en eso, no estaban del todo equivocadas. Maude comenzó a sentir el don dentro de ella antes de dar sus primeros pasos e inequívocamente, sabía cuando una persona era de fiar o no. Podía ver claramente aquella luminiscencia que rodeaba al personaje y con el tiempo aprendió a distinguir entre los colores, la maldad o la bondad que brotaban de ellos.
Con el tiempo aprendió a escuchar aquella voz interior que le decía qué hierbas podía agarrar en la pradera y para qué podía utilizarlas, sabía calmar a Anvil antes de acostarse mediante un brebaje sin que él apenas se diera cuenta y darle valor, cuando los vecinos de la comunidad buscaban odios a los que agarrarse para mantener a Maude lejos.
El tiempo hizo que Maude creciera sin la felicidad de una niñez segura , pero sí la hizo valiente y segura de sí misma. También le dió una infinita hermosura que, a medida que crecía, era una maldición más que una bendición para Anvil.
Pero el tiempo no perdona y el día del aniversario trece de Maude, un hombre se presentó en la aldea montado en la grupa de un gran caballo negro y angosto. Parecía el mismo demonio, apenas se le veía el rostro, ya que portaba un casco de hierro que lo protegía. Escoltado por varios hombres y como si supiese en que cabaña vivía Anvil, sus pasos lo llevaron al destartalado hogar del hombre que había criado a Maude como a su propia hija.
Fue la misma Maude quien abrió la puerta. No dio lugar a que aquel hombre tocara en ella con sus puños de acero; ella sabía que él vendría a buscarla. Lo había visto en sueños.
Ese hombre se la iba a llevar del único hogar que ella conocía y no tenía miedo, porque había visto el rostro escondido dentro de aquel casco de guerrero.
Sonrió antes de darle el paso y el hombre, algo atontado por la belleza de la joven, traspasó el umbral seguido de sus hombres.
Anvil, que se hallaba osfuscado por la visión, se levantó del taburete hecho por él mismo años atrás y claramente confundido por el aguamiel, dió las buenos días al extraño varón y sus acompañantes.
—Señor —Anvil caminó hacia el gran hombre con casco de hierro—, he de suponer que usted viene en busca de mi hija Maude. Ya veo que no se le olvidó su juramento.
El hombre cabeceó y giró la cabeza para mirar de nuevo a Maude por aquellas extrañas rendijas alargadas que contenía el casco.
Uno de los hombres que lo acompañaban dió un paso al frente y se quitó el yelmo, para saludad a Anvil cortésmente.
—Mi señor viene por la mercancía que se le prometió, buen hombre. La hembra ya tiene sus trece lunas y él necesita de ella. Espero no ponga ningún tipo de impedimento, ya que no nos importa utilizar la fuerza ante estos casos. ¿Entendido?
Anvil cabeceó sin siquiera mirar al hombre que le había hablado, ya que sus ojos no podían dejar de mirar al enorme guerrero de yelmo de león que se interesaba una y otra vez por la presencia de Maude.
—Anvil, has sido paciente conmigo y condescendiente. Me has protegido sin tener ningún deber de hacerlo y has logrado que viviese en la aldea sintiendome digna de ti, pero sé a lo que ha venido este caballero y no te juzgo por ello. Lo entiendo. Ahora me iré sin mirar atrás. Augurandote una vida tranquila y sin sufrimientos. Te lo prometo, Anvil de Sauver.
Maude caminó hacia el enorme varón de rostro oculto y trató de ver el color de aquellos ojos que se escondían debajo del yelmo… aunque ella sabía cual era su color y lo tiernos que llegarían a ser.
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—Está bien, te llevaré a ver a Maude, pero antes tu señor me ha ordenado que comas y así debe ser. —Irina sonrió a Bella y se tapó la boca antes de soltar una risilla.
La castaña elevó una ceja y bufó antes de sentarse en el jergón y observar detenidamente lo que había traido Irina para que ella se alimentara. No tenía ganas de probar bocado, pero si algo le había enseñado la vida era a intercambiar favores. Ella le daría el gusto a Edward y él estaría contento con Irina y ella; por consiguiente, hablaría con Maude.
—Está bien, pero que conste que lo hago por mera pleitesía. No tengo ganas de comer nada, sólo de ver a esa extraña mujer que parece saberlo todo.
—¿No te da miedo Maude? —Irina ofreció a Bella un suculento melocotón y ella lo mordisqueó con placer, estaba delicioso.
—No. No es a ella a quien debo temer.
Irina levantó ambas cejas y se sentó en el frío y húmedo pavimento. Bella se irguió inmediatamente y negó con la cabeza.
—No, siéntate aquí conmigo.
—Ni pensarlo —negó Irina—. Tú eres la hembra de nuestro señor, nunca se me ocurriría…
—¡No digas tonterías! No necesito una sirvienta Irina , si deseas serme de utilidad, sé mi amiga y cuéntame sobre las personas que viven en esta fortaleza y de sus vidas.
—Tendría que pedirle permiso a mi señor para hacerlo. No estoy autorizada para contarte nada Bella. Pregúntale a nuestro señor, él quizas te cuente lo que quieres saber.
Bella negó con la cabeza aireada.
Las mujeres en aquel lugar, tenían el mismo valor que en todo los lugares que ella había conocido hasta el momento: ninguno. Nada, no valían nada sin la sombra de un hombre que las guiara y las utilizara.
Comió con resignación antes de vestirse y cuando lo hizo, negándose rotundamente a que Irina la ayudara, se dió cuenta que los ropajes que ostentaba eran el mismo estandarte que llevaba Edward, haciendo clara que ella era suya en su totalidad.
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Los angostos pasillos olían a humedad, habían subido varias escalinatas estrechas y sin barreras. La vieja Maude vivía en lo alto de la fortaleza, haciendo casi imposible plantearse hacerle más de una visita a lo largo de todo un período lunar.
Irina había tropezado varias veces y siseando palabras malsonantes que a Bella la hicieron sonreir, perjuró una y mil veces que era la última vez que subiría allí, pasara lo que pasara.
Cuando finalizaron el largo camino de las escalinatas, llegaron a una sala llena de trofeos y por último, una estoica y gruesa puerta, dieron claras evidencias a Bella que ya habían finalizado la travesía.
No hubo tiempo de tocar a la enorme puerta de madera, la vieja la abrió y sonrió a Bella como si la conociese de toda la vida.
—Mi señora… ¿ya puedo llamarla así? —sus ojos se focalizaron en Irina y sonrió más abiertamente—. Irina, me da gusto que vengas a visitarme, pero lo que tengo que hablar con nuestra señora, no es de tu incumbencia pequeña, bebe esto. —Maude le ofreció a Irina un ligero recipiente y le hizo gesto para que lo bebiera. La muchacha obedeció y sonrió, paseando su lengua por los labios.
—¿Qué es Maude? —Preguntó la hembra de Garret.
—No preguntes y baja de nuevo, esta vez si quieres puedes bajar las escalinatas corriendo. —La vieja estalló en carcajadas dejando a Irina con los ojos como platos y dándole con la puerta en las narices.
Bella observó detenidamente el lugar donde vivía Maude.
Decenas de estantes llenos de pequeños recipientes, fajos de hiervas entrelazados, velones de grasa animal y un gran yelmo con la cabeza de un fiero león.
—Es de mi esposo. —Maude alargó la mano y acarició el reluciente yelmo—. Sé a qué has venido Isabella Marie Swan, hija de Charles. —Bella frunció el ceño y se frotó las manos nerviosa, no tenía miedo de Maude, pero no podía ignorar que era algo más que misteriosa— y por supuesto, sé a lo que estás destinada.
— ¿Qué es lo que sabe? ¿Y cóo sabe el nombre de mi padre? —Bella estaba más que fascinada por las palabras de la sabia mujer que tenía delante de ella, pero un escalofrío de temor la recorrió por entero.
Maude sonrió y deslumbró a Bella con una buena dentadura, que no tenía nada que ver con su apariencia fisica, como mínimo decadente, acariciándose la barbilla y haciéndole una leve reverencia a la castaña que no cabía en si del estupor.
—Soy una wicca, un término irlandés que estaba prohibido entre mis ancentros. Poco sé en realidad porque soy portadora de este don, pero puedo ver más allá de los que los otros ven y oír más de los que muchos lo hacen. Preveo el clima y mi clarividencia, es potente cuando sueño, pero a veces tengo que callar porque he de dejar que la vida siga su cauce y, finalmente, tu estas aquí, para pelear junto a mi Príncipe.
Bella dejó caer su trasero en una silla desvalida y se estrujó las manos con nerviosismo, sin enterder ni ápice de lo que aquella loca mujer le decía.
—Pero eso es imposible, yo no tengo idea de envainar una espada y tu maldito Príncipe se pondrá como el propio demonio si le confío lo que me has dicho. Debes estar equivocada, yo no soy esa mujer que dices.
La carcajada de Maude sobresaltó a Bella que tiró uno de los recipientes que se alojaban encima de una destartalada mesa. La vieja recogió lo que quedó del pobre guijarro y lo envolvió en una manojo de hierbas que tenía justo al lado.
—Piensa lo que quieras, de momento mi señora, estoy aquí para servirla como hago con mi Príncipe. Ahora dime a que has venido.
—Dígamelo usted, debe de saberlo.
La mirada que ambas se dirigieron fue retadora y Maude volvió a sonreir, negando con la cabeza tiernamente.
—Esas palabras, las que calmaron a Fury… han brotado de ti, sin ser consciente de ello pequeña, pero no te aflijas. Tienes el don de aplacar a las bestias y hablar con los muertos, cuando estás lo suficientemente preparada. No te asustes mi señora, pero el fantasma de tu padre vela por ti y las almas condenadas de los familiares de tu hombre te persiguen, sin tú saberlo.
Bella se levantó de un salto de la silla y corrió a agarrar las manos arrugadas de Maude.
—No puede estar hablando en serio… pero, algo me dice —Bella miró hacia los lados intentando vislumbrar algo de aquella información que le había prodigado Maude— que lo sé desde siempre.
—Pequeña —Maude aprisionó con fuerza las manos de la castaña, ya que ahora temblaban—, no tengas miedo, yo te ayudaré y el hombre que te ama tambien te ayudará a hacerlo, aunque mi Príncipe siga siendo un necio, el amor que siente por ti hará que bese el suelo por donde pises. Ven a a verme a diario y yo te iré enseñando cómo abrir el ojo de la clarividencia y ayudar a tu hombre a librar las batallas que han de venir. Lo de envainar una espada no es mi trabajo, pero te aseguro que pronto llegarán unos rizos como el metal más noble, que te harán una despiadada arquera y una ejecutora letal con el hierro hiriente. Ahora ve con tu hombre, mi Príncipe te quiere en su cama —Maude soltó una risilla picaruela—, y no debes hacerle esperar, dile que has venido a verme, eso le dará gusto y lo honrarás, el me tiene por bien un gran afecto.
Los labios rugosos de Maude llegaron a la mejilla de Bella y una paz infinita la embargó. Marchó de allí sin decir nada, sin pensar y sin miedo alguno por aquellas escalinatas que se precipitaban en un ocaso infinito.
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—Agarra el arco, Jane, por nada del mundo quiero que se extravíe. Lo único que tengo que agradecer a tu hermano, es que me enseñara a defenderme con ese arco, no lo pierdas.
Jane tiró del arco para sí, ya que se había descolgado por el trote del jamelgo y lo asió con fuerza antes de darle de nuevo al animal con uno de sus pies para que trotara con más imperiosidad.
Rosalie estaba a su lado como poseida, mirando con ojos de halcón los diversos caminos que alumbraba aquella correosa noche de infarto. Ella le había dicho que pronto llegarían a la aldea del pariente de su marido muerto, aquel que llamaban "el Bárbaro", la única carta escondida debajo de la manga donde podría pasar sus últimos dias sana y salva. Tiró de las riendas de su animal y vió a lo lejos una gran muralla donde apenas se vislumbraba algo de luz. Sonrió para sus adentros, finalmente estaban sanas y salvas.
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Edward, desnudo y sofocado, caminaba de un lado a otro de su cubículo como si le estuviesen retorciendo las tripas. Su hembra había desaparecido y antes de poder preguntarle a Irina, ella se había marchado con Garret con los ojos vidriosos y con las manos pegadas a sus partes más pudientes agarrados como garrapatas.
Aquello lo había enfebrecido tanto que había corrido en busca de su hembra como un poseso para atraerla hacia sí y empotrarla a la pared, visionando escenas de envestidas tan bestiales como su propio falo ahora encendido.
Lo miró con desesperación antes de oír la puerta y girarse en busca de la persona que había osado entrar en su cuarto sin presentación alguna… pero era ella, Bella. El hoyo que deseaba machacar.
—Edward…
Bella desecendió la vista hacia aquel monumento cincelado que se mostraba en todo su esplendor. Edward respiraba con furia y sus ojos la miraban con claro enfado. Aquello la hizo estremecerse y caminó hacia él con una sonrisa nerviosa en su delicado rostro.
—He ido a ver a Maude —Bella acarició los pectorales del hombre y sintió como el cálido aliento masculino se filtraba por su pequeña boca—. Esa mujer me intriga y he querido ir a hablar con ella.
Edward sofocó un jadeo. Las manos de Bella acarciaban las puntas de sus pezones marrones, haciendo que una corriente de placer estallara en la punta de su glande, que ahora yacía algo mojado por la excitación.
—Y puedo saber ¿cuáles eran tus preguntas, para abadonar nuestro lecho? Te ordené claramente que te alimentaras y esperaras mi regreso. No puedes desobedecer mis órdenes, Bella, o te irá muy mal. —Las aletas de la nariz de Edward se abrieon preso de un deseo que lo consumía, pero parecía que la bruja que lo tenía hechizado no se daba cuenta de ello.
—Me ha dicho una serie de cosas. Esa mujer, ¿padece algún tipo de locura? —Bella notó como los brazos de Edward la acercaban a él, abranzandola, sintiendo la inconmesurable fuerza de su erección en el vientre y jadeó, intentando no morder sus labios; completamente encendida.
—Maude esta más cuerda que nadie de esta fortaleza y quien ose decir lo contrario pasará por el filo de mi espada. Pero eso no importa ahora, me agrada que vayas a visitar a Maude, que te hagas su amiga y me haría inmensamente feliz que llegaras a tenerla el cariño y la devoción que yo le profeso, Bella.
Las manos de Edward se desenredaron de su cuerpo, elevando el mentón de ella con uno de sus dedos, acariciando primeramente aquel rostro que lo tenía completamente perturvado, besandola lentamente. Enredando su lengua con la de ella, enroscándola y succionándola, como si aquel fuera su único sustento. Ella gimió y él agarró con fuerza aquel cuerpo pequeño en sus brazos, depositandola en el jergón y lamiéndola por entero mientras le quitaba las prendas tan parecidas a las que él había depositado en el suelo hace unos breves instantes.
—Eres mi perdición, pequeña bruja —siseó, abriendo con sus dedos la flor más preciada de ella, aquella que se alojaba entre sus piernas. Acariciando con el dedo corazón el clítoris de ella, que se arqueaba presa de un placer sin límites.
Dejó la boca para poner los dientes sobre aquellos pezones oscuros que lo llamaban como sirenas y los mordisqueó, embrujado con el rostro y los gemidos compujidos de su hembra que rogaba por una liberación, pero lejos de dejarla explotar, comenzó a explorar con avaricia todo los rincones de su cuerpo, descendiendo sobre su vientre alojando besos húmedos y lametones con su lengua ancha y voraz, hasta llegar al triángulo de sus rizos oscuros. Aquella llaga que, almibarada, rezumaba el mejor néctar que habían otorgado los Dioses a la humanidad. Enfebrecido se ayudó de los dedos para abrirlo completamente y paseó la lengua por toda su extensión, comenzado por el ano y terminando allí dode comenzaba el vello púbico de su hembra, haciéndola gritar ahora claramente ofuscada por el placer.
—No te reprimas, quiero que goces, que grites cuando te lama Bella. Hazlo, es una orden —La última palabra la susurró pegado a sus clitoris que aferró con fuerza, succionándolo y paseando la punta de la lengua por este, mientras lo masticaba goloso.
La boca de Edward la tenía al borde del éxtaxis. Podía sentir como sus lametones la mojaban más y, el cosquilleo de una próxima explosión, se alojó allí donde el masticaba sin tregua, aferrándose ella a aquellos cabellos algo largos y desordenados que él poseía, mientras que ella comenzaba a moverse sin darse cuenta, meciendo sus caderas al compás de las bestiales embestidas de Edward con aquella lengua ancha y poderosa.
—Espera… no lo hagas, aún no.
Edward se irguió con desespero antes de que ella comenzara su culminación, alojándose como un demente dentro de ella, con fuerza. Entrando y saliendo. Abriendo las piernas de ella y observando como su enorme y ancha polla se metía en aquel tunel estrecho y encendido.
Aquello lo enloqueció y con mayor fuerza se sumergió en ella, sintiendo un punto oscuro dentro de Bella que lo estrujaba y lo hacia gemir como un animal en celo.
Sin duda, Maude estaba oyendo sus bramidos que parecían los de un animal, pero a su hembra no parecía importarle, ya que lo miraba con los ojos entornadados mientras salía y entraba en ella con fuerza y desesperación.
—Ven aquí —salió de ella, sintiéndose perdido la agarró de la cintura, empotrándola contra una de las paredes, subiéndola por su sudoroso cuerpo hasta la altura de las caderas y ayudándodose de sus dedos para que ella no perdiera el hilo del extasis—. No quiero bañarte con mi sabia, aún no… aunque me muera por ahogarte con ella.
Metió dos dedos dentro de ella con lentitud primeramente para, instantes despuás, llegar a un ritmo desgarrador que lo llevó al límite, sacando sus dedos y lamiendo el jugo en ellos mientras que ella jadeaba.
Una estocada certera y volvió a bombearla con fuerza, llevándola a un orgasmo bestial que lo hizo venirse a él también y bramar como una bestia.
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Rosalie caminó, junto con su yegua y en compañía de Jane, hacia el enorme portón de la fortaleza, mirando hacia atrás, creyendo ver ojos invisibles que la acechaban. Antes de dar el primer golpe el grueso porton se abrió chirriante y una mujer de extraño aspecto la miró como si la conociese.
—Te estaba esperando, mujer noble.
Continuará….
Chicas… woauuuuu me lo he pasado bomba escribiendo este capítulo. Espero que lo disfruteis tanto como yo. Un beso a todas.
Jo, anda, pasa unas buenas vacaciones, que te voy a echar de menos hasta en mis sueños, jajajjajajajajjajj!
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Hola tesoros,
Ya saben que Sis me deja meterme en sus notas y, esta vez, les cuento que Vhica Tia Favorita, una de mis niñas de Betas FFAD, le ayudará con sus capítulos mientras yo disfruto del sol en el país vecino, para luego volver a la Patagonia chilena. Se las encargo, me la tratan bien... aunque ni se les ocurra luego querer reemplazarme jajajaja ;)
¡Mi Sis adorada! Sabes que el cariño es muto, ahora te toca a ti extrañarme como lo hice yo durante tus vacaciones! jajajajaja.
