Unas horas más tarde llegaba a Venecia. La TARDIS había aterrizado en la playa del Lido, la playa más famosa de la ciudad, cerca a una villa de estilo renacentista, el estilo dominante en arquitectura. Observo un rato a la gente que iba paseando por el paseo marítimo y decidió acoplar su habitual vestimenta a algo más adecuado para la ocasión. Conservó su traje pero debajo se puso una camisa de chorreras de encaje sujetadas por un broche de oro blanco que rodeaba un diamante de forma cónica, que solo se encontraban en un lugar del universo, Gallifrey. Era una de las pocas cosas que conservaba de su planeta del cual había huido hacía ya cuatrocientos años. En lugar de sus zapatillas blancas tan características, se puso unas botas negras. Y finalmente por encima de todo, una capa negra y una máscara blanca. Salió al encuentro de la misteriosa Mina. Mientras iba paseando por las calles de Venecia, observaba que cada persona iba vestida con unos trajes increíbles, llenos de todo lujo de detalles y con unas máscaras impresionantes. Entre toda esta multitud seguro se encontraba ella. Miraba a su alrededor en busca de algo característico que pudiese indicar que era ella pero solo veía mascaras, capas, corsés y metros y metros de encajes y brocados. ¿Cómo iba a reconocerla si todos vestían igual?
Siguió callejeando por la ciudad conducido por una extraña fuerza, aquella que le había hecho accionar los mandos de la TARDIS para venir hasta aquí, y que le guiaba por la ciudad cuando de pronto se encontró con una mujer increíblemente guapa. No cabía la menor duda de que era ella, la mujer misteriosa que le había invitado al Carnaval. La estuvo observando un buen rato sin decirle nada. Ella entonces se le acercó
- Buenos días Doctor, bienvenido de nuevo a Venecia.
