2. EL PRIMER DÍA

Zoro llegó unos minutos tarde a su "cita" con Robin. La verdad es que había salido con suficiente tiempo de su casa, pero tomó una calle que no era por el camino. Le dijo que se había quedado dormido, en cambio… porque vivían en la misma calle, en la misma acera, sólo con unos números de distancia… no había pérdida posible, así que, qué vergüenza.

Hacía un día espectacular. El sol brillaba y hacía calorcito, el justo para que con la brisa hubiera una temperatura agradable. Llamó a su timbre y la oyó responderle desde dentro con un "ya voy!". La esperó apoyado en la entrada de su casa, y cuando la puerta se abrió no pudo evitar repasarla de los pies a la cabeza con la mirada. No quiso ser grosero, pero se había quedado pasmado.

- Joder… ¿vamos a un museo o a una cena de gala? ―dijo Zoro, con la falta de tacto a la que Robin ya estaba acostumbrada. Ella frunció el ceño mientras se miraba a sí misma y luego volvió a mirarle.

- ¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Llevaba unas sandalias de tacón color magenta y un vestido negro ajustado, con falda cortita y mangas largas de encaje. Con un ineludible escote que tuvo que evitar mirar fijamente más de un par de veces. Seguramente el vestido en sí no era tan escotado, pero es que Robin tenía un par de―… *Coughcough*

En definitiva… ¿Que si le gustaba? Estaba espectacular.

- No es eso… ―"¿Debería decirlo?"―. Estás preciosa.

Robin le sonrió y miró a la ropa de él también, viéndole con sus botas de siempre, un pantalón negro ajustado y una camisa verde oscuro. Suficientemente formal para ser él.

- Si tú te has puesto camisa y todo, no me critiques… ―Se giró para cerrar la puerta y luego se acercó a él, poniéndose unas gafas de sol de aviador y mostrándole unas llaves―. Vamos a ir en coche hasta el centro. Aparcaremos en algún lado y nos moveremos por ahí a pie, ¿vale?

- Tú mandas.

Salieron a buscar el coche de Robin y ésta condujo durante unos veinte minutos, en los que Zoro no pudo evitar percatarse de cómo la falda se le iba subiendo peligrosamente por los muslos al andar con los pedales. Dejaron el coche en un aparcamiento y Robin guió el camino hacia el museo.

Ahí no había mucha gente. Y los que había, eran personas mayores con pinta de profesores y frikis de la ciencia. Nada con lo que Zoro se identificara mucho. Intentaba caminar al lado de Robin, pero ella se movía cada dos por tres hacia otro sitio, totalmente embebida en las cosas que estaba viendo. Al cabo de un rato, cuando se dio cuenta de ello, la morena se agarró de su brazo para no dejarle atrás sin querer. Zoro hizo uso de todo su control sensorial para no sonrojarse, y simplemente la miró con una sonrisa cómplice.

- Gracias por la paciencia ―le dijo, mientras miraba una pieza antigua de un templo inca, sin duda viendo en ella algo más que piedra desgastada―. He pensado algo para luego, como recompensa por "aguantar" esto ―Le miró de reojo y con una ligera sonrisa―.

- ¿Ah sí? ¿Y qué es lo que has pensado?

- Iremos a ver un espectáculo esta tarde. Y antes, te llevaré a comer a un sitio que te gustará. Invito yo.

Zoro sonrió un poco, y la visita al museo se le hizo repentinamente más cómoda y entretenida.

Un par de horas después, tras el "complejo de guía" de Robin, con sus explicaciones sobre no sé qué culturas precolombinas ―que aunque eran interesantes, no era capaz de seguirle el ritmo― y habiendo salido de ese (maldito) edificio, caminaron por la ciudad un ratito hasta un acogedor restaurante que ella solía frecuentar. Era un local no muy grande, todo de madera, y había pocos clientes. Se le ocurrió traerle porque su cerveza tenía muy buena fama, y servían un montón de platos que Robin sabía que a Zoro le encantaban, todo tradicional japonés.

Terminaron de comer, y Robin estaba ultimando su postre de mochi cuando Zoro dejó caer su mano cerca de su brazo. Pasó el pulgar por su manga, mirando fijamente lo que hacía.

- Tenía ganas de verte ―le dijo, aún sin mirarla. Ella frunció el ceño un poco.

- Nos vimos anoche… ―Zoro rió un poco ante eso.

- No… antes. Durante todo este tiempo he tenido ganas de verte.

Robin sintió el estómago darle un vuelco. No eran sólo sus palabras, porque, al fin y al cabo, podía esperar que un amigo le dijera eso y no le supondría ningún problema. Pero… ahora, y con él, era su tono de voz. Su caricia y su mirada perdida en el roce. Todo su lenguaje corporal la estaba transportando a ese momento en el tiempo y le estaba despertando esos sentimientos otra vez.

Dejó el postre que le faltaba por comer en el plato alegando estar llena, aunque en realidad se le había hecho un nudo en la garganta. Por suerte, se oyó la alarma de su teléfono móvil y le sirvió de vía de escape.

- ¿Ya son las cuatro? ―preguntó sorprendida, y enseguida se puso en pie―. Espérame aquí, nos iremos enseguida.

Zoro la vio ir a pagar la cuenta. Apretó la mandíbula mientras se ponía en pie y se acomodaba la ropa, un poco disgustado con lo que acababa de pasar. Quizá había hablado demasiado. Quizá estaba presuponiendo que ella sentía algo por él y simplemente estaba haciendo el ridículo…

Robin se inclinó sobre la barra del restaurante para llamar la atención del trabajador. La falda se le subió por detrás y los ojos de Zoro simplemente se clavaron en su trasero y en ese pedazo de piel extra, haciéndole hervir la sangre durante un momento. Ya en el coche se había llegado a preguntar de qué color llevaría la ropa interior; ahora, el pensamiento volvía a atacarle junto a un montón de escenas que incluían esos firmes muslos que ostentaba la arqueóloga.

"No es el momento… no es el puto momento de pensar en eso…", se repetía a sí mismo.

Robin volvió mientras él miraba al suelo, como si fuera lo más interesante del mundo, para dejar la mente en blanco. Salieron del local y ella volvió a guiar el rumbo, llevándoles por calles céntricas que parecían todas iguales a ojos de Zoro. Con el gentío, se despistó un par de veces. A la segunda, Robin le agarró del brazo otra vez, como en el museo, para evitar que se separara de ella. A ambos les resultó un poco embarazoso ir agarrados por la calle, pero también les llenó una sensación cálida y agradable, de complicidad y cercanía, de bienestar en general, que les hizo mantenerse así hasta llegar a su destino, aunque ya hubieran superado la zona concurrida de la ciudad y realmente no fuera necesario.

Zoro no se enteraba de dónde leches estaba, y le preguntó un par de veces a Robin, aunque ella simplemente rió bajito y no le dijo más que "es una sorpresa". Siguió medio perdido hasta que vio un gran cartel sobre la entrada de lo que parecía un centro de convenciones, en el que se podía leer sobre un torneo de kendo. Zoro abrió los ojos y miró a Robin enseguida.

- ¿En serio? ¿Vamos a un torneo? ―le preguntó con un ligero tono de ilusión que no pudo esconder.

- Sí, pensé que te gustaría… ―Le miró con cara interrogante.

- Claro que sí. ¡Es perfecto! ―dijo, súper activado de repente.

Se acomodaron en sus asientos y la competición comenzó, dejando a Zoro medio absorto, estudiando los movimientos de los participantes y tensando los músculos de vez en cuando, como si fuera él mismo el que estuviera atacando. Robin le miraba de vez en cuando, hallándole a él más interesante que al torneo en sí. Zoro se percató de ello y le dio un poco de vergüenza. Se volvió a apoyar en el respaldo y se acercó a comentarle algo al oído, bajito.

- Me pulo a todos éstos… ―Robin rió.

- ¿De veras?

- Soy el único de mi generación que llegó a 3r Dan en 3 años ―La miró, quedándose muy cerquita de su cara―. Voy a ser el mejor, ya lo verás. Del mundo entero.

Robin le siguió mirando aunque él volviera a centrarse en el torneo. Esa era la energía de Zoro. Su ambición, su fuerza inigualable. Era algo que le envolvía en todo momento, como un aura que advertía de lo que él era capaz. Sabía que hablaba con total cordura y seguridad, por grandes que fueran sus palabras. Sabía que Zoro iba a lograrlo si era eso lo que quería, igual que podría mover una montaña si le viniera en gana. Eso era lo que la había fascinado de él durante tanto tiempo, lo que no podía quitarse de la cabeza ni evitar que le erizara el vello ahora, mientras veía sus ojos ávidos clavados en los competidores como los de un tigre se clavan en una ingenua gacela.

El torneo terminó pasada la media tarde. Salieron y comenzaron a hacer el camino de vuelta al coche. Había la misma cantidad de gente en la calle que antes, si no más. Zoro, optando por dejar a un lado su inseguridad acerca de si lo que hacía era o no adecuado, agarró la mano de Robin en cuanto empezaron a adentrarse en las avenidas más bulliciosas. Sin dudarlo. Con toda su determinación, estuviera haciendo bien o mal. Se encontró con su mirada un segundo antes de seguir caminando sin darle mayor importancia, como si fuera lo más normal del mundo. Sin embargo, que ese simple roce les hubiera dado un escalofrío a ambos, indicaba que era en realidad algo mucho más íntimo de lo que querían aparentar.

Al pasar por delante de una tienda 24 horas Zoro aminoró el paso, haciendo a Robin parar también.

- ¿Me dejas que te prepare yo la cena hoy?

Robin se quedó mirándole con curiosidad, y un poco cohibida también. Había pensado que quizá había tomado demasiado de su tiempo por hoy, pero parecía que Zoro estaba dispuesto a pasar el resto del día con ella. Tras insistir un poco, Robin aceptó ser "la invitada" a la cena de esa noche.

En la cocina de la casa de Zoro, Robin se sentó mientras veía al peliverde manejarse por la cocina.

- Sé que cocinas mil veces mejor que yo. Pero ha sobrevivido tres años a base de mi propia comida, así que, tan mal no debe estar.

- ¿Me voy a poner tan grande como tú comiendo eso? Fufu―bromeó Robin. Zoro miró hacia ella fingiendo molestia, con los ojos entrecerrados.

- Espero que no.

Al poco rato sirvió una ensalada de soba frío, tofu con salsa de soja a la plancha y varios sándwiches. Eran platos sencillos, pero realmente todo tenía buena pinta y olía genial. Robin le elogió y sonrió mientras alzaba sus palillos en el aire, haciendo circulitos sobre las distintas opciones antes de decidir por qué iba a empezar. Un rato después, los platos estaban vacíos.

- He de decir que… me has sorprendido gratamente. Estaba muy rico todo, de verdad. Los sándwiches estaban geniales.

- Siempre te han gustado los sándwiches ―respondió rápidamente, como si fuera una respuesta de examen que se sabía a la perfección.

- Sí… ―Sonrió y le miró, un poco conmovida porque él se acordara de su comida favorita también.

- No tengo helado. Ni postres.

- No puede ser… ¿Acaso no tienes "vicios"? ―dijo, refiriéndose a sus propias palabras del día anterior.

- Sí… las espadas, el entrenamiento, la cerveza… ―"Tú…", pensó―. Pero tengo café.

- Siempre me apetece café.

En el preciso momento en el que Zoro dejó su taza frente a ella, un vívido déjà vu le recorrió el cuerpo. Tomó asiento a su lado, girando la silla para quedar mirando en su dirección, "igual que aquella vez". Robin le agradeció y tomó un sorbito, e inmediatamente, la mano de Zoro, grande y varonil como era, cubrió su delgada mano por encima del dorso, y entrelazó sus dedos cariñosamente.

Robin se quedó mirando esa delicada caricia mientras sostenía todavía la taza con la otra mano, casi sin creerse lo que estaba viendo y temiendo verter el café de repente. Antes, en la calle, había llegado a tener una excusa para dejar correr que la cogiera de la mano, pero esto ya no tenía más motivo que… "que lo mismo que le hizo cogerte la mano hace tres años aquí mismo"

Miró hacia él, viéndole desviar su mirada hacia sus ojos azules al mismo momento que ella. Estaba serio, con su habitual cara serena e impasible, pasando a sonrojarse muy ligeramente bajo la mirada de Robin.

- Te acuerdas de-…

- Sí ―le interrumpió ella, seria también.

Zoro apretó su mano un poco más, mientras veía a Robin tomar otro sorbo de su café con toda la aparente tranquilidad del mundo. En cuanto posó la taza sobre la mesa, Zoro llevó su otra mano hasta su sien. Pasó los dedos por su cabello y acarició el final de su fina ceja con el pulgar.

Podía fingir estar tranquila, pero sentía su mano repentinamente fría bajo la de él.

- Tu maestro estará a punto de llegar, ¿no? ―preguntó Robin, queriendo encontrar una forma suave de parar todo eso. Zoro se quedó callado unos segundos, comprendiendo.

- Está en un congreso fuera de la ciudad.

Robin maldijo.

Zoro siguió acariciándole el cabello hasta que sus dedos llegaron a las puntas. La morena giró la cara para mirarle entonces, apoyando la cabeza sobre una mano y aún con la cara lo más neutra que pudo conseguir.

- ¿Qué te pasa? ―Zoro la miró también, profundamente, alzando un poco la cara y con los ojos fijos en los suyos.

- Ya te lo he dicho. Quería verte ―repitió.

- Pues… estoy aquí. No tienes por qué tocarme todo el rato, soy de verdad ―dijo Robin, un poco incómoda, desviando la mirada al café otra vez.

- ¿Te molesta? ―preguntó, con voz firme. Robin volvió a girarse hacia él.

"No es ese el problema, precisamente…"

- No, claro que no… ―alzó su mano y le acarició la mejilla suavemente―. Somos amigos, no pasa nada ― "El autoengaño es patético, Robin", pensó para sí misma.

Y es que, cualquiera que les viera podría discernir que esa amistad suya estaba más que carcomida por otro tipo de sentimientos. Sin embargo, cada uno afronta "los problemas" como puede, ¿cierto…?

- Oi… ―empezó Zoro―. Acabo de acordarme de algo…

Prácticamente saltó de la silla bajo la mirada interrogante de la arqueóloga y corrió hacia la sala. Volvió al cabo de un minuto de rebuscar con una película en la mano y cara divertida. Robin no pudo evitar reír nada más leer el título. Era la película que más veces habían visto durante todos esos años que habían estado juntos; una de terror, que a Zoro le petrificaba cuando era pequeño, pero que por alguna razón extraña siempre quería volver a ver. Y claro, sólo podía verla cuando su maestro no estaba en casa, así que se lo pedía a Robin y la veían juntos. Luego la chica disfrutaba hablando de cosas escrupulosas y retorcidas para asustarle un poco más, pero Zoro había sido testarudo desde bien pequeño, y afrontaba su miedo con absoluta determinación… aunque luego despertara a Robin en mitad de la noche con pesadillas.

Tantos años más tarde, la película realmente dejaba mucho que desear. Zoro y Robin se acomodaron en el sofá, y reían mientras la veían y recordaban viejos tiempos. Casi sin darse cuenta se habían ido acercando hasta que estuvieron medio apoyados en el otro. Terminó la película y simplemente se quedaron así, hablando, sin prestar ya atención a la vocecita que les indicaba que quizá debían sentarse de forma que corriera el aire un poco más.

La luz estaba baja, anaranjando la sala. Robin terminó con la cabeza apoyada en el hombro de Zoro, cansada, sin los zapatos y sentada con las piernas sobre el sofá, rozando el áspero pantalón de él con los dedos. Zoro tenía un brazo por detrás de su espalda, con la mano apoyada en su brazo, a conciencia en su brazo. Pero Robin se movió y de repente su mano se encontraba en su cadera, y pudo sentir los nervios haciéndole apretar un poco los dedos ahí. La morena no dijo nada al respecto, y sólo terminó de acomodarse en su hombro, cerrando los ojos. Zoro miró hacia ella, encontrándose con el cruel paisaje de su escote y sus piernas descubiertas; miró al techo un momento y tragó saliva. Cuando volvió a mirar hacia ella, se encontró con sus ojos de gata devolviéndole la mirada. Zoro sintió el latir de su propio corazón contra el pecho. Colocó un mechón de pelo tras su oreja con cuidado, y se halló a sí mismo besando su frente con cariño.

Sonó un reloj, despertando a Zoro y haciéndole percatar de que ya eran las dos de la madrugada. Se habían quedado ahí dormidos, y se sonrojó un poco al notar que habían acabado echándose sobre el sofá, y que Robin dormía ahora sobre él, que podía sentir su respiración contra el cuello, sus piernas enredadas con las propias y sus pechos pegados a su tórax. Sintió su mano derecha peligrosamente cerca del final de la espalda de Robin, y la movió lentamente hacia arriba, disfrutando de la caricia, para dejarla tras sus hombros, peinando con los dedos la larga melena de la arqueóloga.

Al cabo de unos minutos Robin se despertó también. Sintió sus caricias y se incorporó un poco, intentando no hacerle daño... si es que eso era posible con semejantes músculos. Encontró su mirada y no le salieron las palabras. Se miraron durante largos segundos, hasta que Robin apoyó sus brazos y subió un poco más por su cuerpo. Al mismo tiempo, Zoro se inclinó hacia ella, quedando sus caras separadas por unos escasos centímetros.

Robin llevó una mano a su cara, acariciando la cicatriz de su ojo y metiendo los dedos por su pelo. La sensación de cercanía de Zoro, de su cuerpo firme y caliente, nublándole momentáneamente el entendimiento. Él, por su parte, posó la mano en el cuello de la morena y la miraba con más hambre de la que había demostrado hasta ahora. Con su otra mano volvió a su espalda, dibujando líneas con los dedos mientras bajaba hasta sus riñones. Robin posó su otra mano sobre su pecho, sintiendo claramente sus trabajados pectorales duros al tacto. Ambos ahogaron un suspiro cargado de mil emociones que no iban a salir a la luz más explícitamente por el momento.

- Somos amigos, ¿verdad? ―preguntó en voz bajita Robin, mientras se acercaba un poco más a él y miraba hacia sus labios de vez en cuando.

- Claro que lo somos ―contestó él, casi tajantemente, antes de pegar su frente a la de ella.

Sin más preámbulos, Zoro la besó en la mejilla. Luego más hacia el pómulo. Y luego más hacia la mandíbula. No eran besos simples ni inocentes; no lo eran porque escondían deseo y porque lograban erizarle la piel a la morena. Antes de que ella pudiera decir nada Zoro volvió a besarla, esta vez en la comisura de sus labios, mientras acariciaba su espalda. Robin cerró los ojos ante ese contacto y arrugó la camisa del chico al arañar su pecho.

- Zoro… Zoro, no…

El kengou, temiendo molestarla, simplemente paró. Ya tendría tiempo para seguir con eso, pensó. Volvió a apoyar la cabeza en el cojín del sofá y la miró lo más serenamente que el cuerpo le permitía.

- Vamos, te acompañaré a tu casa.

No había un alma por la calle. Llegaron en unos escasos minutos a paso tranquilo y Robin abrió la puerta. Ambos se miraron entonces, otra vez, con la garganta un poco más seca de lo normal. Un momento antes de que Zoro diera media vuelta, Robin habló.

- Mañana… ¿qué tal si comemos en el parque?

Zoro sonrió sutilmente. Dio un paso hacia ella, quedándose muy cerquita. Subió una mano a su cintura, siguiendo su curva muy suavemente.

- Pasaré a buscarte. Duerme bien, onna… ―Y la besó, otra vez, rozando sus benditos labios antes de que ella pudiera siquiera reaccionar.

Zoro volvió a su casa. Al cerrar, Robin pegó la espalda a la puerta y se llevó una mano a la frente, pensativa y angustiada. Pasó los dedos por su pelo, con mil cosas en la cabeza y viéndose sin forma alguna de ponerlas en orden. Dejó que sus piernas flaquearan ahora que no estaba ante él, y fue deslizándose por la puerta hasta quedar sentada en el suelo, esta vez con ambas manos en la cabeza. "Dios mío…".


Segunda parte~~

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Saludos! Mañana publicaré el tercer capi.