3. EL SEGUNDO DÍA

Robin salió al día siguiente con un vestido amarillo, con la espalda descubierta y tirantes anchos, ceñido a su pecho y su cintura hasta un cinturón negro con girasoles bordados. La falda era ligera y vaporosa, más corta por delante que por detrás, y calzaba unas sandalias negras de tacón atadas al tobillo. Volvía a estar preciosa… Cuándo no lo estaba, ¿en realidad?

Se hallaban en el parque, sentados en una manta sobre el pasto verde, a la sombra de un gran árbol de cerezo apartado del resto. Habían comprado unos obentos y unas bebidas, y habían comido mientras disfrutaban de la buena temperatura, del entorno… de la compañía…

Ninguno sacó a relucir lo que había pasado anoche, pero daba la impresión de que las palabras sobraban. Estaban a gusto, aunque hubieran reducido notablemente el espacio interpersonal que consideraban necesario.

Zoro se apoyó en el tronco del árbol con una cerveza fría en la mano. Robin le vio acomodarse y quiso imitarle, sentándose a su lado con su café helado. Sin embargo, Zoro la agarró de la cintura y la movió para que se sentara entre sus piernas. Robin le miró de reojo, sintiéndose un poco nerviosa, pero terminó acercándose a él hasta que sintió su fuerte tórax en la espalda. Apoyó la cabeza sobre su hombro y dejó las piernas un poco flexionadas frente a ella, haciendo que su falda se amontonara sobre su cadera y Zoro se sonrojara tras ella con la vista de sus piernas.

Sin previo aviso, Zoro pasó los brazos por su cintura, abrazándola por debajo del pecho. Robin dio un pequeño respingo, pero no dijo nada. Se quedó quieta hasta que le sintió hacerle una carantoña en la cabeza mientras apretaba un poco el abrazo; entonces empezó a rozar sus fuertes brazos con las yemas de los dedos. Zoro sentía el peso de sus pechos en su brazo, y sólo ese contacto le estaba acelerando el pulso. Se moría de ganas de subir la mano unos centímetros y tocar esa jugosa piel que asomaba por su escote. Se preguntaba si tendría permiso para hacerlo.

Robin sintió la respiración pesada de Zoro en su oído. Alzó la cabeza para mirarle, y ahí estaban sus labios, a escasos milímetros. Sintió algo en su estómago mientras no podía apartar la vista de esa perfecta boca, de esos dientes que imaginaba mordiendo alguna que otra parte de su piel. Se obligó a borrar ese pensamiento inmediatamente, y en ello estaba, cuando la mano de Zoro subió a su cara y la retuvo ahí, haciéndola mirarle.

Era el maldito momento... Se estaba torturando a sí mismo y no quería, ni podía, esperar más.

Zoro cerró la distancia que les separaba. La besó suavemente, esta vez de lleno en sus finos labios. Robin se echó un poco hacia atrás al primer momento, pero cuando la gran mano de Zoro le acarició la nuca y la invitó a encararle y responderle con ternura, no pudo más que dejarse llevar. Giró el cuerpo hacia él, quedando sentada de lado, con ambas piernas por encima de la derecha de Zoro. Y le besó, agarrándose a su camiseta como quien se agarra a un flotador en medio del mar, miedosa de realmente ahogarse en ese beso y en todo lo que le estaba haciendo sentir. Sus labios se amoldaban a la perfección, el roce era lento y delicioso. Zoro movió la mano hasta su mandíbula y la aguantó mientras le abría los labios, colando su lengua entre ellos y rozando la suya. El pulso se le fue al garete, se olvidó de respirar. La besó con ansia, con ternura, y con la pasión que llevaba media vida conteniendo.

Robin gimió bajito al sentir su lengua, y bajó la mano por su pecho para incorporarse un poco más y besarle más fácilmente. Ese beso la estaba haciendo perder la cabeza… Cuando quiso darse cuenta, su mano derecha estaba perdida en su pelo verde, y la izquierda le había levantado la camiseta. Rozó con las yemas de los dedos su ombligo y sus últimos abdominales, exhalando el aire al instante, sintiéndose excitada. Zoro llevó una mano a su espalda descubierta, tocándola con ansia de sentirla piel con piel. Bajó la mano de su cuello por la clavícula y pasó por su costado, sólo rozando su pecho, hasta su cintura y su cadera. Pasó el montoncito de tela que su falda creaba ahí, y tocó su pierna con deseo, pasando lentamente del muslo a la rodilla.

Ese contacto le despertó algo dentro, algo depredador. Agarró sus piernas y la echó con cuidado hacia atrás, sosteniéndola por la espalda y besándola aún, sintiéndola agarrarse a su cuello. La dejó sobre la manta y se atrevió a cubrirla con su propio cuerpo, añadiendo poco a poco presión sobre ciertas partes de su anatomía, conforme la sentía responder ―y exigir― más al beso y las caricias.

Robin dejó que se acomodara sobre ella. Sus fuertes brazos se posaron a ambos lados de su cabeza y sintió su pierna entre los muslos. Flexionó la pierna que le quedaba libre para abrazar su cadera mientras Zoro se escondía en su cuello. Le oía respirar profundo, rozando la nariz con su piel y dejando pequeños besos a su paso. El corazón le iba a mil, y arañó su espalda por debajo de la camiseta mientras sentía su lengua por encima de la yugular.

Calor era decir poco. Robin empezó a gemir muy bajito, y entre eso y sus "mmm" y sus arañazos, Zoro se sentía a punto de fusión. Se incorporó sobre sus rodillas para quitarse la camiseta y vio a Robin mirarle muy fijamente, pasando la vista por todo su cuerpo, por todos sus jodidamente apetecibles y duros músculos mientras empezaba a morderse el labio. Zoro la miró también, grabando a fuego en la memoria su melena esparcida, sus labios rojizos, su brutal escote en v, su tirante medio mal puesto, su pequeña cintura… la falda subida, su pierna enredada en su muslo y oh, ese pedazo de tela morada y prieta sobre su sexo que llegaba a divisar desde este ángulo. Decir que se estaba empezando a poner nervioso, era decir poco.

Esta vez se inclinó sobre su pecho directamente. Empezó a besar su escote, bajando por sus senos, sintiéndolos blanditos bajo los labios, abriéndolos y metiéndose la carne en la boca para chuparla. Subió una mano hasta la base de su pecho y lo apretó hacia el centro, exagerando el canalillo y pasando la lengua por él. Oyó a Robin jadear suavemente, y sus dedos se le clavaron en la espalda cuando apartó su vestido discretamente y lamió por encima de la fina tela de su sujetador, cerrando los labios sobre su pezón.

La morena echó la cabeza atrás e hizo uso de toda la serenidad que le quedaba en el cuerpo para no gritar. Agarró del pelo a Zoro y le tiró hacia arriba, besándole con pasión mientras le apretaba contra su cadera con la pierna. Sin embargo, paró y rompió el beso al sentir en el muslo su erección, quedándose mirándole a los ojos sin decir nada, con otro repentino nudo en el estómago.

Zoro la miró, viendo sus mejillas acaloradas y la duda en sus ojos.

- ¿Qué esperabas…? ―le dijo con voz baja y ronca―. Mírate, onna… no soy ningún crío ya.

Se sonrojó un poco mientras se incorporaba, despegándose de su sensual cuerpo y volviendo a sentarse contra el árbol, acomodándose la entrepierna en el pantalón lo más discreto que pudo.

Robin realmente no lo había esperado, por estúpido que sonara. Se había volcado tanto en el beso y en el momento, en lo que estaba sintiendo, que notar el efecto que tenía en él había sido todo un golpe de realidad. Se sentó, acomodándose la ropa y el cabello mientras le miraba. Sus mejillas se iban poniendo más y más rojas bajo su mirada, y tras el pequeño momento incómodo, simplemente le pareció tierno y rió bajito.

- Fufufu…

- Oi… no te rías.

- Perdona… …fufufu

Pasado un rato, cuando el kengou estuvo más "calmado", recogieron y fueron a caminar un poco. Durante el paseo, Robin le abrazó un poco por detrás antes de proponerle un plan, y Dios sabrá por qué, Zoro volvió a aceptar acompañarla a una exposición, esta vez de arte, que había en una galería cercana.

Empezaron viendo algo de arte renacentista, con unas imponentes esculturas de mármol al estilo del David. Robin se sintió curiosa al ver que su compañero miraba tan atentamente esas figuras de piedra, pasando la mirada de una a otra y a lo largo de sus cuerpos desnudos.

- ¿Ves algo que te guste? ―preguntó pícaramente.

- Keh… no… ―Volvió a mirar a la escultura que tenían en frente, fijando la vista en sus hombros y abdominales―. A éstos también me los pulo... Les gano en todo ―Entonces bajó la mirada hasta la entrepierna de ese hombre de piedra antes de mirar a Robin―. Y por mucho.

Dejó que en su mirada se filtrara algo de perversión antes de dar media vuelta y seguir caminando, dejándola tras de sí con los ojos un poco más abiertos de lo normal y una sonrisa de medio lado.

Pasaron más tarde a una colección de fotografías modernas y collages que a ojos del peliverde no valían nada. Desenfocadas, movidas, con gotas de agua… "Keh…". Robin miraba con detalle algunas de las fotos, y él se limitó a quedarse a su lado hasta que terminara. En ello estaban cuando se les acercó alguien del staff con una cámara, ofreciéndoles sacarles una foto como parte de la experiencia de la exposición. Ambos se miraron y encogieron los hombros, parándose frente a él para que les hiciera la foto. Robin sonrió ligeramente esperando el disparo, cuando de repente Zoro la agarró fuertemente por debajo del pecho y le dio un beso en la sien.

El fotógrafo les dio la foto impresa en pequeñito y elogió el resultado. "Son una pareja muy bonita", les dijo. Ambos sintieron las mejillas un poco encendidas de repente, aunque no dijeron nada al respecto.

Cenaron juntos, como venía ya siendo costumbre, en un restaurante cercano a sus casas. Era de comida italiana y ambos pidieron pasta. Fue todo un espectáculo ver a Zoro peleándose por usar un tenedor sin que se le cayera todo a medio camino, y aunque se enfadó las primeras veces que Robin se reía ―ella sabía usar los cubiertos perfectamente, cómo no―, terminó riéndose incluso él mismo.

Se quedó mirándola durante un minuto, mientras enrollaba fácilmente sus fetuccini con esos condenados utensilios occidentales. Podía verse cenando a su lado el resto de noches de su vida. Podía verse acompañándola a cada maldita exposición a la que quisiera ir, porque simplemente tenerla al lado hacía que ese tiempo mereciera la pena. Quería ser el que la abrazara y le susurrara al oído lo que nadie más podría oír de su boca, ser el que le arrancara los suspiros al tocarla. Quería que, por fin, dejara de ser la estrella en el cielo que había sido siempre; y qué cerca se veía de tenerla…

Volvieron a casa a pie mientras tomaban un helado. Todavía no era tarde ―aunque hubiera dado igual que lo fuera―, y Robin invitó a pasar a Zoro a casa un rato. Esa noche hacía calor; se acomodaron en el sofá del salón y se apresuraron a comer sus helados antes de que se derritieran. Zoro se lo terminó enseguida, dejándose la boca manchada sin querer. Robin sonrió y se acercó a él, pasando el dedo índice por su labio para limpiarle. Se chupó el dedo con el poco de helado, sin darse cuenta de que podía ser algo un poco extraño, hasta que le vio mirarla con cara un poco rara.

Lo siguiente fue Zoro inclinándose hacia ella buscando sus labios. Robin no le rechazó esta vez, incluso se inclinó ella también, y sonrieron un poco antes de dejar que sus labios se tocaran. Al cabo de un momento, el kengou se acercó más a ella, buscando la cercanía de unas horas antes, haciéndosele imprescindible ahora. Simplemente se le olvidó que Robin aún tenía el helado en la mano, y cuando se dio cuenta se lo había tirado por encima. Por encima del escote… Por encima de esas tet-...*coughcough*

Zoro la miró, no sabiendo si disculparse por su torpeza o concentrarse en no empalmarse ahí mismo. El helado le goteaba espesamente por la redondez de su pecho, colándose por el canalillo. Y de vainilla tenía que ser…

Robin alzó las cejas; se miró a sí misma y luego a Zoro, que por mucho que lo intentara, no podía evitar que su cara lo dijera todo. Dejó el resto de su helado en un platito sobre la mesita de té y se dispuso a levantarse.

- Iré a limpia-…

Igual que ella antes, Zoro pasó un dedo para limpiarle el helado. Claro que, dado el sitio donde estaba, no era un gesto muy inocente, que digamos. Se llevó al dedo a la boca y lo lamió, y volvió a repetir. Robin le vio volver a tocarla sin decir nada, con el pulso acelerándose cada vez más, hasta que Zoro la agarró por la cintura y la besó brevemente antes de bajar por su cuello y lamer directamente sobre su piel. La morena jadeó al sentir su respiración caliente y su lengua infiltrándose entre sus pechos.

De repente estuvo tumbada, como al mediodía, con el escultural cuerpo de Zoro cubriéndola de nuevo. Zoro subió ambas manos a sus pechos, y no puedo evitar gruñir al apretarlos. Eran enormes, por Dios…

El peliverde volvió a su boca y la besó mientras se apretaba suavemente contra su cadera. Robin volvió a sentirle duro, pero esta vez no se sorprendió. La recorrió un escalofrío y bajó las manos por su espalda, sintiendo el relieve de cada uno de sus imponentes músculos conforme llegaba a su pantalón. Metió ambas manos en sus bolsillos traseros y le sujetó, empujándole un poco más hacia ella misma mientras abría un poco las piernas, dejándole reposar entre ellas. Sintieron ambos la electricidad en sus cuerpos cuando la erección de Zoro se apretó contra su sexo. El peliverde agarró la cara de Robin enseguida, mirándola a los ojos con el pulso alterado, con mil cosas que decirle y muy poco vocabulario disponible.

- Siempre quise esto… ―Besándola suavemente―. Siempre te he querido, Robin…

Ella tenía las mejillas y los labios rojizos, y le miró con los ojos un poco llorosos. Subió las manos a su amplia espalda y le besó con cariño, con todo lo que sentía por él, antes de contestarle.

- Yo también… yo también te quiero…

Zoro sonrió contra sus labios, sintiendo algo cálido en su pecho desbordarse. Volvieron a besarse, entregándose completamente al otro. Al cabo de un momento, Zoro empezó a bajar una de sus manos por su cuerpo hasta llegar a su trasero. Subió los dedos por su cadera y acarició su vientre y el borde de su ropa interior. Robin respiraba agitada y se agarraba a su cuello, respondiendo a los besos que Zoro le daba. Él se sentía en el maldito cielo, sabía lo que quería, sabía que la quería a ella, y sabía que esa iba a ser la jodida mejor noche de lo que llevaba de vida.

Robin gimió al sentir sus fuertes dedos sobre su sexo. Echó la cabeza atrás mientras la acariciaba por encima de las braguitas, apretando lo justo para rozar su clítoris y sentir sus labios abrirse levemente y abrazar sus dedos. Zoro sentía la tela húmeda y su propia respiración perdió completamente el ritmo lógico. Robin comenzó a bajar las manos por su torso, tocando sus pectorales, sus oblicuos, sus abdominales, toda su maravillosa anatomía, para llegar a su entrepierna.

El teléfono sonó.

Robin no le hizo ni caso. "Será Nami, seguro", le dijo entre besos.

Sin embargo, el timbre siguió sonando hasta que saltó el contestador, y la voz que empezó a sonar era de lo más masculina.

"¿Estás durmiendo ya? ―Rió un poco―. Ya, supongo que yo también debería. Sé que te prometí no llamar, pero quería oírte… no sabes lo nervioso que estoy. Me muero por verte mañana, princesa. Estarás preciosa… no he hecho trampas, sólo sé que el vestido es blanco ―volvió a reír―, pero estoy seguro. Será un gran día. Te veré… je, te veré en el altar. Te quiero, Robin. Descansa."

El silencio que siguió fue absoluto. Y aterrador.

No era posible, debía ser una forma de referirse a otra cosa. No sabía a qué, pero otra cosa. Sin embargo, la expresión de Robin le indicaba que no, que no tenía ningún doble sentido.

Zoro se quedó quieto, mirándola fijamente, con ambas manos sobre el sofá. Fue incorporándose a medida que la situación se dibujaba en su cabeza, a medida que la cara de angustia de Robin se lo dejaba más y más claro.

- ¿Qué ha sido eso? ―le preguntó muy tenso, dando gracias a Dios porque su voz no hubiera salido tan rota como se sentía él en ese instante.

- Zoro…

Robin se incorporó también, saliendo de debajo de su cuerpo y sentándose mejor.

- ¿Es una broma? ―le dijo, con un tono un poco más violento.

Robin se llevó las manos a la cabeza, visiblemente acongojada. No era ninguna broma… Sentía algo tan fuerte en el pecho que le empezó a costar respirar. Zoro la miraba confuso, con enfado y decepción, y sus ojos le estaban rompiendo el alma.

- Nunca pensé que esto acabaría así… Déjame explicarte, por favor…

Intentó coger una de sus manos. Quería al menos compartir con él lo que había sucedido, dejar claros sus pensamientos y sentimientos. Pero Zoro se levantó enseguida y se fue hacia la puerta, ignorando que ella le llamara y le pidiera varias veces que no se marchara. Ni siquiera miró atrás una vez. Salió por la puerta y cerró dando un portazo, dejándola temblando por el estruendo y la tensión del momento. Se quedó unos momentos mirando a la puerta, abrazándose a sí misma, antes de sentir el primer par de lágrimas surcándole las mejillas.

Se quedó sentada en el sofá, abrazándose las rodillas, durante casi un par de horas. Ya era casi medianoche, y no podía soportar más la carga de conciencia. Zoro había sido su amor secreto, platónico y prohibido, desde siempre. Al marcharse a la capital, simplemente intentó olvidarse de él rehaciendo su vida alrededor de otras personas. Al fin y al cabo, él era muy joven y se había ido lejos a empezar su vida. Y seguro que, lo que fuera que había llegado a sentir por ella, si es que alguna vez había ido más allá de la simple atracción física, lo acabaría olvidando junto a alguna otra mujer… más joven y más adecuada para él que ella misma, desde luego.

Por lo contrario, a ella no le sobraba el tiempo. Ni le convencía cualquier pretendiente, tampoco. Meses más tarde, cuando llegó ese nuevo profesor a la universidad y se interesó por ella, cuando la llenó de palabras bonitas y atenciones, haciéndola sentir querida y especial a su manera, supo que quizá nadie más apropiado se volvería a cruzar por su camino. Y cuando le pidió matrimonio, unos meses atrás, comprendió que, dadas las circunstancias, esa sería una buena vida y lo mejor a lo que podía aspirar. "Porque tienes ya treinta, Robin". Era un hombre atractivo, inteligente, un médico cirujano de prestigio a pesar de ser aún un par de años más joven que ella. Por extraño que fuera, había aprendido a estar a gusto con él y quererle de alguna forma.

Luego, todo eso se había ido al cuerno cuando Zoro llamó a su puerta hace dos días.

Se levantó del sofá y salió de casa, rumbo a la del peliverde. Tenía que hablar con él.

Tenía una copia de la llave de su casa, pero se encontró la puerta mal cerrada, y simplemente pasó. Lo que vio ahí dentro terminó de hacerle el nudo que traía medio hecho en la garganta. Algunos muebles estaban movidos, la lámpara rota en el suelo junto a otras piezas de decoración. Veía trozos de platos y vasos en el suelo de la cocina. Si no conociera tan bien a Zoro, hubiera creído que un ladrón había entrado. O un huracán…

Subió las escaleras hacia su habitación, llamándole con voz bajita para no asustarle. En el pasillo, frente a la puerta de su dormitorio, había un montón de cosas tiradas y rotas. De nuevo… esa era la fuerza de Zoro. Vio la luz encendida por debajo de la puerta y supo que estaba ahí dentro.

El kengou había roto todo lo que había pillado a su paso. Estaba cegado por la rabia, se sentía utilizado. Y aunque le mataba no poder quitársela de la cabeza, sabía que apenas estaba enfadado con ella. Estaba disgustado consigo mismo, porque, al fin y al cabo, ¿quién era él en su vida? ¿Cómo había pretendido llegar ahora, como una aparición tras tres años, y que todo siguiera igual que entonces? ¿Cómo se había llegado a creer… que iba a esperarle? Se sentía egoísta por haberlo previsto así. Se sentía tonto, porque era lo normal... era lo lógico. Pero no por ello dolía menos…

Se encerró en su cuarto cuando hubo terminado de desahogarse físicamente. Se sentó sobre su cama, subiendo los pies al colchón y apoyando los codos en las rodillas. Apoyó la frente en sus brazos y procuró calmarse, sintiendo claramente justo en ese momento el dolor en su pecho y las lágrimas en sus ojos.

Recordó todo lo sucedido. ¿Por qué demonios no le he había dicho-…? "Yo también… yo también te quiero…" le resonó en la cabeza. Se dio cuenta de cómo ella había dado un paso atrás por cada uno que él se acercaba. Claramente había sido él quien había presionado para que esto llegara a donde había llegado. Y si ella… si ella realmente le quería…

No podía perderla justo antes de conseguirla…

- Zoro… ―Escuchó su voz al otro lado de la puerta de la habitación y alzó la cabeza enseguida hacia su sonido, sorprendido, pero demasiado abatido como para responder de alguna forma―. Oye… ¿por qué no vienes mañana a mi casa…? Creo que tenemos que hablar… ―Hizo una pausa antes de seguir, posando la mano suavemente sobre la puerta―. Lo siento. Pero, todo lo que dije es verdad. Lo he pasado genial contigo estos dos días…. quería que lo supieras. Por favor, ven mañana… Descansa…


Estamos cerquita del final ya...

Qué os ha parecido este capítulo? Dejad un review, onegai!

Mañana subiré el último capítulo antes del epílogo. Saludos!