4. EL GRAN DÍA
Se presentó en casa de Robin a media mañana. No había podido descansar nada, pero creía que eso era lo adecuado y lo que debía hacer. Ni siquiera sabía a qué hora… ―aún le costaba pensarlo―… a qué hora se casaba. Así que… se vistió lo más formal que pudo, con camisa y americana, porque la iba a acompañar. Por mucho que le doliera, aunque tuviera que quitarse los puñales de la espalda uno a uno mientras lo hacía, y aunque fuera la última cosa que hiciera por ella.
Cuando le abrió la puerta, su cara se iluminó. Ya estaba vestida de novia, peinada y maquillada, y aunque le faltaban algunos detallitos por añadir, a sus ojos estaba simplemente espectacular. Retuvo la respiración en el pecho durante un momento, no sabía qué decir. Tragó saliva e intentó articular una palabra, pero Robin avanzó el paso que les separaba y le abrazó con cariño.
- Pensé que no ibas a venir…
Pasaron al salón, donde Robin tenía preparadas las cosas que le faltaban por usar. Le indicó a Zoro que tomara asiento mientras ella terminaba de colocar unas cosas. Nami debería haber estado ahí echándole una mano, pero Luffy se la había liado parda esa mañana, y la había llamado casi llorando para decirle que no iba a llegar a tiempo para ayudarla con todo.
Zoro, aún con el malestar que tenía en el cuerpo, no podía evitar mirarla. Estaba radiante, y en su mente podía llegar a recrear la sensación que tendría si fuera él quien fuera a desposar a esa mujer. Ese vestido le quedaba increíble. El escote en forma de corazón resaltaba elegantemente sus impresionantes pechos, y se ceñía con encaje y pedrería sólo hasta la cintura. Luego la tela era fina y holgada y caía en un par de capas, a pliegues y hasta el suelo, creando una pequeña cola.
- Por favor… Podrías… ―Se acercó a él y se dio la vuelta, mostrándole con las manos el cierre del vestido. Apenas llegaba a rozar los últimos botoncitos y estaban desabrochados―. ¿…ayudarme con eso?
Casi como un autómata, se puso en pie y tras ella. Agarró esa fina tela y pasó los tres botoncitos que quedaban por cerrar por sus ojales. Se quedó mirando su espalda, su nuca descubierta por el recogido en su pelo. Ni siquiera pensó claramente en lo que estaba haciendo cuando la agarró por los costados y besó su cuello… Sólo sabía que quería hacerlo.
Robin se estremeció y se quedó quieta, apretando los puños.
- Zoro…
Se volteó para apartarse de sus labios, pero Zoro la agarró de la cintura y la besó.
De acuerdo… podía dejarle tener eso. Lo comprendía. No se había portado bien con él y, supuso, esto era su agridulce castigo. Se lo repetía una y otra vez, intentando mantenerse al margen de sus propios sentimientos. Intentando recordarse a sí misma que había tomado un camino que no le incluía como algo más que un amigo.
No fue tan fácil unos segundos más tarde, cuando sus manos comenzaron a tocarla, subiendo a su pecho y bajando a su cadera. El beso se volvió demandante de repente, y la apretaba contra su cuerpo mientras sentía su respiración alterada. Robin le agarró de los brazos e intentó zafarse de su agarre, pero Zoro se empezó a poner violento.
- Vamos, Robin… qué hubiera pasado anoche si no hubiera sonado el teléfono, ¿eh? ―le dijo con voz grave, mientras apretaba su trasero con ambas manos―. Apuesto a que pensarás en mí esta noche cuando estés con ese cabrón.
Ok, eso fue el límite.
¿Recordáis el inicio de esta historia…? Éste es el momento exacto en el que Robin le pega una ―merecida― bofetada. Hay forcejeo, más besos forzados y lágrimas; por parte de ambos. Confesiones de amor de último momento. ¿Cómo cojones se llega a una situación tan, tan tensa?
Robin le abrazaba por la espalda, y comenzó a separarse de él mientras procesaba sus últimas palabras. Acababa de decirle que le quería, dejándose de engañar de una maldita vez, y él le había respondido que él no. Sin embargo, no podía pretender que le creyera. Tiró de él, volteándole, y sus ojos le decían otra cosa. Su tono de voz, el gesto de su cara, el ligero tembleque de su cuerpo.
Le vio así y sintió su corazón rompiéndose. Por Dios… Ese era el hombre que más quería en el mundo y la mataba verle así, despojado de su fuerza y roto.
- No me mientas… ―le dijo, aún con alguna lágrima en los ojos y agarrándole de la americana que traía puesta―. Nunca supiste mentir…
Tiró de él para besarle. Esta vez era ella quien necesitaba hacerlo, por sí misma y por él, por ellos… Iba a dejarse llevar otra vez, lo sabía… pero no iba a arrepentirse jamás de lo que pasara, porque era algo tan necesario para los dos como el aire que respiraban.
Zoro la besó otra vez, aunque le doliera. Agarró su cara y entreabrió sus labios, perdiéndose en su boca, en el placer y en el dolor a la vez. Sintió las finas manos de Robin sobre su pecho, acariciándole, y se atrevió a bajar las suyas por sus hombros y su espalda suavemente.
- Déjame hacértelo…
Su voz era suave ahora, nada comparado con la agresividad de hacía un rato. Le puso la piel de gallina a Robin, que sólo le miró a los ojos intensamente y volvió a besarle, mientras comenzaba a desabrochar los botones de su camisa. Sintió sus manos en sus piernas, recogiendo con cuidado su falda a la altura de sus muslos. La hizo recular hasta que chocaron con un mueble cercano para que se apoyara en él, y entonces le vio arrodillarse frente a ella.
Zoro tuvo que acordarse de respirar mientras observaba la lencería bajo el vestido. Llevaba un tanguita de encaje blanco, con ligueros sujetando unas medias transparentes muy finas, y en su pierna derecha, la liga blanca y azul. Pasó las yemas de los dedos por su vientre y se acercó a besar su cadera, mientras bajaba la mano hasta su tobillo y volvía a subirla acariciando su pierna. Rozó la nariz y los labios contra su ropa interior, oyéndola jadear y oyéndose el corazón a mil. Apretó la boca contra su sexo, sintiendo sus labios a través de la fina tela. Gruñó ante la excitación que le provocaba a él mismo, y abrió la boca para pasar la lengua lentamente, marcando la forma que sentía bajo la ropa.
Robin se agarró al mueble, sintiendo las piernas repentinamente poco útiles. Sintió cómo Zoro la lamía, su respiración pesada y caliente sobre su sexo, su mano libre apretando su muslo. Al cabo de un momento, el kengou subió los dedos hasta el borde de su tanga y lo empezó a retirar. La miró a los ojos en ese momento, viéndola sólo un poco sonrojada y mirándole con deseo, y siguió bajándole la prenda por los muslos lentamente hasta que terminó en el suelo.
Volvió la vista a su cadera y tragó saliva, sintiendo el pantalón apretarle de repente ante la visión tan directa de su sexo. Enseguida subió la mano y la tocó, posando la mano en su pubis y abriendo un poco sus labios con el pulgar. Estaba calentita, suave, un poco mojada… No pudo evitar volver a acercarse para probarla, y comenzó a lamerla y cerrar los labios sobre su clítoris, chupándolo con delicadeza.
La morena se removió bajo su lengua y gimió, agarrándole de la ropa por los hombros mientras el placer la recorría. Pronunció su nombre y tiró de él, haciéndole levantar y volver a su misma altura, quedándose mirándole fijamente durante unos segundos, enfocándose a la realidad.
Zoro la miró embriagado, con su sabor en las papilas todavía, y sintiéndose el bóxer a reventar. Entonces sintió las manos de Robin en su cinturón, desabrochándolo con algo de prisa. A partir de ahí, todo se aceleró.
Se quitó la americana para estar más cómodo. Ayudó a Robin con su pantalón, bajándoselo lo justo para sacar su erección. Robin sonrió un poco al verle, por expectación y por complicidad ―"joder, sí que les ganaba con creces…"―, y él le devolvió la sonrisa y se acercó a besarla. Pasó las manos por sus muslos y la alzó con facilidad, con una pierna a cada lado de su cadera. Se miraron de nuevo intensamente, sintiendo sus sexos rozarse directamente por primera vez. Zoro sintió la sangre hervirle. Robin se aferró a su cuello mientras la llevaba al dormitorio, y allí, dio un respingo al sentir la pared en su espalda y el fuerte cuerpo de él presionándola contra ella.
Sus fuertes manos la agarraron firmemente del trasero y se colocó enseguida entre sus pliegues. Se empujó contra su cadera y en dos veces entró del todo. Robin gimió y se tensó, abrazándole con las piernas mientras se acostumbraba a él. Él se quedó quieto, mirándola fijamente y respirando como un animal contenido. La besó y empezó a moverse de nuevo, haciéndola jadear en sus labios. La penetraba con fuerza, y la agarraba de forma que quedaba inmóvil contra la pared y llegaba muy profundo en su vagina. A la morena le estaba costando respirar, así que ni hablar de articular palabra. Sólo apoyó la espalda y la cabeza en la pared y le miró, mientras él la miraba también, sintiéndole golpear una y otra vez en su interior.
Al cabo de unos minutos, Zoro volvió a agarrarla para llevarla a la cama. La dejó sobre el colchón y se colocó sobre ella, penetrándola de nuevo y usando una de sus manos para acariciarla. Apenas duraron. Robin comenzó a gemir más alto y a arañarle la espalda mientras pronunciaba su nombre. Cerró las piernas alrededor de su cadera y se arqueó al llegar al orgasmo. Zoro siguió embistiéndola hasta que sintió su vagina estrecharse sobre su pene, comprimiéndole y llenándole de jugos, y no pudo evitar correrse enseguida.
Se quedaron viendo a los ojos un rato. Sabían que iban a recordar esto durante mucho, mucho tiempo. Y que sería fuente de sentimientos encontrados. Sin embargo, ambos sonreían ligeramente ahora, porque aunque fuera sólo por un instante, se habían entregado y habían sido del otro.
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- No… no fue… ―Mientras sujetaba su cabeza con ambas manos para no ver que la iglesia ya se llenaba con personas conocidas de los novios―. Es… es y será siempre mía… ―Alzando la vista para ver al desgraciado que se casaba con su amor verdadero―. Es mi mujer, maldito pendejo…
Rápidamente bajaba la mirada. No quería cruzar miradas con el novio; suficiente que ella lo haya visto derrotado pero él no. Muchas ideas cruzaron su mente y un "debí decirle" o "si hubiera" que lo afectaba mucho. Pensando para él mismo "debí decirle que se escapara conmigo", o "si nunca me hubiera ido… demonios".
La música sonó, anunciando la entrada de la novia a la iglesia. No la quiso ver en primera instancia, pero volteó, y al verla los ojos se le llenaron de lágrimas; estaba hermosa, más hermosa de lo que estaba hacía unas horas y no era para él.
Venía de la mano con Edward, el viejo director de la escuela del lugar. Llegaron al punto donde la soltaba para que se vaya con el que ahora en adelante iba a ser su esposo. El padre anunció que ya estaban listos para dar inicio a la boda, y luego de las sagradas palabras tocaba la hora de los votos.
Cada palabra de Robin refiriéndose a ese hombre como su gran amor, con el cual iba a pasar el resto de su vida, era como una puñalada tras otra en su ya herido corazón. Su mente le jugaba situaciones al verla a ella desnuda en la cama de bodas y el maldito que estaba a su costado haciendo de las suyas.
Evitó mirarla. Solamente tenía que borrar cada cosa de ella de su mente: su cara, sus ojos, su sonrisa, su cabello, su cuerpo, sus caricias, su aroma, cada maldito momento que pasaron juntos, los roces de manos, los abrazos, los besos… el decirle que la quería y la amaba, el abrirse frente a ella de esa manera. Todo, todo, absolutamente todo; olvidar cada palabra, sentimiento y cosas que hicieron, pero lo más difícil será olvidarla a ella.
Comenzaron los votos del hombre. De la misma forma él rebelaba su amor, igual que ella lo había hecho hacía unos minutos. Zoro sujetaba fuerte sus pantalones para controlar la ira retenida, las ganas de golpearlo, aunque bien pensado la culpa no fuera de él si no de Zoro, por no declararse en ese momento. Llegó la parte donde el padre levantaba sus manos, enunciando que si había alguien presente que deseara detener esa boda, hablara ahora o callase para siempre. De la nada, sus ojos realizaron un cruce de miradas con Robin. Él lloraba un poco, y ella, al verlo, estaba en suma fina cuerda para caer en llanto.
Nadie habló. El padre oficializó la boda con el ya conocido "ahora os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia". El novio la besó mientras él los miraba. Cómo esos labios que fueron suyos desde ayer se iban para siempre. Cómo ese hombre, la feliz pareja, salía de la iglesia ante el bullicio generado por las familias y amigos de ambos, mientras Zoro se hundía en la oscuridad personal.
Dentro de él todo era silencio. Se puso en pie y con paso firme salió hacia la puerta. Quería ver a Robin una última vez, aunque hubiera sido suya unas horas antes y ahora fuera la esposa de otro.
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Law era una auténtica eminencia en su campo. Tanto, que ni siquiera le dejaron en paz el día de su boda. Un mes después del enlace, Robin se encontraba en la cama cuando su teléfono sonó, despertándola. Lo agarró, y el extraño número que aparecía en la pantalla le indicó que era su marido, llamándola desde Los Ángeles.
El pobre estaba que se subía por las paredes. Sabía que su carrera era importante, y que hacer ese viaje era imprescindible para ascender posiciones. Pero cada maldita noche pensaba en su ahora mujer y le mataba tenerla tan lejos… ni siquiera había podido tocarla después de la boda, ya que tuvo que marcharse de urgencia.
Robin reía y le intentaba tranquilizar, diciéndole que tenían todo el tiempo del mundo a su vuelta. Se levantó y fue hacia la cocina mientras Law se lamentaba, cogiendo una mandarina y comiéndola con calma.
- Dónde se ha visto… un mes y aún sin consumar el matrimonio ―El médico rió un poco y Robin también.
- Eso es un poco retrógrado, Law. Como si no lo hubiéramos consumado antes de que fuera matrimonio siquiera… Pero sí, capto tu punto.
- Te tengo ganas, Robin…
- Sólo dos semanas más. Pasarán volando, no te preocupes… ―Mientras hablaba, sintió una punzada en el estómago―. Oye… voy a empezar a hacer unas cosas, ¿vale? Llámame por la noche si quieres.
- Claro, preciosa.
Nada más colgar, Robin dejó el teléfono sobre la mesa y corrió al baño. Se arrodilló frente al váter aguantando las náuseas hasta que vomitó, apenas los gajitos de mandarina que acababa de comer, el resto sólo los propios ácidos del estómago.
Devolver sin devolver, valga la expresión, era una sensación muy desagradable de buena mañana. Las náuseas eran fuertes; y las contracciones, dolorosas.
Y sin embargo… siendo el tercer día consecutivo que le ocurría… no era por eso que se le llenaron los ojos de lágrimas…
"Joder… joder, Zoro…"
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Buf... Fin de la historia.
Qué os ha parecido?! Me muero por leer vuestras opiniones, críticas, consejos, lo que sea. Así que dejad reviews! Gracias de antemano, y espero de verdad que hayáis disfrutado del fic tanto como nosotros lo hicimos pensándolo y escribiéndolo.
Saludos, nakamas.
