Isabella inspiró hondo mientras armaba su maleta sobre la cama de su minúsculo departamento.

Había mucha ropa que le faltaba, pues todavía estaba en el departamento de su novio.

Ex novio.

No, él era su novio... ¿Cierto?

La castaña negó con la cabeza, decidida a apartar esos pensamientos de su cabeza.

Más tarde podría preocuparse por eso. Primero tenía que arreglar las cosas.

Y era por eso que su avión partiría en un par de horas.

Había pasado una de las peores noches de su vida, sin poder dormir más de una hora seguida y soñando constantemente con que Edward aparecía en su puerta para llevársela, pero al mismo tiempo deseando que no lo hiciera.

No, de seguro era mejor que no lo hiciera.

Suspirando, la castaña se dejó caer junto a la maleta, cerrándola con desgana.

Estaba destrozada.

Y probablemente Edward también lo estuviera.

Pero era necesario, de seguro que sí.

O al menos, de eso intentó convencerse en su camino al aeropuerto.

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Edward llegó a la puerta del departamento de Isabella una hora después de que ella se hubiera ido.

Aporreó la puerta hasta que el casero lo obligó a irse y sus amigos lo arrastraron hacia el coche.

-Siempre llego tarde.-Susurró, dejando caer la cabeza contra el apoya brazos.

-Ya vas a encontrarla, amigo. Relájate.

No podía. Era imposible que se relajara sin saber dónde estaba Bella, cómo estaba, qué estaba haciendo. Necesitaba tenerla junto a él, apretarla contra su cuerpo, besarla, ver que estuviera bien, confortarla y regañarla por no pensar bien las cosas.

Edward tuvo ganas de golpear algo. Muy fuerte. Le dolía que Isabella huyera de él, como si tuviera que hacerlo.

-¡Podríamos haberlo hecho juntos!-Le gruñó al teléfono aquella misma tarde, dejándole el decimoquinto mensaje de voz de ese día a Isabella.-¡No tenías por qué irte!-Edward se sentó sobre un sillón, suspirando, mientras se pasaba una mano por el cabello una y otra vez.-Podríamos haberlo hecho juntos.-Susurró.-No tienes por qué estar sola. No…-Edward se pasó una mano por la cara, intentando aclararse y tragarse las lágrimas que brillaban en sus ojos.-No lo entiendo. No entiendo porqué te fuiste.-Susurró, con la voz ahogada, antes de dejar caer el teléfono a un lado.

Los medios estaban histéricos. Y a él le importaba una mierda.

Jules estaba histérico, también. Y a él, eso también le importaba una mierda.

En la televisión no dejaban de hablar sobre Bella yéndose, sobre él corriendo en el aeropuerto como loco, sobre la entrevista a los tíos de la castaña y sobre su separación. En las revistas tampoco dejaban el tema ni por un día.

Sus amigos intentaban subirle el ánimo como podían, pero realmente no había mucho que pudieran hacer más que sentarse junto a él durante horas mientras veían el día pasar junto a la ventana.

Y lo hacían. Al, Rose, Emmett, Jasper y Evan. Se sentaban junto a él, a veces hablando de cosas sin sentido. Otras, sin siquiera decir una palabra. Y simplemente esperaban a que el tuviese ganas de decirles algo.

Edward se dedicaba a deambular por allí, llamándola e intentando localizarla. Cuando el dolor se hacía demasiado insoportable, le escribía una canción. Él sospechaba que Isabella había vuelto a América, pero sus amigos habían jurado no permitirle tomar ese avión hasta que estuviera seguro de que ella estaba allí.

Una semana pasó, en la cual Edward llamaba constantemente a Isabella sin recibir respuesta y pasaba en el coche una y otra vez frente a su edificio, ya que el portero le tenía vedada la entrada. No la volvió a ver.

No volvió a saber de ella hasta que recibió un mensaje de texto, una fría mañana de domingo.

"Oí todos tus mensajes. Lamento haberme ido."

Nada más. Esas simples y puñeteras frases, y nada más.

Pero una lenta sonrisa se escondió por el rostro de Edward cuando vio el número del cual había recibido el mensaje.

Te tengo.

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Port Angeles resultó ser menos horrible de lo que él pensaba, pero sin duda nunca podría vivir allí. Era demasiado… tranquilo, para alguien tan acostumbrado al constante ajetreo de las grandes ciudades.

Edward se bajó del coche alquilado tres días después de haber recibido aquel mensaje de texto, y caminó, junto con Evan, hacia la recepción del Olimpic Lodge, el mejor hotel que habían encontrado en la zona.

-Cuánto verde.-Masculló Evan, mientras caminaban por la zona ajardinada de la entrada, y Edward asintió. Había pequeños árboles y macetas por todos lados.

-Edward Cullen, tenemos una reserva para dos habitaciones dobles.-Le informó al muchacho de la recepción, que abrió y cerró la boca un par de veces antes de murmurar un 'Sí, señor, ya busco su reserva', y ponerse a teclear en la computadora, sin dejar de echarles miradas de reojo.

-Ahora van a decirnos que hubo un error en la reserva y deberemos dormir juntitos, Eddie.-Susurró Evan, y Edward soltó una carcajada.

-Ya quisieras.

Quince minutos más tarde, Edward dejó su maleta sobre la cama de dos plazas de su habitación, intentando idear su próximo paso.

En cuando había recibido el mensaje, había saltado de la cama y reservado un vuelo en el primer avión a Washington que pudo encontrar, pero sus amigos no habían querido dejarlo ir solo, así que habían enviado a Evan como su niñera.

El problema es que él no había pensado en qué hacer cuando llegara allí.

Sabía que los tíos de Isabella vivían en Forks, pero ella le había comentado que siempre había adorado Port Angeles. Por algún estúpido impulso, él había decidido venir allí, había supuesto que ella se estaría quedando en algún lugar de aquella ciudad.

Pero no podía estar seguro, y ahora que se encontraba en la habitación de aquel hotel, le parecía que su plan era una idiotez.

¿Cómo haría para encontrar a una pequeñita muchacha castaña en la ciudad más grande de la Península Olímpica?

-¿Edward?-El cobrizo levantó la mirada cuando Evan entró caminando en la habitación, y se apoyó en una de las paredes, cruzando los tobillos y metiendo las manos en los bolsillos de los jeans.- ¿Cuál es el plan?

-Ella va a enterarse de que estamos aquí.

-Sin duda. Todo el mundo nos vio.

-Pues que nos vean aún más. La conozco. Sentirá curiosidad, se acercará.

-Me siento como Sherlock Holmes.-Susurró Evan con una sonrisita en el rostro, y Edward le rodó los ojos.-¿Crees que las chicas de Port Angeles estén buenas?

Edward suspiró mientras se ponía de pie.

-Isabella es de aquí.

-¿En serio?-Edward asintió y Evan pareció pensárselo antes de susurrar.-Entonces estarán buenas.

El muchacho soltó una carcajada cuando Edward tomó una de las toallas con forma de pato que reposaban sobre la cama y se la tiró a la cabeza.

Los próximos tres días fueron un completo borrón para el cobrizo. La gente estaba como loca en Port Angeles, persiguiéndolos por todos lados en las calles, mientras él intentaba buscar a Isabella.

Obviamente, no tuvo mucho éxito, pero él no perdía la esperanza. Seguía llamándola todas las noches, pero ella no le contestaba el teléfono.

Fue ese tercer día de su estadía en Port Angeles cuando le llegó otro mensaje de Isabella.

"¿Qué haces en Port Angeles?"

Una lenta sonrisa se extendió por el rostro del cobrizo, mientras ignoraba a Evan, que mientras conducía le decía algo, y respondía.

"¿A ti que te parece?"

No recibió ninguna respuesta, pero la sonrisa no se borró de su rostro

Isabella sabía que él estaba allí, y él sabía que ella estaba allí. Lo presentía.

Fue al otro día, cuando, al bajar del coche al regreso del almuerzo, frente al hotel, Edward divisó una cabellera caoba por el rabillo del ojo.

Inmediatamente giró la cabeza hacía allí, y la respiración se le atoró en la garganta cuando allí, a unos cuatro metros, con los brazos cruzados sobre el pecho, manteniendo su saco de lana blanco cerrado, y con los ojos llenos de lágrimas.

El tiempo pareció detenerse cuando, sin mediar palabra y sin cambiar la expresión de su rostro, Edward se acercó a Isabella esquivando a todo el resto de su público, y la tomó por la cintura, levantándola hasta que ell le rodeó el cuello con los brazos, y llevándola así hasta dentro del hotel, en donde Evan los esperaba con una sonrisita socarrona en el rostro.

Nadie dijo nada, ni siquiera Bella, que se mantuvo pegada a Edward mientras las lágrimas se deslizaban libres por sus mejillas y subían hasta el cuarto piso en el ascensor, para luego dirigirse a la habitación del cobrizo.

Recién cuando él hubo cerrado la puerta y caminado hasta depositarla junto a la cama, Bella abrió la boca.

-Yo…-La castaña tragó saliva mientras Edward le secaba las lágrimas, y se aferró a sus antebrazos.-Edward.

El cobrizo la rodeó con los brazos, estrechándola contra él como si no fuera a dejarla ir nunca más.

Y es que no iba a dejarla ir. Nunca.

-Lo sé. Lo sé.

-¿Cómo supiste dónde estaba?-Susurró Isabella, pegándose más a él, sin poder estar lo suficientemente cerca.

Necesitaba sentirlo, sentirlo cerca y real.

Había soñado con volver a verlo desde el mismo momento en que lo había dejado, y la desesperación se había vuelto insoportable.

-Tu número de teléfono. El código de área era el de Washington.

-Pero estás aquí.

-Sabía que debías estar cerca de Forks, y me dijiste que siempre adoraste Port Angeles.

Bella suspiro.

-Soy una idiota.

-Lo eres, pero más tarde hablaremos de ello.-Oh, Edward, siempre tan romántico.- ¿Viste a tus tíos?

-Prometieron no volver a molestar.

-¿Y cumplirán?

-Creo que sí.

-Bien.

-Edward, lo siento.-Susurró Isabella contra su pecho, y Edward asintió.

-Yo también siento que hayas sentido que no podías confiar en mí.

-¡No es eso!-Bella se separó de él, pero sólo unos centímetros para poder mirarlo a la cara.-Necesitaba hacer esto sola, sin perjudicarte.

-Pero lo hiciste.-Susurró el cobrizo, y Bella sintió como si acabase de golpearla en el pecho.

-¿Porqué?-Susurró, mientras más lágrimas llenaban sus ojos.

-Porque te fuiste, Isabella. ¿Acaso tienes una idea de lo desesperado que estaba? No saber dónde estabas, cómo estabas, me volví loco.

-Es que yo…

-¿Tu qué?

Bella frunció los labios, con el miedo atenazándole el corazón mientras miraba a Edward fijamente a los ojos.

Estaba distante. La abrazaba, pero no era completamente él. No estaba por completo con ella.

-¿Ya no me quieres?-Susurró, y Edward sintió que su corazón se derretía dentro de su pecho. Parecía tan malditamente inocente allí, frente a él, con los ojos llenos de lágrimas y preguntándole aquello.

Pero no podía dejarse ablandar tan fácilmente.

-No te confundas.-Respondió, con la voz enronquecida.-Siempre te voy a amar, Isabella. Incluso cuando peleemos, cuando nos gritemos, cuando te vayas, nunca voy a dejar de amarte con toda mi alma. Pero el que te ame tanto, no me impide enfadarme contigo.

Bella sintió que podía volver a respirar.

Él la seguía amando. Y si él la seguía amando, nada podía estar tan mal.

-Y ahora estás enfadado.-Susurró, mientras deslizaba sus manos desde su cintura hasta su pecho.

Edward tomó sus manos entre las suyas sin despegar su mirada de la de la castaña.

-Estoy muy enfadado.

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¡Buenas días! Muchas gracias por leerme, y por toda su paciencia y reviews. ¡Espero que les guste el capítulo!

Emma.