Este capitulo es muy especial porque una persona muy querida me ayudo a escribirlo... espero que lo disfruten mucho ... Gracias Javier Corripio. Reviews are love
Nuestro aniversario
Ya para noviembre, Joe y Caroline habían planeado pasar un fin de semana en Berna, en las faldas de los Alpes, donde Joe tenía una cabañita. La remota choza era el secreto de Joe, al cual se dirigía para cuando quería pasar un tiempo a solas. De hecho, ésta sería la primera vez que Caroline la visitaría, pues apenas cumplirían su primer aniversario de bodas, y bajo la constante petición de su esposa por conocer la matriz de su siempre mencionado hobby por escalar montañas, Joe planeó un fin de semana solo para ellos dos.
El jueves en la noche, Joe tomó el tren, diciéndole a su esposa que se encontrarían en Berna el viernes, sin dejar mucha explicación. Cuestiones del trabajo que a Caroline no solían importarle.
La cabaña de Joe estaba algo retirada. La única forma de alcanzar un lugar tan alejado del calor civilizado era un trineo tirado por perros. Para las dos de la tarde del viernes, Joe había llegado a su viejo refugio. Tantos años habían pasado sin entrar por la humilde puerta de pino, conduciéndolo a una sala que, a pesar de ser de un tamaño modesto y apariencia sombríamente olvidada, los trofeos de alpinismo y el gran sillón de piel carmín opacaban con orgullo al librero medio vacío y el montón de leña añeja a un lado de la chimenea, aún helada, acompañada del hacha con la que se recolectó. Joe pisó la alfombra, olvidando que traía puestas sus botas para la nieve, mojando gran parte de ella. La casita olía muy bien: una combinación de cedro y piel, con un toque de aceite de eucalipto y la caricia de la humedad que la nieve ha acumulado durante los años; el aroma siempre se apoderaba de Joe, llevándolo de vuelta a sus años mozos, cuando el ser joven, enérgico y animalísticamente instintivo era lo único que necesitaba para seguir con vida sobre las montañas.
Terminando de preparar una taza de chocolate suizo, Joe salió de la cocina para colocar la bebida en una mesita al lado del sillón, junto al plato con la rebanada de pan tostado a la chimenea. Atravesando la puerta de la que se había recién retirado, y mirando a la única puerta con la que aún no se había reencontrado, la de su habitación, recordó que la cabaña no era un lugar muy grande. Eso lo desesperaba un poco. Por otro lado, la soledad a la que estaba sujeto en su pequeño retiro le resultaba acogedor. Joe tomó un libro de los pocos que habían, un ejemplar de The Complete Works of Edgar Allan Poe que disfrutaba mucho, como la cubierta gastada señalaba, y se acomodó en el sillón, con un brillo de satisfacción en su rostro que el mundo urbano jamás le brindó. Con una taza de chocolate siempre a la mano, un sillón para reposar, acompañado de libros y perros, y teniendo uso de su hacha, Joe podía quedarse ahí una larga temporada.
El pequeño reloj que había junto a la puerta de entrada comenzó a sonar. A pesar de lo tenue que el tintineo le resultó a Joe, le bastaron seis campanadas para liberarlo del trance en que el palpitar del corazón delator lo había atrapado, levantándose de su sillón y acomodando el libro en su lugar para la séptima campanada, anunciando la pronta llegada de Caroline. Joe se ocultó en la penumbra de un rincón, desde donde podía ver hacia la ventana y lo que sucedía en las afueras de la cabaña, dirigiendo su atención a una figura entre la niebla, lo que percibió como un alacrán gigante de cola erguida.
Caroline estacionó su trineo en frente de la choza, liberando a sus perros quienes, a pesar del cansancio y el frío, corrieron hacia las casas para perro que habían por detrás, las cuales apenas y alcanzaron para albergar a los dos grupos. Tomando el paquete que montó detrás del trineo, Caroline revisó por última vez que todo estuviera en orden ahí dentro: por suerte, la tarta se veía intacta y deliciosa, tal y como había salido del horno en la madrugada, aunque para este punto probablemente solo era un trozo de masa congelada. Antes de entrar con su marido, Caroline observó la puerta de pino, se quitó los guantes, y con la yema de sus dedos recorrió el picaporte. El frío del metal le causó dolor, lo que la asustó y la mantuvo admirando la puerta un rato más. Joe no dejaba de observar, preguntándose por qué tardaba tanto en entrar. Bajando la guardia en la mirada idiotizada de su esposa, Caroline entró repentinamente a la cabaña, recibida por el calor de la chimenea. La mujer se quitó las botas de nieve cuidadosamente, para no mojar las pertenencias de su ausente esposo.
"¿Joe?" Prosiguió a quitarse el abrigo y la bufanda, colgándolas en el perchero de la puerta. No había respuesta. El crujir de la leña ardiente la sorprendió, haciéndola saltar de un susto. Insegura, se acercó a la mesita de café en medio de la habitación, en la que se encontraba una taza vacía marcada por un labio y un plato con migajas. La mesa le resultaba aún más peculiar: tenía un marco de madera, y lo demás era cristal. Caroline apoyó su mano contra la mesa, junto a la taza. "¿Joe?" Por un momento, estaba convencida de haberse equivocado de cabaña. La figura de Joe, bajo la poca luz que brindaba el cielo de las siete por la ventana, se materializó lentamente. Su palidez era espectral, a pesar de su tez marrón. "Hola, Caroline."
-"¡Oh, Joe! ¡Me asustaste!" En una relación tan llena de desconfianza como la que sostenía la pareja, esta frase es muy común. Acercándose lentamente, Caroline recordó por qué se había casado con el pálido caballero que la esperaba frente a ella, ansiando caer de nuevo en sus brazos. "Creí que habías salido, o que ésta no era la cabaña..." Se acercó más a Joe e intentó abrazarlo, pero él la sujetó primero, tomándola por los hombros y presionando con fuerza. "¡Ah, Joe! ¡Me lastimas!" Con la mirada fría de una bestia, Joe lanzó a Caroline contra la mesa de una patada, haciéndola caer en el centro y rompiendo el cristal con su cabeza y su espalda. Para Caroline, lo que fueron escasos segundos de momento fue una eternidad de suspenso, pues el marco de madera y la falta de aire la habían inmovilizado, mientras veía a Joe acercarse, con las pupilas tan dilatadas como las de un animal salvaje. A su cuerpo lo recorría un palpitar que erizaba los vellos de su nuca y hacía cada vez más pesada su respiración. "¿Tú crees que soy idiota?"
Caroline nunca pensó experimentar tal pesadilla en vida. Ni sus años en la guerra como agente encubierta la habían hecho pasar tanto terror como la furia de su noble y manso marido. Volteando la cabeza por el dolor que le causaba el brotar de la sangre en su sien, ella vio la leña ardiendo, con el hacha a un lado. Soltándose repentinamente a sollozar, miró hacia los ojos sin lustre del animal. Caroline se percató del grave error que había cometido. Siempre tuvo a su lado a un hombre excepcional, y la tentación por la carne y la emoción habían hecho que se fuera para siempre. Sus ojos llenos de piedad y arrepentimiento se dirigieron al cascarón que la miraba de vuelta. "No hay vuelta atrás." El corazón de Caroline comenzó a saltar dentro de su pecho. "Te convertiste en una cualquiera." El latido era cada vez más sonoro y el brote de su sien más violento. "Te entregaste a los placeres de la carne." Su pecho estaba a punto de explotar. "Tu propia carne."
Temprano en la mañana siguiente, Joe salió a alimentar a los perros, quienes devoraron gustosamente. ¡Cómo quería a esos animales! Decidiendo que era hora de seguir con su lectura, Joe se metió a la cabaña. El fuego de la noche anterior había muerto, así que, con la madera de un trineo y el marco de la mesa, encendió la chimenea otra vez. Llevándose una taza de chocolate suizo a la sala, tomó su libro gastado, recargó la bebida sobre un brazo del sillón y se sentó para reunirse con Poe. Con una taza de chocolate siempre a la mano, un sillón para reposar, acompañado de libros y perros, y la carne con la que los alimentaría durante medio mes, Joe podría quedarse ahí una larga temporada.
Durante los últimos cinco meses, tras una larga travesía desde Portugal a Noruega, Ben y Mary se habían dedicado a buscar a Charlotte quien parecía haberse esfumado del continente: en efecto, era cierto, pero ellos no sabían. Ahora se encontraban en unas islas griegas. Mary no se daba por vencida. Dentro de dos días volverían a Italia, donde la búsqueda había iniciado. Aunque era Noviembre en la isla, hacía un clima cálido. Mary, algo desanimada, observaba desde la ventana el mar azul turquesa y el paisaje pintoresco. La brisa hacía que sus rizos se jugaran alrededor de su rostro y su vestido blanco se ondulara como una bandera cuando el viento pasaba. Ben se acercó a Mary y la abrazó para luego susurrarle al oído; "Pronto encontraremos a Charlotte, no te preocupes." Mary volteó hacia Ben e hizo una mueca que se podría decir era una sonrisa torcida y forzada.
Ben y Mary habían ido a Grecia porque habían quedado con Edward en verse ahí. Él había escrito a Mary diciéndole que era muy importante que se vieran, pues tenía noticias de Charlotte. La cita era en el mercado cerca de la iglesia, donde había un restaurante, el lugar de encuentro. Mary vestía de blanco con un sombrero que combinaba con el atuendo y tenía unas florecillas color pastel que hacían juego con el resto de sus accesorios; su cabello estaba suelto. Tomados de la mano, Ben y Mary entraron al restaurante. En una mesa que estaba en el balcón que daba hacia el mar, Edward esperaba mientras bebía algo refrescante. Ben le jaló la silla a Mary y luego se sentó junto a ella. Edward dio un sorbo a su bebida para luego dejarla sobre la mesa. "Charlotte está en América, con Natalie."
-"¡AMÉRICA!" Respondieron los dos; los ojos casi se les salen del cráneo. Mary sacó su abanico y comenzó a soplarse aire porque le costaba un poco respirar; "¿Hemos recorrido casi todo el continente y ella está en América?" Preguntó Ben algo molesto. "En efecto, pero no engañan a nadie. Todos sabemos que ésta búsqueda de Charlotte es solo un pretexto más para estar juntos. Solo falta que se casen y ya." Mary, ruborizada, volteó la cara para luego ocultarla tras su abanico. "Eso no es asunto tuyo. Qué descortés de tu parte, Edward," dijo Mary, algo indignada. "Ya sé que no es de mi incumbencia, pero se los digo porque soy su amigo y soy franco con ustedes, anyways… ¿Vamos a América o qué?"
-"¿Qué hace Charlotte en América con Natalie?" Edward volvió a tomar un trago de la bebida para refrescar su garganta, luego habló; "¿No saben de Gino?" Los ojos que pusieron Ben y Mary eran muy obvios; ignoraban el pasado acontecimiento. Edward suspiró para luego poner sus dedos sobre sus sienes y masajearlas, carraspeó antes de continuar; "¡Ay Diana! ¿Por qué no les contó? Es una triste historia."
"Pasa que, después de la boda, justo cuando ustedes dos embarcaron para irse a quien sabe dónde, en la noche Charlotte y Gino tuvieron un accidente. Lo que pasó fue que salieron a dar un paseo en una góndola y pues se metieron por unos estrechos del canal, aguas un poco más agitadas pues esos canalillos desembocan en el mar Andántico directamente. Perdieron el control, la góndola se volteó. Charlotte se abrió la cabeza con el impacto, la encontraron inconsciente."
-"¿Y Gino?" Preguntó Mary con los ojos brillosos. "Él no sobrevivió. El impacto de la góndola en su cabeza lo mató, lo encontraron flotando. Una pareja recién casada iba en su góndola y cuando remaron el cuerpo bocabajo de Gino sorprendió a la novia, estaba hinchado por el agua y algo morado. La pobrecita novia sufrió un desmayo… Pobre Gino…"
-"¡Qué horror!" Suspiró Mary para luego cubrirse los ojos como si eso fuera a evitar la imagen mental del cadáver de Gino apareciera sobre su retina. Se lanzó a los brazos de Ben. "¿Qué pasó con Charlotte después?" Preguntó Ben, mientras consolaba a Mary; "Ella sufrió un ligero daño en la cabeza. Perdió la memoria. Diana le echó el paquete a Natalie y mandó a Charlotte a América porque no quería hacerse cargo de la "enferma." Charlotte no recuerda ni a Gino ni a Terry." Edward bebió un trago, el último para dejar el vaso solo con hielo y la rodaja de lima. "Aun no entiendo por qué Diana no les dijo nada."
-"¡Qué mala! ¡Yo pude haber cuidado de Charlotte, pobrecita!" Chilló Mary.
Ben, algo angustiado, preguntó a Edward; "¿Dónde está Diana? ¡Nos debe una explicación!"
-"No te sientas tan mal, Ben. Esto ocurrió hace cinco meses y hace dos que yo me enteré, los únicos que sabían eran Angela, Henry, Dorian y Diana. De hecho cuando fui a ver a los tortolos de Henry y Angela en su casa de campo en España en Septiembre, me enteré de lo que había pasado. No había podido contactarlos, pues ustedes estaban de aquí para allá, fue Daisy la que me ayudó a encontrarte, Ben."
-"Seguramente Daisy está saboreando todo esto… Odia tanto a Charlotte… Por cierto, ¿Cómo está Terry?" Dijo Mary separándose de Ben. Edward de nuevo suspiró y puso los codos sobre la mesa entrelazando los dedos de las manos; "Me sorprende que tampoco Daisy les haya dicho eso, no hubo boda: Terry también está desaparecido, supongo que buscando a Charlotte también." Mary se llevó la mano a la boca en seña de sorpresa. "Mi hermana nos escribe y siempre menciona a Terry…" dijo Ben, algo extrañado. "Seguramente no aguanta la pena…" dijo Edward junto con una risa, Mary también rió. "Seguramente." Dijo finalmente Ben.
Comieron los tres en aquel restaurante, y mientras comían decidieron que irían a América con Natalie para ver a Charlotte. Solamente se irían Mary y Edward; Ben había decidido ir con su familia para investigar más sobre el asunto de Terry e intentar interceptarlo. Planeaban llegar con Charlotte al final del mes, al día siguiente comenzarían los preparativos para viajar. Edward estaba impaciente por ver de nuevo a Natalie, más que Mary.
Cuando Mary y Ben se regresaron a su hotel para empezar a empacar las cosas, Ben abrazó a Mary mientras ella acomodaba su ropa en su valija. "¿Cómo le voy hacer sin ti?" Mary se volvió hacia el joven, quien tenía los ojos clavados al piso con la cabeza hacia abajo. Ella lo sostuvo de la barbilla y le regaló una dulce sonrisa para luego robarle un beso en los labios. Acarició su rostro con las yemas de los dedos y, antes de que estos llegaran a los labios de Ben, él los detuvo para luego tomar la mano de Mary y entrelazar sus dedos con los de ella. Mientras estrujaba la mano de la chica ella dijo; "Mi querido Ben, nunca estarás sin mí…"
-"¡Pero Mary! ¡Te marcharás mañana!"
-"¿Acaso la distancia puede con nuestro amor?" Ben negó con la cabeza para luego besar a Mary nuevamente, para terminar la noche robándole sonrisas a Mary.
