El Pastillero
La suave brisa del verano jugueteaba con los cabellos dorados de aquella niña, quien reposaba sentada bajo una sombrilla mientras esperaba la llegada de una deliciosa y fresca limonada. Ojos verdes, tez blanca y unas mejillas rozadas, llevaba puesto un lindo vestido azul, sus pies descalzos descansaban sobre el pasto verde del jardín, sintiendo así mismo cada rozadura con éste. A lo lejos una silueta se acercaba, se podía distinguir que era una mujer y traía una bandeja con una jara y dos vasos para la limonada. No había más sonido en sus oídos que el de las aves revoloteando en el cielo, el canto de éstas, el choque de la brisa con los árboles y el sonido como de silbido que se provocaba cuando el viento se colaba entre las hojas, acompañado por el zumbido de las abejas. La pequeña tomó a grandes sorbos su limonada, la mujer que estaba sentada junto a ella le sonreía, ya en su rostro había algunas arrugas y en su cabello, que también era dorado, se podían distinguir unos toques blancos, casi plateados, que también brillaban cuando el sol les daba directamente.
La mujer acariciaba el rostro de la niña, como con un aire de nostalgia, la pequeña sonreía al toque. Sus labios se movían pero no había más sonido que el del verano, los labios de la mujer también se movían pero no se escuchaba nada, aunque se podía sentir la dulzura con la que hablaba ya que en sus ojos color miel, casi verdes, se podía ver directamente hacia sus adentros, donde toda esa gentileza era muy vistosa. Una vez que la pequeña se había terminado su vaso de limonada, estiró los brazos y a continuación abrazó a la mujer, quien regreso el abrazo sosteniendo a la niña aun más fuerte.
Dorian y Diana estaban sentados en la mesa del desayunador bebiendo té acompañado por unas galletas que había preparado la cocinera. Su casa comenzaba a descongelarse después del frío y crudo invierno, afuera algunas florecillas comenzaban a brotar de la nieve, junto con algunas manchas verdes de pasto y hojas de los árboles. Aun con un aire fresco, ambos se encontraban vestidos con batas de dormir disfrutando de la llegada de la mañana en la Toscana.
Diana bebió un poco de su té negro mientras acercaba su mano a la de Dorian, que reposaba sobre la mesa junto al plato de galletas. Él sonriente, notó el gesto de Diana y antes de que ella le tomara la mano, él se la tomo a ella, levantándola despacio para acercarla a sus labios y plantar un dulce beso en sus nudillos. "Buongiorno, principessa!" Diana sonrió y dijo; "Me encanta que me hables en italiano."
- "¿Te noto algo apagada?"
-"Estaba pensando en Charlotte..."
-"¿Qué pesa con Charlotte, querida mía?" Diana se soltó de la mano de Dorian y suspiró antes de responder la pregunta, al mismo tiempo su sonrisa se había borrado de su rostro; "Pienso que es mejor si la dejo de ver por algún tiempo... Después de que perdió la memoria... No he sido muy buena amiga con ella..."
-"Entiendo principessa… Y estoy de acuerdo, deberías enfocarte más en lo que te hace feliz, en tu esposo y quizá… ¿Futuros hijos?" Los ojos de Dorian se habían iluminado al haber dicho esto último, Diana sonrió incómodamente; "Eso después, querido, tengo otras prioridades…" Guiñó el ojo.
Natallie y Charlotte recorrían las calles de la bella ciudad de Paris, ya habían gastado todo su dinero en noches de hotel, taxis y finalmente se habían quedado sin un centavo por un par de croissants de chocolate y un par de café au lait,ahora andaban a pie. Charlotte tenía un papelito en mano, donde había algo escrito, mientras cargaba con una mano la valija con la otra sostenía el papel al mismo tiempo que veía hacia todos lados en busca de ese algo. Natallie jadeante pedía que descansaran, Charlotte la ignoraba y continuaba caminando como una niña pequeña dentro de una tienda de muñecas, que observaba todo con admiración y al mismo tiempo curiosidad. "¡Charlotte! ¿Sabes donde vive Ben y Mary?"
-"¿Te refieres a los padres de Ben, los señores Corpseblue?"
-"Aja…" Natallie se había sentado en una banquita, ya que las dos chicas ahora se encontraban cerca de un parque, donde ya casi todo el césped había crecido y solo había unas cuantas manchas blancas que pronto con el sol de ese día se harían agua. Charlotte se sentó junto a Natallie y tras un largo y profundo suspiro dijo; "Sí sé donde está la casa, una vez fui ahí con William, recién nos habíamos conocido… Habíamos ido para el cumpleaños de su madre. Pero no es ahí a donde quiero llegar."
-"¿Qué quieres hacer? ¡Vivir como indigente bajo el Pont Neuf!" Charlotte se soltó a reír, y después de haberse limpiado una pequeña lagrima que escurría por su mejilla a causa de la gran carcajada que Natallie le había sacado, negó con la cabeza. Aun entre risitas contestó; "Vamos a ir con mi abuela, ya te lo había dicho." Refunfuñona Natallie contestó; "Por lo menos creí que sabrías donde vive…"
-"Natallie… ¡Tiene más de diez años que no veo a mi abuela! La única pista que tengo está escrita en este papelito, Boulevard de Sébastopol. ¿Sabes qué es eso?" Natallie miró a Charlotte con unos ojos llenos de enojo pero se controló y sonrió amargamente, le arrebató el papelito de las manos y a continuación le pico la nariz; "¡Tu eres la que habla francés! Y además no me digas que no sabes que es un Boulevard" Charlotte se hizo chiquita y al mismo tiempo su rostro se fue tornando rojo hasta que parecía un punto rojo nada más. "Yo sé dónde está ese boulevard, fui ahí con mi padre una vez… Dime, Charlotte, ¿Qué buscamos?"
-"¡Un restaurante!" Charlotte sonreía de oreja a oreja como si hubiera respondido una pregunta en la escuela, una pregunta que nadie más había podido contestar en la clase, Natallie frunció el ceño y volvió a picarle la nariz a Charlotte. "¡Hay cientos de restaurantes en París!" Charlotte se hizo todavía más chiquita mientras Natallie parecía crecer más y más hasta que se puso de pie sobre la banca, abrió el papelito que estaba doblado por la mitad, debajo de Boulevard de Sébastopol había escrito otra cosa; L'amour sur la bouche, lo que significaba en español, Amor en la boca. "Mi abuela fue quien me enseñó casi todo lo que sé de francés, su madre era francesa… Antes de que me mandaran a Inglaterra… Mi abuela y yo habíamos dicho que huiríamos de ahí… De casa… Fue después de que murió mi abuelo… Dijimos que iríamos a Paris para hacer lo que más nos gustaba; cocinar. Aunque yo solo tenía siete años cuando nos separamos, no es por poco modesta pero; desde pequeña yo ya tenía sazón."
-"Lo sé, desde que te conocí me has alimentado bien." Natallie se sobó la panza que en estos momentos le gruñía pues ya era más de medio día y no habían comido desde muy temprano. "También hablas muy bien francés… Es solo que no me habías dicho nada de esto…"
-"Era un secreto, Natallie… Pero te tengo la confianza suficiente para decírtelo." Charlotte le picó la nariz a Natallie, en forma de venganza porque ella la había picado primero. "¿Vamos a buscar el restaurante, entonces?" Dijo Natallie nuevamente sobando su rugiente vientre; "¡Vamos!" Charlotte saltó de la banca y comenzó a correr, Natallie saltó también de la banca y cogió la valija de Charlotte para alcanzarla.
Pronto el restaurante abriría sus puertas y dentro de la cocina todos ya estaban trabajando arduamente para preparar los exquisitos alimentos que muchos vendrían a disfrutar en las próximas horas. Había mucho movimiento dentro de la cocina, y solamente estaban preparando todo para comenzar a trabajar en forma una vez que el primer comensal hubiese entrado, la chef y dueña del restaurante; Marie-Thérèse Charlotte Garibay, nombrada después de la princesa de Francia, hija María Antonieta de Austria y de Louis XVI, era una de las cocineras más reconocidas en Paris y era su restaurante uno de los más codiciados por comensales y críticos culinarios. Ya era una mujer mayor, como de unos 65 o más años, pero aun así seguía teniendo una gran actividad dentro de la cocina, disfrutaba cada día de trabajo como si fuese su primer y último día dentro de la gran cocina.
Ese día había sido tan satisfactorio como todos los demás, como era fin de semana muchos comensales habían visitado el gran restaurante y habían mandado llamar a la gran Marie-Thérèse para darle personalmente su agradecimiento y admiración por la gran comida. Muchos comensales no solo iban por la comida, sino que también se presumía que a pesar de ya ser una mujer mayor, Thérèse era realmente bella, su mezcla de España y Francia se hacía evidente en su rostro, que aunque ya tenía arrugas en la piel y su cabello que alguna vez fue color oro ahora solo era opacado con las canas, seguía luciendo realmente radiante y hermosa, su sonrisa carismática y amable nunca dejaba sus labios, sus ojos tan tiernos seguían del mismo claro tono miel casi tocando el verde.
Su cocina estaba compuesta por un toque francés y el inigualable y delicioso sazón de la cocina española, junto con el gran sabor del continente americano, donde había vivido un par de décadas o más. Realmente para la época, Marie-Thérèse había logrado una fusión de cocinas casi única, lo cual era consecuencia de su gran popularidad. Dentro de su cocina tenía un brillante ayudante, a quien consideraba casi como de la familia; Biel Cardona. Un muchacho de origen catalán que había llegado a París y a la vida de Thérèse no más de cinco años atrás, el muchacho era el catador de vinos oficial del restaurante, había vivido toda su infancia en un viñedo y esa era la razón por la cual le apasionaban los vinos. Era muy joven, no pasaba los veinticinco años, pero a pesar de eso era sorprendentemente bueno a la hora de catar un vino, su cabello era castaño claro, casi llegando al rubio, cuando había sol su cabello algunas veces se veía con un toque de dorado, su tez era blanca y su rostro aun presumía de un aire de joven, sus ojos color miel y cerca del iris un aro que era color verde lo rodeaba. Tenía unas pestañas envidiables para cualquier mujer, largas y sutilmente enchinadas, una encantadora sonrisa blanca que siempre se hacía presumir a la hora de catar un vino o en presencia de alguna dama.
Habiendo finalmente despedido al último comensal del restaurante, Thérèse bostezaba al despedirlo en le puerta, cubría sutilmente su boca para que el invitado no notara su cansancio. Una vez que había cerrado la puerta se volvió para encontrarse con Biel, quien sonreía amablemente y le ofrecía su brazo a la cansada mujer, ella lo tomó y juntos se encaminaron hacia la cocina, pasando por el gran comedor. Sentada frente a una estufa la mujer tenía en frente su pastillero, donde había guardado una foto de su nieta a la que perdió cuando dejó América, lo último que había sabido de ella era que una de sus primas en Inglaterra la estaba educando para después desposarla con un hacendado de América. La abuela veía con ojos llorosos la pequeña imagen de su querida nieta, la niña de la foto no tenía más de cinco años y parecía una muñeca de porcelana. Sacó una pastilla del pastillero y mientras seguía hipnotizada con la imagen bebía un gran vaso de agua con gas, con una rodaja de limón y un par de hielos para poderse pasar la pastilla. Biel tenía en mano una copa con vino blanco que degustaba, ese sería el vino que usaría Thérèse para marinar unos mariscos al día siguiente y buscaba la aprobación de Biel, así que abrieron una de las botellas que habían comprado. "Àvia, ¿la extrañas mucho verdad?" Thérèse suspiró hondo y luego asintió con la cabeza mientras recorría con la yema de los dedos la imagen de su pequeña. "Si la hubieras conocido Biel, tu también la extrañarías…"
-"¿Charlotte verdad?" la mujer asintió al mismo tiempo que una brillante lágrima recorría su arrugada mejilla, "Nombrada después de su abuela…" Thérèse sonrió para luego bostezar y cerrar el pastillero. "Àvia… Te ves cansada."
-"No te mentiré Biel, lo estoy…" Aun así la sonrisa de la mujer no dejo de embellecer su rostro. "Déjame esta vez cerrar el restaurante, vete a casa y descansa." Thérèse negó con la cabeza pero antes de que pudiera argumentar el chico la interrumpió; "Si us plau… Àvia." La voz del chico era fascinante y muy agradable al oído cuando hablaba en Catalán, incluso si no lo hacía ese acento que llevaba en la sangre salía de sus labios incluso haciendo de su voz sonar como si él fuese un seductor nato. Era como una armonía en los oídos de la dama, y al no poderse negar le acarició la cabeza al chico y lentamente se reincorporó para ir a su oficina y ponerse su gabardina para salir a la calle. Antes de despedirse para ir a su casa, abrazó al muchacho y susurró en su oído, "Merci, Merci beaucoup." Biel se desprendió de la abuela y dejó que se fuera.
Ya pasando las doce de la noche, Biel cerró finalmente el restaurante y comenzó su camino hacia la casa de Marie-Thérèse, a pesar de que la primavera pronto llegaría a Paris, las temperaturas bajas después de la media noche seguían apareciendo. Caminando por el Boulevard de Sébastopol, se volteó para ver de frente el restaurante y su gran letrero con el nombre de éste; L'amour sur la bouche. Se sonrió así mismo y se volteó para continuar con su camino, ya habiendo avanzado unos cuantos metros escuchó un chillido que venía de sus espaldas; "¡Ya cerraron!" otra voz llegó a sus oídos, casi como un hilo de voz; "¿Pues qué esperabas? Ya son más de las doce." Biel curioso se dio la media vuelta para ver qué pasaba, había dos muchachas frente al restaurante que hacía poco había cerrado, una estaba hincada frente a la puerta y la otra recargaba su peso sobre su brazo que éste era así mismo sostenido por una valija en el piso. El chico se acercó a las jovencitas y con su voz amable les preguntó; "¿Buscaban a Madame Thérèse Garibay?" La chica que estaba hincada se paró de un brinco y casi se le fue encima a Biel; "¡Precisamente! ¿Acaso sabrá usted donde podemos encontrarla? ¡Es de gran importancia!" Los ojos verdes de la chica estaban llenos de lágrimas que brillaban con la luz del farol que estaba cerca de ellos, su naricita con algunas pecas se movía un poco al mismo tiempo que sus labios temblaban, sus cabellos dorados cubrían su frente, haciéndola ver como una muñequita de porcelana. Biel había quedado fascinado con la exquisita criatura que tenía justo enfrente, sonrió y le acaricio el cabello acomodándolo de tras de su oreja; "Eres muy guapa." Charlotte ruborizó y carraspeó antes de hablar; "¿Sabe dónde está la Madame Thérèse?"
-"Un momento… ¡Eres tú! ¡Eres la niñita del pastillero de àvia!"
-"¿De qué pastillero hablas? ¿Quién es àvia?"
-"Àvia es abuela en Catalán." Charlotte miró a Biel a los ojos para darse cuenta del anillo verde que rodeaba su pupila. "Petita… ¿Te llamas Charlotte?"
