Capitulo 27: Pedazos de Corazón
La cama era exquisita, suave, cálida y acogedora; por primera vez, en todo el invierno y comienzo de la primavera, Charlotte había dormido profundamente y tranquilamente con los pies calientes bajo edredones de plumas y almohadones cubiertos de seda; en lugar de esas acartonadas sábanas y cobertores de hospital. Ya estaba despierta pero aun no abría los ojos, amaba esa sensación tibia en el pecho, el cosquilleo en las manos bajo la almohada, su cabello cubriéndole la cara y sentir su aliento en el brazo; sentía las delicadas sabanas sobre ella y el dulce aroma a limpio llenaba de aire sus pulmones, se sonrió a sí misma; sentía una íntima conexión con aquel lugar, sentía que pertenecía ahí y en ningún lugar más, solo ahí; justo como se encontraba, su refugio.
Lentamente su cabeza fue saliendo de aquella montaña de mantos blancos; al tener el dorso completamente fuera de la cama, se estiró elevando los brazos como si quisiera tocar el techo con la yema de los dedos, así mismo, bostezó. Inhaló profundamente para al exhalar tallarse los ojos, con un aire perezoso levantó el edredón para sacar las piernas y con sus pies descalzos tocar el piso que estaba frío; enseguida se puso las zapatillas de cama junto con la bata para ir frente al espejo. La mucama seguramente había entrado en la mañana para dejarle agua limpia para lavarse la cara; Charlotte se vio al espejo y con una pinza de cabello se sujetó la gran melena dorada para a continuación mojarse la cara con el agua, apretando los ojos y los labios al sentir el agua fresca, alcanzó la toalla para secar su cara. Se miró al espejo con un aspecto mejor al que tenía antes de lavarse y se sonrió coquetamente.
Charlotte entró a la habitación de Natallie tras haber tocado la puerta, ella ya estaba vestida y se encontraba leyendo frente al ventanal justo cuando Charlotte llegó; un ejemplar de Oscar Wilde, The Importance of Being Earnest yacía en las manos de la joven. "¡Muy buenos días Charlotte! Le he escrito a Ed, para decirle donde estamos… Mira que me encontré." La chica tomó el librito para examinarlo; "Oscar Wilde." Natallie asintió con la cabeza. "Me desperté muy temprano junto con tu abuela y Biel. Me dijeron que en cuanto despertaras fuéramos a desayunar. Aunque por la hora sería más bien almuerzo, ya pasa de medio día Charlotte."
-"¡Pasa del medio día! ¡Tengo que arreglarme! ¡No puedo bajar vestida así!"
-"Ese es tu problema por haberte levantado tan tarde, ahora vamos. Yo muero de hambre, he tenido que esperar a que despiertes." Natallie logró convencer a Charlotte de bajar en bata a desayunar, pues en efecto ya se estaba sintiendo un poco mareada por no haber ingerido alimento alguno durante toda la mañana.
Habían puesto la mesa de jardín, ya que hacía un clima hermoso; el sol estaba justo sobre de ellos, el cielo azul, el pasto era casi en su totalidad verde y se podían ver los botones de las flores listas para brotar en unos días más, la mesita estaba justo enfrente de la puerta del jardín; ésta era de madera y tenía un detallado sencillo, tenía una sombrilla que los cubriría del sol del medio día. Estaban sentados Biel y Thérèse viendo de frente al jardín, llegaron las dos chicas y Biel se levantó para jalarles la silla, como el caballero que era. Charlotte se sujetó del brazo de la silla para ella misma jalarla cuando se dio cuenta de que Biel la estaba auxiliando y cuando ya se encontraba a la distancia perfecta de la mesa, Biel tocó su mano por unos instantes antes de tomar asiento enfrente de ella; Charlotte sintió ruborizar sus mejillas, "Es un día caluroso, ¿no es así abuela?" ella estaba bebiendo un sorbo de su zumo de naranja cuando Charlotte habló, se limitó mover la cabeza. Tragó. "¿Cómo has dormido, mi retoñito?"
-"Muy bien, gracias. Hacía tanto tiempo que no descansaba tan placenteramente, desde la última vez que me quede en tu casa y el abuelo." Respondió Charlotte algo melancólica al recordar tiempos pasados pero pronto se sacudió ese aire de nostalgia y tomó la mano de su abuela que estaba sobre la mesa junto al platón de fruta. "Abuela, ¿querías hablar conmigo?" Thérèse la tomó de la mano y sonrió haciendo que las arrugas en su rostro se marcaran. "No hay nada que hablar, ma petite, ya estás conmigo y eso es lo que importa."
-"Estoy en casa."
-"Estás en casa."
-"Benvinguda." Dijo Biel. "¿Qué quiere decir eso, Biel?" preguntó la joven. "Bienvenida." Sonrió amablemente, Charlotte desvió la mirada. Natallie estaba sumergida en el encanto de Wilde al mismo tiempo que tomaba con la mano trozos de pan y se los metía a la boca al pasar las páginas, mientras; los demás en la mesa conversaban.
Terry miraba sus ojos azules frente al espejo, su mirada reflejaba tristeza y melancolía; se sentía prisionero en su mansión a las afueras de Londres, lamentaba haber dejado a su Charlotte en América y sobretodo resentía haberla lastimado. El cielo grisaseo del medio día en su patria y el té del desayuno frío, hacían que el muchacho sintiera un gran vacío. Había vuelto con su padre, estaba dispuesto a tomar el puesto del ducado pero un día antes de la gran ceremonia lo rechazó. La cabeza de Terry reposaba robre su mano y ésta misma era sujetada por su codo apoyado sobre el tocador en donde se encontraba Terry sumergido en su propia mirada en el espejo. El chico soltó un suspiro para que el vidrio se empañara con su cálido aliento, desvió la mirada hacia el cajón; en aquel cajón guardaba papel y sobres para escribir cartas.
Repentinamente alguien interrumpió su meditación, era el mayordomo de la casa, Howard, venía avisarle al joven que había llegado una visita que insistía en verlo lo más pronto posible, que era de suma importancia. "Sea usted tan amable de decirle a esta visita que no me encuentro en condiciones de atender a nadie, le imploro que me perdone."
-"Como usted lo deseé, mi señor. Solo déjeme decirle que, aquella visita es una dama."
-"¿Una dama, dices, Howard?" El mayordomo asintió con la cabeza al mismo tiempo que entraba en la habitación para recoger la bandeja del desayuno a medio comer. "Una señorita, pero como me ha dicho que no quiere atenderla, le mandaré su mensaj…" Terry interrumpió; "No, no. No es necesario, ya bajo enseguida atenderle, es todo Howard, gracias."
Terry, que se encontraba en ropa de cama, se vistió rápidamente para bajar a tender a su invitada, con la ilusión de que fuese su Charlotte que había despertado de ese largo sueño. Pronto salió de su habitación y se dirigió a la sala del té en donde habían acomodado a la señorita que venía de visita, ya se decía entre la servidumbre de la casa que era una criatura exquisita y que venía de lejos solo para ver al joven Terry, estas palabras pronto llegaron a los oídos del muchacho antes de entrar por la puerta de aquella habitación. Todo a su alrededor era sombrío y frío, las cortinas estaban cerradas y los muebles lúgubres invadían cada rincón de su confinamiento en Inglaterra. Ya se imaginaba el salón de té; todo iluminado por la presencia de tan bella chica, que seguramente saltaría a sus brazos al él abrir la puerta. Su corazón latía velozmente, la mano le sudaba un poco y esto dificulto que la perilla de la puerta se abriera inmediatamente, tuvo que forzarla un poco, la luz que entraba de la ventana de aquel gris día deslumbraron los ojos del muchacho que venía de entre la penumbra. "¡Terry!" La criatura saltó a los brazos del joven, el sintió su cabello ondulado casi rizado en su rostro, pronto reconoció ese perfume penetrante y la ropa de seda, la voz chillona en sus oídos, Daisy.
Pronto llegó la tarde y con ésta llegó la lluvia que limpiaría todo rastro de nieve para dar paso al verde panorama que pronto invadiría el jardín de Thérèse. Charlotte, Natallie y Biel estaban en la biblioteca, junto a la chimenea y tomando el té. Charlotte tocaba el piano, Natallie ahora leía Emma por Jane Austen y Biel observaba a Charlotte. Aquella habitación era cálida y estaba llena de libros, había un par de sillones de un lado y en el otro extremo estaba un escritorio, entre los dos escenarios el piano de cola reposaba su estancia permanente en aquel lugar. Un par de ventanales largos que llegaban casi al techo, parecían llorar al escurrir las gotas de lluvia por sus cristales, el sonido de las gotas chocar apenas era perceptible pues Charlotte estaba interpretando una bella canción en el piano.
Al terminar la pieza, tras haber tocado la última nota y haber quitado el pie del pedal, Biel aplaudió fabulosamente a Charlotte quien no tardó en ruborizar, como ya era costumbre. "Tienes un gran talento." Dijo impactado Biel, "No es fácil." replicó Charlotte. "Te creo." Sonrió Biel. Se quedaron viendo un instante, Charlotte se dejó sumergir en la mirada color miel y pudo notar el aro color verde justo afuera de la pupila. "Qué lindos ojos tienes." Biel ruborizó; "¡Qué va! Mira quien viene a decirlo. Una pilla que tiene los ojos más hermosos que he visto jamás. Sin mencionar su encantadora sonrisa y ese cabello tan bello, o su gran talento para tocar el piano."
-"Creo que iré que va haber de cenar…" Charlotte se levantó rápidamente y salió de la biblioteca tras haber sido sumamente elogiada por Biel. Tras haber cerrado la puerta se colocó de espaldas a esta y soltó un gran suspiro, dejando salir una lágrima. Biel aun recargado sobre el piano, atónito se incorporó y se sentó junto a Natallie. "¿Dije algo malo?"
-"No es solo que está sensible todavía, aguarda tu jugada amigo mío. O la espantarás." Biel suspiró cuando Natallie termino la frase.
Limpiándose los ojos, Charlotte entró a la cocina en donde se encontraba Thérèse preparando la cena. "Que-ce que pas? Ma petite." La muchacha suspiró antes de sentarse en la silla del desayunador, se sorbió la nariz antes de hablar. "¡Hay abu! ¡Es que le gusto a Biel! Y creo que me gusta un poquito a mí."
-"No veo porque eso es malo, como para que llores, mi retoño… ¿O es que a ti no te gusta él realmente?" Charlotte negó con la cabeza; "Se trata de otro muchacho."
-"El muchacho que no puedes recordar."
-"¡Ese mismo, abu! Sé que mi corazón es de él, por eso no se lo puedo entregar a Biel. ¡Oh desdicha la mía!" Thérèse se limpió las manos cubiertas de harina y se sentó junto a su nieta, la abrazó y la consoló. "No tiene nada de malo que partas tu corazón. No pasa nada, no importa que quieras a dos personas. No te aferres a nadie, mira; tú puedes regalar pedacitos de tu corazoncito y solo aquellos que realmente sean dignos de ti te regalarán a cambio un pedazo de su propio corazón. No todo en la vida son los muchachos, algunas veces habrá chicos que no te regresen cariño, pero para eso estamos tu familia y amigos, para llenar ese pedazo vacío. No temas, ya no más mi retoñito… Tu abu está contigo." Charlotte sollozó un poco más. "Tienes razón… No puedo aferrarme a una memoria… No puedo aferrarme a un amor."
Terry realmente creyó que se desmayaría al sentir a Daisy sobre de él, de repente todo ese sentir de alegría y entusiasmo se desvaneció como una flor de diente de león que se volaba con el viento. Se apartó de la muchacha y dijo; "Temo que no eres la persona que yo esperaba…"
-"¿A quién esperabas tontuelo? ¿A Charlotte? Ella tiene mucho que te ha olvidado, ¿Por qué no la olvidas tú de una buena vez?" respondió Daisy dándose aires de grandeza al mismo tiempo que recorría la habitación en espera de respuesta. "¿No me vas a invitar a que me siente?"
-"¿Qué quieres decir con que me ha olvidado?"
-"¡Soy tu invitada! ¡Qué descortés, ni siquiera me has ofrecido té!" Terry aguantando las ganas de gritar a la niña malcriada frunció el seño, pidió que trajeran una bandeja con té y una tarta para la invitada, la invitó a sentarse y luego volvió a preguntar entre dientes; "¿Qué es lo que sabes?" Daisy sonrió burlona y soltó una risa hueca; "Charlotte se ha ido del hospital de Chicago."
-"¿Sabes dónde está?"
-"Nadie sabe…" Daisy había recibido una carta de su hermano, (realmente iba dirigida a su madre, pero ella la abrió) donde decía que había pasado las fechas decembrinas con Charlotte y que pronto ella partiría a Paris junto con Natallie y Edward para encontrarse con su abuela. Daisy se había adelantado y ya tenía planes para evitar a toda costa que Terry fuera a Francia. "Huyó con su amigo Edward a Dios sabe dónde." Terry tenía los ojos brillosos, la muchacha bebió del té que ya le habían servido. "¿Terry? ¿Me invitarás a pasar otra tarde contigo?" El joven asintió con la cabeza al mismo tiempo que una lagrima recorría su pálida mejilla. Se escuchó el choque hueco de las gotas de lluvia contra el cristal del ventanal, Daisy satisfecha bebía más té.
