Aquello fue como un trabalenguas. La frase era sencilla, muy simple de hecho, sólo había que encontrar el valor para decirla. Pero el quieres se atascó con el salir y conmigo resultó ser más un gruñido que una palabra. Verónica parpadeó, miró a Lily –que se reía disimuladamente mientras pasaba los ojos de su hermano pequeño a su amiga –y no pudo evitarlo: le pidió que se lo repitiera, que no había entendido nada.

Duncan cerró los ojos y rezó para encontrar las fuerzas necesarias. Para eso y para que alguien, quien fuera, se llevara a su hermana de allí. ¿Por qué tenía que estar siempre de la mano de Verónica? Ya eran mayorcitas, no tenían siete años sino el doble. Verónica podía cuidarse sola, y en caso contrario él sería quien la protegería.

Pero Lily no se va y, para terminar de arreglarlo aún más, aparece Celeste, que –eso se nota a la legua –no puede evitar mirar con desaprobación a Verónica. Así que al

¿todo bien, Duncan? de su madre, éste contesta que sí, que perfectamente, y se va tan ancho tratando de ignorar todo lo que puede a Verónica mientras su hermana sigue riendo y su madre mirando la escena recelosa.