† Sonali †
Marzo 9, 2014 Capitulo
-¿Está todo listo, Karoline?
Preguntó Jatziri al bajar las escaleras de su estancia en Moscú; lugar donde se haría la reunión anual con los representantes de cada clan. Cada año se reunían y esto era normal. Sin embargo, ésta vez estarían todos juntos por otra causa.
Una causa más oscura.
-Todo está como usted ha mandado milady. ¿Necesita que le sirva en algo más?
Jatziri miró los hermosos ojos azules de su Cibum y le sonrió de forma casi maternal. En aquella humana ella había desbordado todo aquel amor de madre que le fue imposible darle a su hija. Recordó cuando la tuvo en brazos, siendo apenas una niña y no pudo reprimir un suspiro. Pronto habría que convertirla. Pero nadie, fuera de ella lo haría.
-Envíalos al despacho cuando lleguen. Y no, Karoline. Sabes que no tienes permitido darle sangre a nadie. La servidumbre se encargará de ello.
Y con esa orden que no daba lugar a réplica, Jatziri se retiró de la presencia de la Cibum, rumbo al lugar de la cita.
El ambiente estaba tenso y más aún, cuando todos comenzaron a llegar. Se acomodaron donde más les pareció, y así dio inicio la contienda. Una batalla sin armas; pues jamás habría una unión real entre ellos. Era parte de su naturaleza.
Casi seis horas más tarde, Jatziri tamborileaba sus dedos sobre su escritorio, escuchando al resto de los antiguos hablar. Todos se habían reunido para discutir los cambios que habría que hacer. Ellos jamás intercedían en el orden 'natural' de su raza. Pero las cosas estaban saliéndose de control.
Ethain Ivanov, representante de los Damnati, Gael Murray, como Indulgeo, Athan Rouge; el primer no-vivo a quién Jatziri convirtió, Katherine Wayne, hija de Jatziri y Loreley; a quién único Jatziri consideraba una amiga, tenían una acalorada discusión acerca de los pasos a seguir. Como siempre que estaban juntos; jamás se ponían de acuerdo.
-¡Hay que exterminar el problema!
Defendía Athan, siempre velando los intereses de su 'madre'. Jatziri les miraba a todos. Y aún quienes no hablaban, parecían estar de acuerdo con él.
-Edward Turner se ha convertido en un problema para nuestra raza. Pero no es el único, Athan.
La dulce voz de Jatziri les hizo callar a todos.
-Los Damnati se han convertido en un problema. No te ofendas, Ethain.
Y con una sonrisa, neutralizó el gruñido amenazante con el que Ethain luchaba. Los Cibum más fieles a la señora del universo, estaban a los pies de cada líder. Sus muñecas y cuello estaban abiertos y la sangre iba cayendo en finas copas de cristal, que los líderes degustaban de cada tanto. Jatziri no tomaba de ninguno. Los allí presentes aún seguían la 'tradición' y tomaban sangre humana. A la hija del diablo, le esperaba su propio festín, más tarde.
-Hay demasiados recién nacidos. Están cometiendo errores. Nuestro anonimato está en riesgo, Jatziri.
Dijo Loreley, consejera y amiga de la líder del consejo. Jatziri dejó su mirada púrpura sobre ella y asintió. Los libros no mentían.
-¿Y esto es culpa de Turner? ¡Hay muchísimos no vivos que se alimentan de forma irresponsable y ni siquiera se fijan si los dejan muertos o no!
Ethain defendió a su amigo con fervor. Jatziri desvió su mirada a él, y volvió a asentir. Aquello también era cierto. Pero todos allí sabían que Edward Turner se había convertido en un dolor de cabeza. Mataba y convertía sin miramientos. Para él las reglas no existían y, eran sus creaciones las que estaban dando problemas.
-Busquen a los mejores sirvientes que tengamos. A los más fieles. Que se transfieran a esas partes del mundo donde hay más no-vivos recién abrazados. Y que se deshagan del problema.
Katherine Wayne, en realidad Allisson Burkhalter habló por primera vez. Dió un sorbo a su copa y sonrió de lado a los presentes, antes de lamer su labio superior y limpiar los restos de sangre en este. El Cibum a sus pies, Noa Torner; acariciaba las rodillas de su ama como si jamás hubiera visto algo más hermoso. ¡Y no era para menos!, pensó Jatziri con enfermizo orgullo. Su hija era perfecta; a pesar de su locura. Locura; dicho sea de paso, que siempre resultaba más acertada que la 'coherencia' de la que todos estaban orgullosos. Ella bajó su vista a su Cibum y le sonrió. Allí Jatziri lo vio y lo vio tan claro como el agua. Su hija miraba a su Cibum de la misma forma en la que él, la miraba a ella. Entendió entonces la preocupación en las palabras de su hija. Si no se controlaba la población de no-vivos, hasta su Cibum estaría en peligro.
Los miró a todos al ponerse en pie. Su cabello rojo cayó por sus hombros hasta su espalda, cubriendo su escote. Un halo de maldad contenida cubrió su silueta. El infierno sería abierto. Ella lo sabía y los presentes también.
-Quiero un guerrero de cada clan. El más preparado, el más antiguo, el más despiadado.
Miró a Gael, líder Indulgeo. Había vivido 500 años, gracias a la sangre de uno de los suyos y aún mantenía toda su apariencia humana. Había sido el único que no había perdido la razón al recibir sangre Stulti. El sonrió y levantó su ceja mientras su mano acariciaba la abundante cabellera negra de la Cibum a sus pies. Bueno, quizá no estaba tan cuerdo, después de todo; reflexionó Jatziri.
-Así se hará, mi reina.
El líder Indulgeo habló y el resto asintió. Aunque Ethain seguía con la mirada perdida. Nadie podía saber qué había en la mente del líder Damnati. Después de todo; era su clan el que estaba bajo la lupa. Se puso en pie, se despidió y caminó a la puerta donde Karoline admiraba toda la belleza que habitaba en una sola habitación. Desde niña lo hacía. Era tanto el mal humor de Ethain, que al ver a Karoline, se le fue encima, dispuesto a morderla. A partir de ahí, fueron solo cinco, quizá seis segundos. La hija del diablo percibió las intenciones del Damnati, pudo ver en los ojos de su Cibum, la expresión molesta de él. Se puso en pie y prácticamente voló hasta interponerse entre ellos. Agarró el cuello del Damnati y lo arrojó hacia el pasillo que daba a la sala. Él apenas se levantaba, cuando las inmensamente largas uñas de Jatziri, cortaban las mejillas del Damnati como si fuesen mantequilla. Sus ojos se tornaron más púrpura que nunca. Ethain se estremeció mientras sus heridas volvían a cerrarse al instante.
-Me conoces hace siglos, Damnati...
Solo quiénes realmente la conocían, podían percibir el enojo en su voz.
-No arruines nuestra amistad, por tocar lo que me pertenece. ¡Jamás vuelvas a tocarla en tu vida! O te cortaré los brazos y se los daré a mis perros. Vete en paz, atormentado.
Cada palabra dicha en un latín perfecto, hermoso. Casi angelical. Sus uñas volvieron a su largo normal, y personalmente le escoltó a la salida. Los líderes de los demás clanes le siguieron. Katherine se despidió cariñosamente de su madre, pues conocía sus sentimientos hacia aquella chiquilla. En ella no habían celos pues, sabía que su madre la adoraba. Pronto la mansión Burkhalter se quedó en silencio.
Karoline quiso disculparse pero la madre de todos los no-vivos levantó su mano, callándola. Y sin decir más, subió a sus habitaciones. Había trabajo qué hacer y ella jamás fallaba. Además conocía a los Damnati demasiado bien. Y Ethain le daría más problemas, que el mismo Turner.
13 de marzo, 2014
Los guerreros estaban listos. Jatziri misma les había entrevistado. Adham Wayne a su lado, usaba sus poderes para ver más allá, aunque él solo sabía la misión de cinco de los guerreros. A Amira, guerrera Damnati, la entrevistaría a solas. Brigitte Molyneux, su esposa; miraba todo con preocupación genuina. Ésa preocupación que sólo puede tener quien ha vivido escasos veintiocho años. En otras circunstancias, Jatziri se hubiera reído.
Se hizo un conteo de los no-vivos, los Indulgeo y Cibums protegidos por el consejo. Eran más de los que cualquiera de ellos podía recordar, pero era necesario. Ésos no-vivos, les buscaban en caso de necesitar ayuda o protección. También habían casos como Kristal O'Connor, que su propio abuelo era su donante y protector. Tendrían que reunirse pronto con él. Según sus datos; la niña O'Connor aún no sabía lo que era. Así como la mayoría de los Indulgeo. Eso, figuraba un problema para el consejo pues, había que cuidarles, sin que nadie se diera cuenta.
Al final de la noche, cada guerrero estaba rumbo al destino indicado. Francia, Italia, Argentina, China, Centro América. Aunque, todos sabían que se unirían en un solo lugar, de ser necesario.
-Estás embarazada, Jatziri. Debes cuidarte.
Habían sido las palabras de Adham antes de retirarse aquella tarde. ¿Como se había dado cuenta? Ni ella lo sabía. Medio sonrió y asintió.
-Y no me dirás quién es el padre.
Aquello no fue una pregunta, sino una afirmación. Ella acarició la mejilla de su casi amigo y besó su mejilla.
-Es mejor así.
Su hijo era suyo. Nadie se lo quitaría como le habían quitado a Alisson. Pasó sus manos de forma protectora por su vientre. Nadie más sabía aquella verdad que Adham había adivinado y ella había descubierto el día antes. Tenía que arreglar el problema Damnati antes de que se supiera de su embarazo. Nadie le haría daño a su bebé. Mataría a su propia raza primero.
† † † † †
Amira Lethood, mejor conocida como Calypso Kreuger, era la mercenaria más peligrosa entre los no-vivos. Una Damnati, aunque ni siquiera le era fiel a su propio clan. Sólo habían dos cosas a las que Calypso le era fiel: a la sangre, y al poder. Contrabandista de sangre humana, armas y drogas que eran letales hasta para los no-vivos; Calypso era tan hermosa como cruel y egoísta. Carecía de cualquier expresión en su rostro. Parecía de piedra. Por algún motivo desconocido hasta para el consejo, siendo una Damnati, no poseía su palidez. Nadie sabía de donde había salido, ni quién la había convertido. Ella se había hecho de su propio nombre a fuerza. Dentro y fuera del ambiente de los que eran como ellos. Jatziri sabía que si Ethain la había enviado precisamente a ella, era porque le había ofrecido una alta cantidad de euros, para que trabajara para él. Además de que todos sabían que era su amante. Así que, si Jatziri quería tenerla de su lado, tendría que ofrecerle más.
La recibió en los jardines. La luna danzaba frente a ella de forma en que sus rayos la hacían ver casi como un ángel. Casi. Pensaba Jatziri, acercándose a su invitada. Calypso se volteó y le sonrió ampliamente al verla. Fue a su encuentro y se besaron las mejillas.
Parecían viejas amigas que llevaban mucho sin verse.
Una de esas dos cosas, era cierta.
No se veían hacía casi tres siglos.
-Tan elegante como siempre, Amira.
Halagó Jatziri, invitándole a sentarse.
-Siempre tan observadora, Jatziri.
Contestó Calypso y ambas rieron. Dos egos iguales. Los Cibum que habían escuchado hablar de la invitada de su ama, se preguntaban cómo cabían ambas en el mismo sitio mientras les miraban por la ventana.
-Supongo que no pediste esta audiencia en privado, solo para ver si he cambiado, querida.
Amira pasó sus finos dedos por su cabello oscuro y Jatziri rió mientras negaba con su cabeza.
-Si quisiera saber eso, podía preguntarle a Ethain, Amira. Estoy segura de que él tiene esa información mejor que nadie.
Comentó Jatziri con indiferencia y fue el turno de la castaña de reír. No dijo lo contrario.
-Bien, querida. Iré al grano. Quiero que vigiles a alguien para el Consejo. Pero necesito sea de forma íntegramente confidencial. ¿Cuánto nos costará?
Preguntó la pelirroja, dejando sus codos descansar sobre la mesa, mirando a la contraria con una ceja levantada. Amira sonrió de lado y descansó la espalda en la silla y cruzó sus piernas, sin apartar la mirada de la presidenta del Consejo. Pareció pensar unos segundos.
-Déjame ver si no he perdido el toque. No quieres que Ethain lo sepa. Sabes que si me ha enviado a mi, en nombre de nuestro clan, es porque soy la mejor. También sabes que si estoy aquí es porque él me dio órdenes probablemente muy distintas a las tuyas. Así que... Piensas pagarme más de lo que él pudo haberme ofrecido.
Jatziri volvió a sonreír. No tenía que decir nada mas, así que solo asintió con su cabeza levemente. Amira negó chasqueando la lengua, como una madre que reprende a su hijo y ladeó su rostro.
-Eso es horrible, Jatziri. Es deplorable que desees que traicione a mi líder y amante, solo por unas monedas. ¡Me encanta tu estilo!
Ambas rieron y estrecharon sus manos. Dos demonios habían sellado un pacto.
Al amanecer, de Amira Lethood no quedaba nada. Era Calypso Krueger quien ya iba camino a Estados Unidos.
Marzo 20, 2014
Bas Maur estaba aburrido. La misión para la que había sido contratado por el consejo para él era demasiado simple. Roma estaba atestada de seres como él, aunque inferiores al mismo tiempo. Había alguien demasiado aburrido como para borrar sus huellas. Entró a un bar y pidió un whisky. La mesera tenía unos pechos tan grandes que a Bas le produjeron hasta asco. Mientras ella, como cada mortal que había conocido en sus más de quinientos cincuenta años, movía sus caderas de forma exagerada. Vulgar, era la mejor forma de describir aquel vaiven. El no-vivo rodó los ojos y centró su vista en la entrada. Sus instintos no le fallaban. Uno de sus objetivos estaba allí. Él podía sentirlo. La adrenalina corría en sus venas. La mesera regresó con su trago y volvió a brindarle sus pechos pero, ante el nulo interés del hombre; ofendida, se retiró.
Apenas él había dado un sorbo a su bebida cuando lo vió entrar. Maur sonrió ante la idea de una buena pelea. Su oponente pareció sentir su presencia y, ¿como no sentirlo? Era parte del linaje Stulti. Tan fuerte que el resto de los clanes los sentían. Su jefa, era la excepción a la regla. Pero pensaría en Jatziri más tarde.
Su oponente salió así mismo como entró. Bas dejó un billete sobre la mesa y salió tras él. Con tanta calma, que aterraba. Sería una noche divertida para el cazador.
† † † † †
Calypso bailaba en la tarima con gracia. No le había dado trabajo conseguir un puesto como desnudista en el bar 'Damnati'. Su jefe la miraba con lascivia pero, para ella eso era normal. Todos la miraban igual. Al terminar su número, fue a su camerino y se cambió de ropa. Sabía que Turner estaba allí aunque no se hubiera acercado a verla. Según sus investigaciones, su objetivo estaba tratando de enderezar su camino e incluso tenía una relación con una bruja o algo así. Patético, pensó la castaña. Pero mientras menos la mirara, mejor. Así no sentiría su presencia.
Le había ido bien. Vendía buena droga. ¿Quién diría que los no-vivos eran más adictos que los mismos humanos? Su jefe, Bram Casiraghi no tenía problemas con que ella vendiera su mercancía allí. Obviamente, ella le daba un buen porcentaje de las ganancias. Y, aunque a él le estaba raro que una mujer como ella, (aunque obvio no sabía a ciencia cierta quién era ella) trabajara allí, ella no había dudado en usar sus "encantos" para conseguir el puesto. A leguas se veía que su jefe jamás decía que no, a una buena oferta.
Bram Casiraghi miraba a su nueva empleada desde la comodidad del segundo piso; área VIP. Su Cibum de turno estaba muy atareada de rodillas bajo la mesa, sin embargo él lucía aburrido. No negaba que la recién llegada había sido un golpe acertado. Con sus ojos carmesí, conquistaba a cualquier idiota que le pasara por el frente. Desafortunadamente para ella; él no era idiota. Sabía que aquella mujer escondía mucho más de lo que quería demostrar. Pero, mientras le diera buenas ganancias, podría vivir sin saber nada más. "Vivir". Bram rió por la ironía de sus pensamientos y cerró los ojos unos segundos, entregándose al placer que la humana le proporcionaba. Cuando terminó la haló por el cabello hasta que el cuello de la rubia estuvo frente a sus labios. Los entreabrió, dejando salir sus colmillos. La Cibum tembló cuando los dedos de él se metieron bajo su corta falda. No tardó más de dos minutos cuando los gritos de placer de ella fueron opacados por la fuerte música. Entonces él, enterró sus caninos en el cuello ajeno, sirviéndose de la sangre de la mujer que, perdida en el placer, ni siquiera se dió cuenta de nada.
'No hay nada más dulce que la sangre humana cuando llegan al orgasmo'. Pensó Bram, cuando abandonó el área VIP de su negocio, dejando el cadáver de la rubia en el suelo.
† † † † †
Edward Turner odiaba admitir que estaba nervioso. Desde la llamada de su amigo Adham, donde le contó que el consejo estaba en algo gordo y luego Ethain que le advirtió que se cuidara; su siempre bien controlado humor, se había ido al carajo.
Y es que Edward sabía que no había sido una blanca palomita este último tiempo. Antes solía cuidarse mas. Pero desde que terminó deslumbrado por su humana, todo en el había cambiado. Algunas cosas para mejorar.
Otras, no tanto.
La sangre de Druif era tan dulce que era casi imposible no tomar de ella hasta dejarla seca. Sobretodo durante el sexo, su forma favorita de alimentarse. El abstenerse de alimentarse de su mujer, lo descontrolaba tanto que muchas madrugadas salía y tomaba el primer cuello (o los primeros cincuenta) que encontrara en su camino y, si era sincero consigo mismo; no había sido muy... Cuidadoso.
Al menos no estaba tan pendejo como Wayne con su Indulgeo. Mierda... Sí estaba igual o peor. Si ni siquiera había volteado a mirar a la Damnati mas jodidamente caliente del planeta que ahora se está hospedando en uno de sus hoteles, si estaba allí en el maldito bar, esperando a Adham y lo único que quería era correr a su castaña. Jo-di-do. Gruñó tomando de golpe su vodka. Lo buscaban a él. Y no era para pedir descuento en el paquete de una semana de estadía en su hotel. Ethain no traicionaría al consejo por cualquier cosa y, había sido claro: tenía que cuidarse. Él era un cabrón y eso todos lo sabían. Pero una cosa era ser un cabrón; y otra muuuuy distinta era jugar a los Vulturis y que le patearan el culo. A menos que...
Comenzó a reír de forma casi desquiciada y pidió otro vodka. De pronto la idea de ser tan descuidado no le pareció tan mala. Sólo tenía que organizar sus ideas. Y sobre todo alejar a Adham de él lo más pronto posible. Adham era demasiado... Correcto, para trabajar con él. Sí; podría funcionar. Quizá era tiempo de cambiar un poco las cosas a su favor.
22 de marzo, 2014
-¿Por que no llega?
Preguntaba Adham Wayne, moviéndose de un lado al otro en su hangar privado. Desde que supo lo que el Consejo tenía en mente, no había tenido paz. Su hermana, su otra mitad; había decidido mudarse a América por su tonto empeño en ser independiente. ¿Independiente de qué? Aun siendo una vampiro letal, no dejaba de ser ciega. Era peligroso para ella. Él lo sabía. Por eso prácticamente le había obligado a regresar a París, a su lado.
Brigitte Molyneux jugaba con los risos de su hija Sophia, y le hacía muecas graciosas a su hijo Louis. Ella podía sentir los nervios en su esposo pero ella también tenía los suyos propios. Dhestiny Wayne y ella aunque tenían una relación cordial, jamás se habían llevado bien.
-Vida, quizá el vuelo se retrasó. Cálmate.
Pidió la rubia y besó la cabeza de su niña quién se había dormido. Estaba igual de emocionada que su padre. Adham dejó de caminar un minuto y volteó a mirar a su familia. Estaba orgulloso de tenerlos. Pero la preocupación por su bienestar le tenía el alma en un hilo. Jatziri escondía algo. Y algo le decía que sería el inicio de una horrible matanza donde todos los clanes se verían afectados. Pero, su sentido común también le advertía la realidad. Habían demasiados no-vivos. Y no-vivos sin respeto por nadie. Solo quedaba esperar y suplicar redención.
-Siempre tan paranoico, hermanito.
La voz de Dhestiny tras de él, lo sacó de sus pensamientos. Se volteó rápidamente a verla. Quizá temía fuera una aparición. Pero allí estaba. Con su bastón. Ése que usaba para disimular. Su cabello había crecido un poco. Le sonrió y la estrechó en sus brazos. Sophia despertó al escuchar la voz de su tía y corrió a por ella.
Brigitte también se levantó y fue a saludar. De pronto Adham pasó a ser solo un espectador de los abrazos y besos que se daban, recibiendo a Dhestiny. Suspiró lentamente, buscando sentir algo de paz.
Pero la paz no llegaba a él.
Y quizás no llegaría en mucho tiempo.
† † † † †
Edna Lancaster había acampado con George, su asistente; en medio de las montañas más ocultas de Eslovaquia. El ambiente se sentía tenso, sin embargo Edna seguía leyendo sin detenerse. Estaba cerca de descubrir algo importante. ¡Lo sabía! Hasta sus huesos lo gritaban.
George Owen verificaba todas las cámaras instaladas en el perímetro. Era un trabajo absurdo pero la paga era buena. ¿Seres sobrenaturales? ¿Vampiros? Todo aquello parecía sacado de uno de los libros de Anne Rice. ¿Que sería lo próximo? ¿Vampiros brillantes en el sol? Bufó malhumorado. Cuando se graduó como el mejor en ciencias de computación y se especializó en espionaje, pensó que el siguiente paso era el FBI pero no. Con su asma crónica, le había sido imposible entrar a la policía. Su sueño se hizo sal y agua. Y ahora allí estaba: en medio de un frío infernal, donde no se veía nada fuera de árboles y uno que otro campesino. Aunque esos solo salían de día. Cuando fue contratado por восход ассоциации (Voskhod Assotsiatsii) creyó que sería para algo importante. George no era un hombre escéptico. ¡Si hasta creía en los extraterrestres! Pero, ¿vampiros? Eso ya era demasiado.
Edna, su jefa inmediata, no era una mujer fea aunque obviamente era una mujer muuuy rara. Parecía sacada de una telenovela de esas que su mamá acostumbraba a ver mientras preparaba la cena. Anteojos grandes, cabello recogido y ropa anticuada. No podía tener más de treinta pero, aún cuando llevaban más de dos años trabajando juntos, jamás le había preguntado siquiera su edad. Era más divertido para George juntarse con sus amigos los viernes en la noche, tomarse unas cervezas y especular acerca de su jefa. A veces decían que era una inmortal encerrada en el cuerpo de una ogra. Otras, que vivía en una mazmorra con quinientos gatos. ¿Su versión favorita? Que era una dominatrix nocturna que obligaba a los hombres a vestirse de negro y ponerse colmillos falsos para someterlos. Fuera cual fuere la verdad acerca de su jefa, no era su asunto. Aún tenía fe de conseguir un nuevo trabajo. Uno normal. Terminó de acomodar las cámaras nocturnas y fue a la improvisada fogata a calentar algo de café. Sería una noche larga, cazando "fantasmas".
Habían escritos extremadamente interesantes, pensaba Edna mientras leía y leía sin parar. Sus lentes se bajaban de cada tanto de su lugar pero ella los acomodaba con interés. Nada la sacaría de su objetivo. Entró a trabajar a Voskhod movida por un impulso. Muchos de los investigadores de allí, habían ingresado por morbo. En su caso, su móvil era mucho más oscuro. Pasó años escuchando historias de la muerte de su padre pero ella había estado allí. Con solo siete años, había tenido un mal sueño y se había salido de la cama a buscar el refugio de su padre. Su madre, enfermera en Berlín, trabajaba esa noche. Bajó las escaleras al no encontrarlo en su habitación y, abrazada a su conejo de peluche, se había dirigido a la biblioteca con la esperanza de que su padre estuviera allí, trabajando hasta tarde. Pero su papá no estaba solo. Había visto un hombre vestido de negro, con ojos rojos; pegado del cuello de su padre quién no se movía como si estuviera preso de un hechizo. Cuando aquellos ojos rubí se encontraron con los de ella, el ser sonrió de lado pero no se apartó del cuello de su papá hasta que este cayó al suelo. Ella dió varios pasos hacia atrás pero aquel hombre, en un segundo; ya estaba frente a ella. Se puso su dedo en los labios, indicando que guardara silencio. Aún ahora, Edna no sabe porqué no gritó. Él pasó sus dedos por los risos de la niña y besó su frente. 'Pronto vendré por ti'; había dicho. Luego se desvaneció en las sombras.
Si, los vampiros existían. Ella aún lo esperaba aunque nadie quiso creerle. Y ahora, estaba leyendo un libro tan antiguo que apenas se entendían las palabras, pero si algo sabía, era que todo había comenzado allí. El diario hablaba de unos mellizos y de una maldición hecha por el mismo diablo. ¿Por que hablaba de demonios si ella iba tras vampiros? El diario era confuso pero llegaría hasta el final.
Ella iba a averiguar la verdad...
† † † † †
