† Bellatores †

El Bar 89 en Nueva York quizá no era el sitio más adecuado para la reunión que tenían en mente, pensaba Yasuki Hida al cruzar las puertas del lugar; con su impecable traje blanco. Pero si Krueger lo había escogido, por algo sería. A su lado, Benjamin Niesser se mantenía impasible, como una escultura. Cuando terminó su misión en París, pensó que tendría más tiempo para cuidar a su señora, o quizá pasar tiempo con su novia. Pero su señora tenía otros planes. En su estado, había considerado más adecuado no viajar. Pero según Calypso, su topo en el Damnati; la información que tenía era valiosa y no podía darse por teléfono. Su señora no quiso dejar a su asistente y amigo viajar solo. Así que allí estaba él; de niñera del asiático. Aunque sabía que bien él sabría defenderse.

En realidad no era el joven Yasuki lo que lo tenía de tan mal humor. Más bien, tenía un maldito mal presentimiento que no lo dejaba tranquilo. Quería pensar que era la adrenalina por estar fuera de su entorno y no su Sequi, advirtiendo que algo malo pasaría.

Sentada en la mesa más alejada, Calypso no dejaba de mirar el reloj. Solo un minuto había pasado desde la última vez que lo había mirado. Tenía solo una hora para que el Damnati abriera y ella tenía que estar allí. Odiaba usar intermediarios entre Burkhalter y ella pero, por motivos que la hija del diablo no le dió, no vendría a la gran manzana.

-Bien. Aquí estamos Krueger. ¿Que pasa?

Preguntó Benjamin de inmediato, tan pronto se sentó frente a ella. Rojo contra púrpura se enfrentaron y Calypso deseó haber traído su arma. Odiaba a ese maldito Stulti, con todas sus fuerzas. Yasuki hizo una reverencia al estar frente a ella y Calypso le sonrió. Al menos alguien aún tenía modales. El joven Hida se sentó, entonces Calypso comenzó a hablar.

-Turner está metido en algo grande, caballeros. En apenas unas semanas, el bar se ha llenado de Damnatis recién nacidos. Mi jefe incluso está pensando en cerrar por unas semanas. Estos niños no son muy callados.

La voz de Calypso era tranquila. Le dió un sorbo al trago que tenía en la mesa y cruzó los brazos, mirándolos a ambos. En los ojos de Yasuki apareció terror. En los de Benjamin, reto. Como ninguno habló, la castaña continuó.

-Creo que el pequeño Eddie está cometiendo errores a propósito. Supongo que quiere darse a notar. Pero no es él quien más me preocupa.

En su mirada carmesí, podía notarse la genuina preocupación. Debía ser algo grande, para que estuviera preocupada, pensó Yasuki.

-Más de 10 bailarinas, todas no-muertas, han desaparecido.

-Quizá encontraron un mejor trabajo.

Dijo Benjamin con aire socarrón y encogió los hombros. Yasuki negó. Algo no cuadraba aquí.

-Pero Turner no mataría su propia especie. No tiene lógica que los multiplique por un lado, y los extermine por otro.

Agregó Hida, arreglando su corbata azul cielo. Hacía un contraste hermoso con sus ojos; pensó Calypso mientras asentía.

-Tenemos un tercer jugador. Y está apostando todo. He escuchado historias pero no estoy segura de que sean ciertas. Hablan de unos Venatores.

-¿Cazadores?

Benjamin bufó. Su mano instintivamente acarició su muñeca contraria. Antes de salir de Francia, había tenido un altercado con un cazador. Muy humano no era. Había perdido el único recuerdo de su padre ese día. La sangre le comenzó a hervir.

-Son más rápidos que un humano. Me enfrenté a uno así y fue un verdadero dolor de culo.

Comentó solamente y Calypso asintió nuevamente poniéndose en pie. Los caballeros de la mesa, le siguieron.

-Trataré de averiguar más. Esto no me gusta chicos. No me gusta nada.

Y con una reverencia, se despidió de ambos, pagó la cuenta y salió. No sin antes provocar que todos los hombres alrededor voltearan a ver como movía sus caderas en cada paso. Hida rodó sus rasgados ojos y suspiró-

-¿Que haremos ahora?

Preguntó al guerrero a su lado.

-Regresar a casa. Hay algo aquí que no me gusta.

Salieron del bar rumbo al aereopuerto, dejando atrás la ruidosa ciudad. Una vez más en silencio. Cada hueso de Benjamín le gritaba que algo saldría mal. Solo esperaba que las dos mujeres más importantes en su vida, estuvieran a salvo...

† † † † †

Alejandro Morell corría. Corría y corría como jamás lo había hecho en 300 años. Había ido a Las Vegas, buscando algo de suerte, sexo y diversión. Ahora en vez de ser el cazador, era la presa. Había entrado a un casino y desde entonces la sensación de ser observado no le había abandonado. El Intellexit estaba acostumbrado a llamar la atención, sobretodo la femenina. Pero aquello había sido incómodo y hasta molesto. Salió de allí pensando que acabaría. Pero se puso peor. Sentía que le pisaban los talones.

Un fuerte golpe lo dejó algo atontado cuando su cabeza chocó contra la pared. Se volteó para encarar a quién fuera.

Solo habían sombras.

Sombras que fueron tomando forma, hasta ser un cuerpo.

Sebastien Leon, Lancelot; ladeó su rostro, olfateando al parásito frente a el. Su olor. Su maldito olor era el de ella. Aquel imbécil la había tenido. Su rabia aumentó dos puntos. Arregló su chaqueta, antes de sonreirle, invitandolo a una pelea 'justa'. El pendejo quiso correr. Error número 2.

El primero fue tocarla.

Alejandro volvió a correr. ¿Cobarde? Muchísimo. Pero sabía cuando un oponente le partiría el culo y aquel era un Stulti. El no era pendejo. Necesitaba un lugar concurrido donde estar. Los no-vivos tenían códigos. Aquel tipo no lo atacaría frente a humanos. No sabía porqué era perseguido. Tampoco se detendría a preguntarle.

Unas sombras, como brazos; le impidieron seguir. Volvió a chocar contra la pared de aquel sucio callejón. Su captor aguardaba tras de el. Tan tranquilo que podía asustar hasta al mejor.

-Bien, amigo mío. Tenemos dos formas de hacer esto.

Lancelot movió su cuello, haciendo sonar sus huesos. Volvió a sonreirle y sacó sus guantes del bolsillo de su chaqueta. Alejandro se estremeció al ver que en cada dedo de los guantes, habían garras de plata. El Stulti no era un aprendiz.

Uno de los dos no saldría vivo de Las Vegas.

Y dudaba que él fuera el victorioso...

† † † † †

Demettri se movía ansioso por la sala de espera. ¿Por que había dejado sola a Dhestiny? ¿Por que había recibido aquella extraña llamada de su trabajo, que resultó ser falsa? Todo había estado bien. Habían salido a cenar. Una maldita cena romántica. Hasta que lo habían llamado y el había ido a ver que pasaba. Si tan solo su mujer lo hubiera acompañado, estarían los dos bien.

Y es que Demettri no quería ser como su cuñado. Aunque no conocía personalmente a Adham, Dhes le había hablado mucho de el. La mantenía como en una caja de cristal, solo porque ella era ciega. Lo que no entendía era cómo, con los poderes de su mujer, no había sentido al taxi que chocó con ella. Él sabía lo independiente que era su novia, o lo que fueran. ¿Como no lo sintió? ¿Que había pasado?

Preguntas y más preguntas que solo serían contestadas cuando la viera. Cuando supiera que ella estaba bien. La sola idea de perderla, le hacía un nudo en el estómago.

Dentro del box número 5 de urgencias, Sakura Mika, sanaba las heridas de una Intellexit no vidente. Podía decir que en todos sus años, jamás conoció una igual. La chica estaba callada y Sakure sabía que no era ni dolor, ni preocupación por sus heridas. Aún con una herida abierta en la frente, un brazo y una pierna rota, ella saldría de allí probablemente como si nada. Ventajas de su especie.

Dhestiny temblaba mientras aquella amable mujer, suturaba su frente. Pero no temblaba de dolor. Sino de miedo. Alguien la seguía. Lo supo desde que Demettri se fue a resolver algo de su trabajo. Había terminado de cenar sola y salió para pedir un taxi. Entonces lo sintió. Tan fuerte que aún temblaba. Caminó lo más rápido que pudo, buscando un lugar apartado para arrancarle la garganta a quién se hubiera atrevido a perturbar su paz. No quería ningún civil herido. Irónico, que la única herida hubiera sido ella. ¡Maldito taxi!

-Bien, linda. Ya está. No te quedará ninguna cicatriz.

Sakura sonrió aunque la chica no la viera. Había vivido demasiado para saber que los ciegos sentían esas cosas.

-Tu novio debe estar muy nervioso afuera. Está volviendo locas a todas las enfermeras. No te sientas mal. Hasta los que tenemos vista, hemos tenido accidentes así.

Dijo la hermosa mujer con voz amable, intentando al menos lograr una sonrisa de la chica. Dhestiny negó.

-¿Alguna vez te haz sentido perseguida? ¿Tan asustada que todos tus sentidos fallan?

Sakura se estremeció, botando las gasas en la basura. Se volteó hacia ella y asintió. Cuando fue a abrir la boca para contestar, queriendo golpearse al olvidar que la castaña no podía ver, Dhestiny la interrumpió.

-Eso me pasó. Exactamente eso.

Sakura se sorprendió de que ella supiera la respuesta de ella sin hablar. Y, movida por un instinto que no pudo explicar, se acercó a la castaña y la abrazó. Tan fuerte como pudo.

Dhestiny no estaba acostumbrada a los abrazos de extraños pero se dejó ir a los brazos de aquella enfermera que olía a jazmines. Quizá era eso lo que necesitaba; sentirse protegida por un momento.

Quizás de allí surgiera una amistad...

† † † † †

Katherine amaba París. Amaba el romance, el ambiente, el humo del cigarrillo, el amor, el amor. Recorrer las calles de la mano de su Cibum era como un sueño. Reían, bromeaban. Recordaban como se conocieron. Noa siempre la hacía reir. Era por eso que ella siempre se olvidaba del mundo, cuando estaban juntos.

Iban rumbo a la torre Eiffel. Querían ver el atardecer allí. Noa no era muy romántico pero ver la ilusión en aquellos ojos verdes que lo volvían loco, era más de lo que el podía desear. No se detenía a pensar en lo que su rojita sintiera por el. Sabía su historia como nadie. Él la amaba por ambos.

El atardecer los sorprendió entre besos y caricias dignas de dos amantes enamorados. Algunos turistas les fotografiaban al pasar a su lado. Los jóvenes no se daban cuenta de nada. Estaban en su mundo.

Ya había caído la noche cuando salieron de allí rumbo al hotel. Tan distraídos que no se dieron cuenta de que 4 hombres les seguían.

-Bonsoir.

La voz rasposa de uno de ellos, sacó a los amantes de su mundo de nubes. Noa fue a voltear pero el frío de un cuchillo, congeló su costado.

-Tranquilito vaquero que venimos por la señorita.

Dijo otro, tomando el brazo de Katherine. Ella miró a todos, pensando en las posibilidades. Eran rápidos, maldita fueran. Podían matar a Noa. Respiró hondo y miró a su Cibum, negando con su cabeza. Esperaba que no hiciera nada tonto. No era momento de jugar al superhéroe.

Fueron llevados a una calle solitaria, amenazandolos al oído en cada paso. Uno de ellos volteó a Katherine y le dió una bofetada. El rostro de la pelirroja, apenas se movió. Pero sus ojos verdes desaparecieron. Ahora eran blancos.

-¡Maldita mujerzuela no hagas nada estúpido o tu mascota se muere!

Gritó el que tenía apresado a Noa. Katherine vió el brillo del cuchillo a través de la chaqueta de su Cibum. Y sonrió.

-¿En serio? ¿Eso harás?

La voz dulce de Katherine los confundió, pero ella no miraba a ninguno. Solo al que tenía a su Cibum inmóvil. Noa, conociendo a su mujer, aunque nunca la había visto en acción, volteó el rostro para no mirar sus ojos.

-Uuuuhhhh hombre. Estás jo-di-do.

Noa comenzó a reir. Uno de los cazadores hizo una llamada. Probablemente buscando refuerzos. El cazador que tenía a Noa, quedó atrapado en la mirada de marfil de la no-viva. No podía dejar de mirarla.

Otro de ellos golpeó el vientre de Katherine haciéndola caer al suelo, buscando aire. Pero el daño estaba hecho. El cazador de Noa comenzó a gritar, a suplicar que le quitaran tarántulas inexistentes de su cuerpo. Soltó a Noa y ése fue su error. Comenzó la pelea.

10 cazadores, quizá más, hicieron su aparición. Noa se defendía diestro y experto en el arte de lucha callejera. Katherine intentaba reponerse del golpe y ponerse en pie. La rabia la inundó.

Sus huesos se comenzaron a romper. Los cazadores la golpeaban pero ella no sentía nada. Un destello los cegó a todos. La bestia había sido desatada. Un enorme y horrible dragón negro, escupía fuego por la boca y se los comía vivos.

Noa, aún herido, no había visto jamás algo igual.

Nadie tocaba a Noa; pensaba la pelirroja encerrada en la bestia. ¡Morirían todos!

Y así fue...

† † † † †

Jatziri leía en su sofá, acariciando su vientre de forma distraída. La mansión estaba prácticamente sola. Karoline había ido a ver a sus hermanos y Clarisse, su invitada; había ido a explorar Moscú. No la culpaba. Ella también amaba ese lugar. Varvara la había llamado aquella tarde y todo estaba bajo control. Estaba representandola, además de hacer su trabajo. Jatziri estaba agradecida.

Dejó el libro de lado y se levantó por un vaso de agua. Fue a la cocina, lo sirvió y dió un sorbo. Solo uno. Entonces sus sentidos la arroparon. El vaso cayó al suelo y estalló en pedazos, pero la dueña del universo no se dió cuenta. Había alguien cerca. Solo tuvo tiempo de ir a cambiarse, recoger su cabello y regresar a la sala a esperar a su oponente.

El reloj de la mansión Burkhalter dió su segunda campanada aquella madrugada, cuando todas las luces se apagaron...

† † † † †

Ian Waterhouse se servía su segunda botella de vodka cuando sintió que algo no iba bien. El había probado la sangre de Jatziri en una ocasión y aún podía sentir su sabor en los labios. Pero aquello era diferente. Era una presión en el pecho que no lo dejaba respirar. Lo ebrio que hubiera estado, desapareció. Tomó su chaqueta y sus llaves, antes de salir a toda prisa. Subió a su auto y marcó un número en su móvil. Golpeó el guía con sus manos frustrado por no recibir respuesta. Colgó la llamada, y llamó a otra persona. Al segundo timbrazo, le contestaron.

-Más vale sea importante, cabrón.

Para Luke Murray era casi imposible conciliar el sueño. Sus pesadillas lo perseguían. Cuando sonó su móvil, maldijo toda la descendencia de quien lo estuviera molestando. Su amigo Ian dijo solo una palabra. Solo una, y él ya estaba en pie, vestido y listo para salir.

"Jatziri"

† † † † †

Lancelot se reía como enfermo. Se miraba en el espejo, solo para ver como sus heridas se cerraban. Aquella mujer era más que una bruja. Le había dado la batalla de su vida. Pero lo había conseguido. Se volteó saliendo del baño y la vió en su cama. Dormida, gracias a su último invento. Aquel que era mil veces más efectivo que el cloroformo en los humanos.

Aquel no-vivo en Las Vegas había cantado mejor que un soprano. Había dicho todo, todo lo que a él le interesaba saber; con tal de salvarse. Pobre iluso. Jatziri, porque ahora su obsesión tenía nombre; lo había utilizado y despachado cuando quiso. Pero, viendo a su presa, dormida en su cama; pudo observar que habían quedado secuelas de su encuentro.

Lancelot pasó su mano por el vientre de la pelirroja, sintiendo la pequeña vida moverse en su interior. ¿Sería aquel pendejo perdedor el padre de la criatura? Poco le importaba. Siglos buscándola. Siglos soñandola. Pero era suya. Sus medicamentos servirían para mantenerla dócil. Y era tan jodidamente hermosa; pensó mirando su rostro apacible. No había cambiado en nada, desde que le regaló su maldición, siglos atrás. Ella lo había hecho el monstruo que veía en el espejo. Se acercó y respiró su aroma. Tan dulce y adictivo como probablemente era todo en ella.

Y era suya. Jamás la dejaría ir. Mataría a cualquiera que intentara apartarla de el.

Esperó siglos por su venganza. Y nada lo detendría...

† † † † †

Edward Turner estaba hastiado. ¡Aquella mujer no dejaba de hablar! Desde que lo encontró en el recibidor de su hotel, no lo había dejado ir. ¿Como era que se llamaba? ¿Devorah? ¿Devine? Aaaagh no era como si importara mucho tampoco. Aquella era una golfa que solo se le estaba regalando. ¡Ni en sus tiempos de puto le habría metido la polla a semejante criatura tan espantosa! Una rubia sin forma que daba crédito a eso de que las rubias son cabezas huecas. Rodó los ojos fastidiado, se despidió y subió a su suit. No estaba para golfas así.

Entró a su habitación sin preocuparse en cerrar la puerta. Salió a la terraza a respirar el aire de la ciudad. Pronto habrían tantos Damnati en la calle, que el Consejo tendría mucho trabajo. Rió psicótico hasta que sintió un olor a perfume barato tras de él. No. Aquello era una pesadilla.

Se volteó y allí estaba la reencarnación de Tiffany, la novia de Chucky en una postura que ella juraba que era sensual. Él levantó una ceja en una pregunta muda:

¿Que-mierdas-haces-aquí?

Ella sonrió moviendo sus caderas de forma grotesca y trató de besarlo. Él volteó el rostro.

-Ni en un millón de años una Intellexit me ensuciará con su baba, mujer.

La Intellexit rió. Una risa fañosa, pesada. Y él perdió el control.

Le dió un codazo tan fuerte que casi le arrancó los dientes. Realmente NECESITABA que se callara. La rubia tonta se inclinó agarrando su boca. Sangre salía a borbotones, manchando su fina alfombra persa. Le dió más rabia. Entró a la estancia y tomó un abre cartas. No era mucho, pero serviría. Regresó a la terraza, enterrando el abre cartas en los ojos de aquella molestosa mujer. Ella gritaba como perra en celo, queriendo evitar su final. Al menos sus gritos pre-mortem eran dignos de escucharse.

Lo demás fue fácil. Al menos para el. Los del departamento de limpieza no pensarían lo mismo, cuando tuvieran que limpiar el licuado de vampiresa que quedaba en el pavimento. ¡Lástima que se cayera del piso 25 de su hotel! ¿No?...

† † † † †

Cuando Ian llegó a la mansión Burkhalter, vió la camioneta de Luke allí. Hasta su esencia tembló al ver la mansión tan iluminada como noche de carnaval. Saltó de su deportivo sin preocuparse siquiera por apagar el motor. En pocos segundos, estuvo junto a Luke, quién permanecía impasible en el mismo medio de la sala.

Aquello parecía un campo de guerra. Los muebles estaban destrozados, los vidrios de las ventanas rotos. Habían más de 15 Cibum muertos y, el equipo de seguridad de la madre de los no-vivos, descuartizado por todas partes. ¿Qué carajos había pasado allí?

-Ella está...

-No está aquí.

Fue la respuesta de Luke a la pregunta incompleta de Ian. Cuando llegó a la mansión, tenía la esperanza de que fuese una falsa alarma y que ella estuviese durmiendo o matando no-vivos por diversión. Pero se había encontrado con una escena macabra. Aquello lo había hecho un profesional; o el ejército de Moscú. Dudaba que fueran los segundos. Había corrido cada cm de la mansión buscándola. Viva o muerta. Pero no la encontró.

-¿Que significa?

Preguntó Ian a Luke, refiriéndose a lo que alguien había escrito en latín, en una de las paredes de la sala. Estaba escrito con sangre. No sabía si era la sangre de ella. Hizo sus manos en puños de pensarlo. Levantó la vista y luego miró a Ian, quién aún teniendo más de un siglo, se consideraba un no-vivo moderno y se había 'saltado' las clases de latín para no-vivos. Ahora se arrepentía.

-Quæ est in me.

Leyó Luke. Respiró hondo y luego tradujo para su amigo.

-Ella me pertenece...

† DÍAS DESPUÉS †

La mansión Burkhalter había sido arreglada. El ambiente estaba cargado de tristeza. Karoline no dejaba de sollozar en todas las esquinas. La ausencia de la señora del universo se sentía en todos lados. Hacía falta su arrogancia, su buen gusto para todo y sus respuestas afiladas. Nada era lo mismo.

Todos los gobiernos a nivel mundial habían declarado 'clave ámbar'. Esperaban algún grupo que se adjudicara el secuestro de Burkhalter. O que pidieran recompensa.

Alan Di Prieto acababa de viajar a Moscú. Personalmente había conocido poco a la pelirroja. Pero se decía en el bajo mundo, que quizá había sido un Damnati quién la había desaparecido. Sus fuentes le habían llevado a diferentes partes del mundo tras pistas que resultaban ser falsas. Di Prieto odiaba perder el tiempo. Así que viajó a Moscú personalmente. Allí un molesto y desilusionado Benjamin, le recibió.

-¿Aún no se sabe nada?

Preguntó el oji-azul, abriendo las solapas de su chaqueta al sentarse. Benjamin iba a servirse un trago cuando esa pregunta llegó a sus oídos. Negó sin decir una palabra.

Ya era más de medio día cuando Hida y él llegaron a la mansión de su viaje. Desde entonces no había comido ni bebido nada. La culpa lo tenía ciego. Su deber era proteger a su señora y no lo había hecho. Parecía que se la había tragado la tierra.

-Tal vez deban darla por muerta. Si no han pedido recompensa, es obvio que ha sido algo personal.

Benjamin dió un golpe a la mesa que tenía las bebidas y se volteó hacia Alan. Di Prieto, siempre calmado y práctico; sólo levantó una ceja, retando a Niesser a rebatirlo. Quizá él podía considerar a Jatziri una amiga. Pero eso no le impedía ver la realidad de la situación. Estaba seguro casi en su totalidad, de que el cadáver de la dueña del universo era sólo cenizas mientras ellos hablaban.

Benjamin guardó silencio y se dejó caer en la silla que siempre ocupaba su jefa. La rabia llenaba sus venas. Si ella no aparecía, él personalmente le sacaría los ojos a quien la tuviera. Saldría nuevamente esa noche. Era imposible que nadie supiera de ella. ¡Tenía que estar viva!

Ante el silencio de su anfitrión, Di Prieto se puso en pie, y abandonó la biblioteca. Cada cual debía aprender a combatir sus propios demonios...

† † † † †

Ian Waterhouse no había dejado de beber desde que Jatziri desapareció. Se metía en peleas, mataba sin descanso, todo le daba exactamente igual. Él no era del tipo romántico. Se empeñaba en decir que su recaída era por el vicio que la sangre de Burkhalter le había provocado. Según Luke y Benjamin, muchos no-vivos habían sido atacados por Venatores u otros no-vivos las pasadas horas. Ian no dejaba de preguntarse porqué no lo habían atacado a él. Moría por matar unos cuántos de los cabrones que habían matado a Jatziri.

-Ian, no puedes seguir así.

La voz de Corinne Liboiron lo sacó de sus pensamientos. Estaban en la barra más barata y maloliente de Moscú. Ian se preguntó, como carajos lo habría encontrado.

-¡Lárgate Corinne! Quiero estar solo.

Corinne se decía que tenía la paciencia de una santa por no llevárselo de allí por los pelos. Respiró hondo, frustrada de que Ian nisiquiera volteara a verla. Cuando recibió la llamada de Sakura del hospital, pensó que se trataba de un error. Ian iba siempre puntual a dar su sangre para los diferentes Indulgeo de allí.

Así fue como se conocieron.

Sin embargo, sólo tuvo que llamar a Luke, para saber en lo que su amigo estaba metido.

-Ella ya no está, Ian. Y sé que no quisiera verte así. Hay pacientes que necesitan nuestra sangre, Ian. ¡Ellos no tienen tiempo!

Intentó no levantar la voz, aunque la música estaba tan alta que dudaba alguien pudiera escucharla. Ian apretó el vaso que tenía en la mano. Lo apretó tanto que estalló en pedazos. Poco le importó ver su sangre en la barra.

-¡ELLA TAMPOCO TUVO TIEMPO, CORINNE!

Su voz se fue apagando hasta volverse un susurro.

-Ella tampoco.

Repitió más para sí mismo. La muerte de la madre de los no-vivos, los tenía a todos de luto. Al menos a los que seguían las reglas del Consejo. Pero Ian no entendería de razones. Negó dejándolo allí. En su mente sólo estaban Liore, Krystal, Vanessa. Los demás Indulgeo que podían morir si no eran tratados con sangre Intellexit. Brigitte y Adham estaban preocupados. Y con razón.

Ian nisiquiera prestó atención a su amiga cuando se fue. Limpió su mano en su chaqueta, tomó la botella de vodka de la que tomaba y bebió de ella.

-¿Mal de amores eh?

Dijo el hombre que se sentó a su lado. Ian levantó la vista y se encogió de hombros.

-Murió.

Sintió que la bilis se le subía a la garganta. Se la bajó con otro sorbo de vodka. El desconocido silbó. Levantó la mano y pidió su trago.

-¿Y tu? ¿Despechado?

Preguntó Ian con una sonrisa amarga. El desconocido bebió de su trago y soltó una carcajada.

-Yo celebro mi amigo. Estoy recién casado.

Ian sintió tanta envidia que lo quiso golpear. Sin embargo, aquel sujeto no tenía la culpa de que su vida fuese una mierda. Chocó su botella con el vaso del tipo.

-Felicidades, cabrón.

Pasaron horas alcoholizándose. Uno celebraba, el otro maldecía su suerte. Hablaron cosas sin importancia. Total, solo eran dos cabrones que se encontraban en un bar de mala muerte.

El compañero de copas de Ian se levantó de su silla horas después. Pagó su cuenta y la de Waterhouse. Sacó una tarjeta y la dejó al lado de la botella ahora llena de Ian. Ian, aún borracho, tenía modales. Así que sacó su mano y la extendió hacia el desconocido. Éste la estrechó con una sonrisa.

-Cuando acabe mi luna de miel, hablamos. Ahí te dejo mi tarjeta. Espero superes el luto pronto. ¡Hay muchísimos peces en el mar, hombre! ¡Solo sal de pesca!

Ian intentó sonreir. Pero estaba seguro de que había sido más bien una mueca.

-¿Alguna vez haz conocido una mujer que desde que la ves, sabes que estás jodido para el resto?

El desconocido sonrió y palmeó el hombro de Ian.

-Créeme cuando te digo que mi mujer me cambió la vida.

Contestó el tipo y Waterhouse asintió.

-Entonces eres un cabrón con suerte. Por cierto, soy Ian Waterhouse.

El desconocido le guiñó y volvió a reír antes de despedirse.

-Hasta luego entonces, Waterhouse. Soy Sebastien Leon.

† † † † †