† Fugiens †

-No me mires con tanto odio, querida. Romperás mi corazón.

La voz de Lancelot era burlona. Se paseaba de un lado al otro de la habitación seguido por la mirada asesina de Jatziri. Ahora no solo estaba atrapada en medio de la nada, si no que también tenía un collar en su cuello, amarrado a una cadena. Cadena que solo se estiraba hasta permitirle llegar al baño.

Lancelot se había justificado con que era por su propio bien. Luego de matar al doctor que la atendía, Jatziri se sintió fuerte para intentar escapar. Desafortunadamente para ella, su organismo no trabajaba en su 100%, cuando se alimentaba de humanos. Y allí seguía, presa de aquel loco que decía amarla y hasta hablaba de su bebé como si fuera suyo.

Parecía una historia sacada de una novela de ficción barata.

Y ella lo odiaba con todas sus fuerzas.

Sebastien la miraba como si ella fuese el sol. La había llevado a Australia con las mejores intenciones. Le había buscado al mejor médico para que atendiera el embarazo de su mujer. La había cuidado, incluso en contra de su voluntad. Pero aún no lograba doblegarla y ésa era su mayor frustración. Su poder mental en ella no funcionaba. No la había tocado desde que la llevó allí. Y el moría por hacerla su mujer, en toda regla.

Cada vez que la tenía cerca, era suficiente para ponerse duro como roca. Había follado más mujeres en esas semanas que en 500 años. Pero nada calmaba su hambre. ¡La quería a ella! Pero no a la fuerza. Llegaría el día en que aquella maldita mujer vendría de rodillas pidiéndole su cuerpo. Y ese día, Jatziri Burkhalter sabría lo que era un hombre de verdad. Mientras, tendría paciencia.

Él la complacía en todo. Buscaba lo que una embarazada debía comer. Había pasado días sin dormir hasta crear la dosis exacta de medicamentos que la mantuvieran así, dócil e inútil. Eso, acompañado de la ausencia de sangre y sus 'baños' de sol, había hecho milagros. Y con todo y eso, ¡la muy zorra había matado a su médico! Cuando su hija naciera, (pues ya se sabía el sexo del bebé) él personalmente le daría de nalgadas a la pelirroja por su insolencia.

La sola idea de tocar su piel lo hizo gruñir. Ya tendría su oportunidad. Agarró la barbilla de Jatziri con todas sus fuerzas hasta que ella, en su debilidad; gritó de dolor. Entonces le besó los labios de forma exigente, agresiva, lasciva.

-No me esperes despierta, cariño. Tengo trabajo que hacer. Y mañana no tendrás escapatoria. Serás la señora de León.

Le dijo al soltarla. Jatziri escupió el suelo, sintiendo arcadas.

-Si tocas alguno de los míos, te mataré.

Fue la amenaza de la hija del diablo a su captor. Una promesa. Un juramento que solo tuvo por respuesta la risa de Lancelot, al salir y dejarla sola...

† † † † †

-Sálvame...

Aquella voz en su cabeza otra vez. Ya no sabía si la imaginaba o si de alguna forma, ella lograba llegar a su mente. Benjamin Niesser estaba cansado. Habían sido días y noches largas, buscándola.

-Sácame de aquí...

-Daría mi vida por la tuya, Jatziri. ¡Lo sabes!

Gritó aunque ella no pudiera escucharlo. Estaba sentado en la biblioteca, donde pasaba los días, para salir luego en las noches a buscarla. Había sobornado, amenazado, matado y todo por ella. Al menos tenía un nombre: Lancelot. Sólo de pensar en eso, su sangre hervía por un lado y se helaba por otro. Decían que ese tal Lancelot era un cazador. Uno de los peores. No tenía idea para qué un simple Venator querría a su señora. Pero los días pasaban y nada.

Se levantó y salió de allí. Se iba a volver loco. Si no la encontraba, si no la regresaba sana y salva; iba a enloquecer.

-¿Otra vez de cacería, Niesser?

La voz de Yasuke interrumpió su salida. Solo asintió antes de desaparecer por la puerta principal, sin tener idea del destino que le esperaba afuera.

Yasuke, de pie junto a las escaleras, dejó salir un suspiro. Había llorado, gemido, suplicado a todos los dioses porque su madre estuviera viva. Aquella mujer que lo había abrazado, aconsejado, consolado; se había ganado el puesto de madre en su corazón. No había tenido tiempo de decírselo. Esperaba tenerlo. Sintió unos suaves brazos rodeando su cintura y vió el destello del cabello de Katherine tras de él. Ella, aún cargando su propia cruz, lo sostenía. Se sostenían el uno al otro en su pena.

-Ella regresará, precioso. Ya verás

Yasuke acarició los brazos de a quién amaba como una hermana deseando parte de su locura. Quizá así, estaría más optimista.

-Lo se. Lo se...

† † † † †

Liorah suspiraba mirando cómo la sangre iba bajando en el suero. Una vez más había tenido una recaída. Caerse en medio de la sala de su casa, no formaba parte de sus planes para un sábado en la noche; pensaba perdida en la suave caída de aquella gota. Pero es que, ¡se había sentido tan bien!

-¿Como te sientes, solecito?

La pésima imitación de la enfermera Sakura, por parte de Krystal, la hizo reír. Miró a la puerta donde la vió parada, arrastrando su propio suero, con la misma dosis que ella llevaba. Krystal, siempre optimista a pesar de todo, entró casi dando saltitos hasta ella y besó su mejilla.

Se habían conocido hacía meses atrás. Ambas padecían del mismo tipo de anemia. Se habían vuelto casi inseparables. Ellas y Vanessa, otra paciente; pasaban largas temporadas en el hospital, y habían encontrado en sí mismas, esa compañía y consuelo que solo pueden darse las personas que pasan por lo mismo. Claro; no podían dejar fuera a Sophia, hija de los doctores Wayne. Aún cuando ella estaba perfectamente sana, pasaba días animandolas. Les llevaba libros y revistas. ¡Hasta Demster, su hurón; ya era parte de la familia!

-Vamos por algo de comer, ¿si? Muero de hambre.

Krystal movió el hombro de Liorah para atraer su atención. Cuando la enfermera Sakura le dijo que su amiga se había puesto mal, se asustó muchísimo. Pero verla con vida; ya era un milagro. Solo le faltaba ahora una buena dosis de chocolates y su amiga estaría como nueva.

Tomó su mano y la hizo levantarse. A Liorah le dolían todos los huesos pero, sabía que aquella duende, no se rendiría. A veces incluso se sentía más como una madre. Aquellas niñas eran terribles.

-Vamos, duendecilla del demonio.

Comenzó a caminar hacia la puerta, llevando su suero con ella. Krystal la seguía como si temiera que cayera al suelo.

Ella también temía eso.

El Eternal Phoenix era un hospital enorme. Más aún las áreas de psiquiatría y Oncología. Probablemente porque sus dueños eran psiquiatras y oncólogos. No era el típico hospital, con paredes blancas y deprimentes. Sus paredes estaban pintadas de amarillo pálido y lavanda. Era todo muy relajante.

Las chicas iban a paso lento. Hablaban tonterías, reían. Al pasar por la oficina del Dr. Wayne, escucharon la voz de Sophia. Liorah sonrió feliz al saber a su niña allí. Cuando tenía días buenos, siempre le prometía que sería su niñera. El afán de Sophia por crecer le divertía y le preocupaba a la vez. Vivían en un mundo de porquería y Sophia era demasiado inocente. Temía le rompieran el corazón, solo por ir demasiado rápido.

Levantó la mano para tocar la puerta, más lo que escuchó; la dejó helada.

-¿Me estás diciendo que Liorah tiene Leucemia? ¡Pensé que la sangre que recibía era suficiente, papá! ¡Ella no puede morirse!

Sophia Wayne mordió su labio inferior con tanta fuerza que lo hizo sangre. No podía asimilar las palabras que su padre acababa de decirle. Adham lucía derrotado, vencido. Sentado en su escritorio no encontraba dónde mirar, que no estuvieran los resultados de los últimos análisis que le había hecho a su paciente. Miró a Brigitte, su esposa. Quería encontrar respuestas en ella. Pero su mujer bajó la mirada. No entendía el porqué ninguna sangre probada hasta ahora, había fortalecido a Liorah como a los demás pacientes. Ella compartía la desesperación de toda su familia.

-Le hemos puesto sangre de todos los Intellexit que tenemos en nuestras listas, Sophie. Es como si su cuerpo la asimilara solo en una parte. Ya no se qué hacer. Pensé incluso en darle sangre de Jatziri aún con los riesgos pero con ella desaparecida...

Sus palabras se quedaron en el aire. Miró a su hija y vió en sus ojos azul gris, iguales a los de su madre; la desesperación aflorando sin control mientras peleaba con sus lágrimas.

-Dale mi sangre.

Su voz era tan rotunda que Brigitte sintió orgullo. La necesidad de su hija por salvar a su amiga era muy noble.

Pero inútil.

-Princesa, aún no tienes la fuerza para poder sostenerla con tu sangre. Eres una Sanguine Filii, pero aún no cumples la edad para que tu sangre tenga el poder para sostener a Liorah. Lo siento.

Brigitte, siempre calmada; le habló a su hija como le hablaba a sus pacientes. Sophia se debatía entre la frustración y la impotencia.

-¡Somos vampiros, por amor al cielo! Ustedes llevan años salvando Indulgeos como ella, como Krystal. ¡Como tú, mamá! ¡De algo tiene que servir tener colmillos y matar gente, maldita sea!

Sophia perdió las fuerzas dejándose caer sentada frente a su padre. Sus pequeñas manos eran puños y controlar las lágrimas era ya imposible.

-¿Cuánto le queda?

Susurró temiendo la respuesta con todas las fuerzas de su alma. Adham suspiró.

-Sabes que eso no lo puedo decir con exactitud, Sophia. Hay que ver...

-¡¿Cuánto?!

Volvió a preguntar. No quería escuchar las excusas que su padre, como todos los médicos daban. Quería la verdad. Brigitte acarició el hombro de su esposo y asintió suavemente. Su hija merecía saber la verdad.

-Si no encontramos un no-vivo que tenga la sangre que ella necesita y que su cuerpo la acepte; 6 meses. Quizá menos.

Sophia cerró los ojos con fuerza ante las palabras de su padre y asintió.

-¿La convertirás antes de que muera?

Allí estaba la pregunta que Adham temía. Él había jurado jamás darle a nadie su maldición. Era parte de su juramento como médico. Por eso nisiquiera había convertido a su esposa, por más que ella lo había pedido. Brigitte a su lado, se tensó.

-Sophia, yo...

-Jamás te he pedido nada, papá.

Sophia lo interrumpió sabiendo su negativa.

-Pero por favor, te lo suplico papá. No la dejes morir.

Lo miró a los ojos. Apenas había escuchado su propia voz. El miedo de perder a una de sus amigas la hacía temblar. Adham dejó salir el aire por sus labios lentamente. Sophia no entendía lo que le estaba pidiendo. Pero, ¿podía culparla? Si de él dependiera la vida de alguien amado, como su esposa o alguno de sus hijos; ¿pensaría en negarse, siquiera? No.

-Mi última alternativa es que Liorah necesita la sangre del antepasado del que heredó su condición de semi-vampiro. Si no logramos encontrarlo antes de que llegue ese momento y ella acepta; lo haré.

Sabía que estaba traicionando todos sus principios. Pero Sophia veía en aquella joven, una hermana así como Katherine. No podía hacerse el ciego.

Krystal sostenía a Liorah aunque ella nisiquiera se daba cuenta. Si hubiera estado sola, hubiera pensado que probablemente se había caído al suelo y golpeado la cabeza. Ésa sería una respuesta lógica a todos los disparates que había escuchado. Pero, Liorah estaba allí con ella. Y lo peor. Liorah iba a morir.

Liorah no sintió cuando su amiga la alejó de aquella puerta. Ni supo como llegó a su habitación. Solo cuando Krystal se puso de rodillas frente a ella y tomó sus mejillas, supo que estaba llorando.

Iba a morir. Siempre supo que su enfermedad ganaría su batalla contra ella. Quizá la idea de su inminente muerte, había opacado la impresión que había dejado en ella todo lo demás que había escuchado. Miró a Krystal, quizá esperando alguna respuesta, alguna palabra que calmara el dolor que sentía en aquellos momentos. Krystal sonrió aunque su sonrisa no llegó a sus ojos.

-Me importa poco toda esa mierda de que somos vampiros o algo así. Tampoco me importa que entre el mismo Drácula diciendo que somos las elegidas para ser sus mujeres ni nada de eso.

Liorah quiso sonreir y Krystal besó su frente.

-Lo único que me importa en este momento es lo que escuchamos al final. Sophie no te dejará morir. El doc Wayne tampoco. Ni yo. Así tengamos que recorrer el mundo con ajo y cruces de plata y bañarnos con agua bendita para encontrar éso que tu necesitas. No te dejaremos morir.

Liorah asintió aunque estaba demasiado confundida para hacer cualquier otra cosa. Krystal acomodó la bolsa de sangre de ambas en el mismo atril. Hizo a Liorah acostarse y se acomodó a su lado, abrazandola fuerte.

Ninguna de las dos lograrían dormir. Pero ambas necesitaban ese abrazo. Esa cercanía.

Habían descubierto por error que en este mundo habían cosas que ellas no entendían, porque jamás pensaron posibles. Pero ambas sabían que en aquella oficina no habían ni locos, ni satánicos pensando en hacer algún rito raro por sus almas. Su amiga y sus doctores, eran vampiros. Tenían que asimilarlo. Vanessa llegaría en la mañana por su tratamiento y habría que contarle lo que habían descubierto. Lo merecía. Era una de ellas. Luego, harían planes. Todo estaría bien. Todo tenía que estar bien.

No dejarían a la muerte, ganarles la partida...

† † † † †

Clarisse T. Schröder, Varvara Dulánszky, Nanette L. Schwartszleiter y Trevor St. Clark se habían reunido en la suit de Dulánszky, en el Ritz-Carlton de Moscú. Por motivos de seguridad, Varvara había decidido que era mejor reunirse fuera de las mansiones Burkhalter. En otros tiempos, daba gusto reunirse casi entre amigos con gente de la misma edad, con tantas similitudes y sobretodo; su misma clase social. Pero sin Jatziri, todo era demasiado sobrio.

Sentado en la sala de estar; Trevor se sentía algo así como Dios debía sentirse en el paraíso. Estaba rodeado de mujeres hermosas. Aunque, tampoco era tonto. Tantas víboras juntas, no podía ser para nada bueno.

-¿Niesser aún no sabe nada?

Preguntó Clarisse a Varvara pues sabía que ella había estado mano a mano con el matón de Burkhalter en toda la investigación. La embajadora negó luego de tomar de su whisky.

-Tenemos el nombre y su última ubicación aquí en Moscú. El mal nacido les envió un comité de bienvenida a Niesser y Di Prieto. Salieron vivos de milagro. El tipo no se anda con juegos.

A pesar de que las noticias eran malas, Varvara sonrió al recordar la emoción de Alan al contarle. Desde sus tiempos de guerra, no se había ensuciado las manos a tal punto. Era como si su lado asesino hubiera regresado a tiempo completo.

Nanette suspiró pasando su dedo de forma distraída por el borde de su copa.

-Tengo detectives de los nuestros, dispersos por todo el mundo. Si estornuda demasiado fuerte, lo sabremos. Voy a utilizar hasta el último de mis recursos para encontrarlo y eliminarlo.

El acento húngaro en Varvara le parecía melodioso. Pero su promesa era letal.

-No confío en el resto del Consejo. Algo me dice que más de uno enciende veladoras a todos los santos para que Burkhalter no aparezca. Solo Katherine queda para ocupar su lugar y sabemos que mentalmente no está preparada. Además, Jatziri es la única que sabe donde están las tumbas de los ancianos.

Dijo Clarisse y se hizo un largo silencio. Cada uno inmerso en su propio mundo. Las cosas no hacían sino complicarse cada vez más. Trevor dejó de lado el reloj de bolsillo con el que jugaba y levantando una ceja, los miró a todos.

-Somos los más antiguos. Llevamos en nuestra sangre el linaje de los mellizos. Si tenemos que ir al mismo infierno, lo haremos. No podemos permitir que el Consejo siga sin nuestra representación. Uno de nosotros debe tomar el lugar de Jatziri, mientras ella regresa. Llevamos siglos detrás del gobierno, de la música, del poder, de las sombras. Es el momento de dar la cara. No solo poseemos prestigio y elegancia. También poseemos experiencia e inteligencia.

Sentenció y se miraron todos entre sí. Por diferentes motivos, ellos habían decidido hacía mucho, alejarse de todo el poder que el Consejo poseía. Ahora las circunstancias los ponían a todos en el mismo ojo de la tormenta. ¿Quién sería el indicado para tomar un lugar tan lleno de peligro y presiones como el que Burkhalter ocupaba? Todos los allí presentes tenían mucho qué perder.

Y muy poco que ganar...

† † † † †

-¿Entonces eres científico?

Preguntó Ian Waterhouse a Sebastien, su nuevo amigo. Se habían visto varias veces desde la tragedia personal de Ian. Siempre se encontraban en el mismo bar. Tomaban hasta que Ian perdía el sentido. Quizá porque cuando Sebastien llegaba, ya él estaba bastante ebrio.

A Lancelot el tipo le caía bien. Y era raro que el se relacionara con algún otro no-vivo. Quizá aquel alcohólico le recordaba como él se puso cuando perdió toda oportunidad de estar con Marcela. Sin embargo, no confiaba en él. Lancelot no era tonto. Él no le diría a nadie de su tesoro en Australia. Jatziri era de su propiedad.

Además, algo en Ian era raro. Sentía un olor extrañamente familiar en él. Pero el alcohol era demasiado en su sistema. No lograba sentir más allá. Quizá se había vuelto paranoico. Tomó de su trago y asintió.

-Así es. Pero es solo como hobbie. Siempre tengo demasiado trabajo.

Se quejó Lancelot e Ian suspiró. Recordaba cuando él había sido medianamente normal. Ahora su vida era literalmente una mierda. Ambos guardaron silencio unos minutos. Ian pensaba en ella. Lancelot intentaba descifrar el misterio de su 'amigo'.

-¿No haz pensado en tomar venganza?

Waterhouse levantó la vista de su vaso para verse en los ojos de su amigo y lo miró como si tuviera 3 cabezas.

-Eso no me la devolverá.

-No. Pero si unos cabrones me hubieran quitado a mi mujer, no descansaría hasta haber cortado sus cabezas con mis propias manos. Se lo debería a mi mujer.

Explicó Lancelot dando uso a su mente retorcida. El no sabía los detalles de la muerte de la mujer que tenía a Ian como un vagabundo enfermo. Pero basaba su teoría en su propia lógica. Mataría a quién lo alejara de Jatziri.

-Creo que me iré a Estados Unidos un tiempo. No lo se. Necesito alejarme Sebas. O esto me matará.

-Entonces vete, Waterhouse. Busca tu propia paz y jode a todos los que puedas. La venganza y el odio también sirven para mantener a uno vivo. ¡Si no lo sabré yo!

Comentó Lancelot y bufó ante los recuerdos de su vida antes de su pelirroja. Tomaron un rato más y se despidieron. Ian tenía un vuelo que tomar. Y Lancelot se hizo sombras, rumbo a su mujer. Esperaba estuviera de mejor humor.

Aunque sabía que eso era imposible...

† † † † †

Corinne y Katherine corrían por todas las calles del oscuro Nueva York. Se habían movido por un impulso. Ir a ver a Calypso ahora parecía una locura. De ser depredadoras, habían pasado a ser presas de un maldito Venator. No era que ellas no pudieran defenderse. Pero habían hecho un pacto: mantenerse fuera del radar para no levantar sospechas. Incluso Katherine había cambiado drásticamente su apariencia, ocultando sus risos de fuego tras una melena color chocolate. Todo intentando que no se descubriera el linaje Burkhalter en ella y no arriesgar aún más a su madre. Pero, en la entrada del Bar Damnati, habían sido interceptadas por aquel maldito que ahora las perseguía. Corinne estaba como perdida. Ella hubiera preferido permanecer en las sombras, dando sangre a los Indulgeo como siempre lo hacía. Pero el secuestro de Jatziri se había difundido como pólvora. Los no-vivos estaban asustados por la desaparición de su reina y temían incluso ir a donar sangre. Por más que hubiera querido no interferir, su pacto con los Indulgeo era más fuerte que el miedo. Por eso no había podido negarse a la petición de la primogénita Burkhalter. Y ahora estaban ambas metidas en aquel lío.

Gael Ric Kinderknecht había ido a Nueva York tras la pista de Turner. Su soplón le había informado que había cambiado su nombre y se veía diferente. Llevaba años siguiéndole la pista. Aquel maldito Damnati se había vuelto una obsesión para el. Jamás hubiera sospechado que encontraría dos no-vivas, evidentemente tan antiguas, en la entrada del bar. Olvidó por un instante los motivos que lo habían llevado allí, y fue en su captura; preparado para dar la pelea de su vida. Aunque pareciera cruel, él prefería matar no-vivas. Así evitaba que se siguieran multiplicando. Si algo era parte de su código; era no matar niños. Nisiquiera su jefe había podido cambiar eso en el.

Lo que no entendía era porqué aquellas chupasangres no lo habían atacado. Al contrario, huían como si quisieran evitar cualquier contienda. Aún así, no dejaba de perseguirlas. Vió la melena rubia de una de ellas bajar las escaleras hacia el metro y aceleró el paso, queriendo evitar que se subieran a algún tren. Bajó los escalones como si su vida dependiera de ello, pero no sacó ninguna de sus armas. Había un centenar de civiles allí.

Alcanzó a la rubia y le aguantó el brazo antes de que se subiera al tren. Corinne volteó su rostro a el, gruñendo hasta mostrar sus colmillos. Lo mataría solo por ponerle una mano encima y ¡joder sí que iba a disfrutarlo! Sin embargo la mano de Katherine la detuvo y se puso en medio de ambos. La gente pasaba alrededor de ellos entre quejas e insultos para entrar. Quien viera de afuera, pensaría que era una riña de novios.

-Si quieres una masacre peor que la del 911, seguirás adelante con tus planes.

La voz de la Sanguine Filii era tan dulce que por primera vez, desde la muerte de su familia; Gael sintió miedo. No por el, sino por los demás humanos que allí estaban. En todos sus años como cazador, había visto no vivos de todas clases y estilos. Jamás había visto uno con los ojos blancos. ¿Qué era aquella mujer? Sin pensarlo o hacerlo a propósito; fue soltando el brazo de Corinne quien bufó alejándose del sujeto. La persuasión de Katherine era muy útil en casos como ese.

-Algún día, en otro lugar. Te daré la oportunidad de intentar matarme. No hoy, no aquí. Busca a Katherine Burkhalter el día que quieras encontrar tu propia muerte. Ahora nos dejarás ir, te irás hasta el Damnati, pedirás una cerveza y pensarás si esto habrá sido real o un sueño. Ve.

Gael se le quedó viendo a aquella atrevida niña, porque ¡parecía una niña! Aún después de verla sonreir mientras las puertas de cristal se cerraban y el tren se alejaba. Sin pensar en porqué lo hacía, dió vuelta en sus botas y se alejó rumbo al Damnati. Tal como ella lo había ordenado.

Su entrenamiento le decía que había sido hechizado de alguna forma por aquella chiquilla pero por más que intentaba detenerse, no podía. Llegó al Damnati y fue directo a la barra. Pidió una cerveza, se sentó y la tomó de golpe. ¿Habría soñado a la tal Katherine Burkhalter? De no ser así, encontraría y la mataría lenta y dolorosamente, solo por manipular su mente. ¡Odiaba su especie! Tendría que preguntarle a Lancelot, acerca de chupasangres de ojos blancos.

† † † † †

-Jatziri

Llamaba la rubia desde la tumba en la que había estado por más de un siglo. ¿Por que siempre se habían comunicado mentalmente? Ninguna de las dos lo sabía. Pero en su encierro, la voz de su casi hermana había sido casi un bálsamo. Sin embargo, hacía semanas; no la escuchaba. Instintivamente eso la había sacado de su sueño.

-¡Jatziri!

Repitió en su cabeza. Solo recibió silencio como respuesta. Algo iba mal. Algo iba horriblemente mal. Se sentía débil. Aún más de lo usual en su condición. El vínculo entre ellas, le mostraba que algo ocurría. Tenía que salir de allí.

Una tumba en un cementerio apartado de Moscú fue abierta esa noche.

La viuda negra, estaba de regreso; luego de más de un siglo fuera del mundo de los no-vivos.

Caminó a la deriva, luego de alimentarse de un deambulante. Estaba sucia, su piel aún lucía grisácea.

Sobretodo estaba MUY molesta.

Casualidades del destino, encontró un Stulti en su camino. Un atormentado de la noche. Sin embargo; el olor de su hermana en él, lo salvó de ser su cena.

Además, ella jamás se alimentaba de su especie.

-No sé quién seas, pero necesito llegar a la mansión Burkhalter. Tengo que ver a Jatziri, ¡AHORA!

Benjamin pensó que tenía frente a él una Damnati. Pero ella, con muy poca delicadeza; lo había sacado de su error. Por motivos que él no entendía, aquella mujer de ropa antigua y sucia, le inspiró confianza.

Sentía a su señora en ella.

Le tomó la mitad del camino a la mansión explicarle lo que había ocurrido con Jatziri.

A Anabell Balmonth, le tomó un segundo, crear un plan. Cuando Benjamin le dijo la posible ubicación de su hermana y las 'alucinaciones' donde la escuchaba; Anabell guardó silencio. Era probable que, el bebé en el vientre de su amiga, fuera el vínculo mental entre ellos, así como ellas dos lo tenían. Pero en todos los siglos que llevaban de conocerse; ellas nunca le habían dicho a nadie de dicha conexión.

Benjamin Niesser no sería el primero en saberlo.

Llegaron a la mansión y Anabell fue a una de las habitaciones a darse una ducha y a descansar. Solo dejó unas palabras en el aire a su nuevo conocido antes de retirarse:

-Mañana iré de compras. Busca a los mejores. Para esta hora, ella estará con nosotros.

Era una promesa para aquel hombre que visiblemente sufría tanto.

Y una sentencia para quién se la hubiera llevado.

† † † † †

Edward Turner, ahora Dante Giovannetti; estaba más que feliz con las nuevas noticias que había recibido. Había escogido el momento perfecto para cambiar su identidad. La bruja que lo amenazaba estaba desaparecida. El esperaba que también estuviera bien muerta. Estaba de tan buen humor que nisiquiera había matado a nadie en 48 horas.

Habría que cambiar eso.

Salió de la suite de su hotel a recorrer la ciudad. No estaba de humor para meterse al Damnati. Además era mejor no correr riesgos. Allí todos lo conocían. Se detuvo al llegar frente a lo que fue la zona 0. Tantos humanos muertos, le causaba pesar.

Quizá porque él no los había matado.

Agudizó su oído al escuchar un pequeño gritar. No tuvo que caminar mucho cuando encontró al dueño de ese grito, perdido entre los risos castaños de una niña. Niña que se alimentaba del pobre.

¡Pero cuánta dulzura! Pensó.

La niña dejó caer el peso muerto del ahora muerto y lamió sus colmillos con una inocencia digna de su edad. Ante tan morboso escenario, Dante comenzó a aplaudir. La niña lo miró mostrando sus pequeños colmillos y Dante tuvo que reír.

-¿Lo dejaste bien muerto?

Preguntó en el tono que utilizaría un maestro con su estudiante. La niña mordió su labio inferior, jugando con sus pequeños dedos. Miró al cadáver y asintió.

Dante se acercó a ella y acarició su cabello.

-Excelente, preciosa y ¡mira! Nisiquiera te haz ensuciado.

Jacqueline Salvatore levantó su vista a aquel Damnati de barba larga y tatuajes y le sonrió.

Se sentía bien, que alguien estuviera orgulloso de ella.

Dante tomó la mano de la niña y salieron de allí.

Una pequeña y sangrienta Damnati, sonaba perfecta para ser una discípula...

† † † † †

Antes del amanecer, habían 3 hombres y una mujer surcando los aires en un avión privado, rumbo a Australia. Anabell miraba a aquellos 3 hombres, preguntándose sus motivos para arriesgar tanto por una sola mujer.

Aunque también sabía que Jatziri Burkhalter valía la pena.

Cuando Alan Di Prieto supo que la Viuda Negra estaba de regreso, casi vuelve a morir. Anabell era tan conocida como Burkhalter. Pero la rubia había desaparecido hacía mucho tiempo. Su regreso sólo podía significar una cosa: problemas. Burkhalter siempre había sido una perra. Sus hazañas dentro y fuera de la alcoba, eran por demás conocidas. Pero ella al menos se preocupaba por cuidar su nombre. A diferencia de la mujer que leía tranquilamente una revista, sentada frente a él. En su momento, antes de casarse; el también había disfrutado de las 'fiestas'que ella hacía.

Orgías, era una mejor forma de describirlo.

O masacres, quizá.

Luke Murray y Benjamin, trazaban planes para una vez llegaran a Canberra. No estaban seguros de que Jatziri estuviera allí. Pero era su última esperanza.

Era más de medio día cuando llegaron. Bajaron del avión y Niesser alquiló un auto, todo para no llamar la atención. Al llegar al mismo Canberra, Anabell pidió que se detuvieran. Ella estaba allí.

La fuerza en sus cansados huesos se lo decía.

Se inclinó y tomó tierra en sus manos. Cerró los ojos y una sonrisa demoníaca adornó sus labios.

-Ella está aquí.

Murmuró justo antes de echar a correr.

Por eso no vió las 3 sonrisas de alivio de sus acompañantes, antes de seguirla.

Corrieron y corrieron tras la mancha de sol que parecía hasta desvanecerse por su velocidad. Anabell solo sentía el llamado de su hermana corriendo sus venas. Necesitaba llegar a ella.

Se detuvieron en una colina. Benjamin fue el primero en llegar junto a la Viuda negra. Alan y Luke los alcanzaron segundos después.

La hacienda de León estaba vestida de fiesta. Se miraron entre todos, con visible confusión.

-Entraré sin que me vean.

Di Prieto habló y no dió tiempo a réplicas cuando uno de sus clones salió de el, y echó carrera hacia el lugar. Los demás prefirieron esperar. Era mejor no levantar sospechas.

El clon de Di Prieto, neutralizó uno de los meseros. Tomó su ropa y una bandeja de canapés. Luego siguió al resto.

La hacienda estaba decorada con excelente gusto; reconoció el clon mientras escuchaba a los meseros murmurar.

-Parece que esto va en grande, ¿eh?

Codeó dando a relucir su sonrisa de niño.

-El amo Sebastien no ha escatimado en gastos para complacer a la novia.

Dijo un Cibum. Tan perdido en el glamour de la ocasión que nisiquiera se dió cuenta de que le hablaba a alguien que jamás había visto.

El clon frunció el ceño. Había algo que no encajaba aquí.

-Si. La novia debe estar feliz. Aunque no la he visto. ¿No que son las novias quiénes ultiman todos los detalles?

Dijo el clon de Di Prieto con cautela. En la colina, Alan iba repitiendo todo lo que gracias a su clon escuchaba.

-Nadie la conoce aún. Parece que la señorita Jatziri está delicada por su embarazo. ¡Mi amo lo tenía tan callado! Pero todos sabemos ya que pronto será padre. Estamos felices por el.

Dijo el Cibum antes de retirarse. El clon tembló de pies a cabeza antes de dejar la bandeja y desvanecerse hacia Di Prieto.

-Jatziri jamás escogería rosas blancas para su boda.

Bufó Anabell, al ver varios meseros entrar a la hacienda con arreglos de dichas flores. Conocía a su hermana demasiado bien.

Luke gruñó, cuando vió que el resto de sus compañeros estaban demasiado callados.

-Algo me dice que Jatziri no es la típica novia feliz, Balmonth.

Murmuró y Anabell rodó los ojos.

-Hay que movernos. Tenemos que sacarla de aquí.

Dijo Benjamin y Alan lo miró con desaprobación. Entendía la necesidad de su amigo, pero no podían ser idiotas o estarían muertos.

-¿Y qué haremos? ¿Interrumpir la boda y decir ¡YO ME OPONGO!? Calma Ben. Tu señora estará fuera hoy mismo. Pero tenemos que organizarnos...

† † † † †

Jatziri Burkhalter vestía un elegante y hermoso vestido blanco. Sentía asco de verse en el espejo. La pequeña Scarlett pateaba insistentemente el vientre de su madre, como si sintiera su angustia. Jatziri hubiera dado su eternidad por calmarla. Pero no sabía como.

Una Cibum hacía risos en su melena rojiza mientras tarareaba una melodía. El sonido era por demás molesto para la hija del diablo. La hubiera matado, de no haber sido apenas una niña de no más de 12 años. El maldito la conocía bien y sabía que ella jamás mataría un niño.

La pequeña Cibum, terminó su labor y salió en silencio cuando Lancelot entró a la habitación.

-Dicen que es de mala suerte ver a la novia antes de la ceremonia. Pero nosotros sabemos que la mala suerte no es posible cuando nos amamos tanto, ¿verdad?

Preguntó al verla. Estaba tan hermosa que le daba rabia que otros la vieran. Pero, por otro lado; le gustaba exhibirla.

Jatziri abrió la boca para contestarle cuando lo sintió. El llamado de la sangre se hizo presente en su corazón que comenzó a latir con fuerza. Con tanta fuerza que casi la hace caer. Sonrió tanto, que a Lancelot se le heló la sangre. Su futura esposa jamás había sonreído así.

Ella se acercó a él, sin borrar su sonrisa y pasó sus dedos por la mejilla ajena. Lancelot casi se corre. Casi. La abrazó por la cintura, esperanzado en que el cambio de actitud de la pelirroja fuera un buen augurio.

-A más tardar una hora, querido. Estarás muerto.

Justo cuando Jatziri terminó de hablar; se encendieron las alarmas. Lancelot se alejó de ella, como si quemara su sólo contacto.

-No esperabas que me casara sin mi familia, ¿o si?

La risa de Burkhalter lo hizo temblar de rabia antes de salir a ver qué pasaba. No podía tener tan mala suerte...

† † † † †

Ya la mitad de los guardias estaban muertos cuando las alarmas se activaron. 30 clones de Di Prieto más el original, un molesto Benjamin, una hambrienta Anabell y un decidido Luke, batallaban sin descanso, masacrando sin piedad a todo el que se les metiera en medio.

Las paredes que antes eran blancas, eran teñidas de rojo a su paso.

Al llegar a las habitaciones se dividieron para buscar a Jatziri. Aunque Benjamin tenía otros planes. Quería encontrarlo a ÉL.

Los gritos de los allí presentes, eran como música para la Viuda Negra. A cada paso que daba, sentía más cerca a su otra mitad. El Alan verdadero la seguía de cerca. Maldita bruja sabía como defenderse.

Aunque el también se estaba divirtiendo a sus anchas.

Luke corría sin darse cuenta de que se había alejado de los demás. Se detuvo en seco, al encontrarse de frente a quién había tenido con insomnio a todos los no-vivos.

Sebastien León se detuvo al verlo. Habían unos pocos metros entre ellos. Se miraron sin hablar. Púrpura contra celeste. Y así como chocan dos planetas, destruyendo toda vida en ellos, comenzó la pelea...

† † † † †

Jatziri había intentado mantenerse firme todo el tiempo. Había luchado contra su encierro por semanas que parecían siglos. Pero había algo contra lo que no podía luchar: su hija.

Scarlett Niesser Burkhalter sentía la presencia de su padre. Y la sentía tan cerca, que comenzó a golpear insistentemente el vientre de su madre. Su padre estaba en peligro y ella, ajena a lo que causaba en la matriarca de los no-vivos; golpeaba una y otra vez el vientre de Jatziri.

-¡Aquí está!

Escuchó a su hermana al tirar la puerta de una patada. Quiso sonreirle aunque no la veía ya. Luego todo fue oscuridad...

† † † † †

Luke se batallaba como un titán contra las sombras de Lancelot, quién no le daba ni un respiro, aunque no había movido ni un músculo aún. No sabía cuántos habían venido por su mujer, así que no gastaría fuerzas innecesarias. Sus sombras rodeaban al Intellexit y lo golpeaban sin piedad. Aunque aquel sujeto también sabía lo que hacía. Tenía poderes bastante fuertes.

Tan distraído que no sintió la presencia de Benjamin, hasta que recibió el primer golpe. Niesser estaba armado, pero quería terminar con aquel hombre usando sus propias manos. Estaba ciego de la ira.

Luke y Benjamin se movían con total sincronía, haciendo a Lancelot retroceder. Lancelot quería pelear. Sacarles los ojos. Se defendía como solo un león enjaulado podía hacerlo.

Huesos crujían. Sangre brotaba de los tres. Las sombras de Lancelot parecían desvanecerse por momentos. Pero él no moriría allí. No moriría frente a dos imbéciles que también la querían a ella.

No era el momento de jugar al mejor. Tenía que ser inteligente.

En una movida que ni Luke ni Benjamin pensaron, las sombras los rodearon mientras Lancelot desaparecía en ellas. Fue una suerte que no se golpearan el uno al otro, en plena confusión.

-¡Jatziri Burkhalter es MÍA!

Proclamó el eco de Lancelot.

-Y jamás estará libre de mi. Esté vivo o muerto.

La voz del psicópata fue solo el susurro del viento mientras sus sombras desaparecían dejando a ambos guerreros solos y confundidos.

El maldito había escapado...

† † † † †

Jatziri comenzó a abrir los ojos cuando sintió el dulce sabor a sangre llenar su garganta. No cualquier sangre.

Di Prieto la tenía en brazos, con su muñeca abierta en la boca de la hija del diablo. Sonrió cuando los dedos de Jatziri apretaron su brazo y cerró los ojos por un instante, cuando sintió sus largos colmillos enterrarse en su brazo. Jamás le había dado su sangre a nadie.

Pero darle su sangre a Jatziri, era su orgullo.

Anabell se movía por toda la habitación rompiendo las cadenas que mantenían cautiva a su hermana. También buscando ropa. Jamás permitiría que Jatziri saliera de allí luciendo así.

-Díganme que mataron a ese cabrón.

Cuando Alan escuchó a Anabell, levantó la vista de Jatziri y miró a la puerta. Allí vió a Murray y Niesser; heridos pero vivos. En sus rostros vió un sin número de emociones:

Odio

Rabia

Impotencia

Y mucho alivio.

Cuando Jatziri abrió los ojos, los caballeros se retiraron y la dejaron con Anabell. Salieron fuera, admirando la destrucción creada por ellos mismos.

Luke sentía tanto orgullo por su obra, que se asustaba.

Saber que había causado el mismo daño que aquel tipo había hecho en la mansión Burkhalter, lo hacía sentir bien. A pesar de que había dejado sus tiempos de guerrero asesino atrás, hacía mucho. Irónicamente, por primera vez en siglos; se sentía en paz consigo mismo.

Alan sacó un cigarrillo de su chaqueta y lo encendió en silencio. Quería preguntar los detalles de lo que evidentemente había sido una gran pelea. Miró su muñeca ya cicatrizada y sonrió. La marca en forma de media luna en ésta, jamás se borraría. Ése era el sello Burkhalter.

Los 3 hombres se voltearon al escuchar el sonido de unos tacones contra el mármol de la hacienda. Jatziri Burkhalter caminaba a la salida, seguida de Anabell y de la mano de una niña, una Cibum. La Cibum que le había ayudado. Ninguna de las 3 hablaba. Los 3 hombres se preguntaron qué habría pasado Jatziri durante su cautiverio. Pero ninguno era tan tonto para preguntar.

A Benjamin le temblaban las manos por tocar el vientre de Jatziri, pero algo vió en sus ojos que supo que era mejor no acercarse.

Estando fuera, todos siguieron a la hija del diablo. Todos en silencio. Todos celebrando con mutismo que ella estaba bien.

Jatziri detuvo sus pasos, se inclinó en el suelo. Abrió su muñeca con sus colmillos y dejó su sangre caer en el barro.

El viento comenzó a soplar.

Nubes negras oscurecieron todo alrededor.

Gritos de dolor y angustia se escucharon por doquier.

El infierno había sido abierto.

Y las más horribles criaturas salieron de él.

-Que no quede piedra sobre piedra.

Fueron sus órdenes.

Gritos de guerra salieron de su ejército.

-Y ustedes...

Dijo sin voltear:

-No diré gracias, pues saben que les agradezco. En cambio, daré una orden: Quiero a Lancelot, en una bandeja de plata. ¡VIVO!

Gruñó y los allí presentes asintieron. Ella no tenía que mirarlos para saberlo.

-Me encargaré personalmente de arrancarle los ojos y comérmelos por esto.

Sentenció y volvió a caminar. Todos se miraron entre sí con una sonrisa oculta.

Una nueva jerarquía había iniciado aquel día de abril.

La hija del diablo, estaba de vuelta entre los vivos.

Y más enojada que nunca.

Era el comienzo de una nueva era.

La venganza había comenzado mientras Canberra se llenaba del humo que se levantaba en lo que fue la Hacienda León...

† † † † †