† Proditio, et sanguine †

El frió que azotaba el cuerpo de Lancelot, no era nada para el. Apenas una décima de su cerebro lo registraba. Allí de pie en la terraza, solo podía recordar aquellos demonios que demolían su casa, y la dejaban hecha polvo. Las criaturas eran invisibles para los mortales. Pero él las podía ver y sabía de quién eran pues, desde su conversión había sido atormentado y perseguido en su propia mente por esas criaturas. Tanto que podía decirse esquizofrénico o psicótico.

Cerraba y abría su puño haciendo los nudillos crujir a la espera de su "invitado". Dos minutos tarde y él odiaba perder su tiempo.

-Mi Sire, su invitado ha llegado.

-Hazlo pasar.

Ladró la frase y entró hasta el medio de la habitación.

-Lamento la demora. Sabes que tomo muy en serio nuestra reunión.

Sebastien lo calló con un gesto de la mano; retándolo con la vista a fallar en algo para así tener una excusa y terminar con la vida del bastardo de una vez.

-Vas a estar satisfecho con lo que he investigado en este tiempo. Burkhalter dio a luz. Una niña. Esta sana y crece normal. Pero como es de esperarse, ella ya tiene cosas en marcha. Está más reservada que antes. Así que no sé mucho. Pero ha estado planeando muchas reuniones. Demasiado privadas debo decir. Parece que esta enamorada también.

Lancelot gruñó desde el fondo de su pecho ante la última frase entre todo el inútil torrente de palabras.

-No digas estupideces. Debe ser otra mascota de Jatziri. Tiene muchas de esas.

Ignoraba la parte de su cerebro que gritaba por salir a buscarla de nuevo y matar a todos los que estaban cerca.

-Pero esto parece en serio. Te lo digo yo, si hasta me rechazó cuando yo intenté...

Así de fácil la mente de Lancelot saltó al abismo. Estaba sobre el, en el siguiente parpadeo, con su cuello entre sus manos. El peso del cuerpo del macho de cabello negro era sostenido por sus manos centímetros arriba de la fogata. Y una de sus manos presionando un cuchillo bajo la garganta de este.

-¡Espera! ¡Espera! Lo hice solo para averiguar que tan ciertos eran esos rumores.

Sebastien mostraba sus colmillos completamente alargados al tipo. Demonios sí disfrutaría arrancarle la cabeza de una mordida al bastardo. Encima creía que él era tonto.

-¡Por favor no pasó nada! ¡Me rechazó! ¡Me humilló frente a su corte! ¡Tengo mas información que te será útil!

Por aquello él supo que era verdad los rumores. Lo que lo enfureció más pero no hacia el inútil frente a él.

Si no hacia ella y quien fuera el maldito que la tenía así.

Lanzó sin importancia el cuerpo del no-vivo al suelo de mármol y puso una bota sobre su tráquea, dejando la entrada de aire suficiente para que aquel ser pudiera hablar.

-Habla ahora antes que me arrepienta y haga pinchos de toda tu putrefacta carne.

-¡Hay un empleado, un guardia! Está dispuesto a traicionarla.

El no-vivo gruñó de una manera desagradable.

-Y conseguí liarme con una del Consejo. La puedo convencer de hacer ciertas cosas.

Sebastien dió un paso atrás con sus manos hechas puños y sus colmillos saliendo de su boca. Sus ojos eran un reflejo morado que solo le daba un aspecto más siniestro.

-Dime dónde encontrar al guardia ese. Quiero conocer cara a cara a esa rata sin cola. Te avisaré pronto que hacer con tu noviecita. Espera mis ordenes.

Le arrojó un fajo de billetes al suelo y se giró hacia el balcón. El no-vivo, como larva; tomó el dinero, se puso en pie, apuntó en una hoja la información del traidor y arregló el traje que llevaba como si tener aquel atuendo le hiciera valer algo. Luego se escurrió en silencio antes que Lancelot saltara por el balcón a la noche.

† † † † †

Dante Giovannetti contemplaba el atardecer en Medellín, Colombia. Era quizá algo loco, haber viajado a un sitio tan tropical en alguien como el. Pero, ¿quién lo buscaría allí?

Haber matado a quién pensó sería su aprendiz, había sido una pena. Pena que obviamente el no sentía. La chiquilla no había sido sino un fraude. Sacarle los ojos no le había tomado más de unos segundos. Ya que ni para amante servía; ¿para qué tenerla a su lado? El odiaba la gente inútil.

Se dejó caer en la cama de su hotel, y encendió la televisión. Le ayudaría a perfeccionar su español, ver un poco de ese país.

En unas horas, la luna sería eclipsada.

Y para él sería un placer, vestir Medellín de rojo, para la ocasión.

† † † † †

-¿Estás segura, Anabell? ¡Esto es serio!

Jatziri Burkhalter golpeó su escritorio con los puños cerrados, mirando de frente a Anabell, quién con un suspiro, siguió limando sus uñas.

-Parecen ratas una vez se hunde un barco, preciosa. Obviamente, tenemos miembros muy fieles al Consejo. Solo que me lo dijeron a mi, para no molestarte con tu bebé.

Apenas levantó la mirada. No tenía que hacerlo. Sabía la indignación que su hermana debía sentir.

-No puedo creerlo. ¡Les dimos casa,comida, protección! ¿Y nos traicionan? ¿Nos roban?

Jatziri pasó sus manos por su cabello. Sus ojos se llenaban de lágrimas y ella lo odiaba. Les había dado seis siglos al Consejo. Les había dado a cada no-vivo su amor y entrega. Todo para eso.

-Parece que no fue suficiente del pequeño escarmiento que le diste, preciosa. Pero, ¡no te culpes! Sabes que nunca falta una idiota que se cree los cuentos de cualquiera.

Se puso en pie y la abrazó con fuerza. Jatziri era fuerte. Mucho más fuerte que ella, a su manera. Ella jamás hubiese dejado una vida por gente que podía traicionarla, como lo habían hecho con su hermana. Jatziri suspiró, secó sus lágrimas y miró a su hermana con determinación.

-Quiero una reunión de emergencia con todo el Consejo, incluso ella. Habrá que advertir los cambios. Correrá más sangre esta noche, de la que puedan soportar.

Anabell sonrió frívola y orgullosa.

-¿Iremos a verla?

No tenía que decir nombres. Burkhalter sabía de quien hablaba.

-Iremos a verla, luego de limpiar mi casa.

† † † † †

《 La luna de sangre, es como nosotros. Misteriosa, celosa de los humanos, fuerte y lúgubre. Terrorífica si se desea. Y seductora a su manera 》

Todos en el Eternal Phoenix se preparaban para lo que vendría esa noche. El sistema de seguridad había sido modificado a su máximo nivel. El personal estaba adiestrado y al tanto de los inconvenientes que podrían haber. Habían incluso puesto a todos los Indulgeo en "cuarentena" y los habían alejado del resto de los pacientes. Esperaban las cosas no llegaran a mayores.

Krystal O'Connor corría por los pasillos como si su vida se le fuera en ello. Si bien era cierto que acababa de recibir su "dosis", por lo que se sentía muy bien; era la adrenalina y el miedo lo que parecía hacerla flotar por el aire.

Alisa Nicolle Petrova, iba feliz sosteniendo sus libros en sus brazos rumbo a la salida. Tenía temor por todo eso de la luna roja, pero confiaba en los consejos que el Dr. Wayne le había dado.

Chocaron en direcciones opuestas y los libros volaron por el aire.

Krystal ayudó a la chica rubia a recoger sus libros con un gesto de vergüenza. Alisa se puso en pie, totalmente confundida. Una susurró un perdón y la otra susurró un gracias.

Alisa vió aquella chiquilla alejarse corriendo, preguntándose qué le pasaría.

-¡Se ha ido! ¡Liorah se ha ido!

Gritó al entrar a la oficina del Dr. Wayne. Estaba horrorizada por su amiga. Desde que supo de su enfermedad, había perdido la razón. Adham Wayne levantó la mirada a la chica y suspiró. Él había intentado convencerla de convertirla, cuando la leucemia se volvió agresiva, pero ella se había negado.

-Lo se, Krystal. Lo se.

Krystal se abrazó a sí misma controlando el llanto. No le importaba lo mal que Liorah había tratado a todos. Ella la entendía. Ahora se había ido. Y sabía que no la volvería a ver.

Sabía que Liorah quería morir sola...

† † † † †

El nombre había sido arrojado por aquella sabandija y Sebastien no pudo reír mas. Parecía el destino mismo estaba dándole un regalo. No estaba especialmente interesado en matar aquel estúpido no-vivo. De hecho su existencia era irrelevante para él. Pero sería una agradable manera de terminar una noche de caza y de mandar un mensaje a ese consejo y su líder. No esperó más luego de saber el nombre para ir en busca. Estaba en su salsa. Cazando, persiguiendo, con un instinto animal.

No habían citas. No, él quería jugar con su presa. No fue difícil seguir la dirección a la casa estilo antiguo. La seguridad fuera era pésima. Nadie se percató de él viendo desde la periferia por todas las ventanas. Extendió sus sentidos para sentir y oír todo lo que ocurría dentro. Las sombras le ayudaban rodeando toda la casa dejando todo como boca de lobo, salvo por la luz artificial de adentro de ésta.

Hasta que finalmente el tipo se acercó a una habitación con una decoración demasiado femenina para su gusto. Hizo la cuenta regresiva en su mente. Cuando finalmente cerró la gran y pesada puerta de madera Sebastien tomó su señal de entrada.

Saltó a la ventana a su espalda, que estaba abierta. Aterrizó en silencio tras la silla en donde estaba sentada su victima. El tipo estaba hablando por teléfono de manera despreocupada.

- Sí, dile a quien sea tu amigo que podemos hacer negocios si ofrece la suma de dinero que te pedí... Por supuesto que haré el trabajo. Te dije que también quiero acabar con ese maldito consejo y si acabamos con ella, acabamos con todo el maldito problema... Luego nos iremos los 3 y comenzaremos nuestro propio imperio. Estupendo. Nos veremos entonces.

Sebastien le concedió el último favor dejando que terminara la llamada. No se podía decir que lo había matado sin consideración alguna. Cuando el tipo tiró su móvil sobre el escritorio de manera desinteresada, Sebastien sonrió haciendo sus colmillos tirar un destello en medio de sus sombras.

Sacó su cuchillo y un segundo después de que el macho se puso en pie, el deslizó aquel filo por su cuello cortando completamente su carótida. Un geiser salio del cuerpo del no-vivo. No iba ni alimentarse de él. La sangre bien podía desperdiciarse. Le dió algo de crédito porque el macho tuvo la fuerza de girarse a él. Retiró sus sombras y contrajo sus poderes. Quería matarlo con solo sus manos.

El no-vivo se puso las manos en su herida intentando mantener su fuerza vital dentro. La piel se le secaba a la velocidad de la luz. Tosía sangre intentando hablar. Su boca y su camisa estaban rojas. Los ojos salidos de sus órbitas. No resistió muchos segundos y cayó de rodillas. Pero el cazador sabía que no estaba muerto. Por lo que lo puso boca arriba y se arrodilló ante él cuerpo, que se retorcía como pez sacado del agua. Sacó el instrumento favorito de él. Era de metal hecho como de dos cucharas muy redondas.

- Mírame, mírame.

La mirada morada y violenta de Sebastien hizo contacto con los ojos pálidos de aquel vampiro. Púrpura contra púrpura.

-Sabes porque estoy aquí. No soporto un traidor ni siquiera cuando trabajan para mi favor. Si no fuera por el otro traidor, tu vivirías.

El no-vivo boqueó el nombre del otro con él que hacía poco había hablado. Evidentemente aún le funcionaba una neurona. Lancelot le soltó la cara y le dio un puñetazo que le quebró la mandíbula y por poco el cuello.

-Mírame. Pon atención imbécil.

El no-vivo tenía ya la mirada desorbitada por la falta de sangre y el dolor. Él volvió a tomarle la barbilla hasta hacer que fijara su mirada. Le abrió los parpados.

-Mírame.

Acercó su arma a la cuenca de su ojo izquierdo y la deslizó. El ojo se deslizó sin problemas al arma. Salió como cuando se saca una bola de helado de un tarro. El otro ojo siguió la misma suerte y aquel cuerpo quedó sin vida aun desangrándose, pudriéndose de adentro hacia afuera. Sus siglos le caían encima en segundos.

Primera fase del asesinato lista. Y nadie lo había descubierto. Metió los ojos en una bolsa y mando un mensaje a uno de sus venatores. Debía mandar aquello al consejo. Joder, como mensajero era excelente.

"De nada, Jatziri." Pensó cuando su Venatore llegó para entregar aquel paquete. Odiaba los traidores y le encantaba encargarse de ellos personalmente. En especial cuando eran como este, que, jurándole su vida a una mujer, ahora estaba dispuesto a traicionarla. Hoy sentía que trabajaba para el Karma. "Que te jodan en el infierno capullo."

† † † † †

Edna Lancaster afinaba los últimos detalles en las cámaras infrarrojas que había puesto en varios callejones de Nueva York. ¡Era una noche demasiado importante! Siempre se había pensado que la luna roja era solo un evento astrólogico. Pero tenía notas que confirmaban que esa noche, seres sobrenaturales sufrían efectos similares a estar drogados. ¡Alguno cometería algún error!

Se volteó buscando a George, su asistente y soltó una risotada. El tonto tenía cerca de 10 crucifijos en su cuello, en una mano sostenía ajo, y en la otra lo que, por lógica era agua bendita.

-¿Se puede saber qué haces?

Preguntó arreglando sus grandes lentes. No podía parar de reír. George Owen, por su parte; estaba sentado en medio de la sala del pequeño apartamento que habían rentado, mirando a todos lados. Si bien el no creía en esas cosas, era mejor prevenir. Ignoró la burla de su jefa y encogió los hombros.

-Por si acaso.

Edna volvió a reír y regresó su vista al monitor que reflejaba el movimiento en cada callejón. Aún era temprano para que ocurriera algo interesante pero ella esperaría. Sus jefes estarían orgullosos por su trabajo, una vez finalizado...

† † † † †

-Milady, le ha llegado este paquete.

La voz de Karoline, sacó a Jatziri de sus pensamientos. Estaba metida en su mundo, dándole pecho a su hija. Le hacía mimos y le juraba que para cuando ella creciera, todo sería diferente a como era ahora. Le sonrió y luego de besar a la pequeña Scarlett, se la puso a Karoline en los brazos.

-¿Cuántas veces os he dicho que me llaméis solo Jatziri, querida?

La voz dulce de su señora, hizo a Karoline sonreir. Meció a la niña con ternura sabiendo sus mejillas se habían sonrojado.

-¿Ya llegaron mis invitados?

Preguntó la hija del diablo, tomando el paquete que Karoline le había llevado, sin abrirlo aún. Karoline asintió y, luego de que Jatziri le diera instrucciones de mantenerse lejos del primer piso hasta la mañana siguiente; bajó al despacho.

Alan, Trevor, Varvara, Clarisse, Anabell y la Stulti traidora; esperaban en el despacho cuando la hija del diablo entró. Luego de los saludos pertinentes, Jatziri ocupó su lugar, se sentó y entonces abrió el paquete que le habían entregado. Al instante, palideció. Su palidez fue tal, que Alan se acercó a ella en un segundo.

-¿Estás bien? ¿Que pasa?

Preguntó mas Jatziri no escuchaba. Estaba con sus ojos anclados en el interior del paquete. Dentro, también había una nota. Con las manos temblorosas por la ira contenida, la sacó y se la dió a Alan. Ella nisiquiera podía leerla. ¿Qué clase de broma era aquella?

-"Mi querida Jatziri:

Mis noches son frías. Extraño el calor de tu cuerpo al dormir. ¿Como está mi hija? De seguro la pequeña Scarlett es tan hermosa como su madre. Te preguntarás el motivo de este regalo. Es simple, preciosa. Son los ojos de un traidor que se cansó de tus desplantes y estaba dispuesto a venderte, conmigo. ¿No es encantador que sea yo, quién vengue tu nombre? También te dejo el nombre de la ratita que tanto me informó de ti. Pude haberlo matado también pero, ¡se cuánto disfrutarás de hacerlo tu! Te aconsejo que tengas cuidado con la gente que tienes cerca, amor mío. No siempre estaré cerca para protegerte.

Hasta pronto,

Lancelot."

Alan leyó la carta para todos. No había que ser brujos para saber a quién pertenecían aquellos ojos. Sólo había que contar, y sabrían quién faltaba allí.

Jatziri se acomodó en el asiento, mirando a todos. Anabell no necesitó órdenes y salió del despacho. Al cerrar la puerta, Jatziri suspiró.

-Supongo debemos agradecer a Lancelot, que matara a un traidor.

Todos se miraron entre sí. La traidora mantenía la mirada en el suelo, y sus piernas cruzadas. Las movía con nerviosismo. Jatziri a cada segundo, se enfurecía aún más, sin despegar los ojos de ella.

El resto de los Stulti se miraban intentando entender qué pasaba allí. ¿Como alguien era capaz de traicionar a Jatziri? ¿Acaso no sabían lo peligrosa que era? Además, Jatziri daba todo por su pueblo. Había que ser imbécil para morder la mano que los alimentaba.

-Ya llegaron todos los invitados, hermana.

Anabell interrumpió el contacto visual que la hija del diablo mantenía sobre la traidora. Asintió y se puso en pie, con una sonrisa.

-Tengo una sorpresa para todos.

Y con esas palabras, salió del despacho. Todos le siguieron.

La traidora se tomó unos segundos para reponerse. Al salir, Clarisse y Varvara la esperaban.

-No se lo que habrás hecho. Pero estoy segura que fue una estupidez.

Fueron las palabras de Varvara al alejarse. Clarisse negó con desilusión, antes de seguirla.

La mansión Burkhalter se había modificado para la ocasión. Se habían movido todos los muebles para tener más espacio en el salón. Habían Cibum de todas clases y etnias. Vivos y no-vivos. También había gente de todos los clanes. Los no-vivos más pudientes e importantes del mundo, estaban allí.

La luna roja los había unido.

Mientras se paseaba entre los invitados, también veía a sus seres queridos cerca. Eso la tranquilizaba, aunque seguía molesta. Cuando llegó el momento, se separó de todos y fue al mismo medio de la estancia.

-¡Seáis todos bienvenidos a mi humilde morada!

Comenzó en perfecto latín, ganándose la risa de sus invitados. "Humilde" jamás sería la forma de describir aquel lugar.

-Como bien sabéis, hoy hemos de presenciar un evento sublime, que despierta nuestro verdadero ser. Los dioses habrán de bendecirnos a todos, una vez más. La última vez que esto ocurrió a esta escala; yo era una de ustedes. Y era otro el líder. Os agradezco con todo mi corazón, el cargo que me habéis dado estos siglos.

Se escucharon aplausos en general. Todos pensaban que habían tomado la mejor decisión.

-También tengo una enorme responsabilidad sobre mis hombros. Como bien sabéis, acabo de ser rescatada de un secuestro. Afortunadamente, mi hija y yo, salimos con bien. Sin embargo, señores; mi corazón se encuentra abatido. He sido traicionada por dos miembros de mi Consejo; de nuestro Consejo.

Jatziri se llevó la mano al pecho. Los allí presentes sabían que no fingía. Muchos de ellos la conocían hacía siglos. Todo se quedó en profundo silencio. Cada uno de los allí presentes, habían compartido en más de una ocasión con la hija del diablo. Y si bien sabían de sus gustos peculiares en la alcoba; pues ella no se escondía, también tenían conocimiento absoluto de que ella era justa con todos.

-Me temo que me he ablandado con el paso del tiempo.

Susurró, más todos allí la escucharon.

Anabell entró a la estancia con una gran sonrisa. Iba del brazo de un hombre que nadie allí conocía. Caminaba con garbo y elegancia, dejándolos perplejos a todos. Muchos no sabían de su regreso al mundo de los vivos.

Se detuvo junto a su hermana. Su acompañante miró a Jatziri con terror. Ella, lo miró con asco.

Puso sus manos en los hombros de él, y le regaló una sonrisa. El traidor automáticamente se puso de rodillas, casi besándole los pies.

-¡Lo lamento mi señora. Jamás quise traicionarla! ¡Fue ella! ¡Ella me embrujó, mi señora! ¡Me obligó a traicionarla!

Anabell bufó mirando en dirección al dedo del traidor. Señalaba a la otra rata que, intentaba hacerse invisible de alguna manera. Todos los que estaban a su alrededor, hicieron espacio, como si poseyera la peste.

Jatziri los miró a ambos, con la desilusión plasmada en su rostro.

-Levantate, cobarde.

Ante esa orden y ayudado por una poco sutil Anabell, el traidor se levantó del suelo.

-Solo un perro muerde la mano de quién le alimenta. Y solo un cobarde culpa a otro de sus acciones.

La voz de Jatziri sonaba dulce.

Demasiado dulce para su bien.

-Merecéis que os arranque los ojos, con las uñas.

Jatziri movió su mano y sus uñas se alargaron. Finos cuchillos que podían cortarlo casi todo. Y sin decir una palabra más, enterró su mano en el pecho del traidor, extrayendo su corazón aún palpitante.

El traidor miró la mano de la madre de los no-vivos y por instinto, llevó la suya a su pecho abierto. Luego cayó de rodillas.

-Pero, ¿cómo privaros del placer, de que veáis la única forma en la que podéis complacerme?

Y con una ceja levantada, se llevó la mano con el corazón del traidor a la boca, extendió sus colmillos, y comenzó a comerlo.

Todos aplaudieron y silvaron ante la presencia en carne y hueso, de la temida hija del diablo, en toda gloria.

La traidora, ciega de un amor enfermizo, corrió a tratar de atacar a Jatziri. Pero antes de llegar a ella, un fuerte brazo la detuvo.

-No tan rápido, linda.

Anabell sonreía malévola mirando a aquella horrible mujer. Tomó su barbilla, posando un suave beso en sus labios.

El beso de la muerte.

La piel de la traidora comenzó a tomar un tono grisáceo, hasta ponerse casi verde. Su cabello comenzó a caer, al igual que sus dientes. Ella caminaba hacia atrás, gritando ante lo que le ocurría, suplicando la muerte pues era tanta su vanidad, que para ella su belleza, lo era todo.

Anabell, no dudó en irse sobre ella para terminar su tarea, pero la voz de Katherine la detuvo.

-No, tía. Déjala vivir. Que aprenda a vivir como las sanguijuelas. Que se larguen y vivan en su mundo, con todo aquel que quiera seguirlos. Ambos están podridos. Ya la mediocridad es castigo suficiente.

La "loca" había hablado y como siempre, con extrema sabiduría. Ambas hermanas asintieron.

-Que así sea, hermosa.

Jatziri, luego de su bocadillo, dió órdenes de sacar a los traidores de allí a rastras. Aún el cuerpo del traidor convulsionaba cuando lo sacaron de allí. Y la traidora dejaba cabello, piel y dientes a su paso. Estando todo limpio, continuó su discurso.

-Esto no se trata de seres oscuros y rebeldes que piensen que acabándome, terminarán con el problema. ¡Somos una jerarquía! Y aunque tengamos pensamientos diferentes, entendáis esto: yo no soy una reina, tampoco una diosa. Vosotros me habéis puesto aquí. Vosotros me habéis dado la confianza de ser quién os proteja. Y mientras así sea, tenéis dos alternativas: ayudarme, o huir. Traicionarme, damas y caballeros; es traicionarse a vosotros mismos. Mi puesto no se consigue eliminándome, hablando mal de mi por todas las esquinas. Se consigue con trabajo duro y sacrificio. Que cada Indulgeo y no-vivo lo sepa: ¡La hija del diablo dará todo por su gente! Seáis ustedes quiénes decidan, a qué bando pertenecer. ¡Disfruten de la Luna de Sangre!

Y con esas palabras, los fieles al Consejo comenzaron su fiesta. Dejando atrás lo ocurrido pero siempre con la certeza de que con Jatziri Burkhalter, no se debía jugar. Ahora más que nunca, la hija del diablo no estaba sola...

† † † † †

Arya Elyrion Drothingu saboreaba lo que sabía sería una noche excelente. Había ido a visitar a Zafrina, una Intellexit nueva en la ciudad. Parecía una niña y, aún cuando no se llevaba bien con mucha gente, algo había en la chica que le simpatizaba.

Tenía planes para cuando la luna roja llegara. Quería una gran matanza. Quería saciarse como nunca. Pero faltaban horas. Tomó la ruta larga hacia su apartamento, cruzando el parque central.

Iba distraída, tarareando una canción cuando vió un bulto moverse en una de las bancas. Era raro que hubieran deambulantes tan temprano por allí, así que decidió averiguar. Estando cerca, sintió un olor que pudo descifrar al instante. Una Indulgeo.

Liorah pensaba que ya no era tan buena idea, haberse ido del hospital. Pero le dolían tanto los huesos, y la mente; que no pensó en que no tenía a donde ir. Ahora ardía en fiebre, tenía hambre y no había dejado de vomitar.

-¿Estás bien, sangre sucia?

Preguntó Arya al bulto que al moverse, mostró su palidez y su cabello oscuro. Arya jadeó. Sabía que los Indulgeo la pasaban mal, pero nunca había visto a ninguna así, a las puertas de la muerte.

Liorah quiso hablar, insultar a aquella mujer. Pero no pudo. Temblaba como hoja. Pero sabía era una de esos seres. Si no jamás la habría llamado de aquella forma.

Vió en ella su salvación.

Arya acortó la distancia. Ella no era de preocuparse por nadie pero aquella chica realmente lucía fatal. Tocó su frente y la chica ardía.

-Ven. Te llevaré a un hospital.

Trató de levantarla, pero Liorah le tomó los brazos y la miró a los ojos.

-Matame.

Por un momento, Arya pensó que había escuchado mal. Pero vió la determinación en la castaña. Con o sin ella, no llegaría a mañana y eso era seguro.

Pasó sus dedos por su cabello y suspiró.

-Pronto dejará de doler.

Prometió Arya, mordiendo su cuello, drenándola lentamente.

Liorah cerró los ojos. No gritó, no lloró, no se resistió.

Aquella mujer tenía razón. Ya no dolía.

Cada vez dolía menos...

† † † † †

Era el día del eclipse lunar y aquella leyenda retumbaba en la mente de Luke Murray. Desde pequeño le contaban aquella historia:

"El tan ardiente y apasionado como el sol. Ella tan brillante como la luna de una noche oscura. La distancia una vil tirana. A ella la ocultaba el día, cuando el más la necesitaba. Cuando el la necesitaba en su reino. Y en la noche la liberaban. Cuando el tenía que permanecer escondido.

Los dos se amaban, pero se encontraban enfadados y separados. Su unión casi imposible. Y aquella maldición que habían sufrido por años iba a ser desencadena y lo que pensaron que jamás pasaría... pasó. Su unión causó asombro. Todos los mortales lo veían como algo hermoso. Su amor... esa unión pura belleza. Tanta era la belleza que lograba que hasta los seres sobrenaturales perdieran la cordura por tan solo unas horas.

La noche clara y transparente, se había instalado entre las luces de la fiesta. En la plaza de Moscú los "bailarines" se unían formando un círculo alrededor de la nada. Por los rincones de la oscuridad ciertas parejas se movían en un silencio estridente, cual ratones atrapados por el hambre y deseo. La música se elevaba hasta el cielo. Ante su mirada profunda, fría y calculadora, su sonrisa de éxtasis, serena y encantadora, las jovencitas paseaban sus cuerpos con movimientos seductores. Todas ellas, en conjunto, hacían destellar las dentaduras voraces de la noche.

Aquella noche lograba despertar aquel depredador sexual y sanguinario que Luke siempre trataba de ocultar. Podía decir que la sangre le estaba llamando, la sed lo destrozaba, las ansias lo mataban. La necesidad de satisfacer dicha sed, desataba sus cadenas. Sus colmillos se alistaban para salir a atacar. Su garganta le ardía. Sus sentidos se encontraban nublados y lo único que lograba pensar era en sangre y matar.

Tomó por el brazo bruscamente a la primer mujer que se cruzó por su camino y la recorrió con la mirada, caminando con ella a un callejón cercano. Su pelo sedoso caía sobre sus hombros como si fuera una cascada, en su rostro se podía deslumbrar asombro. Podía sentir como su corazón latía con intensidad, como bombeba la sangre, aquella que pronto él degustaría. Una vez a solas, tapó su boca con una de sus manos, mientras que con la otra sostenía su brazo. No la dejaría escapar.

Sus labios se posaron en su cuello para después dar paso a sus colmillos he hincarlos en éste, absorbiendo aquel néctar. Los ojos de Luke se fueron cerrando poco a poco relajándose al sentir como el agrío sabor a sangre recorría su garganta, recobrando la energía que había perdido. El no la soltaría. Ya no podía detenerse.

Tampoco quería hacerlo.

En un frenesí su cuerpo se encontraba sobre sus brazos sin vida y Luke, con más ganas de seguir saciando su sed, la dejó caer al suelo.

Él podía matar sin remordimientos, sin siquiera pensarlo un momento. Podía hacer una masacre y la haría... ¡Porque era un Monstruo! En esa noche tan hermosa añoraba la sangre.

Y luego iría al encuentro de Jatziri. Prometía ser la mejor noche...

† † † † †

Gael llegó cerca del bar Damnati, a aquellos callejones vacíos a los que más recurrían los peores de los no-vivos. Algo lo distrajo un poco de su deber. Era algo dulce entre tanto fétido olor de aquel lugar. No pudo evitar el tratar de encontrar aquella fuente que lo producía. Una mujer se encontraba justo en uno de aquellos recónditos lugares del callejón, observando la luna. Gael no pudo evitar acercarse y, en cuanto lo hizo, se dio cuenta de que no era más que un no-vivo. Seguro esperaba cazarlo y matarlo. Lo malo era qué el no pensaba ser la víctima.

Al ver a aquella mujer era como si estuviera viendo a la tal Katherine Burkhalter. No pudo reprimir su impulso de acercarse más. Apretaba la mandíbula con cierta furia mientras la miraba a los ojos. La chica veía en el un despachador de sangre y el veía en ella una manera de practicar antes de poder llegar con su presa principal. Evitó el enfurecerse con sólo pensar en Katherine. Se concentró en el espécimen que tenía frente suyo y en cuanto era que se iba a divertir con esto. Las miradas de ambos se cruzaron y sin necesidad de palabras fue como si ambos se hubieran retado. Como si Gael fuera un primerizo preguntó:

—¿Tú casa o la mía?

La mujer no pudo evitar reír. Lo tomó por el cuello y lo empujó contra la fría pared. Pasó la lengua por el cuello de Gael como si estuviera a nada de encajarle los colmillos. Pero solo estaba jugando.

Ella sabía lo que él era y él sabía lo que ella era.

Ambos jugaban el mismo juego.

Como si fuera un animal le arrancó la blusa junto a su sostén. Gael no pudo evitar ponerse duro como una roca. Quizá era la adrenalina de estar por primera vez con una de su tipo o quizá era porque sabía que se arriesgaba y que podría ser él quien terminara muerto. Pero amaba el peligro. Así que no le importó.

La tomó con bastante fuerza y como si fuera una guerra de poder, la tiro al suelo. Bajó su pantalón y boxer, sintiendo un instinto que lo controlaba. Subió sobre el cuerpo de la mujer, sin pensar en nada que no fuera ganar y disfrutar.

La noche desde ese momento pareció que fuera eterna, ambos gemían, gritaban, sudaban como un par de animales en celo. Ambos pensaban en matar al otro. Ella llevo sus labios al cuello de Gael y el sintió una alarma dentro de su cuerpo que lo hizo despertar de tal placer. Una gran sonrisa se dibujo en su rostro y al instante dejó caer su puño sobre el rostro de la chica, una y otra vez. Sabía que no era lo más apto luchar cuerpo contra cuerpo pero lo disfrutaba.

Ella reaccionó a los golpes y le dio justo en la nariz. Hizo que sangrara y con ello también hizo que sus ansias por morderlo fueran mayores. El cabrón se había metido en un problema. ¿Quien diría que alguien como ella daría una buena batalla?

Gael optó por terminar aquello y sacó su arma de la chaqueta. Disparó cada munición sobre la chica y se enorgulleció de ver como se retorcía sobre el suelo. Se enorgulleció de haber hecho y de tener esas armas para poder matar a esos parásitos de la sociedad.

Acomodó su ropa mientras sonreía como si hubiera terminado de hacer una obra de arte. El cuerpo de aquella joven estaba sobre el suelo, lleno de disparos. Cualquiera que hubiera visto el cuerpo en aquel momento se hubiera horrorizado pero él no, él estaba orgulloso de ello.

—Gracias por la noche, cariño...

Hizo una pausa antes de girarse y sonreírle a la nada.

—Por cierto, ¿Te ha gustado el eclipse?

Dijo en un tono un poco burlón. Al final salió del callejón como si nada jamás hubiera pasado...

† † † † †

Sakura Mika se colocó una bata de seda cuando salió de la ducha dirigiéndose a su habitación. Se colocó un traje corto ceñido al cuerpo mostrando sus largas piernas junto a unos tacones haciéndola ver monumental, y con una sonrisa en su rostro.

Justo cuando salió por aquella puerta directo a la calle, vió la majestuosa luna que había perdido su color blanco magistral; convirtiéndose en un rojo sangre como su color de labios. En ese mismo instante sintió que todo se le nubló. La vista, sus sentidos. Todo. Agarró su pecho un instante. Se sentía agitada, ansiosa. Más que hacía unos momentos atrás. Era aquella luna, la que la hacía desear lo que ella nunca quiso: lastimar, matar, beber sangre de un buen hombre que cayera a sus pies con tan solo mirarla. Eso deseaba. Ya no se sentía como ella misma. Había cambiado ese lado amoroso y amable hacia la especie humana. Ahora tenía sed de ellos. Quería hacer pagar a él primer hombre que le recordara a él; lo que había sufrido todos estos años. Podía percibir el deseo sexual que flotaba en el aire.

Entró en el primer club que encontró. Se recostó en la barra esperando por el maldito bartender. Al fin sintió una presencia cerca suyo. Volteó y se encontró un hombre alto, musculoso, bien tonificado. Su cabello negro hasta los hombros recogido en una coleta.

Le recordaba aquel bastardo.

Él sería su presa y disfrutaría este momento hasta el último minuto.

El hombre se acercó a ella con una sonrisa descarada devorándola con la mirada, Cuando estuvo a centímetros de él se acerco a su cuello susurrando cerca de su oído.

-Me parece bonito que tu y yo pasemos una larga noche.

Mordió levemente el lóbulo de su oreja luego le sonrió de forma coqueta. ¡Tan fácil!

Entraron a una puerta que estaba al fondo de un pasillo. Un cuarto de tamaño mediano. Tenia la cama doble con unas sabanas de seda color rojas y con cojines negros.

Sin dejarlo hablar, se subió a su cadera de un salto y juntó sus labios en un beso desenfrenado y apasionado. Nunca había besado a un hombre. Aquel desgraciado solo la había hecho suya como si fuera un juguete.

-Sabes a cielo mujer…

Comentó en un susurro entre besos.

Sakura sonrió por el comentario. Todo lo que obtendría de ella seria un infierno. Siguieron un desenfreno total despojándose de sus ropas que lo hacía ver tan delicioso y atractivo.

Bajó de sus caderas para llevarlo a la cama. Tirándolo sobre ella mientras lo besaba por todo su cuerpo con deseo. Se comportaba como una salvaje deseosa de sangre, de pasión, de sexo. Aquel cerdo entró en ella sin dudarlo.

La follaba con fuerza y pasión mientras se besaban y ella clavaba sus uñas en su espalda, jadeando de placer. Se volteó para quedar sobre él mientras movía las caderas. Luego de ver que llegara al clímax, se retiró de encima de él para colocarse a un lado. En ese mismo instante sintió sus colmillos brotar. Abrió su boca mostrándoselos. Él la vió con cara de susto y ella río de forma psicópata.

-Ahora sabrás que es el cielo y que es el infierno. Y antes de que acabe contigo dejaré un lindo recuerdo en tu mente para que te lo lleves a la tumba.

En ese mismo instante clavó sus colmillos en el cuello, recordando aquel día que su creador hizo lo mismo. Pero con la diferencia que no lo dejaría vivo.

Tomó hasta la última gota de su sangre. Se limpió la sangre de sus labios antes de retirarse de su lado.

Entonces le golpeó la razón.

La ira, el coraje, la ansiedad y la maldad se había ido de ella.

Miró asustada al hombre muerto que tenía al frente. Sus valores eran respetar la vida humana. ¿Que pudo ocurrirle para que hiciera algo así? Llevó sus manos a su rostro y dio un grito ahogado.

Había tenido relaciones, algo que nunca había echo. Se sentía sucia, culpable, malvada. Se alejó, tan pronto se vistió, corriendo de aquel lugar asustada.

Salio del club hacia la calle a un callejón oscuro, ya la luna había retomado su color natural. El rojo se esfumó por completo.

Esa luna…. La Luna Roja, había desatado la despiadada mujer que había dentro de ella, liberando todo su odio...

† † † † †

Esa noche estaba ansiosa Arya por salir, lo atribuyó solo a la sed que sentía, negándose a pensar en lo ocurrido con la chica del parque. Saldría a divertirse un rato, luego vería si cenaba.

Respiró el viciado aire de la noche. No entendía como los humanos podían vivir así sin morir asfixiados por la poca pureza de lo que respiraban; cuando levantó la mirada al cielo se quedó plasmada al mirar la luna, estaba roja y la invitaba a pasar una buena noche bajo su mirada. Casi no vió al no-vivo que bebía de uno de sus vecinos en plena acera. Sonrió maniática, no lo iba a interrumpir.

Poco antes de llegar a la esquina se encontró con una mujer llamativa, llevaba muy poca ropa y olía a perfume barato. No le costó mucho convencerla de que la acompañara hacia una de las esquinas del callejón más cercano. Los colmillos de Arya se alargaron mientras seguía el paso apresurado de la coqueta mujer que balanceaba sus caderas frente a ella mientras caminaba. Su boca cayó sobre el cuello de la víctima y los colmillos perforaron su suave y tersa piel, permitiendo que la sangre fuera al encuentro de sus papilas gustativas. Acabó con ella en menos de un minuto.

Limpió las comisuras de sus labios con el dorso de su mano y emitió un siseo al sentir a un vampiro cerca suyo; el muy cabrón se había metido en el callejón equivocado con la vampira equivocada.

Se dio la vuelta y lo enfrentó. Era su creador, a la única persona que podía llegar a respetar en el mundo de los no-vivos; y a la única "persona", que quería muerta. Sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él y cuando estaba a medio camino ¡OH! Ya no veía, no olía, no sentía, no ¡NADA!

¡Cuando despertó su creador se estaba tomando la libertad de acariciarla después de pasar 3 años sin siquiera enviar un mensaje!

El morocho la cogió entre sus brazos y la sacó de las calles en lo que dura un suspiro. Le rodeó sus caderas con las piernas, tiró para que se acercara más a ella. Eso es lo que ve: deseo, crudo y desesperado; por parte de los dos. Ansiaba quitarse la ropa, sentir sus cuerpos rozarse sin capas que se interpusieran. Sus manos la cogieron por el culo y le pegaron deliberadamente a él, para que sintiera su miembro pulsando contra su centro. Lo agarró por el cuello y le mordió la barbilla. Sus colmillos estaban fuera. Pasó su lengua hasta alcanzar los labios y se deleitó en su sabor hasta que el abrió la boca y se perdió en ella.

Estaba consciente de que habían llegado a "la casa" cuando el pelinegro empiezó a deshacerse de su ropa como un desesperado, dejando prendas en todas las estancias por las que pasaban. En ese momento se sentía tan necesitada de su cuerpo y sus caricias. Lo llamó con el dedo invitándolo a venir a ella que temblaba de necesidad desde la cama.

Cada roce, cada caricia, hicieron que su cuerpo se preparara para recibirlo. Sintió como se humedecía cuando empiezó a besar el interior de sus muslos. Dejó que los colmillos le aruñaran su piel descaradamente. Gritó desesperada por tener un contacto mayor. Se estaba demorando a propósito y no podía aguantar más las ganas de sentirlo dentro de ella. Se incorporó, tumbándolo a él de espaldas y se sentó a horcajadas justo encima de su miembro. Hizo un baile sensual pasando las manos por su cabello y pechos lentamente. Bajó hasta llegar a sus labios y lo mordió para mostrarle que ella también podía jugar, cogió sus manos y las colocó por encima de su cabeza. Se perdió en su boca mientras que empezaba a hacer movimientos circulares con las caderas. Su olor y sabor le embriagaban, lo deseaba tanto que en su cabeza se mezclaban ideas descabelladas mientras lo disfrutaba.

Estaba pérdida irremediablemente en los brazos de ese hombre.

Y más cuando con un solo movimiento la penetró.

Silbó al sentir como se enterró centímetro a centímetro en su interior. Su canal lo acogió, lo envolvió y lo acarició. Presionó sus talones en su culo y lo invitó a moverse más fuerte y duro contra ese punto que reside en el umbral entre el dolor y placer. Sus ojos se habían aclarado hasta una intensidad que parecía imposible su color. Lo observaba entre jadeos incontenibles, suplicando por la liberación y él salió de su interior dejándola momentáneamente vacía y llorando por él, para volver a penetrarle con tanta intensidad que hizo que su orgasmo estallara y arrazara como una super nova. Luego de incontables besos, caricias, abrazos, falsas promesas y orgasmos, se relajó a tal punto que parecía que dormía.

Con el paso de las horas escuchó algunos ruidos, giró en la cama y se tapó toda la cabeza con las mantas. Su creador se había levantado. Lo quería allí con ella pero estaba tan cansada que no podía hablar, y menos de hacer el intento de moverse.

Cuando espabiló ya no estaba en la casa. Su cuerpo estaba pesado, dolorosamente saciado, no tenía fuerzas para levantarse. Luego de un rato se levantó, se puso una camiseta que él había dejado sobre el sillón y bajo a la cocina. No había ni una nota… él no había cambiado, solo una noche, una buena noche y volvía a desaparecer. Cogió una novela y se volvió a meter en la cama. Esperaría que su creador se comunicara con ella, pero sabía que no lo haría… Se quedaría allí como siempre, descansando de la noche que él le había regalado.

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Anabell y Jatziri caminaban alrededor de los árboles en lo que casi parecía una jungla. Luke había intentado persuadir a Jatziri, pero ella le aseguró que todo saldría bien. La luna estaba en su punto más alto. El eclipse en toda regla. Luego de Anabell pelear por la diversión de la que se perdería, se pusieron en camino.

Llegaron a una choza en medio de la nada. Se miraron la una a la otra antes de acercarse. Habían voces en la parte posterior, así que le rodearon. Al llegar, la vieron, sentada frente a una fogata, llevando en oración a un grupo de jóvenes.

Tan jóvenes como lucía ella.

Aunque hubiese vivido casi lo mismo que ellas dos.

Alma de Luna se levantó al sentirlas y fue a su encuentro. Ella no era una no-viva. Solo una bruja, común y corriente, que estaba en paz con aquellos seres de oscuridad. Se habían protegido unas a las otras por siglos. Se podía decir, que hasta se tenían afecto.

-Te dije que saldrías de tu tumba, Cobra.

Saludó en latín a Anabell y con una risa, ella le abrazó.

-Sabes que me gusta la fiesta.

Contestó Anabell y las tres rieron.

-Si están aquí, es porque quieren una solución definitiva.

Comentó Alma. No era una pregunta. Las no-vivas asintieron.

-Las cosas se han salido de control.

Contestó Jatziri. Aún estaba frustrada por lo ocurrido. Alma le tomó del mentón.

-Esto no ha sido tu culpa. Tenía que ocurrir. Pero, ¡vengan! Acérquense al fuego. Tengo todo preparado.

Comentó alegremente, acercándolas a ambas.

Los rezos se hicieron más fuertes.

Era tiempo de hablar con sus padres, los demonios.

Y quizá regresarlos a la tierra.

De las sombras salió lo que parecía un espectro. Al estar frente a Jatziri, inclinó su rostro con respeto.

Selene se había mantenido oculta por décadas. Los cambios en el mundo no iban con ella. Lo de ella era la matanza, la limpieza.

La alegría de Jatziri al verla, era obvia.

-Luego de esto, regresaréis conmigo, Selene. Os tengo un trabajo.

Selene sonrío. La cazadora estaba lista, para atrapar cualquier presa...

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