† Sanguinis foedera †

El lugar debía estar rebosante de humanos incautos atraídos por el llamado "evento del año", pues... ¿cómo no sería el evento del año si era una fiesta que evocaba la época victoriana y, además, se celebraría en un importante castillo? Cualquiera que osara llamarse "alguien" debería asistir. ¡Idiotas! Por suerte, empero, lo eran; pensó Adrienne Boudreaux.

Resistió como pudo aquello que le tentaba a salir fuera de la habitación, rompiendo las puertas y paredes a su paso, hasta llegar al jardín donde los humanos se encontraban reunidos. Debía arreglarse, y para ellos no tomo mucho tiempo: Tomó un rápido baño con sales olor a lavanda, se puso el largo vestido borgoña y negro (entallado en el torso y algo esponjado abajo, con incrustaciones de rubíes y piedras semi-preciosas en el corsé), sus botas de combate, y varias alhajas que hacían juego con la máscara negra que usaría aquella noche. Una mascarada ¡aquello había atraído a tantos humanos!

Ni bien había terminado de acicalarse cuando un suave golpe en la puerta le avisó que el gran maestre, Domán, tenía todo listo. Cubrió su rostro con la máscara y abrió la puerta de par en par, no sólo para encontrarse con el rostro cubierto de Domán, sino también, con el más penetrante olor de la sangre fresca. Sus músculos se contrajeron cuando una corriente la recorrió de arriba abajo, estaba sedienta, más que nunca.

-No hay que hacer esperar a los invitados.

Susurró el hombre, tendiéndole el brazo. Sin tardar, enlazó su brazo con el de él y salieron de la habitación. Cientos de vampiros se encontraban en aquel pasillo, detrás de ellos.

Aquella mole de no-vivos comenzó a caminar justo cuando ellos lo hicieron. La luz de una bella luna que comenzaba a tomar aquel color que Adrienne había aprendido a adorar se filtró por una pequeña ventana. Sus instintos se descontrolaron casi de inmediato, tuvo el impulso de salir corriendo al jardín y atacar a todos quienes allí se encontraban; pero Domán apretó su brazo y no le dejó moverse.

-Tengo una sorpresa para ti.

La voz llegó lejana, como un susurro del viento traído de algún remoto paraje del pasado. Entonces abrió la puerta y cientos de vampiros se precipitaron fuera del edificio central, tiñendo los suelos de rojo, al igual que las paredes cercanas y los hermosos vestidos de las damas. El olor casi terminó de volverle loca, pero una vez todos se encontraban afuera (con excepción de aquellos que portaban un cargo más alto), Domán cerró la puerta y los condujo por más pasillos hasta que los gritos y la música se convirtieron en un tintineo del pasado.

El olor a sangre volvió a acrecentarse. Domán al fin la soltó, sólo para abrir una puerta que reveló uno de los espectáculos más sublimes que ella había visto: un enorme baño de sangre se instalaba en medio de una habitación de inmaculado blanco, iluminada sólo por algunas velas y aquel reflejo de la luna que entraba por una ventana en lo alto que parecía haber sido posicionada sólo para disfrutar aquel espectáculo. Algunas mujercillas recién convertidas andaban de un lado a otro con algunas jarras repletas de sangre, otras revisaban los cientos de cuerpos que colgaban sobre el baño, tambaleantes, llenos de cortes sangrantes.

Adrienne se quedó sola, apreciando la magnificencia de aquello desde la puerta hasta que la luna se tornó de un rojo intenso y entonces no pudo aguantar más; arrancó su vestido de un tirón, quedando en ropa interior, y corrió al baño de sangre para sumergirse en el de pies a cabeza. El sabor era sublime, aun estaba tibia, los jadeos de las victimas sólo hacía que sus cuerpos se agitaran llenos de placer.

Rojo, sólo podía ver rojo, hermoso y delicioso borgoña, y siguió viéndolo aun cuando su cabeza salió fuera de aquel mar que serpenteaba furioso en su prisión. La luna de sangre había adquirido su verdadero significado.

† † † † †

Jatziri y Anabell hablaron un rato con Selene y Alma o Regina, su nombre inmortal. Llevaban demasiado tiempo sin verse. Sin embargo, cuando la luna empezó a oscurecerse, Regina anunció que había llegado la hora.

El fuego fue apagado.

El pentagrama fue hecho.

Cinco velas negras, en cada extremo de la estrella, fueron encendidas de forma simultánea, por un chasquido de dedos de la bruja. Y las 3 mujeres, con Regina en medio, se pudieron de rodillas.

Regina sacó un cuchillo ceremonial y ambas no-vivas extendieron sus manos hacia ella. Un corte en ambas palmas y la sangre cayó sobre uno de los picos del pentagrama. Automáticamente, éste se encendió en su totalidad.

Con fuego rojo, celeste, purpura.

Los colores que marcaban su descendencia.

Las 3 hicieron una plegaria en latín en voz baja. Los gritos no eran necesarios. Las 3 mujeres sabían lo que decían y las 3 voces recitaban al unísono.

Y del humo del pentagrama, comenzó a formarse un cuerpo.

El viento soplaba en todas direcciones, más las velas no se apagaban. Se escuchaban gritos aún sobre los cánticos de los seguidores de Regina, quiénes se mantenían en las sombras.

Entonces ella cobró vida.

Un espectro, en carne y hueso más no podía ser tocada. Era una musa, un espíritu, un demonio, una no-viva.

La primera que existió.

-Madre.

Saludó Jatziri a la hermosa mujer, que con su mirada de cielo y su cabello castaño parecía más un ángel, que lo que realmente era. El espectro abrió los ojos, al escuchar a la hija del diablo, y le sonrió.

-Jatziri.

Su voz despertó los gritos de cada animal en aquel bosque. Para los oídos de los presentes, era música.

-Bienvenida, madre.

Fue el turno de Anabell de saludar. El espectro desvió la mirada de Jatziri, para mirar a la rubia, sin dejar de sonreír.

-Anabell.

Dijo, inclinando su rostro en un saludo.

-Mi señora.

Saludó Regina y de igual forma el espectro saludó de vuelta.

-¿Por que me habéis invocado, hijas mías? ¿Cómo está mi pueblo?

Aizele Borgia se movió levemente de su lugar. Aunque no podía salir del pentagrama. Una vez el portal abierto, Regina respetuosamente se retiró. Ella no pertenecía al mundo que todos conocían. Así que se retiró a orar. Jatziri y Anabell permanecieron de rodillas ante la verdadera madre de todos los no-vivos.

-No hemos querido ir a vuestra tumba, excelencia; por temor a ser seguidas y poneros en riesgo. Pero necesitamos consejo su señoría. El Consejo ha sido traicionado. Mi vida ha sido puesta en riesgo. Los descendientes de Aizik están aumentando sin control. No se que hacer. Siento que os he fallado.

La voz de Jatziri era un susurro. Anabell quería consolarla pero sus métodos eran demasiado sangrientos. Jatziri creía en la paz, a pesar de lo sanguinaria que era.

El rostro de Aizele se contrajo de dolor. Ella sentía absolutamente todo lo que sentía cada no-vivo sobre la tierra. Por eso su alma moraba en el infierno y su cuerpo descansaba en un lugar remoto.

-Mírame, Jatziri.

La hija del diablo subió la mirada y en ella Aizele lo vió todo. Ése era uno de sus tantos poderes. Vió 400 años de reinado de Jatziri en un suspiro. Luego hizo lo mismo con Anabell. Su estómago se contrajo de dolor.

-A veces, mis niñas; al fuego hay que combatirlo con fuego. Sóis una matriarca maravillosa, Jatziri Burkhalter. No permitáis que los traidores os hagan sentir de otra manera. Yo os diré qué hacer. Seguid mi consejo, Hija de la oscuridad y dueña de la muerte. Y oremos porque podamos arreglar esto.

Y así prestaron atención al consejo de su madre. Prometiendo obedecer en todo...
† † † † †

Yasuke Hida estaba feliz de tener de vuelta a su "madre", titulo que el guardaba para el en secreto y casi con recelo, pues para el era muy importante mantener el hecho de ser su mano derecha con cautela y reserva. Como si aquello fuese solo un titulo que el mismo no ponía atención, a menos que una tarea se le asignara. Aquel rescate, encierro y recuperación de su madre, le había dado a Yasuke, motivos para salir a la calle a buscar trabajo como todos los de su alrededor. Odiaba sentirse inútil y más lo odiaba, cuando pensaba en aquel recate. En su debilidad.

El trabajo había llegado a sus puertas casi mágicamente, pues una revista local lo había contratado para algunas sesiones de temporada como Modelo Street. El lo llamaba "Suerte de humano afortunado" .

Miraba atreves del espejo, como un modelo de aspecto pulcro y altura de uno ochenta hablaba en voz alta, haciendo bromas sobre los "Chinos" y su comida. De vez en cuando miraba al joven oriental y mostraba una sonrisita pretenciosa y subida de tono, logrando que el menor chasquera la lengua y suspirara de modo frustrado para si mismo. El encargado de su aspecto arreglaba su cabello rubio mientras miraba al joven de vez en cuando.

— ¿Te molesta que Marcus siga haciendo sus bromas?

Preguntó mientras tomaba el mentón del ajeno y arreglaba algunos detalles de su rostro.

— ¿Estaría mintiendo que diga que no? ¿Verdad?

Agregó mientras el humano se limitaba a sonreírle y seguir con su trabajo, tan pronto estuvo listo, se alejo de del lugar concentrándose en su siguiente modelo.

El pelinegro de piel pálida camino hacia lado de este, tomando asiento en la proximidad del joven, sonriéndole socarronamente. Aquello era la guerra.

— Entonces, chinito. ¿Entendiste mi mensaje?

Preguntó mientras miraba al frente. El espejo lo reflejaba perfectamente, atractivo, de ojos oscuros y rasgados, mientras llevaba cual porte de un modelo un mentón angular pero perfecto.

— En esta empresa, no tienes mucho que ofrecer, que vamos, los asiáticos están, son ya muy sobrevalorados en la industria de la moda.

Con una de sus manos libres jugueteaba con unas tijeras mirando de reojo al joven quien arqueaba una ceja y le miraba sin expresión alguna.

Aquello había sido como ver al malvado de la película hacer su aparición, aunque el podía cambiar los papeles si gustaba o deseaba, estaba seguro que de eso no habría problema, pero meterse con humanos no era lo suyo. Siquiera lo pensaba. Escuchaba el anuncio que hacia con suma diversión y animo en sus palabras.

— Hey, chicos hoy habrá una fiesta en el club del centro. Todos van a ir, es una "Obligación". Vamos, que si los hombres lobos se vuelven locos esta noche, ¿Por qué no, nosotros? Tenemos derecho de romper las reglas.

¿Romper las reglas? ¿De que hablaba aquel humano tonto? Río por lo bajo y su mirada se desvió a Marcus quien le miraba fijamente, con el rostro tenso. Lo único que alcanzó a rebobinar era su alusión a tocar el tema de los hombres lobos. ¿Locos?

—Luna de sangre.

Una chica morena y delgado cuerpo a su lado dijo, tan sabía y segura, miro al menor y río, moviendo sus manos e inclinándose como un perro salvaje, aunque aquello daba pena ajena al rubio.

— Tú sabes, volverse loco. La luna de sangré según leí en algunas páginas Web enciende a los vampiros. Los vuelve sedientos, con deseos de matar a su presa, placer.

Entrecerró sus verdosos ojos con una sonrisa incrédula.

— ¿Vendrás a la fiesta? Espero que si.

No tenía que hablarle de la luna de sangre. El lo sabía.

Miro de hito a hito al moreno ajeno y después paso su vista a la chica, sonriendo de manera despectiva.

— Iré.

Y no iba a perder. Una semana tenía que ese chico lo atareaba y el no tardaría menos de 30 minutos para callarle esa sucia boca suya.

Y así como había iniciado todo, había llegado al club nocturno. Su aspecto era lúgubre. Los humanos que bailaban, pegando sus cuerpos sudorosos, la música chocaba contra su cabeza, el sonido era tan alucinante que estaba seguro que lo dejaría sordo. Bajó las escaleras, tomándose de la barandilla y sintió como alguien le empujaba. Su vista fulminó al atacante, descubriendo al mismo Marcus, tan descarado, tan….estúpido. Estaba demasiado molesto, así que, sin más, se alejó del grupo.

Pronto se dió cuenta que estaba llegando cerca del almacén, siquiera se había tomado el tiempo para saber que Marcus ya no lo seguía. Su irritación estaba subiendo a niveles que el desconocía. Sabía que la luna de sangre afectaba a los no-vivos, pero no estaba seguro que tan grande podía ser su efecto. Se recargó en aquel pasillo griseaseo y oscuro, aspirando el asqueroso olor a tabaco, tocó su frente al escuchar rítmicamente su corazón latir, una, dos…

Sus ojos se abrieron al sentir su espalda chocar contra el frío piso, logrando que soltara un quejido. Estaba seguro que era más de sorpresa que de dolor. Observó el oscuro cuarto con cautela. Era muy pequeño, con uns ventana de solo un metro de largo. Alzó la cabeza y observo la luz brillar, roja y bella como…

—Sangre.

Volteó rápidamente empujando el cuerpo de su agresor a su frente y dirigiéndolo hacia la pared. Un corazón latía a fuerza, presuroso. Miró con molestia gruñendo y mostrando unos pequeños colmillos.

— ¿Quién demonios eres?

Aquella voz tan reconocida para el, tan poco melodiosa y ronca lo estaba haciendo enfurecer.

— Tu peor pesadilla, si quieres verme enojado.

Empujó de nuevo sintiendo como el pectoral del ajeno golpeaba contra la pared fría.

—¡Lo sabía! No eres nada de lo que decías, un vil hipócrita!

Ahora aquella sombra oscura era quien lo empujaba hacia el otro extremo de aquel angosto almacén.

— Siempre fingiendo ser frágil… cuando, no eres nada de lo que dices.

Sus palabras no entraban por su cabeza, solo observaban su boca moverse, como las perlas de sudor tocaban su frente y bajaban por su clavícula, invitándole a probar lo prohibido, lo que desencadenaría su tragedia, la mano del individuo toco sus labios sintiendo sobre aquellas carnosidades sus dientes, error. La lengua del joven vampiro toco aquellos dedos, lamiendo con cuidado como si no quisiera ser descubierto. El dedo continuo en el mismo lugar, sentía la mirada del moreno fija sobre el, no chistaba, no se movía, solo le miraba, pegando violentamente sus labios contra los ajenos, un beso. Otro error. Sus manos se apretaron los hombros de pelinegro con fuerza, seguro habría una marca al día siguiente, pasearon por el cuello, sujetando este y atrayéndolo hacia si. Un juego nada inocente, turbio, la lengua ajena paseo por la superficie de sus labios, fijando su vista en los almendrados del oriental, tan fija y burlona.

Lo odiaba.

Pequeños besos fueron repartidos por la barbilla del humano, hasta bajar por su cuello, proporcionando una leve mordida, pequeña, lamio por segunda vez aquel arco divisorio, entre su cabeza y su cuello, pensando que sería perfecto si tomaba sus alimentos de aquel lugar tan cliché y estereotipado.

— No comas ansias.

Jadeó el ónix, dejando su mano bajar hacia la altura del suéter en color lila que traía aquella noche el blondo, ambas manos descendieron hasta haber encontrado la abertura, invitando a pasear sus dedos fríos sobre el delgado vientre, suave, lento, aquel tortuoso juego lo estaba matando, quería tomar el control. ¡El tomaba el control! ¿Qué se supone que hacía? Estaba saliendo mal aquel juego. Y entonces, era hora de poner las cosas en orden.

Empujó el cuerpo del pelinegro, llevándolo al otro lado, donde sus pies tocaron un banco de madera, lo que su mente buscaba, poso ambas manos en los hombros del joven y le obligo a sentarse, permitiéndose el tomar asiento en el regazo de Marcus, sus miradas chocaban queriendo ganar el control. El mayor no tardo en juguetear con sus manos, apretando la cintura del oriental, pasando sus dedo bajo la tela del suéter, subiendo por su espalda y besando su mentón. Besos esparcidos por su cuello, sus labios…. Hasta bajar.

Entonces lo siguiente era lo obvio, movimientos acelerados, jadeos agudos, llenos de placer descomunal, rugidos por parte del pelinegro que querían comerse al chiquillo bajo el, la silla había quedado volteada, sus instintos estaban casi obligados a querer más, placer, tras placer eran servidos en bandeja de plata para ambos. Hida contaba las veces que lo había hecho gritar, en su mente, ya no era vista la cordura, las puntas de sus dedos estaban enrojecidas, casi pálidas, debido a arañar la espalda de su enemigo y este parecía no descansar, sus labios se tensaron cuando sintió al moreno aumentar el ritmo, los finos y rosados labios del blondo atraparon entonces el cuello de su amante, sintiendo algo fluir en sus labios, calentar su paladar… aquel liquido espeso estaba tocando su barbilla. El dolor de aquella mordida era apenas nada, comparado con las oleadas de placer venían a su vientre una y otra vez, provocando que el chiquillo no soltara a su presa gimiendo y jadeara exaltado, su rostro fulminado por el calor del momento lo estaba volviendo loco.

— Di mi nombre.

Ordenó al oído del vampiro, quien palideció cuando escucho hablarle. Aquella voz le estaba ordenando.

—Anda.

Y aquello había hecho explotar su cólera, mordió con fuerza la herida, escuchando un grito del pelinegro. Sonrío socarrón, triunfante, mientras aquel joven le miraba con horror latente.

—¿Qué me hiciste?

Tocó su cuello ensangrentado.

— Tu, maldito.

Jadeó cansado, pasando ambas manos hacia el cuello del rubio, quien sonrío de lado y escupió al pulcro rostro del modelo la sangre, sacando su pequeña lengua y mostrándole incluso un pedazo de su carne. ¿Hombre lobos? ¿Quién los necesitaba cuando el era peor que uno?.

Horror vio en sus ojos, un pequeño quejido de dolor vino por parte suya cuando el mayor salió de dentro de el, aprisa, sin titubeos, aquello había resultado grotesco, el menor se reincorporo, acomodando su suéter, mientras escuchaba los gritos del humano, tomo su pantalón y lo coloco, mientras le miraba gritar, la música aun retumbaba en sus oídos que nadie escucharía cuando el gritara o muriera desangrado.

— ¿Qué esperabas? ¿Un bonito beso rojo?

Susurró con dulzura al herido, una venenosa.

— Sería lindo que te murieras aquí. Ayudarías a la humanidad. Mar-cus.

Besó el cuello ensangrentado y lamió escupiendo la sangre a su derecha.

— Tu sangre esta podrida, deberías ir al medico.

Pateó el cuerpo del moreno y cerró la puerta tras el, mirando cabizbajo el piso. Miro el pasillo por un segundo, caminando a prisa hacia la salida. Su madre lo esperaba...
† † † † †

Adham Wayne se paseaba por los pasillos del hospital, vigilando que todo estuviese en orden. Quién lo viera, pensaría que la luna de sangre no lo había afectado, pero no. Él también había sentido los efectos de aquella noche tan pecaminosamente desastrosa para su especie.

Quizá por eso, su esposa Brigitte, probablemente aún estaba tirada en el suelo de su oficina, (que necesitaría remodelación inmediata) totalmente desnuda y una sonrisa en sus labios que seguramente duraría por semanas. Pensar en ello le hizo sonreír al buen doctor. Saludó a cada uno de sus empleados, mientras revisaba los expedientes de sala de urgencias.

Un estruendo le hizo mirar a la puerta. Por allí entró una mujer, de quizás 18 años. Temblaba de pies a cabeza, con su vientre visiblemente abultado. Un embarazo bastante avanzado. Gritaba por ayuda.

Adham se acercó a ella y vió sus ojos multicolor.

Una Indulgeo.

Entre gritos intentaba explicar que no sabía qué le ocurría. La subieron entre todos a una camilla y la llevaron a un box aparte de todos los demás.

Adham pensó que aquella chiquilla probablemente había tenido alguna noche de copas y había perdido la cabeza. O quizás había sido violada. Pero para su sorpresa, aquella chiquilla era virgen.

¿Apunto de dar a luz, y virgen?

Eso era imposible.

Lamentablemente no pudo indagar más. A las 3:40 am la chica murió por hemorragias internas. A duras penas, pudieron salvar al bebé.

Un hermoso bebé varón.

¿Qué harían ahora?

† † † † †

El amanecer posterior a la luna de sangre trajo consigo aparente calma. La mansión Burkhalter estaba en silencio. La mayoría de los invitados dormían luego de la fiesta que duró hasta que el sol les obligó a recluirse en las habitaciones. Los pasillos a esa hora, eran alumbrados por las hermosas lámparas que adornaban la estancia. Todas las ventanas estaban clausuradas ante la presencia Damnati allí.

Jatziri solo había tenido tiempo de estar un rato con su pequeña. Cuando se alejaba de ella, era como si pasaran mil años. Se dió una ducha y bajó ya refrescada a la biblioteca. Allí la esperaban. Obviamente, la noche anterior, Anabell y ella habían desaparecido de imprevisto y todos estaban llenos de curiosidad. Saludó a los presentes quiénes se desvivieron en elogios acerca de la fiesta y ella se sentó con ellos. Aquello era una reunión extraoficial.

Parecía mas bien una reunión de amigos.

Varvara reía al recordar lo que catalogó como la "atracción principal" del evento. Incluso bromeó con Alan, diciendo que Jatziri tenía estómago de acero para poder comerse aquel corazón tan podrido. Trevor y Clarisse reían aun más por la excelente imitación de Anabell, fingiendo perder la dentadura y el cabello.

Jatziri los observaba. Ésa alegría compartida, era por lo que ella luchaba. Yasuke se acercó a su lado y pasó los dedos por el cabello rojo de su madre. Ella le sonrió. Estaba orgullosa de todos los allí presentes. Aquella era su familia.

-He de reorganizar el Consejo.

Katherine dejó de bromear con Arya, contándole los detalles de la noche anterior y miró a su madre. Burkhalter asintió a su primogénita.

-Ser traicionada me ha dejado una gran lección. Necesito gente de mi entera confianza, para manejar nuestro imperio.

Las palabras de la hija del diablo hicieron callar a todos. Selene entró en medio de ese silencio. Los más antiguos allí, la conocían de reputación. Los menores, solo por leyendas.

Todos sabían que el hecho de que estuviera allí, era porque habría una gran limpieza.

Vestida de cuero negro de la cabeza a los pies, se detuvo junto a Jatziri. La hija del diablo tomó su mano en un apretón fraternal. Frente a otras personas, jamás se demostraban su afecto. Selene miró a los presentes y luego a Jatziri. Esta última asintió. Podía hablar en confianza.

-Su supuesto guardia resultó ser nada menos que una sabandija. He estado trabajando. No mató ni a la mitad de los Damnati que aseguró eliminar. Solo les pagó para que desaparecieran.

Jatziri tensó la mandíbula, odiando a Lancelot más que nunca. Hubiera dado su alma por asesinar aquel gusano ella misma. Se comería sus ojos luego.

O mejor se los daba a sus perros.

-¿Quiere que los busque y los elimine?

Preguntó Selene, visiblemente emocionada ante la idea de una masacre.

-Aún no, Selene. Tráelos a Moscú.

Interrumpió Anabell, con sus ojos centelleando maldad. Jatziri no la contradijo.

-Reúne al resto de nuestros guerreros, Selene. Estaréis a cargo desde ahora. No confío en mas nadie mi protección.

Dijo entonces la pelirroja. Selene sonrió de lado y así mismo salió de la biblioteca. Ya era hora de una buena batalla.

-¿Ella es...?

Preguntó Hida casi para sí mismo. Katherine le guiñó un ojo a su hermano de forma traviesa.

-La misma.

Yasuke suspiró impactado. En unos meses, todas las leyendas que había escuchado; habían tomado vida.

-Desde hoy, vosotros sois mi Consejo. Arya: sois la más joven aquí, pero tenéis toda mi confianza, al igual que todos los que aquí están. Seréis una digna representante Damnati. Y tu, mi niño, el mejor representante Intellexit. Busquen a Vanessa Reid y tráiganla. Ella será la representante de los Indulgeo. La quiero conmigo.

Dijo Jatziri, tomando la mano de Yasuke, quién no salía de su asombro.

Los demás, quiénes ya sabían de los cambios, aplaudieron dando la bienvenida al nuevo Consejo. Habría que reformar leyes y normas, pero eso eran solo papeles.

Aquel era el inicio de una nueva era. La limpieza había comenzado...
† † † † †

Sebastien estaba en su casa de Moscú hablando por telefono y organizando a sus Venatores por medio de uno de los mas influyentes. Gael Kinderknecth en poco tiempo había demostrado ser muy bueno en su trabajo. Letal, eficiente. Pero hacía unos días había captado un olor en él, que naturalmente había reconocido. Era la hija de Jatziri, con la que él había peleado un poco antes de que todo se viniera abajo. Naturalmente lo mando a seguir. Y sus sopechas fueron confirmadas. Ahora su venatore pasaba mucho tiempo con ella. Eso le molestaba y preocupaba. Tendría que tomar medidas en el asunto pronto.

- ...Te mandaré la dirección del aquelarre de no-vivos pronto.

- Estaré esperando.

- Y recuerda para quien esta tu fidelidad Gael. Eso te puede salvar la vida.

El implícito "te puedo matar" quedó en el aire cuando Lancelot cortó. Pero no tuvo mucho tiempo para eso cuando su Cibum paso por las puertas haciendo que él levantara la mirada. Ella traía un caro vestido que resaltaba todos los atributos que poseía.

- Sire, piden una audiencia con usted. Es una Indulgeo.

Sebastien aguardó unos momentos desde su silla en su despacho. Hizo un gesto con la mano.

- Hazla pasar.

Su Cibum abrió la puerta y dejó que su invitada pasara. Ayelet caminó hasta donde él estaba quedando de pie a un lado con las manos juntas sobre su vientre. Era una silenciosa y preocupada presencia. Y a pesar de que Camille Miller la miraba con desprecio, Sebastien sabia que Ayelet estaba preocupada por él. Podía sentirlo en la sangre que tenía de ella dentro de él.

- Tengo poca información sobre usted. Pero puede que yo le sea útil, y puede que usted me ayude a mi a cumplir mejor mi cometido: acabar con los no-vivos.

Sebastien tuvo que admitir la valentía de aquella pequeña mujer. Al solo cerrarse la puerta y acercarse soltó todo lo que tenía para decir sin titubeos o miedo. Pero él no se permitía engañar tan fácil.

- No es usual que ayude a Indulgeos. Terminan siempre siendo no-vivos. Pero creo que podemos trabajar mientras sea útil para ambos. Le puedo proporcionar entrenamiento, armas y dinero.

- Mi interés, no es ser no-viva. Preferiría morir, a dejar que me conviertan en eso. Sólo pido que me ayuden a deshacerme de la sed de sangre. Es... Patético el como una gota de ese líquido puede descontrolar mi uso de razón. Seré fiel a ustedes si me ayudan con eso.

Sebastien soltó una risa fuerte y corta.

- No se que tan posible pueda ser eso. Pero sé que la sangre de un Stulti les hace poder vivir mas tiempo y controlar la adicción un poco. Puede probar eso y ver como sigue. Mas no aseguro nada. Preséntese puntual a los entrenamientos. Si no soy yo, serán mis fieles Venatores quienes le entrenen. Si lo de la sangre Stulti no funciona. Le enseñaremos autocontrol. Pero créame, romperemos ese lazo que su cuerpo siente por la sangre de ellos. Aunque es algo bueno pues toma la vida que ellos le roban a los humanos.

Sebastien saca una tarjeta con su dirección. La tarjeta tenía el logo de su compañía pero era una encubierta. Esta tarjeta solo se la daba a nadie mas que no fuera Venatore. Era su cuartel secreto para entrenar y reuniones para organizarse. No había necesidad de decirle a la chica más del asunto y de como planeaba "quebrar" esa necesidad.

-Os agradezco su amabilidad. Estaré puntual a la hora citada, espero con ansias poder liberar mi cuerpo de esta maldición y liberarme de ellos. Uno a uno. Estaré eternamente agradecida con usted.

- La estaré esperando. No nos gusta la impuntualidad. Recuérdelo señorita y podremos hacer una buena relación de negocios.

Saca del chaleco de su traje un frasco pequeño de vidrio. Hace salir sus colmillos y muerde su propia muñeca. Vierte su sangre Stulti en el frasco y se lo da a ella sellado. Estrecha su mano en despedida.

-Tome esto como un adelanto por sus servicios. Consúmalo con cuidado. Nos veremos.

La Indulgeo tomo con sumo cuidado el frasco y Ayelet se sorprendió. No era normal que él diera sangre pero ahora era para ganarse una fiel seguidora.
† † † † †

Alan Di Prieto había pasado por la peor noche de su vida. Había salido temprano de la mansión Burkhalter y se había encerrado en un cuarto lejos de todos mientras la luna de sangre pasaba. No quería herir a nadie.

Ya no era el mismo demonio que solía ser.

Ahora tenía una familia.

Al amanecer fue a verlos y cuando supo que estaban bien, partió nuevamente a la mansión. Días como esos se sorprendía y agradecía que Tessa lo amara tanto. Aquella mujer tan dulce supo como controlarlo. Lo amaba a pesar de sus largas ausencias.

A pesar de su fama y de lo que el era.

Y ella lo tenía como un idiota.

Pero trabajo era trabajo.

Por eso, luego de la reunión con el Consejo, salió en su auto y condujo por todo Moscú, hasta uno de sus restaurantes.

El Domination de Moscú era uno de los más lujosos del mundo. Éso era motivo de orgullo para Di Prieto. Era adicto a la excelencia en todo lo que hacía. Se estacionó en su lugar reservado, tomó su maletín y bajó de su auto.

A pesar de la hora, ya estaba bastante lleno. El le sonrió a varios clientes pero no se detuvo. Quizás si terminaba rápido con el papeleo, podría regresar temprano a casa.

Pero al cruzar el umbral de su oficina, soltó una risotada.

No llegaría temprano a casa.

Damián Kuznetsov estaba sentado en su silla, con los pies recostados sobre el escritorio, jugando con la foto familiar que Alan siempre tenía sobre el escritorio. No se habían visto en más de 3 siglos.

-¡Hablando del diablo!

Saludó Di Prieto. Damián encogió los hombros y se puso en pie para saludar a su amigo. Se abrazaron chocando sus espaldas con fuerza y Damián le dejó su silla.

-Pero miren al feliz esposo. ¿Domado, Di Prieto? No me la creo.

Bromeó el castaño, ganándose un golpe en el hombro del más grande. Ambos rieron.

-¿Que te trae por acá Kuznetsov?

Preguntó Alan a su amigo una vez ambos se sentaron.

-Trabajo. Sabes como es esto. Las cosas están algo revueltas.

Explicó Damián y Alan no preguntó nada más. Sabía que no soltaría prenda.

Hablaron un rato de lo que había ocurrido en sus vidas. También recordaron viejos tiempos entre risas y burlas.

También recordaron viejas amantes.

Luego Di Prieto lo puso al día. El secuestro de Jatziri, el regreso de Anabell. Damián pasaba sus dedos por su barbilla pensativo y sorprendido.

-No puedo creer lo que me cuentas, viejo. ¿Aún Burkhalter sigue en la mansión?

Preguntó a Di Prieto. Éste asintió.

-Y anoche tuvo una fiesta en grande. Te la perdiste, cabrón.

Le reclamó Alan. Damián chasqueó la lengua.

-Tal vez deba visitar a una vieja amiga.

Alan rió entre dientes. El regreso de Damián a sus vidas en ese momento, era peligroso. Siempre había sido aliado de Burkhalter.

Con él y Selene a su servicio, la hija del diablo sería imparable.

Sintió lástima por sus enemigos...

† † † † †

Una risa demoníaca, oscura; hacía temblar los cimientos de aquella prisión. Encarcelado, amarrado como un perro.

Pero jamás vencido.

Las cadenas que custodiaban su cuerpo no habían sido suficiente para detener su alma, su espíritu. ¿Quiénes se creían ellos para amarrarlo, para tenerlo así?

Pero sería muy tarde, cuando descubrieran su plan.

Torturado por siglos.

Maltratado cada día, que allí preso eran años.

Castigado por ser más listo que los demás.

Pero eso acabaría muy pronto.

Y por eso reía.

Reía como solo un demente podía hacerlo.

Su libertad estaba próxima.

Su plan era infalible.

Total, llevaba siglos planeándolo.

Podía esperar.

Un poco más...

† † † † †